martes, 1 de mayo de 2012

Hay equipo (por Nolberto Malacalza)

      
Por Nolberto Malacalza

 Le dimos toda la tarde a la de cuero. Le había tirado un caño más a un lungo que no me podía parar,  me dio por festejarlo y entonces el pibe me empezó a cepillar mal y a decirme: “Ya te voy a agarrar afuera”. Mi hermano miró el reloj y amagó con irse del baldío. La pelota era de él, se la había regalado Evita, pero no la levantó. “Sigan otro rato —dijo—. Después me la alcanzan”. Me agarró del hombro y nos fuimos juntos. El otro se quedó piola, sabía que con el Zanja no se jode.
      Llegamos a casa y mi hermano se cambió las zapatillas, justo cuando la vieja empezaba el mate. Tomó dos o tres, dijo “gracias” y ahí nomás amagó con irse.
      —Ya te estás rajando de nuevo —le dijo mi mamá—. Acordate de mis consejos, o vas a terminar mal. No me hagás poner loca, hijo.
      El Zanja no volvió. Mi colchoneta no va más, por eso aproveché y me pasé a su cama. Salía como un tufo raro de la almohada y  no me importaba, total iba a dormir en lo blandito. Qué paliza le di al colchón. A las cinco pasa el rápido y mete un bochinche bárbaro, la casilla tiembla y parece que se viene en banda, pero anoche ni me di cuenta. Le pegué al ojo, de una, como hasta las ocho y media.
      Va a haber bronca cuando vuelva mi hermano. La vieja se va chivar y  le va a  machacar  la cabeza con lo de las malas juntas y las loquitas chorras del fondo. “Decime de dónde sacaste esas zapatillas nuevas”, le va a preguntar.  Y él le va a contestar: “Tranquila, vieja, todo bien”, o cualquier otro bolazo. Y es seguro que, en voz baja,  ella lo va a apurar por cosas que no tengo que escuchar, cosas de grandes.
       La verdad, no lo entiendo mucho al Zanja. Tiene quince, me defiende de los pesados de la villa pero no quiere saber nada con mis amigos de la escuela, los que viven en la loma. “Todos los de allá son cajetillas y cagones —dice—. No tienen huevos para pasarle finito a la locomotora, como nosotros”. Y me parece que no le gusta que yo vaya a la escuela. Ayer comenté que los problemas de la seño son refáciles y él, delante de la vieja, ni mu. Después, en un aparte,  me dijo: “Si no te enseñan a manejarlos para hacer guita, los números son pura bosta”. Eso tampoco lo entendí.
      Cuando viene el Torpe, conversan y fuman al lado de la vía. En la casilla no, mi mamá no lo puede ni ver. Una vez alcancé a escuchar una conversación de  fierros y calibres, y también de la yuta. Parece que el grandote estuvo preso varias veces. Mi hermano, no sé. La vieja no dijo nada cuando el Zanja faltó como tres días.
      Y es porfiado, no quiere entender  que esos chicos son buenos. Le repito lo de la onda  y que en los recreos armamos picados, nos pasamos la pelota y no interesa dónde vive cada cual ni cuánta plata tiene. Sabe que en clase me siento con un chico de buena familia, y a él no le gusta: Franquito es rubio. Y qué, si es un compañero de fierro, por eso le alcanzo algunos resultados de cuentas por abajo de la tapa del banco. El papá es veterinario y rico, y algunos ladean la jeta por eso. A mí no me molesta,  si él también es bueno. Lo he visto muy poco pero es rebueno: lo dice Franco. Y la mamá es de diez. Si vamos a su casa después de algún partido en la canchita del cura, ella nos recibe a los dos con un beso y nos revisa la cabeza. Mientras Franco se baña para ir a particular, ella me pide por favor que le haga algún mandado. Quién te va a pedir algo por favor en la villa. “Y no te olvides de las facturas para la leche”, me recuerda. Siempre me agradece por los mandados y porque lo ayudo a Franquito con las cuentas. Si es fin de semana, me tira algún vuelto. Buena plata, eso no falla. Y es una fiesta la leche en lo de Franco. Además de facturas hay tostadas, manteca y dulce. A veces, hasta torta tienen. El atracón me dura hasta el otro día y el Zanja está emperrado en que todo eso no vale nada. “Se hacen los buenos porque tienen de sobra” —rezonga—. Ya te van a mostrar la hilacha…”
      Hoy me levanté contento. Había dormido rebien y Franquito me había invitado a su cumple. “Van a venir todos los chicos de cuarto y algunos más  —me había dicho—. Habrá para armar dos equipos. Aunque sobren, vos no me tenés que fallar”. Por eso, después del mate cocido, le ayudé a mi mamá con la limpieza de la casilla y en seguida puse agua tibia en el fuentón, me bañé y me vestí con ropa limpia. También me calcé los botines que me había dado Franco, total hoy le regalaban un par nuevo, de marca. La vieja miró si venía el tren, me dio un beso y me dijo: “Cruzá rápido”.
 
      Conversé con dos primos de Franquito,  de la Capital. Ya tienen doce y  entrenan en el predio de los Rojos. Hablaban de jugadores  famosos, de los de antes. Todos esos capos les enseñaban el oficio y los pibes agarraban viaje, eso se notó cuando empezamos a pelotear. El que  jugaba de cuatro ensayó  varios tiros libres a  la posición del otro, que era nueve y la embocaba como quería. Después arrancamos con un partidito y los pusimos uno para cada lado, si no era robo. Cuando acordamos, se había hecho la  hora de comer.
      Eso era cosa de locos. La mesa, tapada por un montón de platos llenos de comida, ni se veía. Pusieron unas masitas saladas, de colores, cada una dentro de un papelito. No entendí lo del papelito, si lo tiraban. También papas fritas, manises, palitos y gaseosas a rolete. Yo había picado algo, y paré. No me quise atorar, tenían más cosas. El papá de Franquito se arrimó y me preguntó si  quería ayudarlo con los choripanes. “Sí —le dije—, me gustaría”.  Llevé fuentes a la otra mesa,  abajo de esos árboles grandes de la quinta. Venían choripanes, chorizos solos, tajadas de asado y panes abiertos. De vez en cuando yo agarraba las botellas vacías, se las llevaba al papá de Franco hasta el alero del chalet y él me las cambiaba por llenas. Me comí dos choripanes, no dejé ni las migas, pero no daba más. Los chicos empezaban uno, se ponían a charlar con los porteños —que de fútbol sabían un montón— y al rato agarraban otro, o en un pan metían asado y chimichurri, le daban un par de mordidas y lo dejaban, total sobraba de todo.
      Hicimos la digestión y después armamos el partido en serio. Uno de los que elegía era Franquito. Llamó primero al nueve de Buenos Aires, y el segundo fui yo. Cuando completamos once contra once, empezamos a jugar. El primer gol lo hizo el nueve, de cabeza. Al rato le tiré un centro a Franquito y la metió allá abajo, en la ratonera.  Después  de aquel pase al milímetro, el cuatro del Rojo me fichó y me empezó a tirar el cuerpo encima, pero en seguida le agarré la vuelta. Me di maña para esquivarlo, lo dejé pagando dos o tres veces y me pareció que la cosa no le había gustado nada.
      Ya estábamos cansados y ni ahí de acordarnos de cuántos goles habíamos metido para cada lado. En eso llegó el papá de Franco, tocó pito y cantó empate. “Formo parte de la comisión de un club nuevo —dijo—  y queremos empezar con fútbol. Ustedes tienen la edad justa para iniciar un buen grupo de inferiores, con vistas al futuro”.  Le gustó cómo nos habíamos movido, y a los dos chicos de la Capital les pareció lo mismo. También comentó que llevaría los nombres a la reunión de comisión del martes y que todos habíamos jugado muy bien. Se fue para adentro, volvió con una caja grande y empezó a sacar camisetas rojas y pantalones cortos de tela negra, tan negra como nunca había visto. Empezamos a gritar de contentos. Él se puso a anotar cosas en una planilla y a repartir equipos con ayuda de la señora. Yo me quedé  un poco atrás,  no  podía creer que tanta suerte me tocara a mí también. Llegó el momento en que no había más chicos sin recibir ropa y entonces ella levantó la vista, me miró como extrañada y me dijo: “¡Dale, arrimate!, ¿qué hacés ahí?”. Pero al meter la mano en la caja se puso seria, como si adentro no quedara nada. El papá de Franquito no me daba bola, se iba con la planilla y ella se avivó al toque. Lo llamó y le tiró una mirada terrible, de pregunta, y él se hizo el sota.  Fueron para adentro y se escuchó que discutían. Ella volvió y me dijo: “Bueno, quedate tranquilo, ya llegarán más equipos”, y me acariciaba el pelo. Cuando apareció el papá de Franquito, ella lo siguió mirando feo, como si se hubiera armado una podrida bien gorda.
      Cuando ya nos íbamos, él  me dijo: “Esperá dos minutos”. Se fue para adentro y volvió con una bolsa plástica llena de comida. A ningún otro chico le habían dado nada, y eso me puso tan contento como si me hubieran entregado el equipo.
      Llegué a la casilla y le di la bolsa a mi mamá. A ella le pareció genial y la abrió en seguida. Salía un olorcito… Como ya estaba muy oscuro y la comida venía un poco revuelta,  prendió la lámpara a querosén y vació la bolsa sobre la mesa. Había pedazos de chorizo y de pan, restos de asado y tapitas de gaseosa. También servilletas de papel arrugadas y algunas hojas que habían caído de los árboles. Yo ya estaba separando el chorizo, el pan y la carne, cuando mi vieja hizo algo que no entendí. Metió todo en la bolsa,  la enroscó en la mano y desde la puerta la  revoleó a la vía. Después agarró el baldecito, cargó agua en la pava y puso unos papeles en el fondo del brasero. Cuando se dio vuelta para meter las manos en la bolsa de marlos,  me pareció que lloraba.


Este excelente texto de Nolberto, fue galardonado con el 4to. premio en los Juegos Buenos Aires la Provincia 2012.
Marchen nuestras felicitaciones desde acá, y le agradecemos que nos haya permitido publicarlo en "Gambeteando..."

martes, 20 de marzo de 2012

El árbitro (por Eduardo Galeano)

Por Eduardo Galeano

El árbitro es arbitrario por definición. Éste es el abominable tirano que ejerce su dictadura sin Enlaceoposición posible y el ampuloso verdugo que ejecuta su poder absoluto con gestos de ópera. Silbato en boca, el árbitro sopla los vientos de la fatalidad del destino y otorga o anula los goles. Tarjeta en mano, alza los colores de la condenación: el amarillo, que castiga al pecador y lo obliga al arrepentimiento, y el rojo, que lo arroja al exilio.
Los jueces de línea, que ayudan pero no mandan, miran de afuera. Sólo el árbitro entra al campo de juego; y con toda razón se persigna al entrar, no bien se asoma ante la multitud que ruge.
Su trabajo consiste en hacerse odiar. Única unanimidad del fútbol: todos lo odian. Lo silban siempre, jamás lo aplauden. Nadie corre más que él. Él es el único que está obligado a correr todo el tiempo. Todo el tiempo galopa, deslomándose como un caballo, este intruso que jadea sin descanso entre los veintidós jugadores; y en recompensa de tanto sacrificio, la multitud aúlla exigiendo su cabeza. Desde el principio hasta el fin de cada partido, sudando a mares, el árbitro está obligado a perseguir la blanca pelota que va y viene entre los pies ajenos. Es evidente que le encantaría jugar con ella, pero jamás esa gracia le ha sido otorgada. Cuando la pelota, por accidente, le golpea el cuerpo, todo el público recuerda
a su madre. Y sin embargo, con tal de estar ahí, en el sagrado espacio verde donde la pelota rueda y vuela, él aguanta insultos, abucheos, pedradas y maldiciones.
A veces, raras veces, alguna decisión del arbitro coincide con la voluntad del hincha, pero ni así consigue probar su inocencia. Los derrotados pierden por él y los victoriosos ganan a pesar de él. Coartada de todos los errores, explicación de todas las desgracias. Los hinchas
tendrían que inventarlo si él no existiera. Cuánto más lo odian, más lo necesitan.
Durante más de un siglo, el árbitro vistió de luto. ¿Por quién? Por él. Ahora disimula con colores.

Este excelente texto, fue extraído del libro "El fútbol a sol y sombra"

martes, 14 de febrero de 2012

Por la Estación Lacroze (por Sonia Figueras)

Por Sonia Figueras



Estaba sentado en el banco de la estación del tren y su cabecita volaba. Se le mezclaban las ideas ¿Cómo ponerse en la piel de los grandes? ¿por qué los grandes no se metían en su piel? ¿cómo los grandes no lo entendían? ¿por qué le pasaba todo a él? ¿por qué perdió la plata, justo la que tenía para comprar la entrada para el partido? ¡Ese partido!. Nunca había ido a la cancha. ¿Cómo sería entrar al club, meterse entre la gente como veía por televisión?
Todos decían que el griterío hacía venir sordo. Su papá era de Chacarita como el abuelo Pepe. Bueno, todo el barrio era de Chacarita. Su abuelo guardaba revistas, una se llamaba El Gráfico, ¡de 1942! estaba amarilla de viejita y en la tapa “el gran Isaac”, como lo llamaba su papá. Había otra foto en otra tapa revista del Gráfico de 1949 y una de Alumni de 1950. Pero ahí estaba con otro que dicen que se las traía, Claudio Vacca, el arquero de Boca.
¡Tantas veces su papá le contaba que Isaac López tomaba “el trencito verde” para ir a la cancha porque vivía a la vuelta! Cuando él hablaba se ponía colorado como el tomate. Le explicaba que la camiseta a rayas tenía su significado ¡Esas rayas que eran rojas, blancas y negras! decía orgulloso Una vez le preguntó de dónde inventaban las camisetas los clubes. ¡Había que tener viveza para inventar!
La respuesta fue toda una historia. Fijate, había dicho su viejo, ¿viste? yo trabajo en la Chacarita. Bueno, de ahí viene la raya negra, por los funebreros, si todos eran de estos barrios, Chacarita, Paternal. La roja era bien roja porque se fundó con gente socialista, cosa que él no entendía y la raya blanca porque los de Chaca somos puros de alma. Así le explicaba su padre cada vez que se tocaba el tema. Y le pasaba a contar del gran Isaac. ¡Isaac! decía su viejo. Isaac Roberto se llamaba. Era alto, rubio, lo llamaban el inglés, ¡había estado en el arco 376 partidos! Y las revistas lo destacaban porque era seguro en el arco y porque se colocaba bien.
Nicolás absorbía las palabras de su padre y cada vez se hacía más hincha de Chaca, y lo imitaba con gestos y todo.
Y el domingo había partido en San Martín y guardaba la plata para la entrada.
Había buscado esa plata por toda la casa hasta donde nunca podía haberla encontrado. Pero esta suerte maldita.. Estaba seguro que Luisito iría. Aunque perdiera la plata Luisito iría, a él su padrastro se la volvería a dar. En cambio, ya le había advertido. - Nene, no te hagás ilusiones de que te voy a dar algo, le dijo. Y fue así. No tenía plata para nada. Al colegio, caminando. Claro, las otras, en coche. Eran nenas, el hombre decía que tenía que cuidarlas. Los otros tres que eran sus hijos, tenían otro trato y eran más chicos. Cuando se casó su mamá otra vez vinieron a vivir todos juntos.
Él ya había cumplido catorce años. Se sentía solo sin sus padres ¿Era grande o era chico? ¿a él quién lo cuidaba? ¿de qué había muerto mamá? No lo sabía. Al papá, le dijeron, se lo había llevado el tren cuando se salió de la vía y chocó con otro ¿Y los abuelos? En las fotografías se le mezclaban las caras. No distinguía bien cuáles eran unos y otros. ¡Qué lío en su cabeza!
Desde que quiso llevar al colegio las fotos de los padres para la fiesta de la familia la vida se le convirtió en imposible. El padrastro cada vez le hablaba menos y pareciera que estaba un poco trastornado. Su padrastro era muy fuerte con él, no le perdonaba nunca que estuviera antes en la casa.
Nicolás seguía con su enojo a la espera del tren de la tarde que suponía se llevara a su papá. Pensaba en sus padres, en las fotos borrosas de los abuelos, en el dinero perdido ¡Cómo tardaba el tren hoy! ¿Habría chocado?
Cuando los vagones pasaban, ya por costumbre, Nicolás los saludaba con las manos y se hacía ilusiones. Un día se iría bien lejos, total su papá se había ido con el tren. Pasó el tren. Bajó tanta gente que casi lo tocaba para salir de la estación. Se fue el tren. Se fue la gente. Se levantó del banco como todas las tardes, hoy, enojado y triste a la vez. Igual con el deber cumplido, el de saludar al monstruo que algún día lo llevaría lejos.

Se levantó para irse con paso cansino como si a su corta vida se le sumaran años de otras vidas. Al llegar al molinete, desde el suelo lo miraba una billetera negra. Dudó en levantarla. Nadie lo veía. Se decidió. La levantó. La abrió.
Una foto, un nombre y una dirección. José Fontana, Constituyentes 3245.

Caminó despacio, cruzó la vía por el puente, enfiló por Constituyentes. A ver, 3.000, aceleró el paso, 3.100, aligeró las piernas 3.200. Acá, acá es 3.245.
Tocó el timbre.
José Fontana salió a la puerta. El mismo de la foto. ¡Con la camiseta de Chaca!
Nicolás entró en la vida de José.

miércoles, 25 de enero de 2012

Ojos de vacaciones (por Jime González)

Mas de uno se habrá preguntado... ¿será que "Gambeteando..." estiró la pata? ¿pasó a mejor vida? No señor, no señora. La historia dirá que metimos una laguna tan grande como las del "Rifle" Pandolfi, talento helado de nuestras pampas. Por esas cosas de la vida ¿vió? Cuelgues, le dicen los pibes.
Cortamos ésta sequía de fútbol literario, este 0-0 larguísimo en el que caímos, con un hermoso texto mitad playa-mitad fútbol, mitad vacaciones-mitad ciudad. Un texto salido de la pluma del corazón femenino de "Gambeteando...": Jime González.
Esperamos que les guste y que nos acompañen nuevamente en el 2012.



Ojos de vacaciones


Por Jimena González

Dos pares de ojotas, dos mallas, dos remeras y dos gorras. El papá no pudo dejar de cargar, además, con sus lentes de sol y su reloj. Una pelota, una reposera, palita y baldecito. El protector solar seguramente lo traen puesto desde el hotel.

Caminan rápido, pero sin ansiedad, como quienes tienen el cuerpo lleno de energía. Eligen un lugar cercano al límite hasta donde el agua se arrastra. Acomodan sus cosas y se sientan. Enseguida se enfrascan en la construcción. Cavan. Buscan agua. Vacían el balde. Agua otra vez. Moldean. Al cabo de un buen rato, se miran cómplices. Y sonríen satisfechos. El castillo de arena se yergue casi terminado, coronando la tarde compartida casi perfecta. No hay cámara de fotos. Pero, no la necesitan.

Y es en ese preciso instante de felicidad padre-hijo cuando la pelota se desvía. Un zurdito habilidoso, a unos pocos metros, había concretado un remate demasiado fuerte al arco improvisado con dos ojotas. El arquero se queda sin reacción. Y la pelota, entonces, sepulta la maravillosa arquitectura del castillo bajo su peso.

El niño rompe en llanto. Uno de esos llantos que cortan la respiración del que llora y revientan los tímpanos ajenos. El papá le promete un helado. Un helado bien grande de esos que manchan la cara y la ropa. El niño deja de llorar.

Cargan con sus cosas y se van como vinieron. Casi como vinieron. Caminan rápido, pero -esta vez- con un poco de ansiedad.

Eso es la playa.

martes, 20 de septiembre de 2011

Cuando Pascual compró a "Alfio" (por Diego Díaz Bonilla)

Por Diego Díaz Bonilla


Funcionaba a la perfección. O al menos era lo que yo pensaba. Mi primera venta, que terminó siendo la última, fue a un equipo de futbol de veteranos.
Laburaban todos en la misma empresa y por cuestiones de fuerza mayor, debieron ausentarse de la final interempresaria.
Sólo quedó Pascual, que era malísimo. Pero tenía a su favor, un entrevero afectivo con la minita de la casa de deportes de enfrente, que les proveía la pilcha deportiva. Con él me vinculé como siempre sucede en estos casos, en forma casual.
Fue durante un absurdo concurso de la cooperativa del colegio de los chicos, que consistía en sostener por más tiempo una escoba haciendo equilibrio en la propia pera. Pascual, que en seguida detectó en mí ciertas habilidades, me contó su dilema. Yo más rápido que inmediatamente le conté de mi invento. Se trataba de “Alfio”, un detector de talentos futbolísticos. Vibraba ante la presencia de una persona, cuyas características físicas y técnicas, se ajustara a los estándares internacionales requeridos para cada puesto. Los detalles de la venta, lo negocié con el tesorero de la empresa.
Pascual estaba como loco. Salió presto con “Alfio” a la búsqueda de los diez jugadores restantes para la final. Nomás en el subte vibró en su bolsillo, localizando al guarda, con altura suficiente, manos grandes y dedos generosos. Era inequívoco que había que convocarlo. No debía haber en el mundo alguien que reuniera un aspecto físico más adecuado para bloquear el ingreso de la pelota en el arco. Pronto lo convenció. Pascual jugaría de dos. Que en las escasas ocasiones que acertaba de un puntapié a la pelota, solía hacerla llegar al área contraria. El cuatro lo ubicó en la verdulería. Petiso y con barba que parecía crecerle por minuto, mientras Pascual lo convencía. El tres, longilíneo, vibró ante el mismísimo dueño de la “cochería”. Prometió jugar “aunque el sábado tenga diez servicios”, aseguró. Claro que era improbable. La gente no suele morirse un sábado de primavera. “Alfio” funcionaba a la perfección. Pascual no podía ocultar la alegría ante tamaño hallazgo. Claro que la escasez de tiempo conspiraba. Del jueves al sábado ya no se podía siquiera hacer una práctica con pelota, que, por otra parte, era lo que “Alfio” aconsejaba. Así, se fue completando la geografía del equipo. El seis y el ocho eran los mellizos Zárate. El optimismo de Pascual a esa altura, era inocultable. Se imaginaba alzando la copa. Los “mellis” corrían juntos cotidianamente. El viejo, había llegado a jugar un partido en la primera de Defensa y Justicia. Dicen que con una performance paupérrima. Pero detentaban un apellido futbolero por excelencia. En la mitad de la cancha, con el cinco en la espalda, “Alfio” advirtió al cura de la parroquia. Alemán el tipo. Durísimo con las penitencias a la hora de la confesión. Claro, además el sábado no oficiaba misa. Lo del siete fue increíble. Alfio lo enganchó en un after hour. Medio doblado del pedo que tenía y chamuyando a la dueña del bar el jueves de madrugada. Un burlón desenfadado. Como los siete de antes, que te pintaban la cara y tiraba el centro. El diez, zurdo, juntaba monedas en una gorra deshilachada haciendo jueguito con una pelota en el subte. Manejaba la izquierda como “el Diego”. El tiro libre de derecha a izquierda sería medio gol. Con la responsabilidad sobre sus espaldas, Pascual fue obedeciendo meticulosamente cada vibración de “Alfio”. Al once ya ni sé por qué lo convocó. Pero el nueve…el nueve fue una revelación. Las instrucciones casi de GPS de “Alfio”, condujeron a Pascual al concejo deliberante de la Ciudad. Se necesitaba un político. Avaro y personalista. De los que leen el gráfico y se sientan arriba del diario para no prestártelo. Alto, rubio y atlético. Ese fin de semana, como el resto de los días de su vida, el concejal estaba al pedo. Sabía que éste vínculo, aunque menor, algún votito más en la interna le podría aportar.
El sábado, llegó puntualmente a la cancha el colectivo escolar, contratado por la empresa. Un grupo de porristas, dirigidas por “la minita de la casa de deportes de enfrente”, desembarcaron con su bullicio multicolor.
Marco espectacular. Césped verde bien cortado. Arcos con redes. Arbitro y jueces de línea uniformados. Así entonces, tres en punto de la tarde, se escuchó la pitada inicial.
Pero a veces, los planetas están desalineados. Les clavaron cinco: inapelable.
Y yo, ahora, recuperándome en el Pirovano. Mis allegados piensan que fue Pascual. Yo no lo podría asegurar. Pero el lunes y por la espalda, alguien cobardemente me arrojó a “Alfio” por la cabeza, acertándome de lleno en el occipital. Otra vez, las adversas circunstancias de la vida, echaban por tierra mi frustrada profesión de inventor.

martes, 13 de septiembre de 2011

Repudio del pase atrás (por Javier Aguirre)

Por Javier Aguirre


Hace algunas semanas, aquel blooper de Nico Cambiasso ante Quilmes me dejó pensando sobre una jugada que resulta más común que lo que debería: el pase atrás. Es que justo antes del yerro del arquero albo, Hugo Barrientos le había dado la pelota desde el campo rival, en un retroceso de más 40 metros que bien podría ser un (nefasto) récord mundial si es que el Libro Guinness, en lugar de medir pavadas como la medialuna más oblonga del mundo, mensurara cuestiones clave para la humanidad, como por ejemplo, el pase atrás en el fútbol.

El yerro –conceptual– de Hugo, abrió la puerta al yerro –técnico– de Nico.

El pase atrás –una jugada obligatoria en el rugby, prohibida en el básquet y discutible en el fútbol– suele ser defendido con dos argumentos: uno, mantener la pelota en poder del equipo cuando no hay mejor opción de pase; y el otro, dejar que el reloj se consuma, para defender el resultado privando al rival de la posesión de la pelota.

Sin embargo, el pase atrás implica, necesariamente, aceptar ciertos perjuicios inevitables y conceptuales para el equipo.

El primer perjuicio inevitable y conceptual es el más obvio: la pérdida de metros.

Es cierto que “en la vida, para ganar, primero hay que invertir”, como decía Aníbal, el personaje de Juan Carlos Calabró (un saludo a los hinchas de Villa Dálmine, Atlético Campana, o como carajos se llame hoy el club violeta). Dicho en términos futbolísticos; perder metros en una jugada puntual, podría redundar en beneficios mayores en la jugada siguiente. Pero aquí el problema es el verbo en potencial: lo único seguro es que el pase atrás lleva el peligro más cerca del arco propio, que del arco del rival.

El segundo perjuicio inevitable y conceptual es más antipático: el traspaso del problema a un compañero que suele ser menos hábil que el jugador que da el pase.

Esto es delicado, ya que si un “10 talentoso que la lleva atada” de pronto se encuentra asfixiado por la marca rival, y decide darle un pase atrás a un “5 que tiene tres pulmones”, resulta evidente que, después del pase, la pelota estará en manos (bueno, en pies) menos confiables que antes del pase. Si ese mismo “5 que tiene tres pulmones”, a su vez, ensaya otro pase atrás para dársela a un “2 aguerrido pero tosco”, el riesgo de perder esa pelota es todavía vez mayor. Ni hablar si ese “2 aguerrido pero tosco” ahora hace otro pase atrás, pero para entregar la bocha al “1 que con las manos sí, pero con los pies no tanto”...

Que no se enojen Nico, prócer del Álbum Blanco, ni tampoco el warrior Barrientos, cuya saña feroz a la hora de defender el mediocampo del Albo a lo largo de todo el torneo no puedo sino agradecer. Que no se enoje ningún arquero, ni ningún 2, ni ningún 5; pero si el equipo logró que la pelota llegue hasta nuestro 10, lo ideal sería terminar la jugada con un tiro al arco. Al arco rival, claro.


Le agradecemos a Javier por dejarnos publicar textos de su muy buen blog “Album Blanco, diario de un hincha de All Boys”
Link a la publicación original: http://albumblancodiariodeunhinchadeallboys.blogspot.com/2010/12/repudio-del-pase-atras.html

martes, 30 de agosto de 2011

Los mejores partidos que ví en mi vida (por Esteban Silva)


Por Esteban Silva

Mirá si me apurás así de una, no te puedo decir uno solo. Porque la verdad Pepe que no creo que haya habido un solo “ Partido de mi vida” sino varios.
Para comenzar yo arranqué tarde yendo a la cancha, como sabés mis viejos eran cero fútbol. Por eso que yo recuerde mis primeros partidos fueron por los años ochenta más o menos. Tenía once años, ya a esa altura a mí me veían la cara solo para el almuerzo te digo. Para entonces había un pibe que la descocía… Sí, Pelusa quien otro. Era tal el desparpajo del pibe que los noticieros ya le hacían nota como el “ fenómeno” de entonces…
Y que querés que te diga, a mí me picó el “ Bichito” viste, porque a pesar de ser bostero, para entonces nada nos unía a Argentinos Juniors.. La cuestión Pepe, que alertado por la magnitud del fenómeno resolví ir al verlo al pibe, así de camufleti , como un veedor que le chupa un huevo el resultado digamos…Día de semana en cancha de Atlanta, el partido Argentinos Juniors vs Independiente Rivadavia de Mendoza. El Diego estaba intratable, pases de rabona, bicicletas, amasadas, lo que se te ocurra. Vos podés creer que mete dos goles de tiro libre y uno de jugada… Ahí pensé, ¡como me gustaría verlo en Boca!.
Y a la temporada siguiente, para mi deseo, el Diego estaba firmando para Boca ¡yo no lo podía creer!, parecía un deseo concretado. Por eso cuando en cancha de Boca , dejó desparramado al Pato juntando monedas, después hizo un amague y se la metió al conejo que hacía de “ arquero”, no te puedo contar lo que sentí.
Le ganábamos a la gallina en nuestra propia casa 3-0, con un verdadero golazo de antología. Después como sabrás ganamos ese campeonato, pidiendo la hora claro, y rogando que Racing no se comiese un gol contra Ferro.. Ese mismo año José vi un 2 a 2 con los cuervos en Mar del Plata, que era uno de los últimos partidos del Diego que había firmado con el Barcelona. En el último minuto tiro un pelotazo de mitad de cancha, como hacen los jugadores de básquet ¿viste?, para no desperdiciar la jugada; la pelota pega en el travesaño y se va afuera, fin del partido.
Como no acordarme también cuando vacunamos a la gallina 5 a 1 en su propia cancha…Habíamos ido con el “Chino” Marchi, ¿te acordás de él no?, con su viejo y sus primos, todos tanos bosteros. A los cinco minutos se escapa un juvenil de ellos,- porque a decir verdad eran todos juveniles, no sé qué quilombo tenían las gallinas que no presentaban el equipo oficial-,y nos mete una pepa.. Y que querés que te diga, un poco de zogaca me agarró, no te lo voy a negar. Pero decí que después lo pasamos por arriba, y la verdad, ¡es que me importó tres carajos que fuesen juveniles!.¿Quién mierda se acuerda de eso ahora Pepe? Qué pensará el pibe de River ahora, con ocho o diez años , que le pica el bichito de las estadísticas, como para tener un poco de argumento viste, y revisa en su compu los “ grandes resultados”, cuando ve ése, así, limpito de circunstancias atenuables pensará:
¡ Mierda, que peludo que nos comimos ese día!. Porque la verdad Pepe, es que para nosotros los argentinos funciona así. Cuando te hacés hincha de un club, te hacés cargo de su pasado. Salís a refrendar todas sus glorias como si vos mismos hubieses asistido a esos campeonatos…
Sí sí, los del 30´ los del 40´, todos, no importa. ¿Que no había nacido?, ¡ Y eso que mierda tiene que ver! Como si cuando vas a Brasil los negros no te enrostraran el “ pentacampeonato”, y me querés decir un tipo de nuestra edad ¿cuántas veces vio salir campeón a la verde amárela?
Sí Pepe ¡ dos nomás! ¡Y una la ganaron por penales los culorotos!, de qué te vas a jactar me podés decir…
Por eso, es muy importante tener memoria, como para taparle la boca a cuanto boludo se plante entendés.
Una vuelta por ejemplo vi un 7 a 1 a favor nuestro en cancha de Huracán. El partido, un encuentro choto con un equipo de interior. Esos que tienen destino apenas suben, de una temporada viste. Y eso que en aquella época no había promedios… La casualidad Pepe, podés creer, era Independiente Rivadavia de Mendoza…Mouzo ex zaguero de Boca se despedía en ese club. Como para robar una temporada más sabés, la cuestión es que el viejo pudo patear un penal y así tener un poco de revancha. Porque si hay una ley que se cumple en el fútbol José es la del jugador “ despechado”. Primer partido de un ex jugador contra su ex equipo y te la manda a guardar, es así de simple.
Otro partido inolvidable que vi, fue la vuelta de Maradona a Boca, con el narigón , el Cani, el negro Tchami..
no es que fuese un partido excepcional, ¡la emoción!, de verlos juntos, sabés…
Pero si me pedís que te diga, cual fue el más emocionante, el más caliente que ví en mi vida no lo vás a encontrar en la “ A “, no, querido , los partidos que queman están en la “ B”.
Ahí, donde el odio es visceral. Dónde para llegar a la cancha visitante, la única manera es ir con el micro del club, si querés llegar sano.. Dónde la cana hace la vista gorda cuando vas de visitante, para dejar cagarte a piedrazos “a piaccere”, por la hinchada local.
Pero escuchá, el partido que te hablo era en cancha neutral. Final del ascenso Atlanta-Temperley del 82´.
El primer partido ( ida –vuelta ), lo ganan los celestes agónicamente 2 a 1 con gol de Ricardo Dabrowski, si , si el técnico actual de Temperley. La revancha cancha de Huracán a la otra semana.
Yo me había mandado hacer un trapo de unos 6 metros de largo..La mitad era azul-amarillo-azul, la otra mitad lo contrario, amarilla –azul- amarilla, je, así mataba dos pájaros de un tiro. Total quién se iba a enterar, que yo era de Boca y de Atlanta…
La cuestión Pepe que ese día, ¡cayeron soretes de punta!, parecía que había sacado a pasear el cubrecamas “ pallette” por el peso. No te miento pero pesaría unos veinticinco kilos te juro…
Eso, no es nada la cuestión es que en el desarrollo del partido, nos habían echado tres jugadores. La cancha super embarrada, y los minutos que se iban…
Los celestes estaban con diez, pero regulaban el partido, tranqui. Dejando pasar el tiempo se coronaban en la reclasificación. Pero faltando cinco minutos, el milagro se hizo posible.
Penal para Atlanta.
El encargado, Porté, su número histórico. Un cañonero de los de antes, de los que no perdonan.
Y no perdonó nomás. 1 a 0, y a cobrar, suplementario.
La cuestión ahora era aguantar José, porque una cosa es que de pedo vos le saqués un resultado a último minuto a un club, sin posibilidad de revancha, y otra es que le toqués el culo así, y queden dos tiempos suplementarios para desquitarse…Porque si una cosa iba a pasar Pepe, es que no se iban a quedar con ese toquecito intrascendente del segundo tiempo, que tan poco resultado le dio. ¡Iban a salir como leones seguro!
Y ¿querés saber lo que paso?. Nada. Pasaron los treinta minutos como si nada…
A esta altura, no te miento, entre un corte de luz en el estadio y ocho cuartos, ya irían como tres horas.
El arco designado fue el de la hinchada de Atlanta, hecha sopa y pegada al alambrado.
Al pedo lo puteaban a Cassé, ( arquero de Temperley ), si era mudo el pobre..
Te la hago corta, patean todos, sí todos, 12 a 12, turno de Atlanta. Va Hrabina, nuestro número 3, un picapiedras con más entusiasmo que técnica. No importa pensé, la asegura, le mete un sablazo y a la ¡concha de su madre!
Le mete un sablazo, pero el conchudo del mudo, se tira a su izquierda y la desvía de un manotazo…
Perdimos 13 a 12 en un memorable encuentro que duró cuatro horas.
Lo bueno del fútbol Pepe, es que siempre da revancha. Por ahí no es hoy, ni mañana, pero siempre llega..ponéle la firma.
Diecisiete de mayo del 2005, fecha 34ª del campeonato Nacional “ B “,estadio de Ferro, Temperley local, con solo empatar salían campeones relegando a Platense al 2ª lugar. Mauro Dobler ( Temperley ) le saca un penal a Guillermo Cejas ( Atlanta ), y la historia parecía volver a repetirse..
Pero un segundo tiempo espectacular de los “ bohemios “ agrandan la cuenta a tres contra uno de los “celestes” dejándolos fuera de toda chance.
Te juro Pepe, que la expresión de ese tercer gol, es indescriptible…
¡Cinco mil personas agarrándose los huevos al unísono con ambas manos!
La hinchada cantando: - ¡Ahora, ahora, nos chupan bien las bolas!-
- ¡ Y ya lo vé, y ya lo vé, es para Chaca que lo mira por TV!-
No sé, que querés que te diga, sentí un alivio…
Má que copa del mundo, me hablás.
¡Dejáme de joder..! querés.

martes, 23 de agosto de 2011

Fragmento de "Buba" (por Roberto Bolaño)


Por Roberto Bolaño

La ciudad de la sensatez. La ciudad del sentido común. Así llamaban a Barcelona sus habitantes. A mí me gustaba. Era una ciudad bonita y yo creo que me acostumbré a ella desde el segundo día (decir el primer día sería una exageración), pero los resultados no acompañaban al club y la gente como que te empezaba a mirar raro, eso siempre pasa, hablo por experiencia, al principio los aficionados te piden autógrafos, te esperan en las puertas del hotel para saludarte, no te dejan en paz de tan cariñosos que son, pero luego enhebras una racha de mala suerte con otra y ahí mismo te empiezan a torcer el gesto, que si eres un flojo, que si te pasas las noches en las discotecas, que si te vas de putas, ustedes ya me entienden, la gente empieza a interesarse por lo que cobras, se especula, se sacan cuentas, y nunca falta el gracioso que públicamente te llama ladrón o algo mil veces peor. En fin, estas cosas pasan en todas partes, a mí personalmente ya me había sucedido algo parecido, pero entonces mi condición era la de nacional, jugador de la casa, y ahora mi condición era la de extranjero, y la prensa y los aficionados siempre esperan un plus extra de los extranjeros, para eso los han traído, ¿no?

Yo, por ejemplo, como todo el mundo sabe, soy extremo izquierdo. Cuando jugaba en Latinoamérica (en Chile y después en Argentina) marcaba una media de diez goles cada temporada. Aquí por el contrario, mi debut fue asqueroso, al tecer partido me lesionaron, tuvieron que operarme de ligamentos y mi recuperación, que en teoría tenía que ser rápida, fue lenta y trabajosa, para qué les voy a contar. De golpe volví a sentirme más solo que la una. Ésa es la verdad. Gastaba una fortuna en llamadas a Santiago y lo único que conseguía era preocupar a mi mamá y a mi papá, que no entendían nada. Así que un día decidí irme de putas. No lo voy a negar. Ésa es la verdad. En realidad lo único que hice fue seguir el consejo que un día me dio Cerrone, el arquero argentino. Cerrone me dijo: chico, si no tienes nada mejor que hacer y los problemas te están matando, consulta a las putas. Qué buena persona era Cerrone. Por aquella época yo debía de tener diecinueve años a lo más y acababa de llegar al Gimnasia y Esgrima. Cerrone ya andaba por los treintaicinco o por los cuarenta, su edad era un misterio, y entre los veteranos era el único que todavía estaba soltero. Algunos decían que Cerrone era raro. Eso me retrajo al principio en mi trato con él. Yo era un muchacho más bien tirado a tímido y pensaba que si conocía a un homosexual éste iba a querer acostarse conmigo al tiro. En fin, puede que lo fuera, puede que no lo fuera, lo único cierto es que una tarde en que yo estaba más deprimido que nunca, me cogió aparte, era la primera vez que hablábamos, podría decirse, y me dijo que esa noche me iba a llevar a conocer algunas muchachas de Buenos Aires. Nunca me olvidaré de esa salida. El departamento estaba en el centro y mientras Cerrone se quedaba en el living tomando unas copas y viendo un programa nocturno en la tele, yo me acosté por primera vez con una argentina y la depresión comenzó a amainar. A la mañana siguiente, mientras volvía a mi casa, supe que todo mejoraría y que mi carrera en el fútbol argentino aún me iba a deparar muchas tardes de gloria. Las depresiones eran inevitables, me dije, pero Cerrone me había dado el remedio para atenuarlas.

Y eso fue lo que hice en mi primer club europeo: salí de putas y así fui capeando la lesión, el periodo de recuperación, la soledad. ¿Que si me acostumbré? Puede que sí, puede que no, no soy quién para emitir un juicio tan rotundo. Allí las putas son unos verdaderos bombones, las putas de categoría, quiero decir, además de ser en líneas generales unas chicas bastantes inteligentes y preparadas, así que aficionarse a ellas, lo que se dice aficionarse, pues tampoco es tan difícil.

En resumen, que me dio por salir de noche, incluso los domingos, cuando había partido y lo que se esperaba de nosostros, los lesionados, era que estuviéramos allí, en las gradas, convertidos en hinchas de lujo. Pero así uno no se cura de las lesiones y yo prefería pasarme las tardes de los domingos en alguna sala de masaje, con mi whisky y una o dos amigas a cada lado, hablando de cosas más serias. Al principio, por supuesto, nadie se dio cuenta. No era yo el único que estaba lesionado, debíamos de ser unos seis o siete los que estábamos en el dique seco, la mala racha parecía cebarse con nuestro club. Pero luego, claro, nunca falta el periodista culiado que te ve salir de una discoteca a las cuatro de la mañana y ahí se acabó el asunto. En Barcelona, que parece tan grande y tan civilizada, las noticias vuelan. Quiero decir: las noticias futbolísticas.

Una mañana me llamó el entrenador y me dijo que se había enterado de que estaba llevando un ritmo de vida impropio de un deportista y que eso se tenía que acabar. Yo, por supuesto, le dije que sí, que sólo había sido una canita al aire, y seguí con mis asuntos, porque, a ver, ¿qué otra cosa podía hacer mientras duraba la lesión y el equipo bajaba en la tabla que daba pena abrir el periódico los lunes para repasar las clasificaciones? Además, como es lógico, yo pensaba que lo que me había servido en Argentina me tenía por fuerza que servir en España, y lo peor era que tenía razón: me servía. Pero entonces entraron los burócratas del club y me dijeron: oiga, Acevedo, esto tiene que acabar, usted está resultando un mal ejemplo para la juventud y una pésima inversión de nuestra sociedad, en donde sólo trabajan hombres serios, así que a partir de ahora se acabaron las salidas nocturnas, usted verá. Y luego, sin decir agua va, me encontré de golpe con una multa que podía pagar, claro, pero que puestos a perder dinero hubiera preferido enviarlo a Chile, no sé, a mi tío Julio, por ejemplo, para que se lo gastara arreglando su casa.

Pero estas cosas pasan y hay que aguantarse. Así que me aguanté y me hice el firme propósito de salir menos, digamos una vez cada quince días, pero entonces llegó Buba y los del club decidieron que lo mejor para mí era que dejara el hotel y que compartiera el departamento que habían puesto a disposición de Buba, un departamento bastante coqueto, con dos habitaciones y una terraza pequeñita pero con una buena vista, justo al lado de nuestros campos de entrenamiento. Y eso fue lo que tuve que hacer. Así que cogí mis maletas y me fui con un administrativo del club al departamento y como no estaba Buba, pues escogí yo mismo el dormitorio que quería para mí y saqué mis cosas y las metí en el closet y entonces el administrativo me dio mis llaves y se marchó y yo me puse a dormir la siesta.

Eran las cinco de la tarde, aproximadamente, y antes me había echado entre pecho y espalda una fideuà, un plato típico de Barcelona que ya había probado y que me encanta, aunque no es un plato fácil de digerir, y cuando me dejé caer en mi nueva cama me entró un sopor tan grande que sólo tuve fuerzas para sacarme los zapatos y ya estaba dormido. Tuve entonces un sueño rarísimo. Soñé que estaba en Santiago otra vez, en mi barrio de La Cisterna, y que estaba recorriendo con mi padre la plaza esa en donde estuvo la estatua del Che, la primera estatua del Che que hubo en América, exceptuando Cuba, y eso era lo que me iba contando mi padre en medio del sueño, la historia de la estatua y de todos los atentados que sufrió la estatua hasta que llegaron los milicos y la volaron definitivamente, y mientras caminábamos yo miraba hacia todas partes y era como si camináramos por en medio de la selva, y mi padre decía por aquí debe estar la estatua, pero no se veía nada, las hierbas eran altas y los árboles apenas dejaban pasar unos rayitos de sol, suficientes para ver, para darnos cuenta de que era de día, y nosotros íbamos por un sendero de tierra y de piedras, pero a los lados hasta lianas había, y no se veía nada, sólo sombras, hasta que de pronto llegábamos como a una especie de claro, un claro rodeado de selva, y mi padre entonces se detenía y me ponía una mano en el hombro y con la otra señalaba algo que se levantaba en medio del claro, un pedestal de cemento de color gris clarito, y sobre el pedestal no había nada, ni rastros de la estatua del Che, pero eso mi padre y yo lo sabíamos y lo esperábamos, al Che lo habían quitado de allí hacía mucho tiempo, eso no nos sorprendía, lo importante era que estábamos juntos mi viejo y yo y que habíamos encontrado el lugar exacto en donde antes se levantaba la estatua, pero mientras contemplábamos el claro sin movernos, como embebidos en nuestro hallazgo, yo me fijé en que bajo el pedestal, al otro lado, había algo, una cosa oscura que se movía, y me solté de la mano de mi padre (me tenía cogido de la mano) y empecé a rodear lentamente el pedestal.


Este fragmento pertenece al texto "Buba", publicado en la antología de cuentos Putas Asesinas, Anagrama, 2001.

martes, 9 de agosto de 2011

El mismo cielo, la misma pasión (por Sonia Figueras)

Por Sonia Figueras


El mismo cielo. En los extremos aguas tumultuosas, límpidas, únicas y la urbe en contínuo movimiento. Tal los extremos de este país maravilloso.
Se conocieron por ser hijos de amigas. Ellas se escribían y la misionera bajaba todos los años a Buenos Aires para visitarla y de paso hacer algunas compras. Por ese medio, en un comienzo supieron uno del otro. Los unía el futbol, el fanatismo por Boca.
Ya de chiquitos los dos pateaban la redonda en la canchita improvisada de la Facultad enfrente de su casa uno y en la del pueblo, el otro. Allí poca letra llegaba y el porteño, Marcelo, en cuanto pudo escribir legible lo anoticiaba. Los dos amigos tenían la misma edad de su ídolo, Diego. ¿ hace falta decir Maradona?
Se carteaban seguido. En marzo del 69, apresurado el porteño le contó con orgullo y admiración que el pibito Diego había empezado a entrenar en Argentinos Juniors, en Las Malvinas, a cuatro cuadras de su casa, allá por Agronomía en los tiempos de los Cebollitas, del “Goyo” Carrizo, el que lo llevó a Argentinos.
Marcelo, en una de las cartas le contó que de casualidad, andando en bicicleta, vio cómo un grupo de chicos, allí nomás, en Llerena y Gamarra se fotografiaban en un rastrojero naranja, que supo más tarde que Dieguito iba sentado adelante del padre.
Los dos amigos distantes seguían la trayectoria del pibe de Villa Fiorito, que era el motivo por el cual intercambiaban correspondencia.
Como dice el antiguo refrán “de tal palo tal astilla”, el padre de Marcelo era boquense y para el año 70 lo llevó a Vélez a ver Argentinos y Boca. Corearon con todo el estadio”...que se quede...que se quede...”¿a quién coreaban? al futuro hombre magia, que en el entretiempo hacía viajar la pelota de la cabeza a un muslo, luego al otro, a la zurda, a la derecha y los dos, padre e hijo volvieron a su casa exultantes a contar que habían visto a un chico que manejaba la pelota como nunca se viera.






Para octubre del 76, tiempos nefastos en nuestra Patria, el chico mago, motivo y razón de amistad de otros dos purretes como él, reemplazó a Giacobetti y Marcelo envió una rápida carta extra. Siendo un seguidor de este juego prodigioso y apasionante como es el futbol, que no permite la interrupción de un ruido, que no se saque la mirada de la pantalla ni el oído de la radio, presintió que era el comienzo de todas las maravillas y éxitos de un único.
Y era así. Este pequeño hechicero con su pose desafiante en un cuerpo retacón, fibroso, con un corazón de oro, estaba preestinado.
Esteban y Marcelo crecieron a la par del admirado cebollita. Mientras el dotado de la parada con el pecho y la vista en el justo lugar del pase ascendía meteóricamente, Marcelo se quedó para terminar su carrera en la Facultad y Esteban viajó a Italia por trabajo y en Nápoles presenció la presentación del 10 en el estadio San Paolo, un jueves glorioso, inolvidable, un 5 de julio, ante 80.000 personas que vitoreaban al campeón.
A Esteban no le cabía el corazon en su pecho azul oro. Todo lo contado por el porteño era poco. Diego, hizo justamente 16 jueguitos, pasaditas, vestido con jogging celeste, una bufanda del Nápoli alrededor de su cuello que mandó a la tribuna. De locura.
Se cambiaronn los papeles, el provinciano informaba al porteño. La historia de estos dos amigos que se vieron, según contaron sus madres una sola vez en Buenos Aires estaba paralelada a la del astro.
El porteño fue a España por un master, el amigo, transferido a Londres. Parecería que nunca podrían mediante un café conversar sobre lo que más les gustaba, el futbol y Diego.
Hoy Marcelo vive en Canadá, Esteban retornó a Argentina. Siguen escribiéndose de sus vidas y especialmente del recuerdo de ese pibe, nene, joven, hombre, el campeón que le dio tantas satisfacciones al futbol argentino. El 10 que puso sus pies de oro y su garra al servicio de la camiseta celeste y blanca.
Los hijos de los amigos, Diego Esteban y Marcelo Diego ya comenzaron a escribirse. Hijos’e tigres.

viernes, 29 de julio de 2011

Independiente, mi viejo y yo (por Eduardo Sacheri)

Por Eduardo Sacheri


«Mirá que esta noche es el partido», me dijo él. Hizo bien porque uno, a los cinco años, no tiene una conciencia cabal de la periodización del tiempo. Como mucho distingue el sábado y el domingo, porque esos días no hay que ir al jardín, y papá se queda en casa a jugar con uno. Pero con los otros días y las otras noches, la cosa se complica. Por eso sin la advertencia de papá, hecha con el beso de recién llegado del atardecer, yo habría pasado por alto la infinita importancia de esa noche.
Los preparativos fueron los de siempre. Mientras él encendía el Stromberg–Carlson con suficiente antelación para darle tiempo a las válvulas, yo le pedí a mamá la ropa apropiada para el evento. Primero se negó a lo del pantaloncito corto, aduciendo que era invierno y que hacía mucho frío. Yo argüí hasta el cansancio que los jugadores juegan con pantalones cortos, y al aire libre. Una salomónica intervención de papá desempantanó por fin el pleito: con pantalón corto, pero sentado cerca de la estufa de kerosene del comedor. Después me puse la camiseta roja con el cuellito blanco, con el once de cuero cosido en la espalda, igualito que Daniel Bertoni. Papá, mientras tanto, iba trayendo la colección de trapos rojos que colgábamos a modo de banderas. Había pañuelos, una frazada, un pulóver, un par de camisas chillonas. La lámpara de pie, el timón de barco que adornaba la pared, varias de las sillas, todos terminaron ocultos en nuestro rito ornamental y futbolero. Cuando llegué, rigurosamente ataviado con los colores reglamentarios, me llené los ojos de banderas rojas. Lo único que nos faltaba era el viento para que flamearan, como en la cancha.
Papá se negaba, pese a mis acaloradas argumentaciones, a vestir también el atuendo correspondiente. Nada de camiseta. Y mucho menos de pantalones cortos. A mí me parecía un desperdicio, con tanto trapo rojo disponible y tan a mano. Pero él prefería verlo con su bata de siempre, calzado con sus chinelas ruidosas, con el paquete de Kent y el cenicero, pobrecito, para fumarse los nervios uno por uno.
Mientras daban las últimas propagandas, y antes del aviso de «minuto cero del primer tiempo, es tiempo para una ginebra Bols» (o cosa por el estilo) que marcaba la hora señalada, papá se sintió en la obligación de preservarme de desilusiones demasiado abruptas. Me miró como me miraba siempre que tenía algo importante que decirme, con una mezcla de solemnidad y de ternura, con un bosquejo de sonrisa iluminándole los ojos. «Mira, tipito – empezó, porque él me llamaba de esa manera cuando teníamos que aclarar cosas importantes–, que la cosa viene difícil.» Y volvió a enumerarme todas las dificultades que nos esperaban en esa noche de invierno. Que ellos habían ganado en Brasil, que nos habían pegado un peludo bárbaro, que no sólo teníamos que ganar, sino que debíamos hacerlo por no se qué diferencia de gol. Pero para mí sus argumentos sonaban confusos. ¿Acaso él mismo no me había dicho que Independiente era el rey de copas, que la copa, la copa se mira y no se toca, que los brasileños nos tenían un miedo descomunal, y que en Avellaneda y de noche se morían de frío, y no podían ni levantar las patas del pasto? El trató de convencerme de que, pese a la absoluta veracidad de lo dicho en otras ocasiones, esta noche las cosas iban a ser muy difíciles y peliagudas.
De todos modos, nos entonamos cantando un par de veces el «sí, sí señores, yo soy del Rojo», y algún otro estribillo para ir matando el tiempo. Cuando finalmente se acabaron las propagandas, papá encendió la radio Phillips, con su estuche de cuero, que debía ser la primera portátil de Sudamérica (y la teníamos en casa). Le bajó el volumen a la tele: ambos sabíamos que los relatores de radio son mejores que los otros. Cada uno ocupó su sitio de siempre. El en la cabecera de la mesa, y yo sobre el arcón de mirar la tele. Acercó la estufa de kerosene de ese lado para cumplir lo pactado en cuanto a temperatura corporal con la madre del win izquierdo de bolsillo.
Pero la carne es débil. No importa cuánta preocupación ocupe nuestro pensamiento, ni cuánta angustia agobie nuestro espíritu. Uno siempre termina teniendo hambre, o teniendo sueño, y sucumbiendo a esas necesidades poco altruistas. Empecé a cabecear apenas empezado ese partido inolvidable. Mamá me dijo varias veces que me fuera a la cama. Pero yo seguía ahí, impertérrito, sentado en el arcón, con las patas colgando y pateando en el aire como si estuviese en plena cancha en los escasos momentos de lucidez que tenía en medio de mi mar de sueño.
Papá esperó un rato y después me dijo que me fuera, que me quedara tranquilo. Yo protesté que de ninguna manera, que teníamos que seguir ahí los dos, haciendo fuerza con los canutos y las banderas. El me dijo con aire confiado que no hacía falta, que igual sin mí íbamos a salir campeones, que me quedara tranquilo, que los teníamos de hijos. Ante semejante desparramo de confianza le hice caso y me dormí.
A la mañana siguiente mamá me despertó para ir al jardín. Embotado de sueño me dejé vestir, abrigar y conducir a la cocina a tomar la leche. Después ella me sentó en el sillón del living para atarme los cordones, como hacía siempre mientras esperábamos que pasara el micro. Apenas me despabilé un poco recordé la noche de la víspera, y me desesperé preguntándole el resultado del partido. A la luz del día, y después de un sueño reparador, mi deserción de la noche me parecía imperdonable. Ella me miró y dijo no saberlo. Le pregunté por papá, y respondió que aún no se había levantado.
Han pasado veinticinco años, pero aunque pasen sesenta voy a recordarlo como si hubiese sucedido hoy. La casa estaba iluminada por uno de esos soles oblicuos y tibios del invierno. Yo tenía el guardapolvo cuadrillé lila y blanco, y la bolsita en el regazo, bien agarrada en la diestra, para no olvidármela (otras veces me había pasado, y me había quedado sin el Jorgito de dulce de leche y sin la taza de plástico para el mate cocido; así que ahora la cuidaba más que a mi vida). De repente oí abrirse la puerta del dormitorio. Y enseguida escuché el clásico arrastrar de las chinelas en el parquet del pasillo. El corazón me dio un vuelco. Lo llamé a los gritos. Entró a las carcajadas, preguntándome el motivo de mi ansiedad. Yo lo interrogué por el resultado, ya totalmente despierto, ya absolutamente pendiente de lo que dijeran sus labios, ya indiferente a mamá terminando de atarme los cordones.
El se acercó, se inclinó, me dio un beso de buenos días, y se me quedó mirando con expresión jubilosa. Recién cuando volví a preguntarle me dijo que sí, que claro, que habíamos salido campeones de nuevo, y que no me olvidara en el jardín de decirle a todo el mundo que Independiente había vuelto a salir campeón de América. Yo, aún en medio de mi alegría, me hice el tiempo de preguntarle cómo habíamos hecho, si él me había dicho que era muy difícil, que en Brasil nos habían dado un baile bárbaro, que teníamos que hacerles como tres goles, que en el campeonato de acá andábamos como la mona. El me miró risueño, y sembró una semilla más en el fértil potrero de mis sueños de pibe.
«Pero, tipito –empezó, como enunciando una verdad ya reiterada hasta el cansancio–, ¿no te dije que los brasileños ven la camiseta del Rojo y se asustan tanto que no pueden ni mover las patas? ¿No te dije que, con el frío, se quieren volver a su casa a comer bananas para entrar en calor? Por eso te dejé dormir. Porque era tan fácil que nos las rebuscarnos sin tu aliento.» Y en medio de mi maravilla impávida, terminó: «Menos mal que te dormiste. Imagínate si te quedas despierto y gritas conmigo: les hacemos veinte goles y no quieren venir a jugar nunca más, y nos quedamos sin nadie a quien ganarle la copa». Después me levantó en brazos y cantamos «la copa, la copa, se mira y no se toca», y dimos la vuelta olímpica a los saltos, por toda la casa. Vino el micro y me fui al jardín de infantes.
Supongo que ésos son los recuerdos que se le meten a uno en los recovecos del corazón, y echan cría y se nutren de su propio néctar, y nos marcan para toda la vida. Por lo menos así ocurrió conmigo. Y no me avergüenza reconocer que ahora, ya grande, cuando tengo un problema que me agobia, o cuando me toca sufrir por radio y por televisión un partido de Independiente y me como los codos por la ansiedad y la angustia (la vida me enseñó lo inconveniente que puede resultar fumarse los nervios), siento un impulso difícil de dominar, una tentación casi irresistible que me invita a irme a dormir, a abrigarme en la certeza de que mientras yo sueño, mi papá e Independiente, como duendes laboriosos, van a arreglarme el mundo para que yo lo encuentre refulgente en la mañana.
Y queda en mí el mandato inexorable que dictan las fidelidades eternas. Cuando Independiente gana un campeonato –al fin y al cabo, Dios y sus milagros evidentemente existen– lo primero que hago, en la cancha o en mi casa, es levantar los brazos y los ojos hacia el cielo, abrazándolo a mi viejo a través de todos los rigores del destino, y por encima de todas las traiciones de la muerte. Lo que pasa es que tratándose del Rojo, de mi viejo y de mí, hay veces que la muerte es una señora que nos tiene un miedo bárbaro. Una vieja podrida a la que, de locales en Avellaneda, le tiramos la camiseta y podemos, de vez en cuando, llenarle la canasta.
Todavía me acuerdo de ese número once de cuero blanco, cosido en la camiseta como el de Bertoni. Pero ahora también veo, cuando me fijo con suficiente atención, que mi viejo también lleva lo suyo. Lo tiene ahí, en la espalda, justo a la altura del nacimiento de las alas: un diez de cuero blanco, igualito igualito al de Bochini.


Este texto fue extraído del excelentísimo libro "Esperandolo a Tito" de Eduardo Sacheri