martes, 22 de febrero de 2011

Poemas de Bernardo Canal Feijóo

Ansiedad

El ansia del triunfo

anidaba en el ángulo de la red,

a espaldas del arquero,

una gran araña torva...

(El juego se agolpaba contra uno de los arcos, como en un peloteo a la pared. El arquero tenía ya empastelados los ojos, y aunque volvía las espaldas en las contorsiones bruscas, quedaba siempre mirando de frente como un búho idiota.

Solo, abandonado en su arco, el arquero adversario se paseaba de un lado para otro, se detenía, parecía ladrar al tumulto lejano, como un perro atado a su garita.)

Córner

Los jugadores se reunieron a dar la bienvenida.

Como de un lejano horizonte

se levanta la pelota del córner,

abriendo su vuelo de serpentina...

Se encoge la guardia de los jugadores

y ajusta el paredón del gol.

Entonces,

entre las frentes endurecidas,

una frente,

aristada de voluntad

en un salto más alto que ninguno,

quiebra como un florete

el acero flexible de la parábola del córner...

Réferi

El réferi husmeaba todo, estaba empeñado en revertirlo todo hacia sí, en sorprender las delanteras sin darse mucho afán, con una judiciaria propensión a descubrir la falta, a aplicar sus sanciones de pito solemne.

(Va, vuelve; tiene una carrera entorpecida de una contracarrera, con estacatos de cardíaco, o de palmípedo doméstico, que pretende seguir el volatín aéreo de los pájaros, y larga tres pasos torpes de tony botinudo.)

Al arco

(El arquero sabe de la alegría de transmutar

en juego el ceño homicida del adversario.)

Bernardo Canal Feijóo (Santiago del Estero, 1897 - Buenos Aires, 1982). Figura central de la cultura argentina del siglo XX. Como poeta publicó los libros Penúltimo poema del fútbol (1924), Dibujos en el suelo (1927), La rueda de la siesta (1930), Sol alto (1932) y La rama ciega (1942). Fue, además, autor de una extensa y brillante producción teatral y ensayística, que incluye títulos como Ñan (1932), Pasión y muerte de Silverio Leguizamón (1937), Confines de Occidente (1954) o Tungasuka (1968).

Estos poemas fueron extraídos de Penúltimo poema del fútbol (reeditado en 2007), un libro que marcó vanguardia no sólo por su temática, sino por su forma. Además, incluye unas geniales ilustraciones de su autor. Es un honor que podamos publicar un fragmento para que disfruten nuestros lectores.

martes, 8 de febrero de 2011

Pasta de Campeón (por Nolberto Malacalza)

Por Nolberto Malacalza


Puedo hablar acerca de Nacho con más propiedad que sobre cualquiera de los otros nietos. Son varios, pero este ejemplar se lleva las palmas. Lo conozco desde antes de que se le cayera el cordón umbilical, y no termino de conocerlo.
Lo vimos por primera vez en la clínica, horas después del nacimiento. Era una laucha, pero ya tenía carita de comprador. Ahora está alto, aunque sigue flaco. Tanto, que los amigos —y hasta los hermanos— le dicen Cuis. A mí no me gusta que lo llamen de ese modo.
Desde el jardín maternal venía metiéndose a las maestras en el bolsillo. No por atento ni por pícaro, sino por sus ojos grandes y su porte de laucha. Despertaba deseos de mimarlo, de contenerlo. Y es sabido que los chicos son complacientes cuando las cosas vienen a favor.

El baterista

Antes de que Nacho cumpliera tres años, el otro abuelo le compró una batería. El chico no era más alto que seis o siete ladrillos apilados, pero le daba tanto al juguete que mucho no le duró. Lo aplaudíamos hasta el delirio, le hacíamos humo con brasas y pasto verde y el tipo aporreaba, agradecía, volaba en su nube de gloria. Ya pintaba como gran fabulador.

El supergol

—El arquero me la alcanzó cortita. Avancé dos o tres pasos, le di con todas mis fuerzas y la clavé en un ángulo. Bah —aclaró, displicente—, no le di con todas mis fuerzas.
Disimulé la risa. De dónde, con ocho años y esas piernitas de alambre. Sin embargo acepté la versión remando para el mismo lado que él. Pensé que si más adelante le tomaba el gusto a las letras, como me pasó a mí, en la familia tendríamos un buen referente de la literatura fantástica.
Lo llevé a la práctica siguiente con la solapada intención de contárselo al profesor y reírnos un poco. El gol lo había hecho, pero desde unos siete metros. Viendo lo corta que era la cancha, no resultaba tan exagerado el relato de Nacho. Además, la había metido al milímetro. El entrenador me dijo que tampoco él terminaba de conocerlo, que de vez en cuando sacaba genialidades de la galera pero que era mucho más frecuente que se pusiera a papar moscas y no agarrase una. Lo hacía jugar diez o quince minutos porque en algún momento, en algún partido, se le podía encender la lamparita. Después de ese período tenía que sacarlo porque no se aguantaba el físico de los defensores rivales. A juzgar por el modo en que me lo contaba, pensé que con este muchacho se estaba repitiendo la historia de las maestras del jardín maternal. Sin embargo él era un técnico inteligente y por algo lo pondría.

El baterista II

Una vez, al volver de la escuela, se encontró con la batería grande. El papá y los amigos ensayaban aquí al lado, en su casa. El instrumento era gordo y complicado, había que dejarlo en un lugar porque resultaba incómodo trasladarlo. A Nacho lo subían al taburete de baterista, le daban los palos y después el lío era bajarlo a la hora de comer. Me causaba gracia verlo apoyar los pies en los travesaños del asiento y estirarse para darle al plato grande. Decía que cuando llegara a los pedales de abajo iba a tocar en la tele y en la cancha de River. Porque él se hizo de River. Y no fue por mí.

El papá

Nacho estaba por cumplir nueve años cuando su papá se convirtió en una voz en el teléfono y en alguna camiseta del Inter que le traía desde Porto Alegre. También fue su interlocutor más importante, el que prestaba mayor atención al relato de sus hazañas. Pero tres o cuatro días de visita pasan rápido. Unos sellados con gaseosa en la peatonal, en compañía de los hermanos y algún primo, y otra vez el viaje al aeropuerto. Un montón de besos, chau pa, volvé pronto, y la manito le quedaba en el aire. Todos fuimos aprendiendo a no sufrir.

El plan

A él le gustaba lucir la de Argentina, la del diez en la espalda. La usaba a cualquier hora y en cualquier sitio, porque llegaría el momento de jugar en la selección y había que estar preparado. Eso es tener ideales, le dije. El sábado por la tarde fuimos a comprar la pelota casi toda blanca que tanto le gustaba. Al día siguiente me dijo que le había escrito el nombre del club de sus amores con un fibrón rojo, en letra grandota. Eso no me gustó nada pero la pelota era suya, qué podía decirle. Lo disuadí de su intención de mostrármela, y rato después me di cuenta de que había sido un poco duro con él. Pensé en dar marcha atrás, pero no lo hice. Entre hombres las cosas deben ser así.
Hacía jueguito todo el tiempo. Sabía que necesitaba algo impactante para que lo llamasen desde arriba, pero ese tipo de magia no era novedad: ya la había hecho Dieguito en la cancha de Argentinos. Nacho tenía otro plan. Había dicho que en algún momento la sacaría de un zurdazo por la ventana del dormitorio y la metería en el palomar de enfrente, justo por el agujero de entrada y salida de las mensajeras. La noticia se desparramaría por toda la ciudad, y entonces repetiría la prueba ante las cámaras de televisión y una multitud de curiosos. Con la evidencia recorriendo el país, el DT de la selección lo llamaría con urgencia.
—Buena idea —le dije.

La prueba

Cerca de las nueve, después de que él se fuera a la escuela, tocó timbre el colombófilo de enfrente. Venía con una número cinco casi toda blanca, con inscripciones en rojo. Pensó que era de Nacho, porque yo le había contado sobre su capricho de arruinarla con el nombre de una divisa que no era la mía. El proyectil había matado a una de sus mejores palomas, las otras estaban estresadas, el palomar era un infierno.
—No imagino con qué pudieron impulsarla hasta la altura de la terraza —dijo— ni cómo hicieron para meterla por allí. Me parece, don Ángel, que alguien le sacó la pelota a Nacho para ensayar algún aparato nuevo.
—¿Aparato nuevo? ¿Qué querés decir?
—Una catapulta. O algo parecido. Los grandotes se gastan los dedos con esos jueguitos de guerra y después se largan a inventar cosas raras. ¿Eh, don Ángel?
No se notaba el menor gesto de reproche en ese hombre, ya que no le entraba en la cabeza que el bombazo hubiese sido obra de Nacho.
—Con esas piernas flacas —dijo—, sería como pegarle con la servilleta.
Yo tomé la pelota y me puse a girarla en las manos, haciéndome el distraído mientras contaba hasta diez. Luego lo miré fijo y le dije:
—Te voy a pagar la paloma muerta, no importa cuánto valga. Y va a ser conveniente que esta tarde, como a las cinco, encierres a las otras en una jaula. Andá sabiendo que, después de la merienda, Nacho la va a meter otra vez. No, no, qué catapulta ni ocho cuartos. La va a meter de un zurdazo. En tus narices. ¿Está claro?

martes, 1 de febrero de 2011

Bandera que se hace manta (por Ricardo Martínez Gálvez)

Por Ricardo Martínez Gálvez




Un faso, una birra, un amigo ocasional.
Y una bandera que apenas ataja el frío
de esas noches interminables de invierno,
en que lo único que no se escarcha es el corazón.


Desde "Gambeteando..." agradecemos cordialmente al autor por autorizarnos a publicar su obra.

martes, 25 de enero de 2011

De las cosas del destino (por Elizabeth Carpi)

Por Elizabeth Carpi

Cuando Martín nació, las tres Parcas se conmovieron. Era tan perfecto. Cloto le dio el mejor hilo para bordar su destino. Láquesis tejió momentos maravillosos. Átropos afirmó que es hilo tendría fin cuando cumpliera una centuria.

Martín creció con el horóscopo a favor. Nada le era imposible. Si había viento norte, él caminaba hacia el sur y viceversa. Sus tres madrinas protegían sus deseos y ambiciones.

Hasta que un día, Láquesis, se cansó de sostener la madeja de hilo rojo para el amor y la arrojó al suelo. Ese día el joven supo de confusiones y golpes y torceduras y de vientos en contra. Si él amaba, ella no le correspondía y viceversa. Nada fue igual. Conoció el llanto, el sufrimiento y el dolor de panza. Pidió a los dioses que lo ayudaran. Cantó loas a todos los héroes.

Por fin, Átropos, convenció a Láquesis y ella ordenó el hilo rojo y tejió el hilo azul. Entonces los astros fueron propicios. Se preparó para entrar a Boca Juniors. Y el mundo de Martín se hizo cancha.


Elizabeth Carpi es docente- Directora de una Escuela de nivel Primario y profesora de práctica de la Enseñanza de nivel Inicial y Primario, y de Metodología de la Investigación Educativa , coordina Talleres literarios, Dicta charlas y cursos para niños, adolescentes , docentes. Ha participado con disertaciones en congresos en el país y en el exterior. Pertenece al grupo de pintores de Corral de Bustos. Expone obras en la región y en el país. Entre sus libros se encuentran: Poesías para mi niño, El mundo de la abuela, Asombros, Mundo de asombros, Tengo una idea, TodaVía, Desde las palabras, Historia de la Escuela R.E. de San Martín ( I y II), Juan Cuento, Con ton y con son, Paraarrimarte.

martes, 11 de enero de 2011

Gallardo Pérez, referí (por Osvaldo Soriano)

Por Osvaldo Soriano

Cuando yo jugaba al fútbol, hace más de veinte años, en la Patagonia, el referí era el verdadero protagonista del partido. Si el equipo local ganaba, le regalaban una damajuana de vino de Río Negro; si perdía, lo metían preso. Claro que lo más frecuente era lo de la damajuana, porque ni el referí, ni los jugadores visitantes tenían vocación de suicidas.

Había, en aquel tiempo, un club invencible en su cancha: Barda del Medio. El pueblo no tenía más de trescientos o cuatrocientos habitantes. Estaba enclavado en las dunas, con una calle central de cien metros y, más allá, los ranchos de adobe, como en el far-west. A orillas del río Limay estaba la cancha, rodeada por un alambre tejido y una tribuna de madera para cincuenta personas. Eran las "preferenciales", las de los comerciantes, los funcionarios y los curas. Los otros veían el partido subidos a los techos de los Ford A o a las cajas de los camiones de la empresa que estaba construyendo la represa.

Todos nosotros estábamos bajo el influjo del maravilloso estilo del Brasil campeón del mundo, pero nadie lo había visto jugar nunca: la televisión todavía no había llegado a esas provincias y todo lo conocíamos por la radio, por esas voces lejanas y vibrantes que narraban los partidos. Y también por los diarios, que llegaban con cuatro días de atraso, pero traían la foto de Pelé, el dibujo de cómo se hacía un cuatro-dos-cuatro y la noticia de la catástrofe argentina en Suecia.

Yo jugaba en Confluencia, un club de Cipolletti, pueblo fundado a principios de siglo por un ingeniero italiano que tenía un monumento en la avenida principal. Todavía las calles no habían sido pavimentadas y para ir al fútbol los domingos de lluvia había que conseguir camiones con ruedas pantaneras. Confluencia nunca había llegado más arriba del sexto puesto, pero a veces le ganábamos al campeón. Muy de vez en cuando, pero le dábamos un susto.

Ese día teníamos que jugar en la cancha de Barda del Medio y nunca nadie había ganado allí. Los equipos "grandes" descontaban de sus expectativas los dos puntos del partido que les tocaba jugar en ese lugar infernal. Los muchachos de Barda del Medio, parientes de indios y chilenos clandestinos, eran tan malos como nosotros suponíamos que eran los holandeses o los suecos. Eso sí, pegaban como si estuvieran en la guerra. Para ellos, que perdían siempre por goleada como visitantes, era impensable perder en su propia casa.

El año anterior les habíamos ganado en nuestra cancha cuatro a cero y perdimos en la de ellos por dos a cero con un penal y piadoso gol en contra de Gómez nuestro marcador lateral derecho. Es que nadie se animaba a jugarles de igual a igual porque circulaban leyendas terribles sobre la suerte de los pocos que se habían animado a hacerles un gol en su reducto.

Entonces, todos los equipos que iban a jugar a Barda del Medio aprovechaban para dar licencias a sus mejores jugadores y probar a algún pibe que apuntaba bien en las divisiones inferiores. Total, el partido estaba perdido de antemano. El referí llegaba temprano, almorzaba gratis y luego expulsaba al mejor de los visitantes y cobraba un penal antes de que pasara la primera hora y la tribuna empezara a ponerse nerviosa. Después iba a buscar la damajuana de vino y en una de ésas, si la cosa había terminado en goleada, se quedaba para el baile.

Ese día inolvidable, nosotros salimos temprano y llevamos un equipo que nos había costado mucho armar porque nadie quería ir a arriesgar las piernas por nada. Yo era muy joven y recién debutaba en primera y quería ganarme el puesto de centro delantero con olfato para el gol. Los otros eran muchachos resignados que iban para quedarse en el baile y buscar una aventura con las pibas de las chacras.

Después del masaje con aceite verde, cuando ya estábamos vestidos con las desteñidas camisetas celestes, el referí Gallardo Pérez, hombre severo y de pésima vista, vino al vestuario a confirmar que todo estuviera en orden y a decirnos que no intentáramos hacernos los vivos con el equipo local. Le faltaban dos dientes y hablaba a tropezones, confundiendo lo que decía con lo quería decir.

Le dijimos -y éramos sinceros- que todo estaba bien y que tratara, a cambio, de que no nos arruinaran las piernas. Gallardo Pérez prometió que se lo diría al capitán de ellos, Sergio Giovanelli, un veterano zaguero central que tenía mal carácter y pateaba como un burro.

Ni bien saludamos al público que nos abucheaba, el defensa Giovanelli se me acercó y me dijo: "Guarda, pibe, no te hagas el piola porque te cuelgo de un árbol". Miré detrás de los arcos y allí estaban, pelados por el viento, los siniestros sauces donde alguna vez habían dejado colgado a algún referí idealista. Le dije que no se preocupara y lo traté de "señor". Giovanelli, que tenía un párpado caído surcado por una cicatriz, hizo un gesto de aprobación y fue a hacerles la misma advertencia a los otros delanteros.

La primera media hora de juego fue más o menos tranquila. Empezaron a dominarnos pero tiraban desde lejos y nuestro arquero, el Cacho Osorio, no podía dejarla pasar porque habría sido demasiado escandaloso y nos habrían linchado igual, pero por cobardes. Después dieron un tiro en un poste y el Flaco Ramallo sacó varias pelotas al córner para que ellos vinieran a hacer su gol de cabeza.

Pero ese día, por desgracia, estaban sin puntería y sin suerte. Todos hicimos lo posible para meter la pelota en nuestro arco, pero no había caso. Si el Cacho Osorio la dejaba picando en el área, ellos la tiraban afuera. Si nuestros defensores se caían, ellos la tiraban a las nubes o a las manos del arquero.

Al fin, harto de esperar y cada vez más nervioso, Gallardo Pérez expulsó a dos de los nuestros y les dio dos penales. El primero salió por encima del travesaño. El segundo dio en un poste. Ese día, como dijo en voz alta el propio referí, no le hacían un gol ni al arco iris. El problema parecía insoluble y la tribuna estaba caldeada. Nos insultaban y hasta decían que jugábamos sucio. Al promediar el segundo tiempo empezaron a tirar cascotes.

El escándalo se precipitó a cinco o seis minutos del final. El Flaco Ramallo, cansado de que lo trataran de maricón, rechazó una pelota muy alta y yo piqué detrás de Giovanelli, que retrocedía arrastrando los talones. Saltamos juntos y en el afán de darme un codazo pifió la pelota y se cayó. La tribuna se quedó en silencio, un vació que me calaba los huesos mientras me llevaba la pelota para el arco de ellos, solo como un fraile español.

El arquerito de Barda del Medio no entendía nada. No sólo no podían hacer un gol sino que, además, se le venía encima un tipo que se perfilaba para la izquierda, como abriendo un ángulo de tiro. Entonces salió a taparme a la desesperada, consciente de que si no me paraba no habría noche de baile para él y tal vez hasta tendría que hacerme compañía en el árbol de fama siniestra. Él hizo lo que pudo y yo lo que no debía. Era alto, narigón, de pelo duro, y tenía una camiseta amarilla que la madre le había lavado la noche anterior. Me amagó con la cintura, abrió los brazos y se infló como un erizo para taparme mejor el arco. Entonces vi, con la insensatez de la adolescencia, que tenía las piernas arqueadas como bananas y me olvidé de Giovanelli y de Gallardo Pérez y vislumbré la gloria.

Le amagué una gambeta y toqué la pelota de zurda, cortita y suave, con el empeine del botín, como para que pasara por ese paréntesis que se le abría abajo de las rodillas. El narigón se ilusionó con el driblin y se tiró de cabeza, aparatoso, seguro de haber salvado el honor y el baile de Barda del Medio. Pero la pelota le pasó entre los tobillos como una gota de agua que se escurre entre los dedos.

Antes de ir a recibirla a su espalda le vi la cara de espanto, sentí lo que debe ser el silencio helado de los patíbulos. Después, como quien desafía al mundo, le pegué fuerte, de punta, y fui a festejar. Corrí más de cincuenta metros con los brazos en alto y ninguno de mis compañeros vino a felicitarme. Nadie se me acercó mientras me dejaba caer de rodillas, mirando al cielo, como hacía Pelé en las fotos de El Gráfico.

No sé si el referí Gallardo Pérez alcanzó a convalidar el gol porque era tanta la gente que invadía la cancha y empezaba a pegarnos, que todo se volvió de pronto muy confuso. A mí me dieron en la cabeza con la valija del masajista, que era de madera, y cuando se abrió todos los frascos se desparramaron por el suelo y la gente los levantaba para machucarnos la cabeza.

Los cinco o seis policías del destacamento de Barda del Medio llegaron como a la media hora, cuando ya teníamos los huesos molidos y Gallardo Pérez estaba en calzoncillos envuelto en la red que habían arrancado de uno de los arcos.

Nos llevaron a la comisaría. A nosotros y al referí Gallardo Pérez. El comisario, un morocho aindiado, de pelo engominado y cara colorada, nos hizo un discurso sobre el orden público y el espíritu deportivo. Nos trató de boludos irresponsables y ordenó que nos llevaran a cortar los yuyos del campo vecino.

Mientras anochecía tuvimos que arrancar el pasto con las manos, casi desnudos, mientras los indignados vecinos de Barda del Medio nos espiaban por encima de la cerca y nos tiraban más piedras y hasta alguna botella vacía.

No recuerdo si nos dieron algo de comer, pero nos metieron a todos amontonados en dos calabozos y al referí Gallardo Pérez, que parecía un pollo deshuesado, hubo que atenderlo por hematomas, calambres y un ataque de asma. Deliraba y en su delirio insensato confundía esa cancha con otra, ese partido con otro, ese gol con el que le había costado los dos dientes de arriba.

Al amanecer, cuando nos deportaron en un ómnibus destartalado y sin vidrios, bajo la lluvia de cascotes, nuestro arquero, el Cacho Osorio, se acercó a decirme que a él nunca le habrían hecho un gol así. "Se comió el amague, el pelotudo", me dijo y se quedó un rato agachado, moviendo los brazos, mostrándome cómo se hacía para evitar ese gol.

Cuando se despertó, a mitad de camino, Gallardo Pérez me reconoció y me preguntó cómo me llamaba. Seguía en calzoncillos pero tenía el silbato colgando del cuello como una medalla.

-No se cruce más en mi vida -me dijo, y la saliva le asomaba entre las comisuras de los labios-. Si lo vuelvo a encontrar en una cancha lo voy a arruinar, se lo aseguro.

-¿Cobró el gol? -le pregunté. -¡Claro que lo cobré! -dijo, indignado, y parecía que iba a ahogarse- ¿Por quién me toma? Usted es un pendejo fanfarrón, pero eso fue un golazo y yo soy un tipo derecho.

-Gracias -le dije y le tendí la mano. No me hizo caso y se señaló los dientes que le faltaban.

-¿Ve? -me dijo-. Esto fue un gol de Sívori de orsai. Ahora fíjese dónde está él y dónde estoy yo. A Dios no le gusta el fútbol, pibe. Por eso este país anda así, como la mierda.

Este texto fue extraído de la muy buena página web Cuentos y más http://www.cuentosymas.com.ar/

martes, 4 de enero de 2011

Desde creer saber y no saber nada (por Sonia Figueras)

Por Sonia Figueras

A GAMBETEANDO PALABRAS
Una página donde escriben los que saben, los mejores.

Hasta hoy no pude sustraerme a la locura que me acometió en este Mundial Sudáfrica 2010.
Junto a mi papá aprendí a ver futbol, primero con la radio pegada a la oreja allá por la época de la saeta, de la máquina de la banda roja, ese club en que estaba federada en voley o en atletismo con marcas que nada tienen que ver con las de hoy, en tiempos en que asimilé-una pelota adelantada, afuera, penal o no, full o no, mano…hasta que me hice bostera desde el fondo de mi alma.
Ya desde el primer encuentro con Nigeria, la noche anterior, las sábanas, mortajas heladas no cumplían su papel de mortajas.
La entrada habitual, las camisetas, el himno que invariablemente me estruja el pecho, los brazos abrazados y la cara del niño hombre genio que logró que los 11 chicos de la cancha y los 11 del banco, con su magia, lo entonaran con el corazón como el mío, para buscar la gloria. Porque ellos iban por la gloria, por la camiseta.
Había que ver las presencias sobre el verde pasto,
Susto ante las cualidades de esos negros maravillosos, esa ligereza africana.
Y esa noche consumí los restos de tranquilidad que suelo concebir para percibir las jugadas peligrosas..
Con Grecia asomó el aliento y la esperanza. Con México, con sufrimiento me agrandé con el 3 a 1, aunque con reservas. Soporté en la cama, boca abajo, con los ojos tapados con un pañuelo, sin los lentes, total, yo podía escuchar al relator y ver con mis ojos sin mirar, dónde, en qué lugar estaba cada jugador. Mucho, ¿no?
Ahora, a las 00:00 horas del 2 de julio, espero el encuentro con Alemania y tengo miedo. No se si soportaré la rutina del comienzo y menos el partido.
Dejo la lapicera y el papel “blanco como un papel” e intentaré dormir. No sé si quiero que el día de mañana sea mañana o en un año, cien o mil. Mañana será el principio del fin y la hermosa pesadilla del interrogante. ¿Aguantaré la carita del mago, sea cual fuere el resultado?
¡Vamos, Diego querido, vamos chicos. Vamos Argentina!


3 de julio. ¿Qué hora era?
Y fue una horrible pesadilla con hombres que lucharon hasta el fin. Con un Diego que emergido del fondo de los fondos, pudo con su mística, abrazar, besar a sus chicos como ningún técnico. No hubo, no hay, no habrá otro que ante la salida de un cuarto de una final mundial, respete a sus jugadores, los premie con su afecto y los incite al nuevo intento con o sin él.
¿No es verdad que digo que Diego tiene magia en los pies y mística en el alma?
Y me quedo con algo que escuché y jamás se me había ocurrido, “el futbol es un deporte en que con los mismos miembros con los que se movilizan los jugadores, tienen que hacer la jugada”. En eso, el Diego, el mago, el místico, es un experto.
Gracias Diego, gracias muchachos, ya dejé de llorar.

Le agradecemos a Sonia por la dedicatoria, tal vez demasiado para nosotros.
¡Como nos hubiera gustado a los Gambeteadores que Diego siguiera al frente de la Selección! por lo menos a mí me suena muy insulsa la Argentida del "Checho" Batista...

martes, 7 de diciembre de 2010

Tribuna popular (por Juan José Panno)

Por Juan José Panno

El partido de gala que se disputaba en el Gran Estadio era tan malo, pero tan malo que los espectadores se empezaron a asomar a los murallones de las graderías para espiar desde ahí el encuentro improvisado que estaban jugando hijos y sobrinos de los profesionales en un campo lindero. Su Majestad, presente en el Gran Estadio, fue notificada de lo que estaba ocurriendo y tomó inmediatamente una medida demagógica de esas a la que ya tenía acostumbrada a la población: mandó traer a los jóvenes al Gran Estadio y ordenó que los cracks pasasen castigados a la cancha auxiliar. La plebe celebró alborozada la novedad, pero diez minutos más tarde todos desdeñaron lo que estaba ocurriendo en el Gran Estadio y empezaron a mirar el partido, abierto y divertido que jugaban los profesionales en el campo contiguo.

Este texto fue extraído de la muy buena página web Cuentos y más http://www.cuentosymas.com.ar/

martes, 30 de noviembre de 2010

El penal (por Sergio Soler)

Por Sergio Soler


Sonó el silbato. Pablito empezó a tomar carrera. Si convertía el penal él y sus compañeros iban a ser los campeones. Miraba reconcentrado a Ricardo, su mejor amigo. Ahora, su enemigo. Quería hacer el gol. No quería hacer el gol.

El silbido del silbato se estiraba. Ricardo se agazapó e intentó concentrarse en la pelota. Si atajaba el penal él y sus compañeros iban a ser los campeones. Miraba reconcentrado a Pablito, su mejor amigo. Ahora, su enemigo. Quería atajar el penal. No quería atajar el penal.

De pronto, del silbato del árbitro comenzaron a salir flores, mariposas, unicornios, hadas y duendes. El césped del área dejó de ser verde y se transformó en un colchón multicolor, lleno de caramelos.

Se formó un camino entre la pelota y el arco. En esa extensa carretera con ríos y montañas a la derecha y una selva a la izquierda circulaban autos, bicicletas, y gentes transportadas en lomos de elefantes, pegasos, burros y dromedarios. El cielo surcado por helicópteros celestes y anaranjados y astronautas con alas se dejaba ver azul con nubes blancas y violetas.

Desde ambos extremos de la carretera los contrincantes comenzaron a avanzar en sentido opuesto. Los transeúntes, los paseantes, los que volaban, todos, absolutamente todos los aclamaban.

Paso a paso fueron avanzando entre medio de la multitud hasta encontrarse finalmente a mitad de camino. El árbitro dejó de hacer sonar al silbato. No podía explicarse cómo pateador y arquero reían juntos en el medio de la cancha. Uno de ellos se negaba a patear. El otro no quería atajar.

Cuando estuvieron frente a frente Pablito y Ricardo se abrazaron y, sin decirse palabras, salieron volando y se llevaron la pelota.


Este cuento fue seleccionado en una antología que se publicó en el marco del Congreso Internacional de Escritores de San Juan en 2009.

martes, 23 de noviembre de 2010

El ídolo (por Eduardo Galeano)

Por Eduardo Galeano

Y un buen día la diosa del viento besa el pie del hombre, el maltratado, el despreciado pie, y de ese beso nace el ídolo del fútbol. Nace en cuna de paja y choza de lata y viene al mundo abrazado a una pelota.
Desde que aprende a caminar, sabe jugar. En sus años tempranos alegra los potreros, juega que te juega en los andurriales de los suburbios hasta que cae la noche y ya no se ve la pelota, y en sus años mozos vuela y hace volar en los estadios. Sus artes malabares convocan multitudes, domingo tras domingo, de victoria en victoria, de ovación en ovación.
La pelota lo busca, lo reconoce, lo necesita. En el pecho de su pie, ella descansa y se hamaca. Él le saca lustre y la hace hablar, y en esa charla de dos conversan millones de mudos. Los nadies, los condenados a ser por siempre nadies, pueden sentirse álguienes por un rato, por obra y gracia de esos pases devueltos al toque, esas gambetas que dibujan zetas en el césped, esos golazos de taquito o de chilena: cuando juega él, el cuadro tiene doce jugadores.
-¿Doce? ¡Quince tiene! ¡Veinte!
La pelota ríe, radiante, en el aire. Él la baja, la duerme, la piropea, la baila, y viendo esas cosas jamás vistas sus adoradores sienten piedad por sus nietos aún no nacidos, que no las verán.
Pero el ídolo es ídolo por un rato nomás, humana eternidad, cosa de nada; y cuando al pie de oro le llega la hora de la mala pata, la estrella ha concluido su viaje desde el fulgor hasta el apagón. Está ese cuerpo con más remiendos que traje de payaso, y ya el acróbata es un paralítico, el artista una bestia:
-¡Con la herradura no!
La fuente de la felicidad pública se convierte en el pararrayos del público rencor:
-¡Momia!Justificar a ambos lados
A veces el ídolo no cae entero. Y a veces, cuando se rompe, la gente le devora los pedazos.


Este texto pertenece al excelente libro "El fútbol a sol y sombra"

martes, 16 de noviembre de 2010

Ritual de lo habitual (por Eva Laura del Rosario)

(O Nunca me dedicaron un gol)

Por Eva Laura del Rosario

Llego al aula y las chicas, de pie, parecen decididas a algo; para averiguarlo en forma indirecta, digo: bueno, nos sentamos...
- Profe, queremos ver a los chicos- dice una.
- Sí, es injusto que ellos jueguen a la pelota y que nosotras estemos acá- dice otra.
- Sí, además somos cinco- dice una tercera.
- Pero ustedes el lunes rinden la previa, ¿no quieren que las ayude con eso? ¿No tienen dudas...?
- No, no tenemos. Dice la cuarta.
- Y queremos ver el partido de los chicos porque es el anteúltimo, hoy se sabe quién va a la final del campeonato- dice la quinta, aunque no haga falta. Empiezo a fastidiarme, pero como no tengo ganas de dar clases, digo que en el caso de que una de ellas consulte al vicedirector, y de que él me autorice, yo puedo dejarlas ver el partido. Ninguna de ellas hace nada, y yo aclaro que mis recientes palabras no fueron una ironía, que no tengo inconvenientes, (tengo que aclarar eso todo el tiempo, se ve que ser tan irónica me trae problemas cuando digo algo que ellos no esperan).
-Bueno, yo bajo y le pregunto, total... – dice Macarena, y eso que yo pensaba que era la menos decidida de todas; las demás no dicen nada.
Mientras vemos el partido, con las chicas me comporto como si sólo ellas hubiesen ganado la posibilidad de salir. Me da un poco de bronca que ellas saboreen una victoria, aunque mínima como ésta, pero es claro que no puedo mostrar fastidio por darles clases.
En el patio de deportes, mientras mis alumnos de tercero cuarta juegan contra ese quinto que me resulta ajeno, pienso en la épica. Britos tiene sangre de otro en su remera. Lifschipz, uno tan callado que en la mayoría de mis clases logra volverse literalmente invisible, brilla con la luz de sus jugadas perfectas, y no puedo dejar de mirarlo. Claro, esto es lo que sabe hacer y lo que le gusta, según lo que escribió en esa encuesta insulsa que les hice a principio de año ¿para conocerlos? ¿Para encasillarlos? Éste es interesante; éste menos; éste escucha buena música para la edad que tiene, y mira buen cine; éste otro no sabe ni dónde está parado; éste ve, escucha y hace lo que todos escuchan, ven y hacen... se ve que no quiere destacarse... y ahora me culpo por haber subestimado los gustos de cada uno de los chicos que llenaron el casillero con cualquier palabra referida a los deportes y que excluyera cualquier cosa que tuviese que ver, aunque fuese un poco, con el arte o con el mundo de las ideas.
Siempre subestimé todos los deportes en general; tal vez debería incluir en mi clase cuentos con fútbol. Por una vez, espectadora de lo que ellos hacen, siento que se invirtieron los roles: hago un esfuerzo por no distraerme y, cuando el silbato indica el final del partido, comprendo que no seguí bien el puntaje: porque me lamento, y enseguida me animo, al ver que mis alumnos de tercero cuarta saltan como locos, mientras las chicas corren tras ellos y les tiran agua.
Es un momento agradable, pero me siento como una madre gorda y teñida que va a despedir a su hijo antes de que se vaya a Bariloche, y debe soportar que él la ignore y esté pendiente de hacerles gestos graciosos a sus amigos que se quedan en la vereda. La madre gorda mira contenta toda esa juventud que ya no le pertenece, y de hecho lo piensa con esa expresión, y hasta pone cara de “ah, toda esta juventud...” mientras el micro arranca y ella, ignorada, da la vuelta para volver a su casa a hacer la comida y puede ver a las delgadísimas chicas de cuarto que despidieron a su hijo, esos culos redondos bajo esos pantalones bien ajustados, blancos o celestes; y también los culos de las de quinto año, a las que Bariloche no les interesaba por ser un cliché, o porque no tenían plata, o porque tenían demasiada plata y prefirieron un viaje más caro e interesante.
Miro la sangre en la remera de Britos, que me dijo: -No es mía, profe, es de otro. Eso me hizo pensar en la épica. Yo tampoco fui a Bariloche ¿y los chicos de tercero cuarta irán? Seguro que sí, y que tengan tanto perfil barilochense a veces hace que no nos llevemos bien. Son muy tradicionales para mi gusto. Las chicas se sientan de un lado y los chicos de otro. A los chicos les gustan los deportes, y a ellas... no sé qué les gusta, mirarlos jugar, supongo, porque tampoco recuerdo haber leído nada que me haya llamado la atención en las encuestas que les hice a principio de año. Y es así: en este tercero nadie quiere destacarse. O mejor dicho, todos, a su manera, buscan destacarse todo el tiempo en mis clases, pero no con excentricidades, sino probando quién es más ofensivo conmigo, quién se atreve a más, quién pasa no sé qué línea divisoria, porque se ve que la tracé mal y ni yo la veo. Grité un gol de ellos sin saber si podía hacerlo o si quedé como una infeliz, madre teñida que saluda a su hijo desde abajo del micro mientras él sigue con las morisquetas entre sus compañeros, la madre chau, Julián, avisame cuando llegues, que la pases lindo. Tengo un buzo negro canguro con capucha, no tengo edad para ser la madre de los chicos de tercero, y menos de los chicos de quinto, y no me importa no tener el culo como todas ellas, porque viene Matías Candiloro, y ahora me doy cuenta de que fui injusta cuando describí a los de tercero cuarta, porque Candiloro, Britos y Lifschipz sí destacan, y no me desafían ni quieren corregirme cuando me equivoco, que es bastante seguido y en ese curso más, viene Matías y me abraza, está todo empapado de goles y de entusiasmo, yo siento un poco de asco ante toda esa humedad, pero igual me emociono, y después se le suma Britos y, un poco más tímido y más atrás viene Lifschipz; y Candiloro, el más carismático y el que siempre me compra con chistes tiernos, dice ¿nos viene a ver el sábado, profe? Dele, el sábado definimos el campeonato... si viene, profe, Lifschipz le dedica un gol. Yo miro a Lifschipz y todos nos reímos. Y la verdad es que me gustaría venir el sábado: ahora que lo pienso, nunca me dedicaron un gol.


Escribo desde los catorce pero me gusta cómo lo hago desde que voy a un taller literario que me enseñó y me enseña muchas cosas que me hacían y me siguen haciendo falta. Descubrí la literatura tarde, también a los catorce, si me comparo con aquellos que la quieren y tienen su compañía desde la infancia. En mi casa me encontré con una literatura diferente que la que me acercaba la secundaria, que también me gustaba, pero a casa llegaban Burrowghs, Carver, Auster, Kerouac... y esos escritores después me condujeron a otros descubrimientos (Salinger, muchos más), que a su vez llevaron a otros (como nos pasa a todos).
Soy profesora de Lengua y Literatura de secundaria.
Las situaciones escolares y autobiográficas en general son una fuente recurrente de mis creaciones humildes, que intentan ser socarronas y vestirse con ropas y músicas pop.