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martes, 1 de mayo de 2012

Hay equipo (por Nolberto Malacalza)

      
Por Nolberto Malacalza

 Le dimos toda la tarde a la de cuero. Le había tirado un caño más a un lungo que no me podía parar,  me dio por festejarlo y entonces el pibe me empezó a cepillar mal y a decirme: “Ya te voy a agarrar afuera”. Mi hermano miró el reloj y amagó con irse del baldío. La pelota era de él, se la había regalado Evita, pero no la levantó. “Sigan otro rato —dijo—. Después me la alcanzan”. Me agarró del hombro y nos fuimos juntos. El otro se quedó piola, sabía que con el Zanja no se jode.
      Llegamos a casa y mi hermano se cambió las zapatillas, justo cuando la vieja empezaba el mate. Tomó dos o tres, dijo “gracias” y ahí nomás amagó con irse.
      —Ya te estás rajando de nuevo —le dijo mi mamá—. Acordate de mis consejos, o vas a terminar mal. No me hagás poner loca, hijo.
      El Zanja no volvió. Mi colchoneta no va más, por eso aproveché y me pasé a su cama. Salía como un tufo raro de la almohada y  no me importaba, total iba a dormir en lo blandito. Qué paliza le di al colchón. A las cinco pasa el rápido y mete un bochinche bárbaro, la casilla tiembla y parece que se viene en banda, pero anoche ni me di cuenta. Le pegué al ojo, de una, como hasta las ocho y media.
      Va a haber bronca cuando vuelva mi hermano. La vieja se va chivar y  le va a  machacar  la cabeza con lo de las malas juntas y las loquitas chorras del fondo. “Decime de dónde sacaste esas zapatillas nuevas”, le va a preguntar.  Y él le va a contestar: “Tranquila, vieja, todo bien”, o cualquier otro bolazo. Y es seguro que, en voz baja,  ella lo va a apurar por cosas que no tengo que escuchar, cosas de grandes.
       La verdad, no lo entiendo mucho al Zanja. Tiene quince, me defiende de los pesados de la villa pero no quiere saber nada con mis amigos de la escuela, los que viven en la loma. “Todos los de allá son cajetillas y cagones —dice—. No tienen huevos para pasarle finito a la locomotora, como nosotros”. Y me parece que no le gusta que yo vaya a la escuela. Ayer comenté que los problemas de la seño son refáciles y él, delante de la vieja, ni mu. Después, en un aparte,  me dijo: “Si no te enseñan a manejarlos para hacer guita, los números son pura bosta”. Eso tampoco lo entendí.
      Cuando viene el Torpe, conversan y fuman al lado de la vía. En la casilla no, mi mamá no lo puede ni ver. Una vez alcancé a escuchar una conversación de  fierros y calibres, y también de la yuta. Parece que el grandote estuvo preso varias veces. Mi hermano, no sé. La vieja no dijo nada cuando el Zanja faltó como tres días.
      Y es porfiado, no quiere entender  que esos chicos son buenos. Le repito lo de la onda  y que en los recreos armamos picados, nos pasamos la pelota y no interesa dónde vive cada cual ni cuánta plata tiene. Sabe que en clase me siento con un chico de buena familia, y a él no le gusta: Franquito es rubio. Y qué, si es un compañero de fierro, por eso le alcanzo algunos resultados de cuentas por abajo de la tapa del banco. El papá es veterinario y rico, y algunos ladean la jeta por eso. A mí no me molesta,  si él también es bueno. Lo he visto muy poco pero es rebueno: lo dice Franco. Y la mamá es de diez. Si vamos a su casa después de algún partido en la canchita del cura, ella nos recibe a los dos con un beso y nos revisa la cabeza. Mientras Franco se baña para ir a particular, ella me pide por favor que le haga algún mandado. Quién te va a pedir algo por favor en la villa. “Y no te olvides de las facturas para la leche”, me recuerda. Siempre me agradece por los mandados y porque lo ayudo a Franquito con las cuentas. Si es fin de semana, me tira algún vuelto. Buena plata, eso no falla. Y es una fiesta la leche en lo de Franco. Además de facturas hay tostadas, manteca y dulce. A veces, hasta torta tienen. El atracón me dura hasta el otro día y el Zanja está emperrado en que todo eso no vale nada. “Se hacen los buenos porque tienen de sobra” —rezonga—. Ya te van a mostrar la hilacha…”
      Hoy me levanté contento. Había dormido rebien y Franquito me había invitado a su cumple. “Van a venir todos los chicos de cuarto y algunos más  —me había dicho—. Habrá para armar dos equipos. Aunque sobren, vos no me tenés que fallar”. Por eso, después del mate cocido, le ayudé a mi mamá con la limpieza de la casilla y en seguida puse agua tibia en el fuentón, me bañé y me vestí con ropa limpia. También me calcé los botines que me había dado Franco, total hoy le regalaban un par nuevo, de marca. La vieja miró si venía el tren, me dio un beso y me dijo: “Cruzá rápido”.
 
      Conversé con dos primos de Franquito,  de la Capital. Ya tienen doce y  entrenan en el predio de los Rojos. Hablaban de jugadores  famosos, de los de antes. Todos esos capos les enseñaban el oficio y los pibes agarraban viaje, eso se notó cuando empezamos a pelotear. El que  jugaba de cuatro ensayó  varios tiros libres a  la posición del otro, que era nueve y la embocaba como quería. Después arrancamos con un partidito y los pusimos uno para cada lado, si no era robo. Cuando acordamos, se había hecho la  hora de comer.
      Eso era cosa de locos. La mesa, tapada por un montón de platos llenos de comida, ni se veía. Pusieron unas masitas saladas, de colores, cada una dentro de un papelito. No entendí lo del papelito, si lo tiraban. También papas fritas, manises, palitos y gaseosas a rolete. Yo había picado algo, y paré. No me quise atorar, tenían más cosas. El papá de Franquito se arrimó y me preguntó si  quería ayudarlo con los choripanes. “Sí —le dije—, me gustaría”.  Llevé fuentes a la otra mesa,  abajo de esos árboles grandes de la quinta. Venían choripanes, chorizos solos, tajadas de asado y panes abiertos. De vez en cuando yo agarraba las botellas vacías, se las llevaba al papá de Franco hasta el alero del chalet y él me las cambiaba por llenas. Me comí dos choripanes, no dejé ni las migas, pero no daba más. Los chicos empezaban uno, se ponían a charlar con los porteños —que de fútbol sabían un montón— y al rato agarraban otro, o en un pan metían asado y chimichurri, le daban un par de mordidas y lo dejaban, total sobraba de todo.
      Hicimos la digestión y después armamos el partido en serio. Uno de los que elegía era Franquito. Llamó primero al nueve de Buenos Aires, y el segundo fui yo. Cuando completamos once contra once, empezamos a jugar. El primer gol lo hizo el nueve, de cabeza. Al rato le tiré un centro a Franquito y la metió allá abajo, en la ratonera.  Después  de aquel pase al milímetro, el cuatro del Rojo me fichó y me empezó a tirar el cuerpo encima, pero en seguida le agarré la vuelta. Me di maña para esquivarlo, lo dejé pagando dos o tres veces y me pareció que la cosa no le había gustado nada.
      Ya estábamos cansados y ni ahí de acordarnos de cuántos goles habíamos metido para cada lado. En eso llegó el papá de Franco, tocó pito y cantó empate. “Formo parte de la comisión de un club nuevo —dijo—  y queremos empezar con fútbol. Ustedes tienen la edad justa para iniciar un buen grupo de inferiores, con vistas al futuro”.  Le gustó cómo nos habíamos movido, y a los dos chicos de la Capital les pareció lo mismo. También comentó que llevaría los nombres a la reunión de comisión del martes y que todos habíamos jugado muy bien. Se fue para adentro, volvió con una caja grande y empezó a sacar camisetas rojas y pantalones cortos de tela negra, tan negra como nunca había visto. Empezamos a gritar de contentos. Él se puso a anotar cosas en una planilla y a repartir equipos con ayuda de la señora. Yo me quedé  un poco atrás,  no  podía creer que tanta suerte me tocara a mí también. Llegó el momento en que no había más chicos sin recibir ropa y entonces ella levantó la vista, me miró como extrañada y me dijo: “¡Dale, arrimate!, ¿qué hacés ahí?”. Pero al meter la mano en la caja se puso seria, como si adentro no quedara nada. El papá de Franquito no me daba bola, se iba con la planilla y ella se avivó al toque. Lo llamó y le tiró una mirada terrible, de pregunta, y él se hizo el sota.  Fueron para adentro y se escuchó que discutían. Ella volvió y me dijo: “Bueno, quedate tranquilo, ya llegarán más equipos”, y me acariciaba el pelo. Cuando apareció el papá de Franquito, ella lo siguió mirando feo, como si se hubiera armado una podrida bien gorda.
      Cuando ya nos íbamos, él  me dijo: “Esperá dos minutos”. Se fue para adentro y volvió con una bolsa plástica llena de comida. A ningún otro chico le habían dado nada, y eso me puso tan contento como si me hubieran entregado el equipo.
      Llegué a la casilla y le di la bolsa a mi mamá. A ella le pareció genial y la abrió en seguida. Salía un olorcito… Como ya estaba muy oscuro y la comida venía un poco revuelta,  prendió la lámpara a querosén y vació la bolsa sobre la mesa. Había pedazos de chorizo y de pan, restos de asado y tapitas de gaseosa. También servilletas de papel arrugadas y algunas hojas que habían caído de los árboles. Yo ya estaba separando el chorizo, el pan y la carne, cuando mi vieja hizo algo que no entendí. Metió todo en la bolsa,  la enroscó en la mano y desde la puerta la  revoleó a la vía. Después agarró el baldecito, cargó agua en la pava y puso unos papeles en el fondo del brasero. Cuando se dio vuelta para meter las manos en la bolsa de marlos,  me pareció que lloraba.


Este excelente texto de Nolberto, fue galardonado con el 4to. premio en los Juegos Buenos Aires la Provincia 2012.
Marchen nuestras felicitaciones desde acá, y le agradecemos que nos haya permitido publicarlo en "Gambeteando..."

martes, 8 de febrero de 2011

Pasta de Campeón (por Nolberto Malacalza)

Por Nolberto Malacalza


Puedo hablar acerca de Nacho con más propiedad que sobre cualquiera de los otros nietos. Son varios, pero este ejemplar se lleva las palmas. Lo conozco desde antes de que se le cayera el cordón umbilical, y no termino de conocerlo.
Lo vimos por primera vez en la clínica, horas después del nacimiento. Era una laucha, pero ya tenía carita de comprador. Ahora está alto, aunque sigue flaco. Tanto, que los amigos —y hasta los hermanos— le dicen Cuis. A mí no me gusta que lo llamen de ese modo.
Desde el jardín maternal venía metiéndose a las maestras en el bolsillo. No por atento ni por pícaro, sino por sus ojos grandes y su porte de laucha. Despertaba deseos de mimarlo, de contenerlo. Y es sabido que los chicos son complacientes cuando las cosas vienen a favor.

El baterista

Antes de que Nacho cumpliera tres años, el otro abuelo le compró una batería. El chico no era más alto que seis o siete ladrillos apilados, pero le daba tanto al juguete que mucho no le duró. Lo aplaudíamos hasta el delirio, le hacíamos humo con brasas y pasto verde y el tipo aporreaba, agradecía, volaba en su nube de gloria. Ya pintaba como gran fabulador.

El supergol

—El arquero me la alcanzó cortita. Avancé dos o tres pasos, le di con todas mis fuerzas y la clavé en un ángulo. Bah —aclaró, displicente—, no le di con todas mis fuerzas.
Disimulé la risa. De dónde, con ocho años y esas piernitas de alambre. Sin embargo acepté la versión remando para el mismo lado que él. Pensé que si más adelante le tomaba el gusto a las letras, como me pasó a mí, en la familia tendríamos un buen referente de la literatura fantástica.
Lo llevé a la práctica siguiente con la solapada intención de contárselo al profesor y reírnos un poco. El gol lo había hecho, pero desde unos siete metros. Viendo lo corta que era la cancha, no resultaba tan exagerado el relato de Nacho. Además, la había metido al milímetro. El entrenador me dijo que tampoco él terminaba de conocerlo, que de vez en cuando sacaba genialidades de la galera pero que era mucho más frecuente que se pusiera a papar moscas y no agarrase una. Lo hacía jugar diez o quince minutos porque en algún momento, en algún partido, se le podía encender la lamparita. Después de ese período tenía que sacarlo porque no se aguantaba el físico de los defensores rivales. A juzgar por el modo en que me lo contaba, pensé que con este muchacho se estaba repitiendo la historia de las maestras del jardín maternal. Sin embargo él era un técnico inteligente y por algo lo pondría.

El baterista II

Una vez, al volver de la escuela, se encontró con la batería grande. El papá y los amigos ensayaban aquí al lado, en su casa. El instrumento era gordo y complicado, había que dejarlo en un lugar porque resultaba incómodo trasladarlo. A Nacho lo subían al taburete de baterista, le daban los palos y después el lío era bajarlo a la hora de comer. Me causaba gracia verlo apoyar los pies en los travesaños del asiento y estirarse para darle al plato grande. Decía que cuando llegara a los pedales de abajo iba a tocar en la tele y en la cancha de River. Porque él se hizo de River. Y no fue por mí.

El papá

Nacho estaba por cumplir nueve años cuando su papá se convirtió en una voz en el teléfono y en alguna camiseta del Inter que le traía desde Porto Alegre. También fue su interlocutor más importante, el que prestaba mayor atención al relato de sus hazañas. Pero tres o cuatro días de visita pasan rápido. Unos sellados con gaseosa en la peatonal, en compañía de los hermanos y algún primo, y otra vez el viaje al aeropuerto. Un montón de besos, chau pa, volvé pronto, y la manito le quedaba en el aire. Todos fuimos aprendiendo a no sufrir.

El plan

A él le gustaba lucir la de Argentina, la del diez en la espalda. La usaba a cualquier hora y en cualquier sitio, porque llegaría el momento de jugar en la selección y había que estar preparado. Eso es tener ideales, le dije. El sábado por la tarde fuimos a comprar la pelota casi toda blanca que tanto le gustaba. Al día siguiente me dijo que le había escrito el nombre del club de sus amores con un fibrón rojo, en letra grandota. Eso no me gustó nada pero la pelota era suya, qué podía decirle. Lo disuadí de su intención de mostrármela, y rato después me di cuenta de que había sido un poco duro con él. Pensé en dar marcha atrás, pero no lo hice. Entre hombres las cosas deben ser así.
Hacía jueguito todo el tiempo. Sabía que necesitaba algo impactante para que lo llamasen desde arriba, pero ese tipo de magia no era novedad: ya la había hecho Dieguito en la cancha de Argentinos. Nacho tenía otro plan. Había dicho que en algún momento la sacaría de un zurdazo por la ventana del dormitorio y la metería en el palomar de enfrente, justo por el agujero de entrada y salida de las mensajeras. La noticia se desparramaría por toda la ciudad, y entonces repetiría la prueba ante las cámaras de televisión y una multitud de curiosos. Con la evidencia recorriendo el país, el DT de la selección lo llamaría con urgencia.
—Buena idea —le dije.

La prueba

Cerca de las nueve, después de que él se fuera a la escuela, tocó timbre el colombófilo de enfrente. Venía con una número cinco casi toda blanca, con inscripciones en rojo. Pensó que era de Nacho, porque yo le había contado sobre su capricho de arruinarla con el nombre de una divisa que no era la mía. El proyectil había matado a una de sus mejores palomas, las otras estaban estresadas, el palomar era un infierno.
—No imagino con qué pudieron impulsarla hasta la altura de la terraza —dijo— ni cómo hicieron para meterla por allí. Me parece, don Ángel, que alguien le sacó la pelota a Nacho para ensayar algún aparato nuevo.
—¿Aparato nuevo? ¿Qué querés decir?
—Una catapulta. O algo parecido. Los grandotes se gastan los dedos con esos jueguitos de guerra y después se largan a inventar cosas raras. ¿Eh, don Ángel?
No se notaba el menor gesto de reproche en ese hombre, ya que no le entraba en la cabeza que el bombazo hubiese sido obra de Nacho.
—Con esas piernas flacas —dijo—, sería como pegarle con la servilleta.
Yo tomé la pelota y me puse a girarla en las manos, haciéndome el distraído mientras contaba hasta diez. Luego lo miré fijo y le dije:
—Te voy a pagar la paloma muerta, no importa cuánto valga. Y va a ser conveniente que esta tarde, como a las cinco, encierres a las otras en una jaula. Andá sabiendo que, después de la merienda, Nacho la va a meter otra vez. No, no, qué catapulta ni ocho cuartos. La va a meter de un zurdazo. En tus narices. ¿Está claro?

martes, 14 de septiembre de 2010

Vuelo (por Nolberto Malacalza)

Por Nolberto Malacalza


A veces, cuando ya no sabe qué música escuchar, cuando ya ha tocado por cuarta o quinta vez los trofeos, cuando con las dos manos puestas sobre ese reconfortante frío del metal los ha tocado, de ida y de regreso por el anaquel, sólo a veces, le vuelve el recuerdo de aquella atajada memorable, aquella estirada de palo a palo que arrancaría el estallido en la tribuna. El centro pasado viniendo por la izquierda, él preparado para el inevitable mano a mano con el diez, pero la pelota daría en un defensor y se iría camino de la red junto al otro palo. Entonces el salto, la contorsión increíble de su cuerpo adolescente, el vuelo triunfal para desviar con la punta de los dedos ese aerolito que hubiese colisionado con la Tierra, artífice él de esa atajada que sería única y que terminaría por persuadir a los que vinieron de Italia para llevárselo a la Juventus, nada menos que a la Juve.
Mientras recrea el vuelo, le llegan imágenes tan ricas que casi las podría tocar, con la punta de esos dedos mágicos las podría tocar. En pleno salto sabe que llegará para desviar esa pelota al corner, a sus pies la tribuna del estadio mundialista hecha un caldero hirviente; ve, al pasar, las banderas de su equipo, la de cincuenta metros de largo y también la otra que dice “Germán no te vayas, la Argentina te necesita”. Le llega la voz de los relatores de la radio y de la televisión vociferando adjetivos inventados para él, se le ha concedido ver todo desde la altura que sólo da la gloria, escuchar todo desde la eternidad de un recorrido sin tiempo. Vuela pensando en la conferencia de prensa, rodeado de micrófonos; quizá la falta de costumbre de estar ante tantas cámaras y flashes lo haría pestañear al principio, ya sospechaban los especialistas que alguna vez deslumbraría a todos con una genialidad, y allí estaba ese vuelo que la gente esperaba de él, campeón juvenil sub - diecisiete, artífice del título con ese penal atajado al goleador extranjero, ahora defendiendo en primera los tres palos del club que lo vio nacer, con alas de campeón volando hacia el poste derecho, la pelota desviada por sus dedos y rozando por fuera ese palo que era su objetivo y su cielo, y que fue sin embargo el sol que derretiría la cera de sus alas, poste que se hizo noche sin regreso, oscuridad que sólo le permite dibujar con sus dedos los trofeos, negrura que le deja nada más que presentir la ventana de ese octavo piso a través de una claridad difusa.
En la franja central de sombra que dibuja el marco, intuye y encuentra el aro de metal que tiene un frío diferente al de los trofeos, quizá porque está pintado de blanco, o al menos antes lo estaba. Lo gira, empuja hacia afuera las dos hojas y se abandona a la claridad desnuda, a la claridad que lo llama por su nombre, a la luz que lo acaricia que lo envuelve que lo chupa como lo hace un imán con una frágil viruta de acero.


Soy farmacéutico jubilado, hincha de Independiente (como Eduardo Sacheri, un tipazo). Tengo 77 años, pero no se asusten: estoy para otro tanto. Casi no toco el tema del fútbol en mis cuentos. Con este texto corto gané un certamen nacional.
Escribo con alguna continuidad desde hace 10 u 11 años. Intervine en los Torneos Abuelos Bonaerenses 1999 y tuve la suerte de ganar el 1er.premio (fue en poesía) que significó un viaje a Cancún, con mi esposa. Eso me empujó a escribir con continuidad. Me nutrí de buenos talleres literarios de cuento y de poesía. Entre las dos modalidades tengo un centenar de premios provinciales, nacionales e internacionales. El más significativo de estos últimos fue el Premio Platero 2008, del Club del Libro en Español de las Naciones Unidas, Ginebra, Suiza, entre escritores de 17 países.