domingo, 6 de julio de 2008

Pasión de multitudes



Por Silvina Jegier

Homenaje al “lugar común”

Fue en una de esas tardes plomizas que noviembre regala como prólogo de lo que vendrá.
Recuerdo que durante la semana el sol pegó más y más sobre el asfalto, los empedrados, las veredas, los techos y el termómetro amenazó con explotar. El ánimo de los ciudadanos se emparejaba con el clima aplanador, los cuerpos pegajosos, apiñados en las colas y en todas partes como vacas rumbo al matadero exudaban más y más humedad; algo insoportable, creamé, y en todos lados no existían más que dos temas de conversación: el calor imposible, producto seguro del fatal agujero en la capa de ozono que lograría derretirnos y el choque por el campeonato de ese deporte capaz de enajenar a millones de argentinos.
Usted sabe que no le miento cuando digo que de eso se habló en el pueblo, en los diarios y revistas, en la tele, en la calle, los bares las oficinas y escuelas, los bancos y las plazas y en los bancos de las plazas. Ese encuentro definiría la alegría, la gloria y la victoria para una mitad y la burla y la derrota para la otra.
De eso se continuaría hablando también después. Por eso, lo que para algunos sería como tocar el cielo con las manos, para los otros sería descender al séptimo infierno. Al menos hasta el próximo encuentro, o torneo de verano, o campeonato de apertura o clausura o picado o lo que fuera.
Yo no podía más. Iba a ser protagonista. Sería parte de los once bravos de unos de los bandos que esa tarde se batirían a duelo.
Estábamos bien preparados, trabajando a conciencia, con la mente puesta sólo en el objetivo final. La recompensa bien valía el sacrificio.
Dos días antes el técnico nos convocó a la concentración. Fuimos a un hotel del centro. Las horas se estiraban como chicle, largas y pegajosas. Allí transcurrieron las charlas técnicas, vimos videos de partidos pasados del equipo contrario, escuchamos algo de música. Tele no porque todo lo que aparecía en la pantalla tenía que ver con nosotros y según los dirigentes y el cuerpo técnico sólo serviría para desconcentrarnos. La prensa amarilla ya hablaba de premios, posibles sobornos de la hinchada contraria y del apriete de la propia. No entendían que ahí también jugábamos por nuestro honor.
El “Día D” fue una tarde tranquila, llena de esa calma que precede a las tormentas. El sol era tan fuerte que derretía todo lo que quedaba a su paso..
Desde las ventanillas del micro que nos llevó a la cancha veíamos llegar hordas de hinchas anhelantes que caminaban codo a codo mostrando los colores que teñían su corazón. Coreaban cánticos, se saludaban, enarbolaban orgullosos sus banderas. Desde los cuatro puntos cardinales se veía llegar a la masa humana, se oían las canciones que como himnos brotaban de sus gargantas.
Ya en el vestuario nos cambiamos siguiendo las cábalas de costumbre. Caminamos confiados hacia el túnel. Al final la claridad y el bramido de las fieras, los periodistas, las cámaras y los otros once con sus casacas brillantes y el pecho erguido y sus ansias de alzar la copa después de arrasar con nosotros.
Mi corazón estaba a punto de estallar. Sabía, sentía que los laureles sólo podían ser nuestros. Nos palmeábamos las espaldas y sonreíamos confiados de lo que seríamos capaces de obtener. Afuera se oyó un grito ensordecedor que bajó de la cima de las tribunas hasta nuestros pies arrasando con todo aquello que se interpusiese en su camino. Los otros ya estaban afuera.
Faltábamos nosotros. Éramos los locales, los preferidos de la prensa, los mejores.
Yo iba al frente, con la cinta de capitán. Respiré hondo, saqué pecho y sintiéndome invencible me encomendé a mi dios, entorné los ojos cegado por el despiadado destello de los flashes y con paso firme, de soldado, caminé hacia el centro, a la mitad del campo, a enfrentar mi destino. El resto del equipo me siguió como un solo cuerpo con una única alma y fuimos tapados por toneladas de papelitos que volaban hacia nosotros tapizando el césped que pisábamos. Posamos para la inmortalidad, para el póster de la próxima revista, para todos los diarios que le pondrían el título “CAMPEÓN DEL AÑO”.
Intercambiamos con el otro capitán cortesías, banderines y un apretón de manos.
El árbitro, inmutable en su rol de impartir la ley por partes iguales preguntó “cara o ceca”, se definieron los arcos y por fin sonó, claro y potente, el silbato.
La batalla había comenzado. Corríamos de un lado a otro con hambre de triunfo, desbocados, chorreando sudor y amor propio.
Los otros hicieron lo suyo con hidalguía, con coraje y sin respeto por nosotros, los supuestos favoritos. Pegaron como locos, no perdonaron a nadie, ojo, nosotros un poco también dimos, pero nada que ver con ellos.
La situación se encontraba pareja. Ninguno retrocedía, tampoco avanzaba. Un partido trabado y sin lujos, nadie quería correr el riesgo del gol en el propio arco ¿me entiende? Estábamos empantanados en una lucha sin cuartel.
Era imposible, tal como estaban planteados los acontecimientos, predecir qué podría suceder.
En el entretiempo el técnico nos dio agua y dijo que era el momento de poner huevos, de dejarse de joder, carajo, que para algo nos habíamos roto el culo todo el año, que nadie daba dos mangos por nosotros, que fuimos la resaca de la tabla por años y que ésta era nuestra hora, la hora de la verdad y que, además, si perdíamos, si quedábamos afuera, mejor que nos cuidáramos porque los muchachos se iban a poner un cacho nerviosos. Todo eso nos dijo de un tirón y se fue a sentar al fondo del vestuario, yo vi que le estaba rezando a la virgen de no sé qué coso y me quedé mirándolo. Antes de pisar nuevamente el pasto me tocó el hombre y me susurró en una súplica usté haga lo que sabe, salga, agarre la redonda y corra, y sino espere cerca del arco para vacunar apenas llegue alguno de sus compañeros, pero por favor, vacune.
Habían pasado ya más de ochenta y cinco minutos y todo seguía como al principio. Nosotros tuvimos un par de oportunidades, los otros pegaron una en el travesaño, nuestro arquero mandó dos o tres al corner, diga que estaba inspirado. A mí no me llegaba una limpia, subí y bajé como loco intentando hacer el sueño de mi técnico, mío y detona la hinchada realidad.
De pronto el dos tira una larga de esas imposibles. Con la frente alta corrí como un loco, la paré justo antes de que salga fuera de la línea y encaré al arco contrario. La ansiada meta estaba allí, esperándome. Ese era mi momento, no podía dejarlo pasar.
Pensé en mi viejo y en cómo se pondría si pudiese verme; de reojo podía ver los colores de mi hinchada, mis oídos escuchaban el clamor de millones de voces coreando mi nombre y otras tantas recordando a mi santa madre.
El ansiado fin estaba allí. Éramos veintidós almas y ninguna estaba dispuesta a ceder un palmo del terreno ganado. La pelota me siguió mansita, parecía cosida a mis pies. Sin titubear pensé que a lo mejor ese día estaba predestinado a emularlo a EL, al más grande, al diez.
Pasé a uno, a otro y a otro más. La cancha se iba achicando y cuando estuve ahí me di cuenta del silencio sepulcral, expectante silencio para unos, horroroso silencio para los otros. Solamente tenía que pasar al arquero y empujar la redonda debajo de los tres palos.
Ese fue mi segundo fatal, el del silencio de la muerte que viene a buscarte cuando menos la esperás. Salió uno, de los otros, claro está, de la nada y me arrebató de las manos la gloria.
Pateó lejos jugando al contragolpe, sólo quedaba un minuto, la última jugada que agarró a mi equipo mal parado.
Estallaron las tribunas, todos gritaron, todos rogaron.
Yo quedé impotente mirando al horizonte, quieto como una estatua de sal. Vi la línea final de mi terreno y a todos mis compañeros tratando de evitar la catástrofe. Ciego, con el alma hecha pedazos y los pies de plomo no pude impedir escuchar el grito de GOL, terrible grito que sacudió los cimientos de todo el estadio y de todo el planeta derramando la alegría de la parcialidad que usaba una camiseta distinta a la mía.

2 comentarios:

Claudio S. dijo...

Silvina: Muy bueno tu relato, la verdad es que me produjo esa sensación de peligro de gol que siento cada vez que en la cancha toma la pelota el mediocampista de mi equipo, cruza la línea media y los delanteros a toda velocidad corren hacia adelante sin dejar de voltear la cabeza atrás.
Y por supuesto, doy por descontado que cuando decís "predestinado a emularlo a EL, al más grande, al diez" te estás refiriendo al Gran Mario Alberto Kempes, quien nos llevara de su mano a la primera Copa el Mundo, siendo a su vez, goleador del campeonato.
Porque además, el más grande es siempre el primero. ¿O quién se acuerda de su segunda novia?

Misterios y leyendas dijo...

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