martes, 29 de diciembre de 2009
El primer partido (por Ricardo Rowies)
Un veinticinco de junio, habían desembarcado los ingleses en la costa de Quilmes, con el objeto de dar toda una vuelta y sorprender a los criollos atacándolos por atrás.
Mientras Beresford estaba muy preocupado en su estrategia, los soldados querían parar en algún lado para descansar y hacer sus cosas. Es así como después de una larga caminata, al llegar a Peña y Arenales en la hoy localidad de Banfield, se detuvieron, armaron sus carpas, comieron y cayeron desmayados en sus bolsas de dormir.
Al día siguiente, después de preparar lo concerniente al viaje y tomar un buen desayuno, formaron dos grupos, uno de quince soldados por un lado y otro de catorce. Los de éste último se sacaron las chombas, quedando con el torso desnudo, en tanto que el grupo de quince, quedó con sus chombas blancas.
Un soldado viejo daba instrucciones a los catorce, los que hacían flexiones y corrían de un lado para el otro como preparándose para una contienda. Los otros, bajo las órdenes de algún jefe, también hacían movimientos parecidos.
Allí se encontraba, a una distancia prudencial, un querandí con su caballo observando como, luego de marcar la tierra con cuatro cañas, armando un rectángulo imaginario, y de poner en el medio de cada lado más corto, un arco de siete metros de ancho por dos de alto, hecho con dos cañas clavadas al piso y una transversal unida en los extremos superiores. pusieron un bicho de cuero esférico y le daban de puntapiés para un lado y para el otro.
Al querandí le causó mucha gracia ver como esos hombres corrían atrás del bicho y mucho más gracioso le pareció como se daban de patadas y caían rodando.
Susto se pegó cuando el esférico paso por abajo de uno de los arcos y los quince tipos con chomba gritaron a la vez ¡Goal! , eso sí que no se lo esperaba.
Luego de acomodar al bicho en el medio del rectángulo imaginario, empezaron de nuevo a darle, pero esta vez fue diferente. Un descamisado, arrancó por la derecha con el bicho a sus pies, en un amague, dejó en el camino a tres con chomba, siguió, y le pegó para adelante. Con un pique veloz, lo alcanzó. Le salió un contrario con la intención de robárselo, pero éste frenó de golpe, como si hubiese chocado contra el mismo aire, y girando el cuerpo, se lo llevó directamente para el arco. Fue ahí cuando apareció otro con chomba y le metió una murra que se escuchó hasta donde estaba el indiecito. Fue como si hubieran chocado dos palos y lo escuchó con viento en contra, lo que le debe doler, pensó el autóctono.
Pero eso no quedó así, cuando pudo levantarse el descamisado, rengo y todo lo fue a buscar al agresor y se dieron piñas, se metieron otros y más trompadas, era todo un espectáculo. El indiecito decidió acercarse un poco más para no perderse detalle.
Después de la escaramuza, los agresores se dieron la mano y prosiguió el juego.
El querandí fue entendiendo, y acostado entre los yuyos, miraba sin perderse detalle, mientras que un descamisado pateaba hacia el rectángulo, voló el bicho perdiéndose por la calle Gallo. El resultado de la contienda seguía uno a cero a favor de los vestidos.
De golpe un despeje hizo que el bicho fuera directamente y a gran velocidad sobre la humanidad del indiecito.
¡Amalaya disgraciao! con gran reacción y sin dudarlo el indio voló y describiendo una tijera en aire con sus piernas le pegó con exactitud nunca vista por estos gringos, devolviéndolo por el aire, y luego de describir una parábola, bajó directamente sobre el arco destruyendo las cañas.
Los gringos, estupefactos, miraban al indio en pelotas y con unas bolas colgadas de la cintura, que con cara de salir corriendo, quedó quieto observando el movimiento de los tipos.
Algunos, gritaron gol, pero la mayoría quedó anonadado mirando a ese habilidoso del balón pié.
El viejo que dirigía a los descamisados, como tenían uno menos, ni lerdo ni perezoso, gritó, ¡juega para nosotros! y comenzó a avanzar en dirección del indio para invitarlo, pero a mitad de camino, el nativo, con desconfianza empezó a retroceder.
Con toda la intención de mostrar amistad, el viejo primero sacó un pañuelo blanco y lo agitó en el aire. Siguió caminando. El indio sacó de su cintura tres bolitas atadas con tiento de cuero crudo y con un movimiento parecido, las agitó por el aire en forma circular sobre su cabeza. El gringo seguía acercándose con el bicho abajo del brazo izquierdo y el pañuelo blanco agitándolo en la otra mano.
El indio siguió con las boleadoras, cambiando la posición, en un circulo ligeramente oblicuo hacia un costado de su cuerpo.
El viejo con una sonrisa en su boca, signo de simpatía y buena voluntad.
El indio con cara de terror, y ojo de águila que calcula el golpe a su presa.
Atrás todos miraban la escena.
Con paso firme hacia adelante, soltó al cuero y con una patadita se lo lanzó al indio, éste en respuesta inmediata, lanzó las tres bolitas sobre la cabeza del inglés. La primera, lo paralizó, la segunda, inmediatamente le hizo girar la pierna que había adelantado hacia atrás, quedando con las piernas abiertas y los brazos como para abrazar a su mejor amigo, y la tercera, lo hizo caer hacia atrás, qué digo caer, desplomarse como una bolsa de papas.
El indio tomó al bicho arrojándosele encima, como hacía Roma en sus mejores tiempos, y apretándolo entre sus brazos, quiso asfixiarlo, y se entreveró en una lucha dando saltos y pegándole piñas, pero el pobre ni se inmutó. Tan entretenido estaba en domesticarlo, que no se dio cuenta que el gringo estaba parado a su lado, hasta que vio un par de botas, y levantando la vista, estaba el tipo ahí, che. Manos en la cintura, rostro colorado como si hubiese tomado dos jarras de chicha, y tres bultos bien diferenciados en la cabeza, señal de que su bicho, de tres bolitas pequeñas era más agresivo que el otro de una bola grande.
Luego del susto y desconfianza que daba tener al viejo al lado, y viendo que este le entregaba sus boleadoras, entendió que debía canjearlo y así recuperarlas.
Extendiendo su mano, con las piernas apuntando para otro lado, listo para rajar, entregó al bicho raro, sin ojos, ni boca.
Inmediatamente luego de recibirlo el inglés pronunció sus primeras palabras ¡caman! acompañado con el gesto inconfundible de su brazo derecho, invitando a que lo siga.
Increíble, pero éste fue el primer episodio de violencia con el público en una cancha de fútbol que se haya registrado en estas tierras.
El indio, aceptó de buena gana participar del juego, el inglés le explicó algunas tácticas: los de blanco, atacan para la calle Palacios, nosotros para Gallo, gana el que mete más veces la pelota adentro del arco contrario. ¿Okey? ¿Okey?
El indio que no entendió nada de lo que le dijo, había visto lo suficiente como para jugar, claro que a veces las interpretaciones son de acuerdo a la cultura y los medios que se posee en el momento. Así fue que en una jugada que un blanco se escapaba solo para el gol, el indio sacó las boleadoras y con un tiro certero le enredó las patas. Cayó de cabeza y la pelota mansa al arquero.
Mientras el indio pedía al bicho para iniciar un contraataque, unos trataban de reanimar al gringo del porrazo, y el viejo trataba de explicarle que tenía que valerse únicamente de su cuerpo, que no valía tirarle objetos al contrario.
El indio que seguía sin entender nada de lo que le decían, cuando le devolvieron las boleadoras con gestos muy elocuentes, comprendió que no debía volverlas a usar.
El partido prosiguió sin expulsados ni amonestados, bajo la comprensión de todos, de que el indio no conocía las reglas.
En una embestida de los descamisados, le cae el bicho al indio, quien con un soberbio derechazo, lo metió en el ángulo superior izquierdo del arco.
¡Goal! gritaron todos asustando al indio otra vez, que casi salió corriendo.
Ya terminaba el partido, cuando el cronómetro marcaba cuarenta y cuatro minutos del segundo tiempo, el querandí emprendió un carrera infernal contra el arco y ante la salida del arquero, se la picó por arriba metiéndola otra vez en el arco. Dos a uno.
¡Goooooooooooooallllll!
Saltó del susto que se pegó. No se acostumbraba al grito de gol, corrió desesperado, y luego de un silbido agudo y cortito, pasó el caballo como una ráfaga, subió y colgado del mismo, con una mano, tomó el bicho despareciendo entre la pampa.
Un enviado de Buenos Aires que llegó tarde al partido, con el objeto de espiar a los enemigos, vio semejante cosa e informó:
“Los invasores están luchando contra los Querandíes, en la cancha de Banfield, así que tenemos tiempo para organizar la defensa de la ciudad”.
Los ingleses, en tanto, hicieron un informe que fue redactado por los perdedores, y decía:
“Los descamisados hicieron trampa, ya que empezaron jugando con uno menos y luego trajeron a un jugador local profesional, quién dio vuelta el partido. Lamentablemente solo podemos enviar el tesoro que capturamos en Luján porque el tipo se avivó de que lo queríamos enviar a Inglaterra y se escapó a caballo.”
El indiecito al llegar a su choza, se encontró que había un gran alboroto, eran los de su tribu, que habían visto como él peleaba contra muchos blancos, y se estaban organizando para atacar. Al verlo sano y salvo, le preguntaron, como había hecho, a lo que contestó:
“Eran malos, les dí un baile bárbaro y corrí con este bicho, que debe valer mucho porque todos se peleaban por él.”
Los Querandíes fueron perseguidos y exterminados, y justo ciento setenta y dos años después, entre persecuciones y exterminios, un veinticinco de Junio, Argentina salía campeón del mundo.
Escribo cuentos, novelas y ensayos, algunos fueron publicados en los suplementos dominicales de varios diarios del interior del país, también en el semanario 7/7 de Montevideo, Uruguay.
Obtuve una mención en el concurso de reflexiones en Madrid, España otorgada por la editorial Orola.
Actualmente participo escribiendo y formando parte del grupo editor de "El Libertario" que es una publicación de orientación anarquista.
La inclinación hacia los cuentos sobre fútbol viene de que, además de practicarlo desde que recuerdo, también concurro asiduamente a la cancha a ver a Banfield.
martes, 22 de diciembre de 2009
Por qué el fútbol no tiene novelistas (por Juan Villoro)
Es difícil aficionarse a un deporte sin querer practicarlo alguna vez. Jugué numerosos partidos y milité en las inferiores de los Pumas. A los 16 años, ante la decisiva categoría Juvenil AA, supe que no podría llegar a primera división y sólo anotaría en Maracaná cuando estuviera dormido.
Escribir de fútbol es una de las muchas reparaciones que permite la literatura. Cada cierto tiempo, algún crítico se pregunta por qué no hay grandes novelas de fútbol en un planeta que contiene el aliento para ver un Mundial. La respuesta me parece bastante simple. El sistema de referencias del fútbol está tan codificado e involucra de manera tan eficaz a las emociones que contiene en sí mismo su propia épica, su propia tragedia y su propia comedia. No necesita tramas paralelas y deja poco espacio a la inventiva de autor. Esta es una de las razones por las que hay mejores cuentos que novelas de fútbol. Como el balompié llega ya narrado, sus misterios inéditos suelen ser breves. El novelista que no se conforma con ser un espejo, prefiere mirar en otras direcciones. En cambio, el cronista (interesado en volver a contar lo ya sucedido) encuentra ahí inagotable estímulo.
Y es que el fútbol es, en sí mismo, asunto de la palabra. Pocas actividades dependen tanto de lo que ya se sabe como el arte de reiterar las hazañas de la cancha. Las leyendas que cuentan los aficionados prolongan las gestas en una pasión non-stop que suplanta al fútbol, ese Dios con prestaciones que nunca ocurre en lunes.
En los partidos de mi infancia, el hecho fundamental fue que los narró el gran cronista televisivo Angel Fernández, capaz de transformar un juego sin gloria en la caída de Cartago.
Las crónicas comprometen tanto a la imaginación que algunos de los grandes rapsodas han contado partidos que no vieron. Casi ciego, Cristino Lorenzo fabulaba desde el Café Tupinamba de la ciudad de México; el Mago Septién y otros locutores de embrujo lograron inventar gestas de béisbol, box o fútbol con todos sus detalles a partir de los escuetos datos que llegaban por telegrama a la estación de radio.
Por desgracia, no siempre es posible que Homero tenga gafete de acreditación en el Mundial y muchas narraciones carecen de interés. Pero nada frena a pregoneros, teóricos y evangelistas. El fútbol exige palabras, no sólo las de los profesionales sino las de cualquier aficionado provisto del atributo suficiente y dramático de tener boca. ¿Por qué no nos callamos de una vez? Porque el fútbol está lleno de cosas que francamente no se entienden. De repente, un genio curtido en mil batallas roza con el calcetín la pelota que incluso el cronista hubiera empujado a las redes; un portero que había mostrado nervios de cableado de cobre sale a jugar con guantes de mantequilla; el equipo forjado a fuego lento pierde la química o la actitud o como se le quiera llamar a la misteriosa energía que reúne a once soledades.
Juan Villoro es un reconocido escritor mexicano y este texto es lo que fuera el anticipo de su libro Dios es redondo, publicado por Editorial Planeta en 2006, año del Mundial disputado en Alemania.
martes, 15 de diciembre de 2009
Como aferrándose-El Juan (por Sonia Figueras)
Como aferrándose a un minuto final, ése del no retorno, se agarró con fuerza del pasamanos del micro en un salto enorme, tan grande como pequeño era él. Su cuerpecito se afirmó en el escalón y con un suspiro se quedó parado mirando la estación que iba quedando atrás. Y sus dientes asomaron entre los labios entreabiertos por el esfuerzo que había hecho. Con el bolsito al hombro se quedó largo rato con la vista en lo que dejaba. ¿Qué dejaba?...Nada. Ni mamá, ni papá, ni hermanos. La nada. Bueno, sí. Un sucucho donde se acostaba por las noches, después de repartir melones con Don Santo que ni siquiera le daba una moneda. ¡Y cuánto deseó siempre tener una moneda! Aunque sólo fuera para mostrársela a los otros, a quienes sus patrones sí les daban. Don Santo decía que con la comida y el catre, estaba bien. Y los siete añitos del Juan se habían acomodado al caldo donde a veces bailaba algún fideo y con el melón bien chico, consabido. Comida al mediodía no; porque había que repartir, Así, sin una moneda, un bolso raído, un saco de lana peor y un melón, el Juan hizo un esbozo de sonrisa al pueblo, le mandó un chiflido por saludo y se dijo “ chau, no vengo más”.
El tema fue que el que manejaba el micro era para él como un piloto de avión, con un uniforme parecido a los de las películas que veía en la tele del Tropezón, cuando podía y cuando andaba el aparato. El hombre le preguntó por su boleto y el Juan puso cara de nada. No le entendía qué le pedía. - ¿Y el boleto? ¿No tenés boleto? ¿No tenés plata para pagar el pasaje? – No .- ¿Y pensás viajar de arriba? ¿no te dio la plata tu papá?- No tengo papá. No tengo papá, don, ni mamá, sólo tengo a Don Santo.
- ¡Mirá vos! ¿y Don Santo te manda a viajar sin plata?
El Juan bajó la cabeza, acostumbrada a tragarse los retos y tras su flequillo de pirinchos el hombre tardó muy poco en ver los ojos con lágrimas. ¿Por qué llorás?
En tanto la señora del primer asiento miraba como al descuido, no fuera cosa que tuviera que pagarle el boleto al negrito ése y los demás del micro leían o dormían (¿dormían?).
– Don Santo no me dio plata. Yo me escapé; total a él no le va a importar, cualquier otro le va a repartir los melones.
El piloto – hombre - Manuel, le dijo que se sentara en el asiento del acompañante. El Juan nunca soñó con estar sentado en un micro al lado del que manejaba. Miraba adelante y se mareó, entonces empezó a mirar por el costado y nubes verdes pasaban a su lado y estrellas arrastradas por el suelo se movían en todas direcciones. En una parada, el piloto, que resultó gran amigo de viaje, le compró un sándwich de jamón. El Juan nunca había comido jamón. Lo investigó, ¡sí que estaba bueno! El hombre le compró otro y una gaseosa, de ésas que el Juan veía en el mostrador del Tropezón, que otros tomaban y él le tenía tantas ganas. Durante el viaje, cansado por las luces del tráfico, dobló la cabeza y se quedó dormido y Manuel lo tapó con su campera. - No vaya a ser que el aire acondicionado lo resfríe al pibe, se dijo.
Amaneció y el Juan abrió los ojos y recién se animó a preguntar a dónde iban. - A Buenos Aires, nene, ya estamos llegando. El Juan sabía de Buenos Aires. Que era lejos y que muchos del pueblo se perdían. Algunos no volvían más... Pero él estaba con el piloto y no tenía miedo, porque el piloto lo había cuidado a la noche. Y a él nunca lo había cuidado nadie ¡y eso que soñaba cada cosa! ¡a veces tenía tanto, pero tanto miedo!
Llegaron a la casa de Manuel y fue toda una revolución. El primero en aparecer fue Moro, un perro negro grande que lo lamió todo y después una señora muy linda que le dio un beso, le preguntó su nombre y le dijo que ella se llamaba Patricia.
Detrás, dos nenas lo miraban con curiosidad y a duras penas se presentaron. Una se llamaba Lucila y la otra Sandra y le dieron otro beso cada una.
Así comenzó la verdadera vida del Juan. Lo de antes era nada más que otra de sus pesadillas. El Juan pasó a ser Juan Agustín (Agustín elegido por las nenas) y de apellido Riera. Porque la adopción fue legal, ya que a él nadie lo buscaba y Manuel en sus viajes no encontró a alguno que le diera ni un solo dato.
Como las nenas eran mellizas y parejas en edad con él, hicieron la primaria y la secundaria al tiempo, en el mismo colegio del Normal de Villa Crespo. En las noches y en cualquier momento estaban los tres juntos participándose de lo acontecido y contándose sus amoríos o amistades.
Llegada la hora de decidir qué hacer después de la primaria, Manuel y Patricia comenzaron a ayudarlos a decidirse, pero ellos parecían bastante claros. Lucila quería ser maestra y terminar en el mismo Normal. Sandra, modelo. Lucila y Patricia la ayudaron a buscar dónde aprender esa profesión.
Juan Agustín jugaba muy bien al fútbol y Manuel lo llevó a las inferiores de Boca Juniors donde realmente llegó a interesar. En cuanto lo vieron jugar, integró el plantel y de ahí en más su carrera fue meteórica. Para los Riera no sólo fue un sueño, sino un triunfo. El muchacho se fue a Europa con un contrato fabuloso y se convirtió en la figura del Barcelona, un crack. ¿Se dan cuenta? …¡De los melones y Don Santo al Barcelona!
Mientras, aquí en Buenos Aires, quedaba el matrimonio Riera, orgulloso, las chicas hicieron un cambio de carácter que sus padres no pudieron entender. Lucila ejercía en la misma escuela donde se había recibido de maestra. Sandra, tan bonita como Lucila, era la preferida de los fotógrafos de moda por su porte y sus rasgos de un exotismo inusual. Cada una en lo suyo.
Pero ellas no volvieron a juntarse para hablar de sus cosas. Casi no se veían y cuando lo hacían no encontraban temas para hablar.
Hasta que surgió el viaje de Sandra a Europa y otra revolución hubo en lo de los Riera.
En un ataque e intempestivamente la maestrita enfrentó a su hermana gritando y llorando: ¡claro, está todo bien hecho! ¿Por qué me ocultaste que lo amabas?
Los padres no entendieron hasta que llegó la respuesta de Sandra: - Sí, voy a verlo. Lo quise siempre. Estoy segura que en cuanto llegue a Barcelona y nos encontremos, haremos los preparativos para casarnos en Buenos Aires como lo soñé siempre.
Por la mañana, la madre encontró el cuerpo de su hija con una herida de bala en el corazón y libros y cuadernos salpicados con sangre.
En tanto el Juan, regresaba de Europa sin sospechar la tragedia, a pedir le permitieran casarse con Lucila, esa maestra incomparable, la mujer de su vida.
Sonia por ella misma: ¿Algo mío? soy argentina, porteña nacida en 1933, Maestra Normal, profesora de Ed. Física y Obstétrica. Viuda de un médico, un hijo veterinario, una hija psicóloga, dos nietos de doce y catorce años, Juan Francisco y Malena. Intento escribir poemas, relatos y con audacia una novela. Participé en varias Antologías con menciones de honor y premios. Con enorme satisfacción y sin saberlo, un poema en el libro de Madres de Plaza de Mayo. Me importan los Derechos Humanos y todo tipo de discriminación.
martes, 8 de diciembre de 2009
Medio a cero (por Juan María Iroulart)
El "Toro" Freidíaz, mamita como le pegaba de fuerte a la pelota, era el 8 de Huracán Ciclista Club, en la Liga pese a su corta edad ya era conocido por su destreza y todos recordaban aquel partido en reserva contra Cascallares, cuando sacó el bombazo que fue el causante de los gravísimos disturbios, acontecimiento que luego se lo conoció como "La tarde del medio", porque el arco era de palos cuadrados, como en todos lados, y el formidable remate del Toro dio en uno de los filos del palo pero como venía con semejante violencia la pelota se partió por la mitad y cayó una mitad afuera y la otro adentro del arco, el referí no sabía que cobrar hasta que se le acercó el Gringo Maglione (capitán del HCC) y le alcanzó a susurrar al oído: "si no cobrás gol, te fajo...", inmediatamente el hombre de negro marcó el centro del campo, desencadenando una batahola descomunal; al tiempo la Liga dio su dictamen sobre el resultado siendo este de ½ a 0 a favor de Huracán Ciclista.
Este texto fue tomado de la excelente página "Cuentos y más".
martes, 1 de diciembre de 2009
El último entrenador (por Juan Sasturain)
Me lo encuentro de casualidad el sábado en Adrogué, en el cumpleaños de la hijita de un amigo. Salta el apellido que es raro, poco frecuente, y enseguida asocio a ese viejo, ese abuelo materno sentado casi de regalo a un costado de la mesa puesta en el extremo del living, con los recuerdos de infancia.
De las figuritas, no. No es un jugador pero es un nombre y una vaga cara del fútbol. Aprovecho que los pibes se van al patio a devastar lo que queda de un jardín con más calas que pensamientos y le busco la memoria con una pregunta respetuosa, como tocar a un oso despeluchado con un palo a través de las rejas:
-Su apellido me suena -le digo mientras nuestras manos convergen sobre la fuente de masitas-. Lo asocio con el fútbol de los cuarenta y cincuenta, cuando yo era chico, ¿Puede ser?
Tras un momento me confirma que sí, que es él, y el reconocimiento al que no está acostumbrado lo ilumina un poco, apenas, como las velitas de esa torta de nena, sin jugadores, que espera en medio de la mesa.
-Ya nadie se acuerda.
-No crea.
Nos trenzamos a charlar y no sé bien cómo pero al rato, mientras los otros destapan botellas, nosotros estamos en el dormitorio -porque esa es su casa, la de siempre- destapando una caja de alevosos recuerdos.
-Ese año que usted dice salimos campeones -revuelve, encuentra-. Fíjese, acá estoy yo.
Y me señala lo evidente, lo alevoso de su figuración. Es la foto de una revista y él está parado a un costado, el penúltimo de la fila de arriba, entre un colado habitual y un marcador de punta de los que todavía no se llamaban así.
-Qué pinta.
Tiene bigotitos, el jopo tieso de Gomina o Ricibrill y una E bien grande de pañolenci pegada -acaso con broches- en medio del pecho. El rompevientos -así se llamaban los inevitables buzos azules de gimnasia de entonces- está algo descolorido y los pantalones abombachados se le ajustan a la cintura un poco demasiado arriba, le dan un aire ridículo. El equipo, los colores del equipo que enfrenta a la cámara en dos niveles -atrás y de pie, la defensa; abajo y agachados los delanteros del siete al once, y el nueve con la pelota-, no importa demasiado ni viene al caso. Pero la cancha está llena.
-Linda foto -digo, porque es linda foto en serio.
-Psé.
Me muestra otra parecida de esa época, de un diario, y después otra más, posterior, coloreada a mano al estilo fotógrafo de plaza. Ya el equipo es otro y las tribunas detrás, mucho más bajas. El rompevientos -es el mismo, estoy seguro de que es el mismo- está un poco más descolorido.
Pone las tres fotos en fila y me dice, me sorprende:
-No estoy.
-Cómo que no.
Y por toda respuesta, contra toda evidencia, pone el dedo en el epígrafe, va de jugador en jugador, de nombre en nombre, y el suyo en todos los casos brilla -como el Ricibrill- por su ausencia.
-No era costumbre, supongo -y me siento estúpido.
-No era el tiempo, todavía -recuerda sin ira.
-Claro.
Él sigue revolviendo, elige y me alcanza. Y yo pienso que ese hombre de destino lateral, anónimo adosado al margen del grupo de los actores con una E grotesca en el uniforme de fajina era casi, para entonces, como un mecánico junto al piloto consagrado, o como el veterano de nariz achatada que se asoma al borde del ring junto al campeón. Su lugar estaba ahí, al ras del pasto; su función se acababa entre semana.
-No era el tiempo todavía -repite.
Y sabe que llegó empírico y temprano y se metió de costado en la foto en que salió borrado.
-En esa época había pedicuros, dentistas, porteros... -dice de pronto con extraño énfasis-. Era el nombre de lo que hacían. Ahora les dicen podólogos, odontólogos, encargados... Esas boludeces, como si fuera más prestigioso... Y yo era entrenador.
-No director técnico.
-Pts... Ni me hable, por favor... -y se le escapa cierta furia sorda, muy masticada.
-No le hablo. Tiene razón.
Compartimos en silencio certezas menores, módicos resentimientos.
-Vinieron con la exigencia de diploma -dice de pronto.
-Claro.
Me sumo a su fastidio y de ahí saltamos a desmenuzar los detalles, el contraste: el banquito con techo, el verso táctico, el vestuario aparatoso y la pilcha elegida para salir el domingo, esa que nunca se puso. Cuando quiero atenuar tanta simpleza sin lastimarlo, se me adelanta:
-Le digo: no se lo cambio.
-Le creo.
En eso, los primeros padres que vienen a recoger a sus niños irrumpen en el dormitorio y entre disculpas se llevan los pulóveres, las camperas apiladas sobre la cama grande. Entra la mujer de mi amigo, incluso.
-Ah, papá... estabas acá -y suspira como si encontrarlo en una casa de tres habitaciones fuera un trabajo-. Y siempre con esas cosas viejas. Sabés que no te hace bien.
Ella me mira como si yo tuviera alguna culpa que sin duda tengo y se lo lleva, lo saca de la vieja cancha despoblada para que vaya a saludar a alguien que se va o se sume para la foto con la nieta que -lo sé- no le interesa. El veterano me mira resignado. -Ha sido un gusto.
Asiente y se lo llevan. Apenas se resiste.
Me quedo solo y guardo las viejas revistas que han quedado abiertas sin pudor ni consuelo. No es cuestión de que cualquiera meta mano ahí. Después busco mi propio abrigo y escucho los ruidosos comentarios del living. Me imagino que para las fotos familiares el viejo se debería poner una remera grande con la letra A de Abuelo, para que al menos alguno pregunte quién es.
Pero no me quedo para verificarlo. Me basta con sentir o imaginar que he conocido al último entrenador.
martes, 24 de noviembre de 2009
El debut (por Ricardo Martínez Gálvez)

Agitado, emocionado, sin haber dormido.
Subiendo esos últimos escalones que parecen hechos para un gigante.
El túnel, las voces, los personajes salidos de algún cuento y la luz...
La luz al final, el griterío, las ganas de ver, de ser por fin parte de la fiesta...
Son los sueños que se cumplen.
Agradecemos al autor por permitirnos la publicación en "Gambeteando..." de ésta hermosa obra.
El 16 de diciembre de 1955 nació en Buenos Aires, Ricardo Martínez Gálvez. Un artista plástico, fanático del fútbol, que con el tiempo se fue convirtiendo en el pintor de las hinchadas. Entre sus maestros se encuentran: Domingo Méndez Terrero, El mono Cantilo, Alejandro Puente y Roque Pronestti.
En los 80 expuso sus dibujos en todos los lugares que tenía oportunidad: la facultad de Agronomía, la Rural y con el Grupo Trapalandra.
Desde el año 2002, expone sus pinturas sobre fútbol en diferentes eventos y exposiciones. En mayo de ese año, se presentó en el Museo de la Pasión Boquense, con sus cuadros en azul y amarillo. Y en junio del mismo año, con el auspicio de la Cancillería Argentina presentó su obra en la Copa del Mundo Corea-Japón, recibiendo elogios y realizando notas periodísticas para diversos corresponsales extranjeros acreditados en Tokio.
En agosto de 2003, participó de la 1º Exposición Integral de Fútbol, realizada en el Predio Ferial de Palermo, Buenos Aires, Argentina.
martes, 17 de noviembre de 2009
El fanático (por Eduardo Galeano)
El fanático es el hincha en el manicomio. La manía de negar la evidencia ha terminado por echar a pique a la razón y a cuanta cosa se le parezca, y a la deriva navegan los restos del naufragio en estas aguas hirvientes, siempre alborotadas por la furia sin tregua.
El fanático llega al estadio envuelto en la bandera del club, la cara pintada con los colores de la adorada camiseta, erizado de objetos estridentes y contundentes, y ya por el camino viene armando mucho ruido y mucho lío. Nunca viene solo. Metido en la barra brava, peligroso ciempiés, el humillado se hace humillante y da miedo el miedoso. La omnipotencia del domingo conjura la vida obediente del resto de la semana, la cama sin deseo, el empleo sin vocación o el ningún empleo: liberado por un día, el fanático tiene mucho que vengar.
En estado de epilepsia mira el partido, pero no lo ve. Lo suyo es la tribuna. Ahí está su campo de batalla. La sola existencia del hincha del otro club constituye una provocación inadmisible. El Bien no es violento, pero el Mal lo obliga. El enemigo, siempre culpable, merece que le retuerzan el pescuezo. El fanático no puede distraerse, porque el enemigo acecha por todas partes. También está dentro del espectador callado, que en cualquier
momento puede llegar a opinar que el rival está jugando correctamente, y entonces tendrá su merecido.
Este muy buen texto fue extraído del libro "El fútbol a sol y sombra"
martes, 10 de noviembre de 2009
El vestuario (por José López Romero)
Yo no las sé a todas, pero tengo unas cuántas “flaquezas” guardadas por este tema de la vida, que no sirve para nada si no se tienen recuerdos. Y el “fulbo” es especial, encierra pequeños momentos de felicidad, es como un álbum de figuritas incompleto que espera la consabida pregunta de la barra; “¿lo llenaste?”, porque las repetidas abundaron, como esquivas y mezquinas fueron las difíciles.
No me parece una metáfora feliz pero para mí, vale.
El alma nunca se llena, siempre espera más, y si se puede hay que darle lo que necesita. Uno no es de metal y si hay para contar es porque hubo vida suficiente detrás, porque no dejaste el corazón colgado en un perchero.
Hacía tiempo que no iba a la cancha no sé por qué. Mi club estaba cerca de casa, sigue estando allí, a unas cuatro cuadras en un predio humanamente arbolado. Ese domingo había mucho público, pero los ánimos se percibían “caldeados”, con tono de no va más. El cuadrito andaba a los tumbos en la tabla y esa tarde también perdía. Llevaba dos goles en contra y no terminaba aún el primer tiempo. Cuando el referí tocó el final de la mitad inicial una especie de velorio se adueñó del entretiempo.
Afuera del vestuario, las críticas comentaban un fastidio más pesado que la lluvia que agregaba más tristeza al entorno. Por la puerta entreabierta miré las caras largas de los muchachos que no comprendían este momento que embargaba los intereses de la casaca querida. Medio en el aire, la prédica del técnico flotaba sin concentrar la atención de sus dirigidos.
“Grillo” era un electricista amigo que componía el cablerío de los autos, lo tenía como vecino dos calles por medio. Un tipo que con la mejor buena voluntad intentaba reanimar la remota resurrección de su plantel. Y sucede, no sé si lo viste alguna vez, cuando los resultados sonríen hay mucha gente cerca que quiere “gratificar” con su presencia en los triunfos cantados, esa facilidad de los momentos del halago. Este vestuario, era un caso totalmente contrario al que describo. El vestuario de “Grillo” carecía de esas adhesiones petulantes. Sin pedir permiso entré y viendo los botines con una plasta de barro en las suelas, con un palito me puse a limpiar el calzado de los jugadores. Se extrañaron por mi actitud pero nadie dijo que no lo siguiera haciendo. Tampoco me agradecieron el gesto y yo tampoco lo esperaba, pero noté la satisfacción de esta acción en las miradas de los muchachos. Alguien en la adversidad les daba una palmada y apoyo moral, si es que les faltaba. El complemento no les fue mejor y perdieron 5 a 0 a manos de un rival que hubieran podido vencer en otras circunstancias. Me hubiera gustado estar junto a ellos desde el banco de suplentes, atendiendo sus necesidades, dando gritos junto al técnico con tal de dar vuelta esos números aciagos. Pero el alambrado era mi puesto.
Cuando el árbitro acabó con aquél calvario pensé en la ingratitud de la tribuna, algo que solo se cura con goles, lo que escaseaba en la línea de ataque de “Grillo”. Desde entonces fui más seguido al club a ver las prácticas para terminar después colaborando con mi amigo. Mirando a Mario Sosa, un ex arquero que oficiaba de masajista, aprendí el rudimento del tema que me permitió a su tiempo ayudarle con parte de los once “ágiles” titulares. Leyendo mejoré mi trabajo y con más atrevimiento que experiencia pude solucionar problemas menores de los muchos “palos” que reciben los tobillos y pantorrillas de los jugadores. Lo complicado pasaba por otro lado. Aquél campeonato terminó sin pena ni gloria y quedamos alejados de la punta por el magro rendimiento de la escuadra. Yo seguí en el puesto que me dejó Mario y pasé a ser no solo masajista, sino también utilero y ayudante de campo. Algo impagable para mí, que en definitiva soy un jugador frustrado por “patadura”, cualquiera fuera el puesto, y de esto había pasado muchísimo tiempo. Entrar a la cancha y ocupar mi sitio en la banca, con mis elementos de auxilio siempre listos, fue un placer que es difícil describir. Abrir la bolsa con la indumentaria, acomodarlas para cada jugador, repartir las casacas. Hasta el hecho de llenar el bidón de agua me parecía importante y por supuesto conocer a distintos técnicos que plasmaban sus ideas en la pizarra, poniendo el sello distintivo de su espíritu competitivo. Porque nadie manda sus ataques igual que otro, aunque haya similitudes, el jugador entiende y ejecuta o hace lo que le parece, que ese es otro tema.
Me apasionaba escuchar las recomendaciones, los códigos internos; “si ganamos el mérito es de ustedes chicos, la derrota corre por mi cuenta, pero hoy ganamos”. “Fulano, conversalo al referí de pasada, pero ojo eh, siempre con las manos atrás”. “Camínenme la barrera muchachos, “¡vos “uno”!, cuando saltes, con una de las piernas bajále las medias a quién tengas detrás, vos no lo ves, ¡pero ese no te molesta más!”. “Loco, vos repetí lo que yo te diga con tu vozarrón” – supo decirme también.
Salimos campeones ese año y al otro cuadro del barrio le metimos ocho en un ida y vuelta por el derecho a jugar un torneo regional Argentino. Hicimos algunos viajes con el equipo reforzado pero no llegamos lejos. Hay de todo en esta viña y cuadros con más experiencia nos dejaron afuera, clubes acostumbrados a otro nivel que hacían sentir la diferencia.
En mi tarea peleé mil veces con los árbitros locales y tuve dos suspensiones prolongadas sin entrar a la cancha. Eso me costó una barbaridad, miré otra vez desde el tejido, no era lo mismo que ahí donde todo es calentura, donde está la pelea directa. “Sos un fusible” - me decía un DT - no sé, mi apasionamiento no tenía medida, lloraba de pura alegría cuando nos tocaba la buena, no me avergüenza decirlo, que va.
Un día todo comenzó a cambiar. Se venía un recambio grande en el plantel y más de uno dejaría el club, incluido el técnico al que no se podía pagar como en otros momentos según decían. Varios dejaron su número para algunos pibes que subían desde tercera y 5ta, y me sentí triste aunque parezca un contrasentido la buena venturanza del recambio. Lamenté el alejamiento de amistades compartidas en un par de temporadas, con tipos fenómenos a quienes había llegado a conocer en todos sus caprichos, en sus “ñañas” que cuando podía, les complacía. A “Palito” García había que esperarlo hasta que terminara con su peinado, dueño de una gran melena a la que dispensaba cuidados ¡que ni una mina! Era el último en salir y en ocasiones cuando alguna barra brava nos esperaba a la salida, en cancha ajena, esto no era recomendable. Jodía con su crema de enjuague y una vez hubo que ir a comprarle un sobrecito para que salga del vestuario, ¡se la había olvidado! / En otra ocasión se estaba comiendo la cancha y lo levantaron de un patadón por lo que quedó inconsciente en la gramilla. Yo creía que estaba simulando, pero cuando le tiré los pelos en contra de las orejas, me di cuenta que no era joda. Tuvimos que sacarlo en camilla por encima del tejido esquivando puteadas y piñas al boleo para llevarlo a un hospital donde luego se puso bien. Fue un momento fulero. Siempre había situaciones duras, como los tobillos maltratados del “Negro” González, nuestro goleador, o aquella situación de “Pancho” Córdoba en otra cancha de “malevos” (Pilar), cuando el único contrario que tenía a su lado le abrió seis centímetros la ceja izquierda de una trompada. La sangre le salía a chorros y el colegiado “entre comillas” dijo - yo no lo vi – un descargo ambiguo y cobarde que pensaba más que nada en la jauría del otro bando. Los nuestros escupían con rabia epítetos para nada floridos, cuando solo cabía la expulsión para esta agresión que terminó también en un hospital, pero de otro partido.
Tantas batallas pasarían al olvido - pensé - una vuelta olímpica, muchos asados y anécdotas innumerables. Todo se vino de golpe y nadie me avisó nada de la cosa. Claro, en realidad yo solo era el aguatero aunque cumpliera otras funciones, pero con mucho gusto eh, y sin pedir nada a cambio. El domingo aquél, ya sin los muchachos de antes, llegué temprano como de costumbre. Abrí la bolsa y dispuse la ropa de la misma forma, tal cuál lo había hecho por bastante tiempo. Pero ese día no sabía para quién, ya que falté a los entrenamientos preliminares y me acerqué medio a desgano para el debut en nuestra cancha. Presentía que este sería mi último partido, porque yo los “jugaba” con el corazón a mil, como correspondía, y esta vez la cosa desde adentro me cantaba otra cosa. Consideré que esto me pasaba de puro “calentón”, por los viejos que ya no estaban y también por ese muchachito engreído, al que no conocía y que con desparpajo se tiró en la camilla. Yo lo miré de reojo no sé porqué, pero mi intuición veterana no estaba errada. Para rematar, mientras yo seguía mirándolo volcándole mi resentimiento, él, seguramente agrandado por su asomo a primera, pidiendo ya la chapa que tendría que ganar con los genitales en el verde, me dijo con soberbia - ¡dale viejo dale, lustráme las gambas!”.
No sé cómo salimos ese domingo porque realmente no miré el partido. El embrujo se había esfumado y a la hora de juntar la vestimenta, le dije a alguien que ya no volvería a los vestuarios. No fue el cansancio, ni siquiera este pibe con su desfachatez, era por aquella amistad y ese compromiso casi de “trinchera” que tenía el grupo. Algo que no se renueva fácilmente cuando el escuadrón recibe los refuerzos.
Atrás quedaba una bolsa de recuerdos, esos desbarajustes del alma con alegrías, tristezas y lágrimas, la única forma en que “carbura” una pasión fanática, qué me importan los puristas, aquellas historias domingueras nunca fueron cuentos de hadas.
martes, 3 de noviembre de 2009
Dieguito (por José Pablo Feinmann)
Según su padre, que tal vez lo odiara, Dieguito era decididamente idiota. Según su madre, que algo había accedido a quererlo, Dieguito era sólo un niño con problemas. Un niño de ocho años que no conseguía avanzar en sus estudios primarios -había repetido ya dos veces primer grado-, taciturno, solitario, que apenas parecía servir para encerrarse en el altillo y jugar con sus muñecos: los cosía y los descosía, los vestía y los desvestía, vivía consagrado a ellos. Un idiota, insistía el padre, y un marica también, agregaba, ya que ningún hombrecito de ocho años juega tan obstinadamente con muñecos y, para colmo, con muñecas. Un niño con problemas, insistía la madre, no sin deslizar en seguida alguna palabreja científica que amparaba la excentricidad de Dieguito: síndrome de tal o síndrome de cual, algo así. Y no un marica, solía decir contrariando al padre, sino un verdadero varoncito: ¿acaso no amaba el fútbol? ¿Acaso no se prendía a la tele siempre que Diego Armando Maradona aparecía en la mágica pantalla haciendo, precisamente, magia, la más implacable de las magias que un ser humano puede hacer con una pelota?
Dieguito se deslizaba por la vida ajeno a esos debates paternos. Se levantaba temprano, iba al colegio, cometía allí todo tipo de errores, torpezas o, siempre según su padre, imbecilidades que luego se expresaban en las estólidas notas de su libreta de calificaciones, y después, Dieguito, regresaba a su casa, se encerraba en el altillo y jugaba con sus muñecos y con sus muñecas hasta la hora de comer y de dormir.
Cierto día, un día en que incurrió en el infrecuente hábito de salir a caminar por las calles de su barrio, presenció un suceso extraordinario. Fue en un paso a nivel. Un poderoso automóvil intentó cruzar con las barreras bajas y fue arrollado por el tren. Así de simple. El tren siguió su marcha de vértigo y el coche, hecho trizas, quedó en un descampado. Dieguito no pudo dominar su curiosidad. ¿Quién conduciría un coche tan hermoso? Corrió -¿alegremente?- a través del descampado y se detuvo junto al coche. Sí, estaba hecho trizas, negro, humeante y con muchos hierros retorcidos y muchísima sangre. Dieguito miró a través de la ventanilla y se llevó la sorpresa de su corta vida: allí dentro, algo deteriorado, estaba él, el hombre que más admiraba en el mundo, su ídolo.
Una semana después todos los diarios argentinos dedicaban su primera plana a un suceso habitual: Diego Armando Maradona llevaba más de diez días sin acudir a los entrenamientos de su equipo. Hubo polémicas, reportajes a variadas personalidades (desde ministros a psicoanalistas y filósofos) y conjeturas de todo calibre. Una de ellas perseveró sobre las otras: Diego Armando Maradona había huido del país luego de ser arrollado por un tren mientras cruzaba un paso a nivel con su deslumbrante BMW. ¿A dónde había huido? Muy simple: a Colombia, a unirse con el anciano y desfigurado Carlos Gardel, quien aún sobrevivía a su tragedia en el país del realismo mágico. Ahora, desfigurados horriblemente, los dos grandes ídolos de nuestra historia se acompañaban en el dolor, en la soledad y en la humillación de no poder mirarse a un espejo. Ellos, en quienes se había reflejado el gran país del sur.
En medio de esta tristeza nacional no pudo sino sorprender al padre de Dieguito la alegría que iluminaba sin cesar el rostro del niño, a quien él, su padre, llamaba el pequeño idiota. ¿Qué le pasaba al pequeño idiota?, le preguntó a la madre. "No sé", respondió ella. "Come bien. Duerme bien." Y luego de una breve vacilación -como si hubiera, demoradamente, recordado algún hecho inusual-, añadió: "Sólo hay algo extraño". "Qué", preguntó el padre. "No quiere ir más al colegio", respondió la madre. Indignado, el padre convocó a Dieguito. Se encerró con él en su escritorio y le preguntó por qué no iba más al colegio. "Dieguito no queriendo ir al colegio", respondió Dieguito. El padre le pegó una cachetada y abandonó el escritorio en busca de la madre. "Este idiota ya ni sabe hablar", le dijo. "Ahora habla con gerundios." La madre fue en busca de Dieguito. Le preguntó por qué hablaba con gerundios. Dieguito respondió: "Dieguito no sabiendo qué son gerundios".
Transcurrieron un par de días. Dieguito, ahora, ya casi no bajaba del altillo. Sus padres decidieron ignorarlo. O más exactamente: olvidarlo. Que reventara ese idiota. Que se pudriera ese infeliz; sólo para traerles desdichas y papelones había venido a este mundo.
Sin embargo, hay cosas que no se pueden ignorar. ¿Cómo ignorar el insidioso, nauseabundo olor que se deslizaba desde el altillo hacia el comedor y las habitaciones? ¿Qué diablos era eso? ¿A quién habrían de poder invitar a tomar el té o a cenar con semejante olor en la casa? Decidieron resolver tan incómodo problema. "Esto", dijo el padre, "es obra del pequeño idiota". Llamó a la madre y, juntos, decidieron emprender la marcha hacia el altillo. Subieron la estrecha escalera, intentaron abrir la puerta y no lo consiguieron: estaba cerrada. "¡Dieguito!", chilló el padre. "¡Abrí la puerta, pequeño idiota!" Se oyeron unos pasos leves, giró la cerradura y se abrió la puerta. Dieguito la abrió. Sonrió con cortesía, dijo "Dieguito trabajando", y luego se dirigió a la mesa en que yacía el ídolo nacional ausente. Sí, era él. El padre no lo podía creer: no estaba en Colombia, con Gardel, sino que estaba ahí, sobre esa mesa, y el olor era insoportable y había sangre por todas partes y el ídolo nacional ausente estaba trizado y Dieguito, con prolija obsesividad, le cosía una mano (¿la mano de Dios?) a uno de los brazos. Y la madre lanzó un aullido de terror. Y el padre preguntó: "¿Qué estás haciendo, grandísimo idiota?" Y Dieguito (oscuramente satisfecho por haber sido, al fin, elevado por su padre a los dominios de la grandeza) sólo respondió:
-Dieguito Armando Maradona.
domingo, 1 de noviembre de 2009
Exposición futbolera
Desde el jueves 29 de octubre hasta el domingo 31 de enero.
Museo de la Ciudad: Defensa 219, San Telmo (Ciudad de Buenos Aires).
Horario: lunes a domingos y feriados de 11 a 19 hs.
Entrada general: $ 1. Lunes y miércoles: gratis.
Medios de transporte:
Líneas de colectivos: 22, 24, 28, 29, 33, 50, 54, 56, 61, 62, 64, 74, 86, 91, 105, 111, 126, 130, 143, 146, 152, 159.
Líneas de subterráneos: A (estación Plaza de Mayo), E (estación Bolívar) y D (estación Catedral).