martes, 27 de abril de 2010

El sueño de Nicoletti (por Eduardo Sacheri)

Por Eduardo Sacheri

Dedicado a Alejandro Apo
(Gracias por el pase)

A Nicoletti lo conocí en el café, como a tantos otros miembros de esa tribu de solitarios de la cual yo mismo formaba parte. No constituíamos una «barra del café». Nada de eso. Teníamos demasiados fracasos sobre nuestras espaldas como para solazarnos en tertulias festivas, íbamos cayendo al atardecer, y nos guarecíamos en las mesas oscuras de los rincones. En general nos sentábamos solos, luego de saludar con unas cuantas inclinaciones de cabeza a los otros fantasmas. Apenas de vez en cuando, y por motivos tan oscuros como nosotros mismos, alguno se atrevía a incorporarse y acercarse a otra mesa. En esos casos manteníamos conversaciones salpicadas de silencios. Eran charlas triviales. A ninguno de nosotros se le hubiese cruzado por la cabeza incurrir en confesiones sentimentales o narraciones desgarradoras. Éramos demasiado prudentes y circunspectos.
De algunos de los miembros de la tribu nunca supe siquiera los apellidos. En el caso de Nicoletti me enteré en una de esas conversaciones anodinas que se dan al pasar. Si lo retuve luego fue, seguramente, porque con él mantuve una conversación, una sola, que escapó a la regla general de furtiva vaguedad que manteníamos en ese sitio. En realidad fueron dos conversaciones. O tal vez una sola interrumpida por un largo intervalo de nueve o diez años.
En la primera ocasión Nicoletti me contó un sueño. No era para él un sueño cualquiera. Se notaba en su relato. No tenía esa cosa disparatada, anárquica, calidoscópica que tienen los sueños cuando uno los sueña, y que a la mañana se disuelven en la lógica del café con leche. Para nada. El sueño de Nicoletti era redondito, o casi. O todo lo redondito que se le puede pedir a un sueño que sea. Primero sospeché que sonaba ordenado porque seguramente se trataba de un relato manido una vez y otra de tanto contarlo. Pero luego resultó que no. Nada de eso. Me confesó que era el primer tipo al que se lo contaba. Lo relataba redondito porque lo soñaba redondito. Y lo soñaba redondito porque lo soñaba siempre. No le pregunté cada cuánto lo soñaba. En realidad no le pregunté nada. Lo dejé contar y terminar y callarse cuando quiso. Ya bastante con salirnos así de nuestro libreto de todos los días.
El sueño empieza con Nicoletti a los siete, a los ocho años a lo sumo. Lo sabe porque arranca siempre con la misma imagen: los zapatos abotinados con la lengüeta rota y el agujero en la puntera. Los que la vieja le ha dejado para jugar en el potrero de la calle Gorriti. No le van chicos porque el cuero ha cedido y la horma se ha deformado. Y él tiene la precaución de no mojarlos. Los cuida como a su vida. Y sabe que tiene ocho años porque a los nueve al padre le saldrá un trabajo en Ensenada, y para allá se irán todos, y no volverá a jugar en el campito de Gorriti. Y aunque esté soñando, ésos son datos evidentes. Los chicos están todos. En el sueño escucha las voces de Chiche y de González y de Palito, que gritan como descosidos pidiendo el pase. Nicoletti la tiene en los pies, y el sueño sigue cuando levanta la mirada. Está de pie en el mediocampo, o más bien en esa franja de tierra dura, pelada, sin asomo de pasto que en Gorriti es el mediocampo. A tres metros lo tiene a Gomita y se la toca al pie. ¿A quién otro? Si se entienden bárbaro. Si juegan juntos desde los cinco. Si se conocen las mañas como si fueran siameses. Si Gomita, que le lleva como tres años, lo ha invitado para los desafíos a la canchita del Arroyo, donde juegan todos tipos de doce para arriba. Y todo porque le dice: «Vos me entendés, Nicola, vos me entendés. Yo con los demás no sé, pero con vos te la tiro sin mirarte y sé que estás». Y Nicoletti va y juntos hacen estragos. Porque los otros tienen que mirar para jugar y ellos no. Por eso los pibes grandes del Arroyo no dicen nada de que él vaya a jugar ahí aunque sea flaquito y tenga solamente ocho.
Pero en el sueño están en Gorriti, porque detrás de Gomita, Nicoletti ve perfectamente la pared del corralón, y el alambrado roto, y eso está en Gorriti y en ningún otro lado. Y apenas se la toca a Gomita, Nicoletti sale corriendo por el lateral izquierdo porque sabe que Gomita se la va a poner ahí. Y al instante allí nomás va la pelota. Y ahí es cuando gritan los otros, pero Nicoletti no les lleva el apunte. ¿Cómo se la va a tirar a Chiche, o a Palito, o a González, si son una jauría de perros? No, hay que esperar a que Gomita se le acerque y tocársela al piso y cortita. Ahí está, eso. Pero justo entonces es cuando el sueño se empieza a poner raro, o mejor dicho cuando empiezan a pasar las cosas propias de los sueños. Porque en la canchita de Gorriti, apenas hecha la pared con Gomita, Nicoletti tiene que correr cinco metros y está dentro del área. Pero en el sueño no. Nicoletti corre como win izquierdo, pero la cancha se agranda hacia adelante y alcanza una dimensión interminable. Y la línea del costado no es un simple invento: existe y está pintada rectamente de cal, no como en Gorriti que se termina más o menos a ojo contra los yuyos altos. Y en medio de su extrañeza Nicoletti levanta los ojos y como siempre Gomita se la tira bien abierta, pero Gomita está raro, parece más grande. Y Nicoletti piensa que por qué, si tiene que tener once como hace diez segundos cuando armaron la pared en el mediocampo. Debe ser la camiseta. Un momento: ¿qué camiseta? Si Gomita juega con una camisa a cuadros naranjas y rojos si es verano, y con una polera negra si es invierno. Pero es así nomás: Gomita tiene puesta una camiseta de esas que usan los profesionales y que en las láminas aparecen pintadas a color.
Nicoletti no entiende, y no entender lo pone nervioso. Mecánicamente recibe la bola y se distrae porque el marcador que sale a atorarlo también está vestido «en serio». Igual devuelve la pared de memoria. Pero es una memoria rara, porque para tirarla a la medialuna del área (que también está pintada) tiene que mandar un pelotazo de veinte metros que le baja en el pie a Gomita, pero que es la mejor prueba de que la canchita de Gorriti no puede ser nunca, porque ahí semejante zapatazo termina sí o sí en las cañas que crecen del lado del corralón. Nicoletti sigue la rutina: encara por el lateral hacia el fondo, porque si Gomita tiene tapado el tiro al arco, se la volverá a tirar a él casi en la línea de meta. Pero el asombro lo puede: del otro lado de la línea del costado hay gente. Sí, gente mirando. Y no los pibes grandes que piensan adueñarse de la canchita apenas junten los dos o tres que les faltan para armar los equipos. A Nicoletti le cuesta calcularlos porque están de pie, encimados, pegados al alambrado porque también hay alambrado. Están en una tribuna. Nicoletti escucha sus gritos y vuelve a ponerse en movimiento. Ya casi ni se asombra de que en el córner haya un banderín: a esa altura del sueño, Nicoletti ya ha asumido que está en una cancha de veras. Es por eso que el tipo que ahora corre a la par de él es tan alto como su hermano Carlos, el mayor, y la forma en que lo codea y lo pechea no tiene nada que ver con la que usan los pibes en Gorriti, ni siquiera los más duros. Inseguro, Nicoletti levanta los ojos y lo ve a Gomita, que lo sigue con la vista como si nada. Pero no puede ser, porque Gomita ya tiene cara de tipo grande, de tener como veinte, como treinta años, y por eso entra al área como lo que es, o como lo que va a terminar siendo (Nicoletti ya no sabe juzgar hacia dónde se ha disparado el tiempo): un jugadorazo de Primera División, por eso la cancha, por eso las tribunas, por eso los carteles de Ginebra Bols atrás de la línea de fondo.

Continuará...
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