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jueves, 6 de agosto de 2009

Nudo en la garganta

Por Nicolás Barrasa

Los domingos sin fútbol son insoportables. Las tardes se hacen eternas y no sabemos qué hacer, aunque tengamos miles de opciones. Dios debe haber hecho los domingos exclusivamente para el fútbol, de lo contrario es prácticamente un día sin sentido.
Para colmo de males, llega diciembre y termina el campeonato. El poco consuelo que queda son las recopilaciones de goles o las repeticiones de programas destacados del año. La única alternativa eficaz es resignarse hasta que empiecen los torneos de verano, pero esa circunstancia se da promediando el mes de enero. Sin embargo hay algunos (dentro de los cuales me incluyo) a quienes la ansiedad nos vence: somos débiles y estamos a la espera de ese fenómeno sutil, efímero, galante: once por lado y la pelota.
Una tarde de domingo, desesperado, decidí organizar una estrategia. Les pido que por favor no lo comenten. Si se entera Natalia, me mata. Cuando ella lleva a los chicos a lo de mis suegros, me escapo a la cocina. Mientras me preparo una picadita, hago sonar el tema del mundial Italia noventa para ir entrando en clima. Me pongo cómodo, me relajo y prendo la televisión. Apenas aparece la imagen ya se me eriza un poco la piel. Lo que va a venir es quizá el momento más fantástico de la historia del fútbol, no sólo por el gol que fue una verdadera obra de arte, sino también por el relato. Pongo play, subo el volumen y: “…pisa la pelota Maradona, arranca por la derecha el genio del fútbol mundial...”. Desde ese momento ya no controlo mis emociones; vuelvo a ser aquél niño de ocho años, sentado en el sillón frente al televisor Talent, junto con papá, mamá y el tío Alberto. El relato prosigue irreal, catastrófico. Maradona levita cósmicamente hacia el arco de Peter Shilton. La voz de Víctor Hugo, desaforado, desde algún punto inmortal del estadio Azteca solloza: “…genio, genio, tá-tá-tá-tá-tá gooooooooooool gooooooool, quiero llorar Dios santo, que viva el fútbol…”. El nudo en la garganta no se hace esperar. Trato de no llorar, pero alguna lágrima siempre se escapa. Por unos minutos me mantengo estático, como en un trance. Y si bien siguen siendo las cinco, y no hubo fútbol, el nudo en la garganta suple esa ausencia.
“…gracias Dios por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas…”.






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viernes, 27 de marzo de 2009

El fútbol sin Miguel



Por Nicolás Barrasa

Sin la compañía de Miguel ir a la cancha ya no es lo mismo. Es increíble como uno hecha de menos no a una persona en sí, sino a una persona en alguna circunstancia. Con Miguel no faltábamos un solo domingo a “La Bombonera”. Me acuerdo de él y se me pianta un lagrimón: sus bigotes pulcramente afeitados, la raya al medio como marca registrada y el pucho que parecía ser una extensión más de su cuerpo.
Llegábamos temprano, nos ubicábamos, y me ofrecía algo de comer a lo que yo siempre aceptaba. Mientras mirábamos la reserva se ponía serio y preguntaba:
- Pibe, ¿Cómo van esos estudios? -, siempre con una mirada severa pero complaciente.
- Bien, creo que este año no me llevo ninguna. Parece que voy a tener unas vacaciones largas.
Sin premeditación se paraba y le hacía un gesto al heladero. Compraba dos “palito bombón”, volvía a sentarse y proseguía con la charla:
- Qué grande, así me gusta. Yo como un boludo abandoné, pero eran otras épocas. Abandoné y me puse a laburar en la metalúrgica en el turno noche. Bueno, la historia ya la conocés, si te la debo haber contado mil veces.
- Sí, sí, ya la tengo sabida como el padre nuestro.
Sin embargo era una de esas historias que podría ser repetida una y otra vez y yo siempre me disponía a escuchar.
Miguel fue como un segundo padre para mí. No se casó ni tuvo hijos. Consideraba que en la vida el que juega con reglas claras triunfa. Había tenido varias mujeres, pero ante la insistencia del compromiso sus relaciones se habían diluido.
Era un tipo tranquilo, pero su tranquilidad se rompía cuando empezaba el partido. Se le transformaba la cara, se ponía rojo, y se le hinchaban las venas del cuello de tanto gritar. Un clásico en su conducta era el insulto que le profería al número nueve:
- Pianetti, ¡doná los órganos muerto! Jugá hermano, poné la gamba. ¿A vos te parece?, decí, decí algo querés.
A lo que yo comentaba con énfasis: - ¡No puede haber errado ese gol! Estaba sólo, abajo del arco.
Muchas veces nos miraban raro, Pianetti era uno de los mejores del equipo. Es más, ese año salió goleador del campeonato. Lástima que Miguel no lo llegó a ver.
Ya no voy tanto a la cancha. No se si será porque uno crece, porque se convierte en un profesional y se organiza la vida para no disfrutar…
Yo quiero pensar que es porque falta Miguel.

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lunes, 1 de diciembre de 2008

Partido al medio



Por Nicolás Barrasa

El clima en Baradero era inconmensurable, se jugaba el clásico: Spotivo Vs. Atlético. El partido iba a desarrollarse en el estadio Municipal, como es costumbre debido a la magnitud del acontecimiento.
Las cuatro de la tarde auguraban un match fantástico. En el cielo no había ni una nube; el sol asomaba con ganas de meterse a la cancha, ovalado, casi como una número cinco. El pasto estaba más verde que nunca.
No faltaba nadie: el tano Fassutti estaba en la tribuna, desaforado, con la úlcera a flor de piel; el nene del “petiso” en la cara opuesta del estadio estaba vestido de pies a cabeza con los colores de Atlético; una parejita, sentada en la platea comía un choripán bajas calorías.
Llegó la hora. Los equipos salen a la cancha. Mientras tanto, los gemelos del zurdito Ersa se relamen, buscando algún tobillo.
Se abre paso el árbitro demostrando un aire de superioridad. El marco no le importaba en absoluto. Esa tarde quería ser el protagonista principal y estaba dispuesto a cualquier artilugio para lograrlo.
El primer tiempo fue impecable. Lo que en otras oportunidades había sido un 0-0 apático, esa tarde era un 3-3 vibrante. Las hinchadas se salían de la vaina, eufóricamente, pero sin ningún vestigio de violencia.
Las oportunidades de gol estaban a la orden del día, especialmente la jugada con caño incluido del “chulo” Goira. Encaró por el ala derecha, eludió a dos, le metió un caño a un tercero y tiró centro, cabeceó Neira y el travesaño la mandó al corner.
El término del primer tiempo llegó inesperadamente. Los primeros 45 habían tenido tal emotividad que parecieron 5.
Sin embargo, la tarde no iba a terminar de la mejor forma.
El árbitro estaba asombrado con la lealtad que se estaban comportando los jugadores. A excepción de algunas faltas tácticas no habían aparecido las “murras” de otras épocas. Ni una sola tarjeta, ni un solo penal, una hecatombe arbitral. El estado de las cosas lo había extirpado a un plano intrascendente. Con la excusa de ir al baño, hizo un llamado por celular mediante el cual logró que una persona no identificada, se robara uno de los banderines del corner. El estadio estaba al rojo vivo de algarabía, por lo cual nadie notó el hurto furtivo.
Pasado el entretiempo, ya con los equipos en el campo, uno de los asistentes le hace saber al árbitro que falta uno de los banderines del corner. En una decisión autoritaria, desproporcionada y egoísta, la sentencia del árbitro fue contundente: EL PARTIDO QUEDA SUSPENDIDO.
Cuando se comunicó la decisión, el estadio quedó enmudecido. Al tano Fassutti la úlcera le rompió los vasos sanguíneos del pecho. Luego del silencio no se hicieron esperar los insultos.
Indignado, el hijo de Escudero tiró una lata vacía de duraznos en almíbar (nunca se supo de dónde la sacó) y le dio directamente en la nuca al árbitro, que cayó al piso como si le hubieran tirado con una M-16.
La catástrofe terminó con el árbitro siendo llevado al hospital local en el Falcon de la policía, como una víctima.
El partido quedó suspendido, con el resultado final 3-3.
Juan Simoneto el árbitro, fue tapa de todos los diarios locales. Sin embargo, el tristemente célebre, unos meses más tarde tuvo que exiliarse discretamente a San Pedro. Nunca más se lo vio por Baradero.