martes, 26 de enero de 2010

Sueño con gambetas (por Sonia Figueras)

Por Sonia Figueras

Año 1996

En mi pueblo me dicen siempre cómo juega este chico, es otro Diego. Estoy en el equipo del Club Belgrano desde los 6 años. ¡Me gusta tanto el fútbol! Mamá y papá ya me advirtieron que juegue pero que estudie. Y a mí me gustan las dos cosas. Quiero entrenar, jugar, gambetear, no me duelen los raspones de las rodillas. Bueno, a veces sí. Cuando llegue a los diecinueve, si puedo voy a estudiar para contador como mi papá.

Año 1999

Acabo de terminar séptimo. Sin una nota baja. Voy a Mar del Plata en el viaje de egresados. No la conozco. Hice viajes con el club, pero siempre cerca, en otros pueblos chicos.
Sigo entrenando y sigo con el sueño de jugar en un club grande. No se lo digo a nadie. A ver si se ríen.

Año 2004

Estoy en 5º. Estamos preparando el viaje a Bariloche. Allí vive mi tío que es médico.
En el entrenamiento de hoy tuve una sorpresa inmensa. Vinieron al Belgrano unos representantes del club más importante de Buenos Aires buscando jugadores para llevarlos. Me di cuenta de que ésa era la intención por el cuchicheo con nuestro entrenador, con los directivos y por la forma de mirar nuestro juego.
Hay uno que debe ser el que “corta el bacalao”, como dice mi abuelo, porque me llamó y pidió hablar con mi viejo. Suerte que vivimos a una cuadra de la cancha.
Estuve presente. Tuvieron palabras elogiosas para mí. Les gustó mi estilo, mi ligereza en las gambetas. Se interesaron por mis estudios y me felicitaron porque no me llevé ninguna. Quedaron en volver. Yo creo que no vuelven

Año 2005

Volví de Bariloche. Vinieron los del club de Buenos Aires. No estoy muy al tanto. Sólo sé que mi viejo firmó un contrato para integrar la 3ª, estoy al borde de los dieciocho.

Año 2009 – enero

Hace cuatro años que estoy en este club grandioso. Vivo en una pensión del barrio de Belgrano. Entreno tres veces por semana, lo terrible es que nunca un partido. Sólo entrenamientos. Mi viejo hizo ya tres consultas con abogados y no consigue que me liberen.

2009 – noviembre

Empiezo la facultad en Córdoba en abril del año que viene.
¡Libre al fin! Estoy en mi pueblo, en el Belgrano. Juego un partido todos los domingos. No llegué a 1ª en la capital. ¡Pero juego!

martes, 19 de enero de 2010

Gol y Marxismo (por Rodolfo Braceli)



Era sábado allá abajo. Dios se entregó manso a una buena siesta. Pero pronto se encontró soñando algo incomprensible y nada tranquilizador: su Abuelo le decía: Yo estuve antes que tu Padre que estuvo antes que Vos. No eres el principio del origen. Que no te ciegue la omnipotencia... Justamente aquí Dios fue despertado por un sacudón de aquéllos.

Desasosegado, le preguntó a su ángel de turno:

– ¿Qué caraxus fue eso?

– Gol de Nueva Chicago.

– ¡Pero si es sábado!

– Mi Dios, los sábados hay Primera B.

– ¿Qué es eso de Primera B?

– Es el campeonato de los clubes chicos que aspiran a ser grandes para jugar los domingos y luego fundirse.

– ¡¿Y es posible que los alaridos sean tan cuantiosos como para despertarme a Mí?!

– Es posible, mi Dios. Cuando se grita gol se grita sin mirar a quién. El gol del millonario es exactamente igual de intenso que el gol del paupérrimo. Igualdad, igualdad, e igualdad, mi Dios.

– Se me hace que te estás volviendo marxista... Dime, últimamente, ¿con quién te estás juntando?

– Con el flaco.

– ¿De quién me hablas?

– De Jesús.

– Ah, me lo temía. El marxista ese.


Este texto fue publicado en el libro De fútbol somos de Editorial Sudamericana

miércoles, 13 de enero de 2010

El gol del campeonato (segunda parte)

Por Jorge Viera

(Primera parte)

Hacía casi dos años que Antonio dirigía en la primera de la liga, cuando llegó el día que quedará grabado en el puñado de personas que fuimos hasta Arequito, a ver el partido entre Belgrano y Alumni de Casilda. No había puntos importantes en juego, era uno de esos partidos donde el clima es tranquilo, muchas familias se habían acercado y el ambiente era realmente de fiesta deportiva. Incluso había poca policía en las cercanías del club. Todo era muy normal hasta ese momento. Entran los equipos a la cancha, e ingresan los árbitros, como siempre, capitaneados por Antonio. Todo estaba dado para pasar una autentica tarde futbolera y así, nos aprestábamos a vivirla. Pitazo de inicio, mueve Belgrano de Arequito. Nos habíamos ubicado cerca de los vestuarios en una zona de simpatizantes neutrales. Como era habitual, la hinchada local, vitoreaba a su escuadra y no escatimaba en insultos a los rivales. Todo era muy pintoresco, muy folklórico. Las jugadas se sucedían en un encuentro bastante aburrido y mediocre, mientras que el trabajo de Antonio, era absolutamente impecable como siempre. En el entretiempo, fui con uno de los muchachos hasta el buffet de la cancha, a buscar unos choripanes con gaseosas. Como es común en las instalaciones de los pueblos, siempre hay muchos árboles cerca del buffet y era muy divertido escuchar las inefables criticas tácticas de los fanáticos, mientras devorábamos lo que comprábamos. Como hacía bastante que solo íbamos a la cancha para ver jugar a Antonio, podíamos apreciar las diferencias entre hinchas e hinchadas. Volvimos hasta el borde de la cancha para ver el segundo tiempo. Mientras ingresaban los jugadores, Antonio ya estaba ubicado en el círculo central presto al inicio del encuentro. A lo lejos nos divisó y levantó la mano para saludarnos, se lo veía radiante y feliz. El inicio de la segunda etapa no era muy diferente a la primera en lo que acontecía al juego. Habrán pasado unos veinte minutos, cuando un corner para los locales, cambió la historia del partido. Los defensores forcejeaban con los delanteros mientras esperaban el disparo de la esquina, Antonio observaba de cerca las circunstancias dentro del área y se ubicó un poco más atrás de la medialuna. Cuando el jugador ejecutó el tiro de esquina, la pelota se elevó dibujando una clara comba en el aire. El remate fue muy abierto y pasado, todos los jugadores levantaron la mirada observando como el balón cruzaba el área a una altura considerable, cuando de repente, la pelota rebotó contra el pecho de Antonio, quien la dominó con la frialdad y el temple de un delantero de selección. Clavó la vista en la pelota, y antes de que tocara el piso, la empalmó con la parte externa del botín izquierdo, haciendo que el esférico saliera disparado como un balazo recto, clavándose en el ángulo más alejado del arquero de Alumni, quien no atinó a moverse. El claro instinto de Antonio, hizo que girara la cabeza para mirar al juez de línea, que se mantenía inmóvil. Nunca olvidaré la expresión en el rostro de Antonio, cuando salió corriendo en zigzag con los brazos extendidos como un avión, mirando al cielo, gritando el gol. Intentó unos pasos de baile frente al banderín del corner, puso una rodilla en tierra y levantó el puño. Era una seguidilla de festejos alocados los que dibujaba Antonio en una mezcla de locura y diablura infantil. Por la factura del gol, en cuanto a precisión y espectacularidad, se podría decir que la cancha hubiera ovacionado de pie a semejante obra de arte, pero el mutismo de ambas parcialidades, jugadores, medios periodísticos y todos los demás que poblábamos las instalaciones, era la única forma de expresar tamaña sorpresa. Poco a poco, se empezaron a escuchar unas sonrisas nerviosas de los que estaban en el tablón y no faltó quien le hubiera gritado alguna barbaridad. Una señora que estaba al lado mío, me aseguró que debía ser una cámara oculta para el canal local. No cabía en la cabeza de nadie, otra posibilidad de que no fuera más que un chiste. Miré al grupo de muchachos que acompañábamos habitualmente a Antonio adonde dirigiese y ninguno atinamos a articular palabra alguna. Entró uno de los colaboradores a la cancha, acompañado por uno de los dirigentes locales y se acercaron hasta donde estaba Antonio aun gritando su conquista. Se había quitado la casaca y la revoleaba como si fuera un poncho, sabiendo incluso, que ante un árbitro de la categoría suya, le hubiera costado una tarjeta amarilla. Lo tomaron de un brazo y lo llevaron hacia los vestuarios. Antonio no se resistió y seguía festejando el gol. Los demás jugadores hablaban entre ellos, intentando adivinar como seguiría el encuentro, aunque en realidad eso no le importara a nadie. Regresamos a nuestro pueblo y nos acercamos hasta la sede del club, como era de costumbre. La noticia ya había llegado a través de los que seguían los partidos por la radio. Todos tratábamos de buscar alguna explicación a lo ocurrido, más allá de que no habíamos podido hablar con Antonio. Se habría vuelto loco, sería alguna promesa por cumplir o simplemente la pelota lo sedujo dejándose caer mansamente en su pecho y no pudo menos que acariciarla, dándole el destino que debe tener todo balón, que es la red del arco… quien sabe. La noticia trascendió a los medios nacionales, que de inmediato enviaron reporteros para hablar del tema. Uno de ellos, en la sede del club, intentó hacer una nota con nosotros para averiguar que conducta extraña había en Antonio, evidentemente lo obligaban a conseguir o en todo caso a inventar una historia por demás de absurda, al menos para nosotros. Lo echamos a patadas del pueblo y nos negamos a hacer cualquier tipo de declaración, que pusiera en duda la integridad de nuestro amigo. Por un tiempo largo, no lo vimos a Antonio, alguien contó que lo habían alejado de la dirección de encuentros y que estaba bajo tratamiento psiquiátrico. Desde ese momento, dejamos de ir a las canchas los domingos. Habrá pasado cerca de un año cuando un sábado por la tarde, después de volver de jugar en la canchita con los muchachos, tocan el timbre de mi casa. Cuando abrí la puerta lo veo a Antonio, muy flaco, medio avejentado, pero con una sonrisa de oreja a oreja. Vestía de manera muy humilde, pero pulcra, tenia como era su costumbre, la libreta negra bajo el brazo. Cuando al fin pude reaccionar, nos abrazamos muy fuertemente y por un instante, creí estar soñando. Nos sentamos en la cocina, como cuando éramos chicos y no parábamos de hablar. Yo no le quería mencionar el suceso del partido en Arequito, sabía que si el quería, me iba a contar. Y así fue.
- Mirá Gallego, vos me conocés de pibe y no te voy a mentir. Si yo tenía un sueño por cumplir, era el hecho de ser goleador. Viste que mi carácter es más bien corto y de chico me costó siempre sobresalir en cualquier actividad, sobre todo la deportiva. Cuando empecé a dirigir, sentí que me iba acercando a lo que más quería. Poder entrar con la pelota a la cancha, como si fuera el dueño, hacer valer los fallos, que se yo… tener autoridad en definitiva, me permitía estar cerca del sueño. Te juro que más de una vez, alguna pelota picando en el área, me sacudía interiormente, pero ninguna como el centro de Benítez esa tarde. Te podría asegurar que cuando la vi, casi flotando en el aire, desde lo más profundo de mi alma, sentí que no podía desperdiciar esta oportunidad y… bueno, que te voy a contar si vos lo viste. Que golazo madre mía! Cada vez que veo el video no lo puedo creer. Perfecta la maniobra. Decime si no tengo razón.
Qué le iba a decir, si tenía razón. Un gol del que aun hoy, se sigue hablando en cada cancha de la liga. Mientras me contaba todo, abrió la libreta y me mostró lo que tan celosamente guardaba en ella. Era una serie de dibujos donde se apreciaban diferentes poses de jugadores pateando la pelota y algunos arcos con esas marcas típicas de las miras telescópicas, adonde debían apuntar con el disparo. Se notaba la evolución del dibujo, desde que era un niño hasta ahora, y si algo me llamó la atención, fue que el gol que hizo en Arequito, lo tenía estudiado hasta el cansancio. Después me preguntó por los muchachos, hablamos de chismes del pueblo y algunas pocas cosas más. Cuando nos despedimos, el seguía radiante de felicidad como cuando había llegado, y medio que ahí me di cuenta de esto que te quiero contar. ¿Vos te diste cuenta que algunas veces uno quiere cumplir con un sueño y termina reprimiéndolo? Antonio pasó a ser una especie de referente en eso. Le importó un pito que dijeran que estaba loco o el montón de barbaridades que se habló acerca de el, solo porque se dio el lujo de hacer realidad su fantasía. Y pensar que el me decía que era corto de carácter. ¿Sabés cuantas cabezas de ventaja nos lleva? Ojala yo pudiera cumplir con alguno de mis sueños… Hace varios años que lo veo muy de vez en cuando, se casó con esa chica de una ciudad vecina y creo que trabaja de albañil o haciendo algunas changas. No se acercó más a ninguna cancha y me contaron que ahora, está en un grupo de teatro. Quien sabe que nuevo sueño está por cumplir.


Nacido en Arequito en 1967, propietario de una libreria tradicional del pueblo.Comienza a escribir formalmente en el año 2007, atraido por la experiencia de participar en un certamen literario organizado por editorial Homo Sapiens de Rosario. Inspirado en una vieja fantasia infantil, escribe "El gol del campeonato" que resulta seleccionado para integrar la antologia "Cuentos por deporte". Desde ese momento, ha participado en otras selecciones en diferentes editoriales del pais escribiendo sobre diferentes tematicas. Alterna el gusto de escribir cuentos con el de guionar su otro trabajo: mago.

martes, 12 de enero de 2010

El gol del campeonato (por Jorge Viera)

Por Jorge Viera


Hay cosas que quedan grabadas en la memoria. Momentos, personas y situaciones que formaran parte de nuestras vivencias y recuerdos. Este, es el caso de Antonio Rubén Almada, Almadita en el barrio. En nuestra infancia, vivíamos casa de por medio en el humilde Fonavi de las afueras del pueblo. La calle era de tierra y en la cuadra de enfrente estaba el campo mismo. En la esquina había un baldío grande donde pasábamos jornadas completas, jugando con los demás chicos de la cuadra. Con Antonio, por las tardes, volvíamos de la escuela en bicicleta y no demorábamos más de cinco minutos en sacarnos los guardapolvos y volver a la vereda para ir a jugar a la esquina. Casi siempre, después de pasar un buen rato divirtiéndonos en grupo, volvíamos a mi casa y mi mamá nos esperaba con una merienda abundante, a la que dábamos cuenta en un abrir y cerrar de ojos. Mirábamos un rato la tele y luego llegaba la fatídica hora de los deberes. Nuestra infancia era indudablemente feliz, esperábamos cada día con el único fin de ir a la esquina a jugar. Como éramos todos varones, casi siempre se armaba algún picadito. A pesar de ser un barrio humilde, nunca faltaron pelotas a la hora del partido. El padre de uno de los chicos de la otra cuadra, había hecho un par de arcos de hierro en la fábrica donde trabajaba. De esa manera se evitaba más de una pelea a la hora de resolver si la pelota había pasado por el lado de adentro o de afuera de esos postes imaginarios, que tenían como base la remera de alguno de nosotros. Antonio no era de jugar, el prefería sentarse a un costado y observar con gran detenimiento las acciones de los jugadores. En la medida que fuimos creciendo, cada uno se fue desarrollando en diferentes aspectos, pero los sábados por la tarde, confluíamos al campito de la esquina como llamados por alguna voz interior. Muchas veces, se agregaba gente nueva, pero básicamente éramos siempre los mismos. Antonio se sentaba en un costado como era de costumbre y ahora tenía una libreta donde anotaba las diferentes acciones del juego. El decía, que le divertía más ver el partido que intentar jugar. A veces, en los cortes del juego me llamaba a un costado y me recomendaba cambiar de posición o de lugar en la cancha. Yo pensaba que hubiera sido un buen director técnico, aunque quizás, no tenía carácter para eso. Era más bien retraído y tímido, pero cada comentario que hacia respecto de algunos detalles tácticos, eran muy acertados. Al terminar los partidos, íbamos a compartir algún copetín con los muchachos a la sede del único club que había en nuestro pueblo. Una cálida tarde de verano, lo veo a Antonio, parado frente a un pizarrón que había adentro, leyendo uno de los tantos cartelitos de publicidad. Anotó algo en la libreta que siempre lo acompañaba. Como siempre, terminaba en la mesa con nosotros tomando algo, pero era como si no estuviera. Era muy silencioso y prudente a la hora de hablar. Al final de la reunión, quedamos solos y nos volvíamos caminando para el lado de nuestras casas y le pregunté que le había llamado tanto la atención en el pizarrón. Recuerdo que me desvió la conversación y en eso, yo lo respetaba mucho. Sabía que era reservado, pero al día siguiente, por pura curiosidad, me acerqué hasta la sede para ver de qué se trataba. Entre todos los carteles informativos de las diferentes actividades que tenía el club, había una publicidad muy llamativa que decía: “Escuela de árbitros” y dejaban un teléfono para informes. Durante un par de semanas, no lo vi a Antonio, lo cual no era raro, ya que tenía entendido que estaba de novio con una chica de una ciudad vecina. Viene a mi memoria la tarde de uno de los sábados que nos juntamos, donde Antonio se apareció en el campito y yo lo noté más locuaz de lo normal, más desenvuelto. Igual que siempre, se sentó en un costado y seguía anotando en su cuaderno, cosas que observaba en el partido. Cuando nos fuimos para la sede, le pregunté que estaba haciendo y ahí me confesó lo de la escuela de árbitros. Se lo veía muy entusiasmado. Al poco tiempo me llama por teléfono a mi casa y me invita a ver su debut como referí en un partido de infantiles. Naturalmente fui a presenciar su participación. Revive en mi memoria la entrada de los árbitros a la canchita del club. Antonio lucía una impecable casaca negra, al igual que el pantaloncito y las medias. Se había peinado a la gomina y tenía el rostro serio y circunspecto que ameritaba la ocasión, más allá de que fuera un encuentro entre chicos de diez años. A partir de ese momento, Antonio se dedicó a seguir con su carrera de árbitro, estudiando y perfeccionándose todo lo que podía. Ya era muy reconocido en la zona cuando lo llamaron para dirigir en la primera de la liga regional. Todavía veo la cara de alegría que tenía cuando me lo contó. Estaba radiante, resplandeciente, evidentemente estaba cumpliendo un sueño. La semana previa al partido, se lo percibía muy reconcentrado. Incluso en la sede se lo veía estudiando el reglamento. Siempre fue muy responsable en todo y en esta instancia más que trascendente en su vida se lo notaba más aplicado aún. La tarde del partido, llegamos más temprano de lo normal, a la cancha donde debutaría en primera nuestro querido Antonio, con algunos de los amigos de la barra. El ingreso de la terna arbitral era el momento más esperado por nosotros y la verdad es que no lo reconocimos a Antonio, parecía más flaco, pálido. De cualquier manera, tenía el rostro circunspecto y rígido que tienen todos los referís del planeta. Impecable como siempre, con la pelota bajo el brazo y un andar contundente. Todos aplaudimos con la pitada inicial, algunos plateistas cerca nuestro nos miraron con sorpresa. No entendían que significaba este partido para el árbitro principal y por ende, para nosotros. Al final del encuentro, esperamos a Antonio afuera de la cancha. Recuerdo verlo salir con su bolsito al hombro y su inseparable libreta en la mano. Nos confesó después en la sede, que se había puesto muy nervioso antes de entrar en el campo de juego y que casi renuncia antes de empezar. Con el tiempo, fue juntando experiencia y jerarquía dentro de la liga. Todos le reconocían la justeza de los fallos y como recorría la cancha para estar bien posicionado en todas las jugadas. A pesar de ser tan valorado y haber cumplido con su meta, una tarde, Antonio me contó que aun tenía un sueño por cumplir. No me explicitó más que eso y la verdad es que recién ahora, después de que pasó lo que quizás no debiera haber pasado, entiendo lo que me quería decir.

Continuará...
***

martes, 5 de enero de 2010

Més que un crack (Tango dedicado a Messi)

Este es el primer posteo de Gambeteando en el año 2010, año futbolero por excelencia porque viene con mundial incluido, con esa emoción, esa parálisis del país delante de los televisores, todos embanderados siguiendo una ilusión.
Por todo eso, y aunque Lionel Messi no sea santo de nuestra devoción, elegimos dedicarle el primer posteo a él, para ver si con este humilde aporte podemos ayudarlo a torcer el rumbo de su carrera con la albiceleste.

Este tango fue compuesto por el bandoneonista Marcelo Mercadante y el periodista y poeta Pablo Marchetti, director de la revista Barcelona.
Ambos fueron convocados por la revista Sons de la Mediterranea para hacer una canción que actualice la relación entre Barcelona y el tango (que se remonta a los tiempos de Gardel y el trío Irusta, Fugazot y Demare). Marchetti y Mercadante decidieron homenajear a la gambeta endiablada de la Pulga con "Més que un crack", un tango-canción que juega desde el título con el slogan del Barça ("Més que un club") y que narra la historia de un pibe (o un chaval), émulo callejero de Messi, en el barrio el Raval de Barcelona, o en Villa Lugano, en Buenos Aires.

Aquí, la letra:

"Més que un crack"

El chaval
con la samarreta del Barça
número 10
ni Nike ni nada
que compró por doce euros
a algún paqui en el Raval.
El chaval
con la que dice Messi
lleva el balón,
cruza la plaza
de la Vila de Gràcia
levanta la cabeza
y chuta a portería,
siempre a portería.


ESTRIBILLO

Feliz
entre dos márgenes sin rumbo
qué importa
si son ciudades,
si son vidas
o no son nada
no son nada.
Partir,
hartarse, renunciar
tachar nostalgias.
Llegar
para viajar a este otro mundo.
Visca el mundo!
Viajar
para llegar a este lugar.


El pibe
con la camiseta del Barça
número 10
ni Nike ni nada
20 pesos a un paragua,
la compró en Constitución.
El pibe
con la que dice Messi
lleva la pelota,
cruza la plaza
de Villa Lugano
levanta la cabeza
y le pega al arco,
siempre al arco.


ESTRIBILLO

Feliz
entre dos márgenes sin rumbo
qué importa
si son ciudades,
si son vidas
o no son nada
no son nada.
Partir,
hartarse, renunciar
tachar nostalgias.
Llegar
para viajar a este otro mundo.
Visca el mundo!
Viajar
para llegar a este lugar.




Esta nota fue tomada de la revista Rolling Stone.
Este es el link completo a la misma:
http://www.rollingstone.com.ar/nota.asp?nota_id=1191647

martes, 29 de diciembre de 2009

El primer partido (por Ricardo Rowies)

Por Ricardo Rowies

Un veinticinco de junio, habían desembarcado los ingleses en la costa de Quilmes, con el objeto de dar toda una vuelta y sorprender a los criollos atacándolos por atrás.
Mientras Beresford estaba muy preocupado en su estrategia, los soldados querían parar en algún lado para descansar y hacer sus cosas. Es así como después de una larga caminata, al llegar a Peña y Arenales en la hoy localidad de Banfield, se detuvieron, armaron sus carpas, comieron y cayeron desmayados en sus bolsas de dormir.
Al día siguiente, después de preparar lo concerniente al viaje y tomar un buen desayuno, formaron dos grupos, uno de quince soldados por un lado y otro de catorce. Los de éste último se sacaron las chombas, quedando con el torso desnudo, en tanto que el grupo de quince, quedó con sus chombas blancas.
Un soldado viejo daba instrucciones a los catorce, los que hacían flexiones y corrían de un lado para el otro como preparándose para una contienda. Los otros, bajo las órdenes de algún jefe, también hacían movimientos parecidos.
Allí se encontraba, a una distancia prudencial, un querandí con su caballo observando como, luego de marcar la tierra con cuatro cañas, armando un rectángulo imaginario, y de poner en el medio de cada lado más corto, un arco de siete metros de ancho por dos de alto, hecho con dos cañas clavadas al piso y una transversal unida en los extremos superiores. pusieron un bicho de cuero esférico y le daban de puntapiés para un lado y para el otro.
Al querandí le causó mucha gracia ver como esos hombres corrían atrás del bicho y mucho más gracioso le pareció como se daban de patadas y caían rodando.
Susto se pegó cuando el esférico paso por abajo de uno de los arcos y los quince tipos con chomba gritaron a la vez ¡Goal! , eso sí que no se lo esperaba.
Luego de acomodar al bicho en el medio del rectángulo imaginario, empezaron de nuevo a darle, pero esta vez fue diferente. Un descamisado, arrancó por la derecha con el bicho a sus pies, en un amague, dejó en el camino a tres con chomba, siguió, y le pegó para adelante. Con un pique veloz, lo alcanzó. Le salió un contrario con la intención de robárselo, pero éste frenó de golpe, como si hubiese chocado contra el mismo aire, y girando el cuerpo, se lo llevó directamente para el arco. Fue ahí cuando apareció otro con chomba y le metió una murra que se escuchó hasta donde estaba el indiecito. Fue como si hubieran chocado dos palos y lo escuchó con viento en contra, lo que le debe doler, pensó el autóctono.
Pero eso no quedó así, cuando pudo levantarse el descamisado, rengo y todo lo fue a buscar al agresor y se dieron piñas, se metieron otros y más trompadas, era todo un espectáculo. El indiecito decidió acercarse un poco más para no perderse detalle.
Después de la escaramuza, los agresores se dieron la mano y prosiguió el juego.
El querandí fue entendiendo, y acostado entre los yuyos, miraba sin perderse detalle, mientras que un descamisado pateaba hacia el rectángulo, voló el bicho perdiéndose por la calle Gallo. El resultado de la contienda seguía uno a cero a favor de los vestidos.
De golpe un despeje hizo que el bicho fuera directamente y a gran velocidad sobre la humanidad del indiecito.
¡Amalaya disgraciao! con gran reacción y sin dudarlo el indio voló y describiendo una tijera en aire con sus piernas le pegó con exactitud nunca vista por estos gringos, devolviéndolo por el aire, y luego de describir una parábola, bajó directamente sobre el arco destruyendo las cañas.
Los gringos, estupefactos, miraban al indio en pelotas y con unas bolas colgadas de la cintura, que con cara de salir corriendo, quedó quieto observando el movimiento de los tipos.
Algunos, gritaron gol, pero la mayoría quedó anonadado mirando a ese habilidoso del balón pié.
El viejo que dirigía a los descamisados, como tenían uno menos, ni lerdo ni perezoso, gritó, ¡juega para nosotros! y comenzó a avanzar en dirección del indio para invitarlo, pero a mitad de camino, el nativo, con desconfianza empezó a retroceder.
Con toda la intención de mostrar amistad, el viejo primero sacó un pañuelo blanco y lo agitó en el aire. Siguió caminando. El indio sacó de su cintura tres bolitas atadas con tiento de cuero crudo y con un movimiento parecido, las agitó por el aire en forma circular sobre su cabeza. El gringo seguía acercándose con el bicho abajo del brazo izquierdo y el pañuelo blanco agitándolo en la otra mano.
El indio siguió con las boleadoras, cambiando la posición, en un circulo ligeramente oblicuo hacia un costado de su cuerpo.
El viejo con una sonrisa en su boca, signo de simpatía y buena voluntad.
El indio con cara de terror, y ojo de águila que calcula el golpe a su presa.
Atrás todos miraban la escena.
Con paso firme hacia adelante, soltó al cuero y con una patadita se lo lanzó al indio, éste en respuesta inmediata, lanzó las tres bolitas sobre la cabeza del inglés. La primera, lo paralizó, la segunda, inmediatamente le hizo girar la pierna que había adelantado hacia atrás, quedando con las piernas abiertas y los brazos como para abrazar a su mejor amigo, y la tercera, lo hizo caer hacia atrás, qué digo caer, desplomarse como una bolsa de papas.
El indio tomó al bicho arrojándosele encima, como hacía Roma en sus mejores tiempos, y apretándolo entre sus brazos, quiso asfixiarlo, y se entreveró en una lucha dando saltos y pegándole piñas, pero el pobre ni se inmutó. Tan entretenido estaba en domesticarlo, que no se dio cuenta que el gringo estaba parado a su lado, hasta que vio un par de botas, y levantando la vista, estaba el tipo ahí, che. Manos en la cintura, rostro colorado como si hubiese tomado dos jarras de chicha, y tres bultos bien diferenciados en la cabeza, señal de que su bicho, de tres bolitas pequeñas era más agresivo que el otro de una bola grande.
Luego del susto y desconfianza que daba tener al viejo al lado, y viendo que este le entregaba sus boleadoras, entendió que debía canjearlo y así recuperarlas.
Extendiendo su mano, con las piernas apuntando para otro lado, listo para rajar, entregó al bicho raro, sin ojos, ni boca.
Inmediatamente luego de recibirlo el inglés pronunció sus primeras palabras ¡caman! acompañado con el gesto inconfundible de su brazo derecho, invitando a que lo siga.
Increíble, pero éste fue el primer episodio de violencia con el público en una cancha de fútbol que se haya registrado en estas tierras.
El indio, aceptó de buena gana participar del juego, el inglés le explicó algunas tácticas: los de blanco, atacan para la calle Palacios, nosotros para Gallo, gana el que mete más veces la pelota adentro del arco contrario. ¿Okey? ¿Okey?
El indio que no entendió nada de lo que le dijo, había visto lo suficiente como para jugar, claro que a veces las interpretaciones son de acuerdo a la cultura y los medios que se posee en el momento. Así fue que en una jugada que un blanco se escapaba solo para el gol, el indio sacó las boleadoras y con un tiro certero le enredó las patas. Cayó de cabeza y la pelota mansa al arquero.
Mientras el indio pedía al bicho para iniciar un contraataque, unos trataban de reanimar al gringo del porrazo, y el viejo trataba de explicarle que tenía que valerse únicamente de su cuerpo, que no valía tirarle objetos al contrario.
El indio que seguía sin entender nada de lo que le decían, cuando le devolvieron las boleadoras con gestos muy elocuentes, comprendió que no debía volverlas a usar.
El partido prosiguió sin expulsados ni amonestados, bajo la comprensión de todos, de que el indio no conocía las reglas.
En una embestida de los descamisados, le cae el bicho al indio, quien con un soberbio derechazo, lo metió en el ángulo superior izquierdo del arco.
¡Goal! gritaron todos asustando al indio otra vez, que casi salió corriendo.
Ya terminaba el partido, cuando el cronómetro marcaba cuarenta y cuatro minutos del segundo tiempo, el querandí emprendió un carrera infernal contra el arco y ante la salida del arquero, se la picó por arriba metiéndola otra vez en el arco. Dos a uno.
¡Goooooooooooooallllll!
Saltó del susto que se pegó. No se acostumbraba al grito de gol, corrió desesperado, y luego de un silbido agudo y cortito, pasó el caballo como una ráfaga, subió y colgado del mismo, con una mano, tomó el bicho despareciendo entre la pampa.
Un enviado de Buenos Aires que llegó tarde al partido, con el objeto de espiar a los enemigos, vio semejante cosa e informó:
“Los invasores están luchando contra los Querandíes, en la cancha de Banfield, así que tenemos tiempo para organizar la defensa de la ciudad”.
Los ingleses, en tanto, hicieron un informe que fue redactado por los perdedores, y decía:
“Los descamisados hicieron trampa, ya que empezaron jugando con uno menos y luego trajeron a un jugador local profesional, quién dio vuelta el partido. Lamentablemente solo podemos enviar el tesoro que capturamos en Luján porque el tipo se avivó de que lo queríamos enviar a Inglaterra y se escapó a caballo.”
El indiecito al llegar a su choza, se encontró que había un gran alboroto, eran los de su tribu, que habían visto como él peleaba contra muchos blancos, y se estaban organizando para atacar. Al verlo sano y salvo, le preguntaron, como había hecho, a lo que contestó:
“Eran malos, les dí un baile bárbaro y corrí con este bicho, que debe valer mucho porque todos se peleaban por él.”
Los Querandíes fueron perseguidos y exterminados, y justo ciento setenta y dos años después, entre persecuciones y exterminios, un veinticinco de Junio, Argentina salía campeón del mundo.


Escribo cuentos, novelas y ensayos, algunos fueron publicados en los suplementos dominicales de varios diarios del interior del país, también en el semanario 7/7 de Montevideo, Uruguay.
Obtuve una mención en el concurso de reflexiones en Madrid, España otorgada por la editorial Orola.
Actualmente participo escribiendo y formando parte del grupo editor de "El Libertario" que es una publicación de orientación anarquista.
La inclinación hacia los cuentos sobre fútbol viene de que, además de practicarlo desde que recuerdo, también concurro asiduamente a la cancha a ver a Banfield.

martes, 22 de diciembre de 2009

Por qué el fútbol no tiene novelistas (por Juan Villoro)

Por Juan Villoro


Es difícil aficionarse a un deporte sin querer practicarlo alguna vez. Jugué numerosos partidos y milité en las inferiores de los Pumas. A los 16 años, ante la decisiva categoría Juvenil AA, supe que no podría llegar a primera división y sólo anotaría en Maracaná cuando estuviera dormido.

Escribir de fútbol es una de las muchas reparaciones que permite la literatura. Cada cierto tiempo, algún crítico se pregunta por qué no hay grandes novelas de fútbol en un planeta que contiene el aliento para ver un Mundial. La respuesta me parece bastante simple. El sistema de referencias del fútbol está tan codificado e involucra de manera tan eficaz a las emociones que contiene en sí mismo su propia épica, su propia tragedia y su propia comedia. No necesita tramas paralelas y deja poco espacio a la inventiva de autor. Esta es una de las razones por las que hay mejores cuentos que novelas de fútbol. Como el balompié llega ya narrado, sus misterios inéditos suelen ser breves. El novelista que no se conforma con ser un espejo, prefiere mirar en otras direcciones. En cambio, el cronista (interesado en volver a contar lo ya sucedido) encuentra ahí inagotable estímulo.

Y es que el fútbol es, en sí mismo, asunto de la palabra. Pocas actividades dependen tanto de lo que ya se sabe como el arte de reiterar las hazañas de la cancha. Las leyendas que cuentan los aficionados prolongan las gestas en una pasión non-stop que suplanta al fútbol, ese Dios con prestaciones que nunca ocurre en lunes.

En los partidos de mi infancia, el hecho fundamental fue que los narró el gran cronista televisivo Angel Fernández, capaz de transformar un juego sin gloria en la caída de Cartago.

Las crónicas comprometen tanto a la imaginación que algunos de los grandes rapsodas han contado partidos que no vieron. Casi ciego, Cristino Lorenzo fabulaba desde el Café Tupinamba de la ciudad de México; el Mago Septién y otros locutores de embrujo lograron inventar gestas de béisbol, box o fútbol con todos sus detalles a partir de los escuetos datos que llegaban por telegrama a la estación de radio.

Por desgracia, no siempre es posible que Homero tenga gafete de acreditación en el Mundial y muchas narraciones carecen de interés. Pero nada frena a pregoneros, teóricos y evangelistas. El fútbol exige palabras, no sólo las de los profesionales sino las de cualquier aficionado provisto del atributo suficiente y dramático de tener boca. ¿Por qué no nos callamos de una vez? Porque el fútbol está lleno de cosas que francamente no se entienden. De repente, un genio curtido en mil batallas roza con el calcetín la pelota que incluso el cronista hubiera empujado a las redes; un portero que había mostrado nervios de cableado de cobre sale a jugar con guantes de mantequilla; el equipo forjado a fuego lento pierde la química o la actitud o como se le quiera llamar a la misteriosa energía que reúne a once soledades.


Juan Villoro es un reconocido escritor mexicano y este texto es lo que fuera el anticipo de su libro Dios es redondo, publicado por Editorial Planeta en 2006, año del Mundial disputado en Alemania.

martes, 15 de diciembre de 2009

Como aferrándose-El Juan (por Sonia Figueras)

Por Sonia Figueras

Como aferrándose a un minuto final, ése del no retorno, se agarró con fuerza del pasamanos del micro en un salto enorme, tan grande como pequeño era él. Su cuerpecito se afirmó en el escalón y con un suspiro se quedó parado mirando la estación que iba quedando atrás. Y sus dientes asomaron entre los labios entreabiertos por el esfuerzo que había hecho. Con el bolsito al hombro se quedó largo rato con la vista en lo que dejaba. ¿Qué dejaba?...Nada. Ni mamá, ni papá, ni hermanos. La nada. Bueno, sí. Un sucucho donde se acostaba por las noches, después de repartir melones con Don Santo que ni siquiera le daba una moneda. ¡Y cuánto deseó siempre tener una moneda! Aunque sólo fuera para mostrársela a los otros, a quienes sus patrones sí les daban. Don Santo decía que con la comida y el catre, estaba bien. Y los siete añitos del Juan se habían acomodado al caldo donde a veces bailaba algún fideo y con el melón bien chico, consabido. Comida al mediodía no; porque había que repartir, Así, sin una moneda, un bolso raído, un saco de lana peor y un melón, el Juan hizo un esbozo de sonrisa al pueblo, le mandó un chiflido por saludo y se dijo “ chau, no vengo más”.
El tema fue que el que manejaba el micro era para él como un piloto de avión, con un uniforme parecido a los de las películas que veía en la tele del Tropezón, cuando podía y cuando andaba el aparato. El hombre le preguntó por su boleto y el Juan puso cara de nada. No le entendía qué le pedía. - ¿Y el boleto? ¿No tenés boleto? ¿No tenés plata para pagar el pasaje? – No .- ¿Y pensás viajar de arriba? ¿no te dio la plata tu papá?- No tengo papá. No tengo papá, don, ni mamá, sólo tengo a Don Santo.
- ¡Mirá vos! ¿y Don Santo te manda a viajar sin plata?
El Juan bajó la cabeza, acostumbrada a tragarse los retos y tras su flequillo de pirinchos el hombre tardó muy poco en ver los ojos con lágrimas. ¿Por qué llorás?

En tanto la señora del primer asiento miraba como al descuido, no fuera cosa que tuviera que pagarle el boleto al negrito ése y los demás del micro leían o dormían (¿dormían?).
– Don Santo no me dio plata. Yo me escapé; total a él no le va a importar, cualquier otro le va a repartir los melones.
El piloto – hombre - Manuel, le dijo que se sentara en el asiento del acompañante. El Juan nunca soñó con estar sentado en un micro al lado del que manejaba. Miraba adelante y se mareó, entonces empezó a mirar por el costado y nubes verdes pasaban a su lado y estrellas arrastradas por el suelo se movían en todas direcciones. En una parada, el piloto, que resultó gran amigo de viaje, le compró un sándwich de jamón. El Juan nunca había comido jamón. Lo investigó, ¡sí que estaba bueno! El hombre le compró otro y una gaseosa, de ésas que el Juan veía en el mostrador del Tropezón, que otros tomaban y él le tenía tantas ganas. Durante el viaje, cansado por las luces del tráfico, dobló la cabeza y se quedó dormido y Manuel lo tapó con su campera. - No vaya a ser que el aire acondicionado lo resfríe al pibe, se dijo.
Amaneció y el Juan abrió los ojos y recién se animó a preguntar a dónde iban. - A Buenos Aires, nene, ya estamos llegando. El Juan sabía de Buenos Aires. Que era lejos y que muchos del pueblo se perdían. Algunos no volvían más... Pero él estaba con el piloto y no tenía miedo, porque el piloto lo había cuidado a la noche. Y a él nunca lo había cuidado nadie ¡y eso que soñaba cada cosa! ¡a veces tenía tanto, pero tanto miedo!

Llegaron a la casa de Manuel y fue toda una revolución. El primero en aparecer fue Moro, un perro negro grande que lo lamió todo y después una señora muy linda que le dio un beso, le preguntó su nombre y le dijo que ella se llamaba Patricia.
Detrás, dos nenas lo miraban con curiosidad y a duras penas se presentaron. Una se llamaba Lucila y la otra Sandra y le dieron otro beso cada una.
Así comenzó la verdadera vida del Juan. Lo de antes era nada más que otra de sus pesadillas. El Juan pasó a ser Juan Agustín (Agustín elegido por las nenas) y de apellido Riera. Porque la adopción fue legal, ya que a él nadie lo buscaba y Manuel en sus viajes no encontró a alguno que le diera ni un solo dato.
Como las nenas eran mellizas y parejas en edad con él, hicieron la primaria y la secundaria al tiempo, en el mismo colegio del Normal de Villa Crespo. En las noches y en cualquier momento estaban los tres juntos participándose de lo acontecido y contándose sus amoríos o amistades.

Llegada la hora de decidir qué hacer después de la primaria, Manuel y Patricia comenzaron a ayudarlos a decidirse, pero ellos parecían bastante claros. Lucila quería ser maestra y terminar en el mismo Normal. Sandra, modelo. Lucila y Patricia la ayudaron a buscar dónde aprender esa profesión.
Juan Agustín jugaba muy bien al fútbol y Manuel lo llevó a las inferiores de Boca Juniors donde realmente llegó a interesar. En cuanto lo vieron jugar, integró el plantel y de ahí en más su carrera fue meteórica. Para los Riera no sólo fue un sueño, sino un triunfo. El muchacho se fue a Europa con un contrato fabuloso y se convirtió en la figura del Barcelona, un crack. ¿Se dan cuenta? …¡De los melones y Don Santo al Barcelona!
Mientras, aquí en Buenos Aires, quedaba el matrimonio Riera, orgulloso, las chicas hicieron un cambio de carácter que sus padres no pudieron entender. Lucila ejercía en la misma escuela donde se había recibido de maestra. Sandra, tan bonita como Lucila, era la preferida de los fotógrafos de moda por su porte y sus rasgos de un exotismo inusual. Cada una en lo suyo.

Pero ellas no volvieron a juntarse para hablar de sus cosas. Casi no se veían y cuando lo hacían no encontraban temas para hablar.
Hasta que surgió el viaje de Sandra a Europa y otra revolución hubo en lo de los Riera.
En un ataque e intempestivamente la maestrita enfrentó a su hermana gritando y llorando: ¡claro, está todo bien hecho! ¿Por qué me ocultaste que lo amabas?
Los padres no entendieron hasta que llegó la respuesta de Sandra: - Sí, voy a verlo. Lo quise siempre. Estoy segura que en cuanto llegue a Barcelona y nos encontremos, haremos los preparativos para casarnos en Buenos Aires como lo soñé siempre.
Por la mañana, la madre encontró el cuerpo de su hija con una herida de bala en el corazón y libros y cuadernos salpicados con sangre.
En tanto el Juan, regresaba de Europa sin sospechar la tragedia, a pedir le permitieran casarse con Lucila, esa maestra incomparable, la mujer de su vida.


Sonia por ella misma: ¿Algo mío? soy argentina, porteña nacida en 1933, Maestra Normal, profesora de Ed. Física y Obstétrica. Viuda de un médico, un hijo veterinario, una hija psicóloga, dos nietos de doce y catorce años, Juan Francisco y Malena. Intento escribir poemas, relatos y con audacia una novela. Participé en varias Antologías con menciones de honor y premios. Con enorme satisfacción y sin saberlo, un poema en el libro de Madres de Plaza de Mayo. Me importan los Derechos Humanos y todo tipo de discriminación.

martes, 8 de diciembre de 2009

Medio a cero (por Juan María Iroulart)

Por Juan María Iroulart

El "Toro" Freidíaz, mamita como le pegaba de fuerte a la pelota, era el 8 de Huracán Ciclista Club, en la Liga pese a su corta edad ya era conocido por su destreza y todos recordaban aquel partido en reserva contra Cascallares, cuando sacó el bombazo que fue el causante de los gravísimos disturbios, acontecimiento que luego se lo conoció como "La tarde del medio", porque el arco era de palos cuadrados, como en todos lados, y el formidable remate del Toro dio en uno de los filos del palo pero como venía con semejante violencia la pelota se partió por la mitad y cayó una mitad afuera y la otro adentro del arco, el referí no sabía que cobrar hasta que se le acercó el Gringo Maglione (capitán del HCC) y le alcanzó a susurrar al oído: "si no cobrás gol, te fajo...", inmediatamente el hombre de negro marcó el centro del campo, desencadenando una batahola descomunal; al tiempo la Liga dio su dictamen sobre el resultado siendo este de ½ a 0 a favor de Huracán Ciclista.


Este texto fue tomado de la excelente página "Cuentos y más".
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martes, 1 de diciembre de 2009

El último entrenador (por Juan Sasturain)

Por Juan Sasturain

Me lo encuentro de casualidad el sábado en Adrogué, en el cumpleaños de la hijita de un amigo. Salta el apellido que es raro, poco frecuente, y enseguida asocio a ese viejo, ese abuelo materno sentado casi de regalo a un costado de la mesa puesta en el extremo del living, con los recuerdos de infancia.

De las figuritas, no. No es un jugador pero es un nombre y una vaga cara del fútbol. Aprovecho que los pibes se van al patio a devastar lo que queda de un jardín con más calas que pensamientos y le busco la memoria con una pregunta respetuosa, como tocar a un oso despeluchado con un palo a través de las rejas:

-Su apellido me suena -le digo mientras nuestras manos convergen sobre la fuente de masitas-. Lo asocio con el fútbol de los cuarenta y cincuenta, cuando yo era chico, ¿Puede ser?

Tras un momento me confirma que sí, que es él, y el reconocimiento al que no está acostumbrado lo ilumina un poco, apenas, como las velitas de esa torta de nena, sin jugadores, que espera en medio de la mesa.

-Ya nadie se acuerda.

-No crea.

Nos trenzamos a charlar y no sé bien cómo pero al rato, mientras los otros destapan botellas, nosotros estamos en el dormitorio -porque esa es su casa, la de siempre- destapando una caja de alevosos recuerdos.

-Ese año que usted dice salimos campeones -revuelve, encuentra-. Fíjese, acá estoy yo.

Y me señala lo evidente, lo alevoso de su figuración. Es la foto de una revista y él está parado a un costado, el penúltimo de la fila de arriba, entre un colado habitual y un marcador de punta de los que todavía no se llamaban así.

-Qué pinta.

Tiene bigotitos, el jopo tieso de Gomina o Ricibrill y una E bien grande de pañolenci pegada -acaso con broches- en medio del pecho. El rompevientos -así se llamaban los inevitables buzos azules de gimnasia de entonces- está algo descolorido y los pantalones abombachados se le ajustan a la cintura un poco demasiado arriba, le dan un aire ridículo. El equipo, los colores del equipo que enfrenta a la cámara en dos niveles -atrás y de pie, la defensa; abajo y agachados los delanteros del siete al once, y el nueve con la pelota-, no importa demasiado ni viene al caso. Pero la cancha está llena.

-Linda foto -digo, porque es linda foto en serio.

-Psé.

Me muestra otra parecida de esa época, de un diario, y después otra más, posterior, coloreada a mano al estilo fotógrafo de plaza. Ya el equipo es otro y las tribunas detrás, mucho más bajas. El rompevientos -es el mismo, estoy seguro de que es el mismo- está un poco más descolorido.

Pone las tres fotos en fila y me dice, me sorprende:

-No estoy.

-Cómo que no.

Y por toda respuesta, contra toda evidencia, pone el dedo en el epígrafe, va de jugador en jugador, de nombre en nombre, y el suyo en todos los casos brilla -como el Ricibrill- por su ausencia.

-No era costumbre, supongo -y me siento estúpido.

-No era el tiempo, todavía -recuerda sin ira.

-Claro.

Él sigue revolviendo, elige y me alcanza. Y yo pienso que ese hombre de destino lateral, anónimo adosado al margen del grupo de los actores con una E grotesca en el uniforme de fajina era casi, para entonces, como un mecánico junto al piloto consagrado, o como el veterano de nariz achatada que se asoma al borde del ring junto al campeón. Su lugar estaba ahí, al ras del pasto; su función se acababa entre semana.

-No era el tiempo todavía -repite.

Y sabe que llegó empírico y temprano y se metió de costado en la foto en que salió borrado.

-En esa época había pedicuros, dentistas, porteros... -dice de pronto con extraño énfasis-. Era el nombre de lo que hacían. Ahora les dicen podólogos, odontólogos, encargados... Esas boludeces, como si fuera más prestigioso... Y yo era entrenador.

-No director técnico.

-Pts... Ni me hable, por favor... -y se le escapa cierta furia sorda, muy masticada.

-No le hablo. Tiene razón.

Compartimos en silencio certezas menores, módicos resentimientos.

-Vinieron con la exigencia de diploma -dice de pronto.

-Claro.

Me sumo a su fastidio y de ahí saltamos a desmenuzar los detalles, el contraste: el banquito con techo, el verso táctico, el vestuario aparatoso y la pilcha elegida para salir el domingo, esa que nunca se puso. Cuando quiero atenuar tanta simpleza sin lastimarlo, se me adelanta:

-Le digo: no se lo cambio.

-Le creo.

En eso, los primeros padres que vienen a recoger a sus niños irrumpen en el dormitorio y entre disculpas se llevan los pulóveres, las camperas apiladas sobre la cama grande. Entra la mujer de mi amigo, incluso.

-Ah, papá... estabas acá -y suspira como si encontrarlo en una casa de tres habitaciones fuera un trabajo-. Y siempre con esas cosas viejas. Sabés que no te hace bien.

Ella me mira como si yo tuviera alguna culpa que sin duda tengo y se lo lleva, lo saca de la vieja cancha despoblada para que vaya a saludar a alguien que se va o se sume para la foto con la nieta que -lo sé- no le interesa. El veterano me mira resignado. -Ha sido un gusto.

Asiente y se lo llevan. Apenas se resiste.

Me quedo solo y guardo las viejas revistas que han quedado abiertas sin pudor ni consuelo. No es cuestión de que cualquiera meta mano ahí. Después busco mi propio abrigo y escucho los ruidosos comentarios del living. Me imagino que para las fotos familiares el viejo se debería poner una remera grande con la letra A de Abuelo, para que al menos alguno pregunte quién es.

Pero no me quedo para verificarlo. Me basta con sentir o imaginar que he conocido al último entrenador.

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