Messi acomoda la pelota para patear un penal contra el Celta de Vigo. Los hinchas del Barça agitan las banderas, los puños, se agarran de los pelos. Lio Messi se aleja unos pasos. “Nadie se lo espera”, piensa. En el bar de Manuel, otros culés se sientan en la punta de la silla preparados para pegar un salto en caso de que su astro convierta otro gol. Messi coloca sus manos en la cintura y entrecierra los ojos, midiendo el espacio que tiene por delante. Sólo una vaquita de San Antonio se interpone entre él y el balón. Pero nadie la ve. El pequeño coleóptero luce los colores del Milan, otro archirrival del Barça. Cuando suena el silbato un resorte se activa y Messi sale disparado hacia la pelota. Parece que va a tirar un chumbazo. La vaquita, ajena a lo que sucede a su alrededor, pasta plácidamente. El estadio se paraliza.
Una gota de sudor recorre la cara de Manuel, fanático de la primera hora. En el último instante, Messi desacelera el golpe y, apenas roza el balón, haciéndolo rodar, suavemente, hacia la derecha. Los tapones del botín, a punto de aplastar a la vaquita, se desvían milagrosamente de su recorrido. El insecto sólo percibe la ráfaga de viento. Desde atrás, aparecen corriendo Neymar y Suarez. Messi comienza a esbozar una sonrisa cómplice. Suarez patea al arco y hace un gol tremendo.El estadio estalla. Los comensales de Manuel saltan de su silla y se abrazan. Los tres jugadores se ríen como chicos. La vaquita sigue su camino imperturbable.
martes, 31 de enero de 2017
La pulga y la vaquita (por Melina Rígoni)
lunes, 19 de noviembre de 2012
"El fútbol nos desnuda" (Entrevista a Eduardo Sacheri en el diario Página 12)
“El fútbol nos desnuda” (Entrevista a Eduardo Sacheri, publicada en el diario Página 12 el domingo 18 de noviembre de 2012)
–¿Cómo surgieron sus columnas en El Gráfico y cómo resultó esa experiencia, más cercana al periodismo en su funcionamiento que a la literatura?
–La idea surgió de los muchachos que dirigen El Gráfico, con quienes nos conocíamos a raíz de alguna nota que me habían hecho. De entrada, temí no dar la talla para adaptarme a la periodicidad de una revista, o no encontrar temas interesantes para las columnas. Sin embargo, desde El Gráfico me dieron toda la libertad: “Escribí de lo que quieras, en la extensión que quieras”. Eso me facilitó enormemente las cosas. Además, la columna es un artefacto menos laborioso que un cuento: si bien posee demandas propias del relato, no es tan exigente a nivel del ritmo, de la tensión narrativa, ni del remate final de la historia. Elementos que, entiendo, son casi imprescindibles en los cuentos.
–Albert Camus dijo alguna vez, palabras más, palabras menos, que todo lo que sabía sobre moral lo había aprendido jugando al fútbol. ¿Adhiere a ese pensamiento? En todo caso, ¿qué le enseñó el fútbol más allá de lo deportivo?
–Si reemplazamos “todo” por “mucho”, ahí lo suscribo.
–La literatura y el fútbol tuvieron grandes maestros, desde Osvaldo Soriano y Roberto Fontanarrosa hasta Juan Sasturain. ¿Considera que el menosprecio de antaño al género ha perdido vigencia y razón de ser?
–Coincido en la existencia de ese menosprecio, aunque me da la impresión de que ese rechazo abarcaba cualquier expresión literaria que tuviese por objeto la vida común y corriente de las personas ordinarias. Y sí, creo que ese prejuicio ha perdido su vigencia, al menos en parte.
–¿Tiene alguna teoría acerca de los motivos que hacen que cualquier profesión ligada al fútbol sea menospreciada por la “academia” y cierto sector de la sociedad? Pasa en la Justicia, en la literatura, en los deportistas, en los dirigentes, incluso en el espectador...
–No lo sé. Ojo que tal vez el propio fútbol, con cierta tendencia al grotesco, a darse aires de cuestión de Estado, a erguirse poco menos que en una religión o una razón de vivir, ha contribuido a alimentar ese prejuicio. Creo que, como dice mi amigo (el periodista) Román Iucht, el fútbol es, apenas, la más importante de entre las cosas menos importantes de la vida.
–En el mismo plano, ¿se puso a pensar alguna vez por qué para cierto sector de la crítica la “emotividad” es sinónimo de “sensibilería”?
–Entiendo que la crítica sospeche de los atajos estéticos y de los golpes de efecto. Ahora bien: la emotividad no siempre es sinónimo de esos facilismos. También puede ser que la acción estética consiga tocar la esencia de quien recibe esa acción. Y eso es, a mi criterio, perfectamente lícito.
–En su caso, ¿se acercó a la literatura a través de su fanatismo por el fútbol? ¿O el deporte no tuvo nada que ver con la “elección” de ser escritor?
–No hay una relación directa entre ambas cosas. De hecho, creo que lo que me condujo a ser escritor es, sobre todo, mi porfía y mi pasión como lector. Esa es la matriz básica de mi trabajo, creo. Después, o por encima, está la elección de los temas y los escenarios. El fútbol recién entra en ese escalón menos hondo.
–¿Considera que la literatura futbolera es un interesante camino de ingreso a la lectura de parte de aquellos que están dejando de ser niños? El Ministerio de Educación ha incluido relatos suyos en sus campañas de estímulo de lectura.
–Me encanta pensar que algo que escribo pueda llegar, también, a un chico de 7 años. En cuanto al camino de ingreso a la lectura, creo que está muy bueno multiplicar las puertas de ingreso a ese mundo interminable de los libros. Y me parece más que bueno ensayar puertas que se acerquen al gusto del lector en ciernes. Para que se le contagie el amor y el deseo por los libros. Después, una vez que el lector se siente a gusto en ese mundo, más temprano que tarde irá hacia los libros que realmente valen la pena.
Link a la nota original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-27049-2012-11-18.html
El autor de Aráoz y la verdad juntó las columnas que
escribió hasta hace poco en la revista El Gráfico en un libro que lo
confirma como parte de ese selecto grupo de escritores que saben hacer
hablar a la pelota con conocimiento de causa y pasión.
En la
Argentina, la literatura y el fútbol se conjugan como en pocos países
del mundo. La manera en que Osvaldo Soriano, Roberto Fontanarrosa o Juan
Sasturain, entre otras grandes plumas, tiraron “paredes” gloriosas
entre ambas disciplinas construyó una escuela que formó a escritores y/o
periodistas que hoy imitan sus jugadas relatadas con mejor pie que el
de muchos futbolistas del torneo local. Uno que parece estar a punto de
graduarse y saltar del otro lado del mostrador en el género es Eduardo
Sacheri, el escritor que en Esperándolo a Tito y otros cuentos, Aráoz y
la verdad, Papeles en el viento y Lo raro empezó después demostró que
sabe hacer hablar a la pelota con conocimiento de causa y pasión. Hincha
fanático de Independiente, Sacheri ya forma parte de ese selecto grupo
de tipos a los que al toparse en la vida cotidiana con un partido de
fútbol –cualquier sea, en cualquier lugar– no pueden sino dejarse llevar
por ese juego en busca de vaya a saber uno qué cosa, hasta perderlo
definitivamente de vista. Ese fanatismo (¿obsesión?) queda demostrado en
Aviones en el cielo (El Gráfico Ediciones), que recopila una serie de
relatos y cuentos que el escritor publicó en El Gráfico desde enero de
2011 hasta el mes pasado.
El fútbol como excusa para hablar sobre la vida. De los grandes
temas y de los más cotidianos, pero no por eso menos importantes. Esa es
la invitación que Sacheri les hace a los lectores que se acercan a
Aviones en el cielo, un libro sobre fútbol pero no de fútbol. En sus
relatos, siempre matizados por una prosa más literaria que periodística,
el autor es capaz de tomar distintos disparadores deportivos para
ahondar en cuestiones como el amor a los hijos, la semejanza entre la
vida y el fútbol, la pertenencia y el paso del tiempo, la gloria amateur
e –incluso– la muerte, entre otras cuestiones. “Creo que el fútbol, en
tanto juego al que nos entregamos apasionada e ingenuamente, nos desnuda
en lo más profundo de lo que somos. Lo bueno y lo malo. Creo que,
cuando nos adentramos en el fútbol, lo hacemos sin máscaras. Para bien y
para mal”, subraya en la entrevista con Página/12. Por si fuera poca la
relación de Sacheri con el fútbol, fue coguionista junto a Juan José
Campanella de El secreto de sus ojos (probablemente la película con el
más logrado travelling del cine argentino, que termina en la cancha de
Huracán) y de la todavía no estrenada Metegol, en la que la pelota
vuelve a ser la protagonista.–¿Cómo surgieron sus columnas en El Gráfico y cómo resultó esa experiencia, más cercana al periodismo en su funcionamiento que a la literatura?
–La idea surgió de los muchachos que dirigen El Gráfico, con quienes nos conocíamos a raíz de alguna nota que me habían hecho. De entrada, temí no dar la talla para adaptarme a la periodicidad de una revista, o no encontrar temas interesantes para las columnas. Sin embargo, desde El Gráfico me dieron toda la libertad: “Escribí de lo que quieras, en la extensión que quieras”. Eso me facilitó enormemente las cosas. Además, la columna es un artefacto menos laborioso que un cuento: si bien posee demandas propias del relato, no es tan exigente a nivel del ritmo, de la tensión narrativa, ni del remate final de la historia. Elementos que, entiendo, son casi imprescindibles en los cuentos.
–Albert Camus dijo alguna vez, palabras más, palabras menos, que todo lo que sabía sobre moral lo había aprendido jugando al fútbol. ¿Adhiere a ese pensamiento? En todo caso, ¿qué le enseñó el fútbol más allá de lo deportivo?
–Si reemplazamos “todo” por “mucho”, ahí lo suscribo.
–La literatura y el fútbol tuvieron grandes maestros, desde Osvaldo Soriano y Roberto Fontanarrosa hasta Juan Sasturain. ¿Considera que el menosprecio de antaño al género ha perdido vigencia y razón de ser?
–Coincido en la existencia de ese menosprecio, aunque me da la impresión de que ese rechazo abarcaba cualquier expresión literaria que tuviese por objeto la vida común y corriente de las personas ordinarias. Y sí, creo que ese prejuicio ha perdido su vigencia, al menos en parte.
–¿Tiene alguna teoría acerca de los motivos que hacen que cualquier profesión ligada al fútbol sea menospreciada por la “academia” y cierto sector de la sociedad? Pasa en la Justicia, en la literatura, en los deportistas, en los dirigentes, incluso en el espectador...
–No lo sé. Ojo que tal vez el propio fútbol, con cierta tendencia al grotesco, a darse aires de cuestión de Estado, a erguirse poco menos que en una religión o una razón de vivir, ha contribuido a alimentar ese prejuicio. Creo que, como dice mi amigo (el periodista) Román Iucht, el fútbol es, apenas, la más importante de entre las cosas menos importantes de la vida.
–En el mismo plano, ¿se puso a pensar alguna vez por qué para cierto sector de la crítica la “emotividad” es sinónimo de “sensibilería”?
–Entiendo que la crítica sospeche de los atajos estéticos y de los golpes de efecto. Ahora bien: la emotividad no siempre es sinónimo de esos facilismos. También puede ser que la acción estética consiga tocar la esencia de quien recibe esa acción. Y eso es, a mi criterio, perfectamente lícito.
–En su caso, ¿se acercó a la literatura a través de su fanatismo por el fútbol? ¿O el deporte no tuvo nada que ver con la “elección” de ser escritor?
–No hay una relación directa entre ambas cosas. De hecho, creo que lo que me condujo a ser escritor es, sobre todo, mi porfía y mi pasión como lector. Esa es la matriz básica de mi trabajo, creo. Después, o por encima, está la elección de los temas y los escenarios. El fútbol recién entra en ese escalón menos hondo.
–¿Considera que la literatura futbolera es un interesante camino de ingreso a la lectura de parte de aquellos que están dejando de ser niños? El Ministerio de Educación ha incluido relatos suyos en sus campañas de estímulo de lectura.
–Me encanta pensar que algo que escribo pueda llegar, también, a un chico de 7 años. En cuanto al camino de ingreso a la lectura, creo que está muy bueno multiplicar las puertas de ingreso a ese mundo interminable de los libros. Y me parece más que bueno ensayar puertas que se acerquen al gusto del lector en ciernes. Para que se le contagie el amor y el deseo por los libros. Después, una vez que el lector se siente a gusto en ese mundo, más temprano que tarde irá hacia los libros que realmente valen la pena.
Link a la nota original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-27049-2012-11-18.html
martes, 31 de julio de 2012
El loco Cansino (por Roberto Fontanarrosa)
Para que usted tenga una idea de qué tipo de futbolista era
ese muchacho, le cuento que jugaba llorando. Pero no le digo llorando porque
protestaba o porque se la pasaba quejándose a los árbitros o esas cosas que nos
han dado a los argentinos la fama de llorones, no.
El Loco Cansino lloraba en serio, con lágrimas,
desconsoladamente, mientras llevaba la pelota. Yo lo he visto. Parece algo
digno de risa pero créame que era una cosa bastante impresionante. Cómo decirle...
angustiante.
Cansino entraba a la cancha muy serio, no sé si concentrado
o qué, pero usted lo veía serio, el ceño fruncido, con la vista perdida sobre
el césped, parecía que no se fijaba ni en los adversarios ni en la gente que
había ido a la cancha. Y le aseguro que por ese entonces iba muchísima gente a
la cancha de Sparta, muchísima. Porque tenía un equipazo. Jugaban el Gringo
Talamone, el Negro Oroño, Sebastián Drappo, que después fue a Racing, la Garza
Olmedo, que era el arquero, y otros más que ahora escapan a mi memoria pero que
ya me voy a acordar.
Pero la figura, la figura, era Cansino sin duda alguna, el
Loco Cansino. Y mientras el partido iba bien, digamos, mientras no fueran
perdiendo, Cansino se mostraba normal, calmo, tranquilo. Jugaba ahí, en su
punta, participaba poco del juego, la pedía de vez en cuando, al estilo de los
viejos punteros derechos, que no se movían de al lado de la raya. Hasta daba la
impresión de ser un poco frío, de no interesarle demasiado el partido.
Pero si los rivales hacían un gol, se ponían en ventaja, ahí
Cansino se ponía a llorar.
No le voy a decir que se ponía a llorar de golpe, de
repente. Pero era una cosa como que entraba a hacer pucheros, a aspirar aire, a
fruncir la cara, y ya la gente empezaba a prestarle más atención a él que al
partido porque sabía que Cansino se iba a largar a llorar.
Era una cosa bastante dramática, permítame que le diga.
Bastante dramática.
"¡Aguante, Cansino! ¡No es nada, Loco, ya van a
empatar, no llores!" lo alentaban desde la tribuna, porque a la gente le
daba no sé qué verlo así, tan sentido. Pero se largaba a llorar nomás, como los
chicos. Y le cuento que Cansino, cuando pasó por Sparta ya andaba cerca de los
30, debía ser un muchacho de 28, 29 años.
Le juro que entonces, ya perdiendo uno a cero, se venía para
el medio, era como que no podía esperar a que la pelota le llegase a la punta.
Se venía para el medio y empezaba a conducir el juego, pero no dejaba de
llorar, desconsoladamente lloraba, daba pena verlo pobre muchacho. Era algo
desgarrador mirarlo correr con la pelota, levantando la cabeza para localizar a
sus compañeros, saltando sobre las barridas de los rivales y llorando a moco
tendido, la boca abierta, colorado por el esfuerzo, las venas del cuello
hinchadas a punto de reventar.
Lo notable es que los árbitros no sabían cómo tratarlo, no
hay en el reglamento ninguna regla que estipule que un jugador no puede jugar
llorando. Que no pueda insultar, sí, está contemplado, o gritarle al referí,
bueno, vaya y pase (o como ahora que no está permitido seguir si un jugador
está sangrando), pero nunca el reglamento dijo algo sobre un jugador que
llorara. Lo dejaban, entonces.
Me acuerdo que hubo un arbitro muy grandote, el Inglés
Mackinson, que la primera vez que lo vio así trató de consolarlo porque él
mismo, Mackinson, ya tenía los ojos enrojecidos, vidriosos. Vio usted que hay
gente que cuando ve llorar a otra persona, llora también. Paró el partido y le
habló, agarrándolo de un hombro, paternalmente.
Pero no hubo caso, Cansino se contuvo un momento, tratando
de aspirar hondo para cortar los sollozos; apenas reanudado el juego empezó de
nuevo a pucherear y enseguida volvió al llanto.
Se imagina que a la hinchada de Sparta la cosa mucho no le
gustaba porque era motivo de la risa de las otras hinchadas. De las risas y de
las cargadas. Si hasta llegaron a decirles " los llorones" a los
hinchas de Sparta, por causa de Cansino.
Por otra parte, en esos momentos era cuando Cansino,
desesperado por el resultado adverso, podía conseguir los milagros más
conmovedores, futbolísticamente hablando. Era ahí cuando se hacía dueño de la
pelota y podía dar vuelta un resultado con una facilidad asombrosa. Gambeteaba
de a cuatro, de a cinco rivales, hacía jugadas que yo, después, no he visto
hacerlas a nadie, podía dar vuelta un partido él solo aunque fuera perdiendo
por 3 ó 4 a o (cero).
Después, cuando Sparta lograba empatar, Cansino ya se
calmaba. Casi ni gritaba el gol del empate, le digo. Se abrazaba con sus
compañeros, eso sí, y se limpiaba los ojos con la manga de la camiseta. O con
un pañuelo mugriento que siempre llevaba en la media. En ocasiones los mismos
árbitros le alcanzaban un pañuelo y en una oportunidad lo vi secarse los ojos
con el banderín del córner luego de lanzar el centro que determinó la paridad
en el marcador.
"Escaso nivel de resistencia ante la adversidad",
así me lo definió el doctor Suárez una vez que le pregunté, preocupado, por el
caso de Cansino. Porque, indudablemente, como periodista deportivo del matutino
"Democracia", el caso me interesaba.
Consulté a Suárez, asimismo, y ya en otro orden de cosas, si
había alguna condición física, alguna anomalía incluso, que generara esa
capacidad que Cansino tenía para la gambeta. "A veces se presenta una
distorsión congénita -recuerdo perfectamente que me dijo el doctor Suárez,
médico del Sparta- que genera una apreciable diferencia entre un hemisferio del
cerebro y el otro, lo que produce en el paciente una distinta captación del
tiempo y el espacio. Esto, en algunos casos, motiva una distinta relación en el
equilibrio, y es por eso que Cansino puede intentar algunas cabriolas, o
recuperar la vertical en una forma totalmente imposible para el resto de los
mortales".
Alguna explicación de ese tipo debía de haber porque era
insólito lo que hacía este muchacho en la cancha. La ley de gravedad no parecía
existir para él y a veces uno sospechaba que tenía un radar de ésos que tienen
los murciélagos dada su capacidad para no chocar contra los objetos sólidos.
Pasaba entre una multitud de piernas, zigzagueando, sin tocarlas, cambiando el
ángulo de su carrera a medida que lo iban bloqueando, modificando incluso su
volumen corpóreo como si fuese líquido, como si fuese de mercurio, en procura
de evitar los choques.
Era, por supuesto, imprevisible, y por eso le decían
"El Loco". Podía arrancar, de pronto, hacia su propio arco, como si
hubiese perdido el sentido de la orientación, como esas tortugas que ante
explosiones atómicas han perdido la brújula genética que les indica dónde se
encuentra el mar. O, de repente, llegaba hasta la línea de fondo y echaba el
centro hacia el lado de afuera de la cancha, estrellándolo contra el alambrado.
Para no contar las veces en que, de repente, se iba de la cancha, murmurando
cosas, hablando solo, hasta meterse en el túnel.
Nadie se animaba a decirle nada porque, por sobre todas las
cosas, Cansino era muy manso, muy buen muchacho, muy dócil. Le digo esto porque
un par de veces yo fui a hacerle alguna entrevista a los entrenamientos y me
atendió con mucha cordialidad. Pero, eso era cierto, se le notaba que no era un
muchacho muy normal. O, digamos, yo ya comencé a percibir que, en él, se estaba
desencadenando lo que después terminó como terminó.
La primera vez que le hice un reportaje fue acá en el
centro, en el Hotel Italia, donde él paraba. Recuerdo que nos sentamos a tomar
un café y me esquivaba la mirada. Otro detalle que recuerdo perfectamente,
porque me impresionó mucho, fue que transpiraba. Transpiraba muchísimo, y era
pleno invierno. Yo le hice una pregunta y no me contestó, no me contestó nada.
Había empezado a mirarme con cierta molesta fijeza. Pensé
que no me quería contestar aquella pregunta que ya no recuerdo pero que, sin
duda, era una pregunta absolutamente convencional y tonta, como ser dónde había
nacido o cosa así. Intenté entonces con otra, que tampoco me contestó. Opté por
una tercera, ya francamente incómodo e inseguro: considere usted que yo era un
pibe de poco más de 20 años. A la quinta pregunta, Cansino modificó un poco su
postura en la silla, me señaló su oreja izquierda y me dijo: "Hábleme de
este lado, porque no escucho nada con el otro oído". Yo le había estado
hablando sobre el oído sordo.
De ahí en más pude hacerle la entrevista y me encontré con
la sorpresa de que era un hombre muy culto. Me habló de los inconvenientes que
debe superar un joven de clase trabajadora para acceder a los primeros niveles
en el orden del deporte, del fino y personalizado trabajo artesanal que hay en
la confección de una pelota de fútbol, del elevado porcentaje de lactosa que se
encuentra en un litro de leche de vaca y de la reconstrucción de la ciudad de
Constantinopla luego de haber sido destruida por la Cuarta Cruzada a los Santos
Lugares.
Era un poco errático en materia de conversación, lo admito,
pero muy interesante. Lo del oído lo comenté después con el doctor Suárez y él
me corroboró que ese tipo de disminución auditiva influía en gran medida en el
sentido del equilibrio, tema que ya habíamos tocado en relación con la gambeta.
Había algo inconexo en él; debido a eso, había un quiebre del equilibrio o de
la inercia que lo hacía imprevisible.
En aquel campeonato regional del año 37, gracias a Cansino,
Sparta se prendió en las primeras posiciones, cosa que nunca había conseguido.
Pero a medida que se acercaba la definición del campeonato, la conducta de
Cansino se hizo más y más extraña. Nunca se mostró agresivo o violento, pero
siempre daba la nota con algún detalle fuera de lo común o medio raro. Salía a
la cancha, por ejemplo, con una toalla rodeándole el cuello, como si recién se
hubiera bañado. Había referís que se la hacían quitar, otros se hacían los
distraídos, pero no era un detalle que pasara desapercibido pese a que le estoy
hablando de una época en que los árbitros dirigían con saco y, a veces, los arqueros
usaban sombrero, pero sombrero de fieltro, funyi.
Por esa época, Cansino empezó a escuchar voces, afirmaba que
escuchaba voces que le hablaban en otros idiomas. Y lo que era más raro, las
escuchaba en el oído sordo. En Sparta lo tenían entre algodones, preservándolo
para la final, especialmente el ingeniero Wernicke, el presidente del club.
Wernicke, muy preocupado, me decía: "Yo fui el que lo traje al club. Y
cuando lo contraté sabía que le decían "El Loco", como se les dice a
tantos wines derechos, pero no sabía que era loco de verdad".
Hacía bien en preocuparse Wernicke, quien además quería
mucho a Cansino. En la semana previa al partido final contra Deportivo
Federación, Cansino empeoró. Lo encontraron una noche caminando desnudo por las
terrazas en la manzana de la pensión donde vivía. Dijo que estaba entrenando. O
caminaba por calle Córdoba señalando con dedo índice hacia el cielo,
vocalizando como si hablara pero sin emitir sonido. La gente no le decía nada
porque lo reconocían. Lo reconocían porque andaba siempre con la camiseta de
Sparta puesta, debajo del saco y la corbata.
Dos días antes del partido me enteré que lo habían llevado a
un manicomio. Una cosa muy mesurada, hecha bajo cuerda para que no tomara
estado público, pero con la intención de que lo trataran, lo sedaran,
procurando que para el domingo estuviera bien. Un tratamiento rápido, por
supuesto, de shock se diría ahora.
El sábado lo fui a ver, con una curiosidad más humana que
periodística. Le estoy hablando de una época en que había menos canibalismo
periodístico, no existía esa compulsión hacia los escándalos y las noticias
rimbombantes. De ser así... ¿cuántos periodistas hubieran dado lo que no tenían
para disponer de una primicia como la que yo sabía, revelada por el propio
presidente del club?
Me fui a Oliveros, entonces, donde había por entonces, una
pequeña casa de reposo, de salud. Y ahí estaba Cansino. Le habían hecho un
tratamiento de electroshock que le había chamuscado casi todo el pelo. Él tenía
un pelo bastante mota, renegrido y, cuando yo llegué, todavía le humeaba. Se
imagina usted que, por esos años, no había un cabal conocimiento del manejo de
la energía eléctrica y esos tratamientos se hacían un poco a lo bestia. Le
conectaban unos alambres, le humedecían la ropa para que hubiera una mejor
transmisión de la corriente y ahí le sacudían. Cuatro, cinco veces, las que
fueran necesarias. El doctor que estaba a cargo del establecimiento me dijo que
también le habían suministrado unas inyecciones de láudano, tilo y mercurio, para
tranquilizarlo. También me contó que indudablemente la práctica del fútbol
había empeorado la disfunción mental de Cansino, aquella descoordinación entre
un hemisferio cerebral y el otro, de la cual me había hablado Suárez.
"Cada vez que este muchacho va a cabecear, y cabecea
-me dijo-, el cimbronazo del impacto descoloca un poco más la armonía entre un
hemisferio y el otro, haciendo más grande la grieta entre ambos".
De todos modos, la verdad es que Cansino lucía tranquilo,
calmo. Se paseaba entre los otros pacientes con una sonrisita por esa especie
de parque que tenía la clínica. Me reconoció enseguida y fue muy cordial
conmigo. Me dijo que iba a jugar al día siguiente, que estaba perfecto. Me
preguntó si yo sabía idiomas, porque creía reconocer la voz mía entre las voces
que solía escuchar, habiéndole en portugués. Le dije que no, que
lamentablemente sólo hablaba castellano. Incluso en un rasgo de sensatez me
consultó cuál sería la formación del equipo de Sportivo Federación al día
siguiente, y si había llegado al país en el dirigible Hindenburg. Ahí la
pifiaba feo porque Federación era un club de acá nomás, de Roldan. Pero no lo
encontré mal, dentro de todo.
Al día siguiente, el domingo, fui a la cancha. Había un
gentío impresionante. Era la final, creo que ya le dije. Y el Loco Cansino
salió con el equipo, lo que provocó una algarabía enorme entre la hinchada de
Sparta porque algo había trascendido sobre su internación y había rumores de
que no iba a jugar. Humeaba un poco, todavía, o al menos así me pareció a mí,
pero también es posible que haya sido ese vapor que se desprende de los
jugadores cuando están transpirados por el calentamiento previo y salen al frío
del invierno.
Eso sí, lo noté algo descoordinado en los movimientos. Se
hizo la señal de la cruz -yo no sabía que era tan católico- tocándose la
frente, un hombro, una cadera, la rodilla derecha y el otro hombro. Luego se le
producía un estremecimiento facial, una contracción como la que ocurre cuando
uno bebe algo muy ácido. Pero estaba bien.
La cuestión es que empezó el partido y Federación metió un
gol, así nomás, de arranque. Y, por supuesto, curado o no curado, contenido o
no contenido, el Loco se largó a llorar, lo que produjo la burla, la cargada,
el sarcasmo de la hinchada rival que había llegado en buen número.
Era algo contradictorio porque, como ya le he contado,
Cansino lloraba y metía pierna como el que más, trababa más fuerte que ninguno
y gambeteaba a cuanto rival se le cruzara. Sin embargo, todo su esfuerzo fue en
vano. Cerca del final del primer tiempo, Federación metió el segundo gol. Era
más equipo, buscar otras explicaciones sería faltar a la verdad. Más equipo.
Empieza el segundo tiempo y el Loco estaba desatado.
Lloraba y metía centros, lloraba y pateaba al arco, lloraba
y eludía a los adversarios. Cerca de los 20 minutos hizo una jugada bárbara y
se metió en el arco con pelota y todo: 2 a 1.
En eso, yo, que estaba agarrado al alambrado, cerca de los
palcos para la prensa y las autoridades, entre el griterío de la gente escucho
una sirena. Me doy vuelta y veo llegar, por detrás del estadio, una ambulancia,
a toda velocidad. Enseguida entran al estadio un par de enfermeros, con el
médico que yo había conocido en la casa de salud de Oliveros y se dirigen
corriendo hacia el palco del ingeniero Wernicke. Me acerco, entonces, a riesgo
de que me consideraran un entrometido. Y escucho que el médico le cuenta al
ingeniero que Cansino había matado a uno de los pacientes de la clínica. Se
suponía que lo había degollado con un vidrio durante la noche, pero había
escondido el cuerpo bajo la cama de su propia habitación y los enfermeros
recién lo encontraron al mediodía, cuando a Cansino ya le habían permitido
volver a Rosario para jugar el partido. Según el médico, había que encerrarlo
de inmediato porque era muy peligroso.
Yo vi la cara del presidente y comprendí de inmediato el
intenso conflicto emocional que lo invadía en esos momentos. Cansino era
fundamental para alcanzar el empate que les permitiría consagrarse campeones.
Le pidió, entonces, le rogó, al médico, que le diera a Cansino diez minutos más
de libertad. El médico accedió, en parte porque le gustaba el fútbol, y en
parte porque estaba esperando la llegada de la policía para dominar a Cansino.
Diez minutos después, exactamente diez minutos después,
Cansino hizo otra jugada extraordinaria y le sirvió el gol al Valija Molina, un
nueve grandote que era muy bruto pero que siempre la empujaba adentro. Molina
hizo el gol y, automáticamente, toda la hinchada de Sparta invadió la cancha, para
festejar.
Fue lo que aprovecharon la policía y los enfermeros, junto
con nosotros, para correr hacia donde todos los jugadores de Sparta celebraban
apilados: una decisión providencial, creo. Cuando llegamos hasta la montaña de
jugadores, debajo de dos o tres de ellos, Cansino, rojo, desencajado, estaba
estrangulando a Sturam, al petiso Sturam, el cuatro de su propio equipo con un
alambre de enfardar.
Se le tiraron encima los enfermeros, los policías y hasta el
presidente mismo para contenerlo. Después la prensa, desinformada, acusó a la
policía de parcialidad manifiesta por unirse en el festejo de la conquista. Lo
cierto es que, en el remolino de gente, lo agarraron a Cansino entre muchos y
se lo llevaron para el túnel.
El partido no pudo reanudarse, había mucha gente dentro de
la cancha y en realidad faltaban nada más que dos minutos. Entre la algarabía
de la hinchada, yo escuché las sirenas de las ambulancias y de la policía
alejándose. Fue la última vez que pude ver a Cansino. El club notificó luego que
lo habían vendido a Montevideo, hubo trascendidos de que se había retirado del
fútbol. Pero lo cierto es que nadie supo nada más de él.
Quedó como un héroe, eso sí. Vaya usted y pregunte a los
viejos hinchas de Sparta por el Loco Cansino y todos se van a llenar la boca de
elogios hablándole de él. Yo estuve tentado un par de veces de irme para
Oliveros porque tenía la sospecha de que lo habían vuelto a encerrar allí. Pero
vio cómo son estas cosas, va pasando el tiempo, uno se ocupa de otras cosas, y
al final no va nunca. Pero... qué wing derecho era el Loco... Qué wing derecho.
martes, 17 de julio de 2012
Entre mates (por Sonia Figueras)
Por Sonia Figueras
- Estela, fue un 13 de mayo en que nos
conocimos. Hoy hacen trece años que nos casamos. Llovía. Dicen que los
casamientos en días de lluvia son felices y duraderos. 13. Nuestro número de
cábala. Los chicos, los dos, nacieron en día trece ¿Me querés decir por qué si
me conociste loco por el fútbol cada domingo tenemos idéntica conversación?
Estela revuelve la bombilla en el mate como a mí me gusta, los mejores cebados.
En este momento me surge una frase de Oscar Wilde leída en el
secundario. Decía algo así como “que hablen de uno es feo, o espantoso, pero
hay algo peor, que no hablen”. Eso es indiferencia. Indiferencia, eso es lo que
siento cuando le hablo de fútbol.
Almorzamos. Domingo. Ese día Juventud
juega de visitante. Miro la hora. Ya estarían las inferiores en la cancha. Me
levanto de la silla, salgo de la cocina, vuelvo a entrar y Estela con voz
monótona va al ataque…
- ¿Hoy tampoco me acompañás a lo de mi
hermana?
- Ya sé que es el cumpleaños de tu
ahijada Martha, contesto con la misma inflexión de su voz. Pero cuando termine
el partido voy. Le compro flores, ¿te parece bien? ¿Soy tan imprescindible?
Estela me contesta, el cementerio está
lleno de imprescindibles, Ernesto.
- Querida, en la familia están todos enterados
que no falto a la cancha ni un domingo, de visitante ni de local.
Ella me mira de reojo sin mirarme y me
larga ya con voz más entonada, bueno, andá. Te espero. Ahí fue cortante.
Voy al
partido, vengo compungido, con la garganta arenosa. ¡ Cuatro goles a
cero….muchos para perder! Una goleada. Compro las flores como si fueran
tomates. Imagino las cargadas venideras. Seguro que mi cuñado Horacio va a empezar con un “che, no les anda yendo
bien”. Y no tengo ganas de contestar. En el camino me digo, y… los partidos se
ganan con goles y esta vez perdimos nosotros. Lástima que vamos penúltimos en
la tabla.
En el cumpleaños estoy al esquive de
cualquier comentario, gambeteando situaciones. Por suerte termina temprano y
regresamos a casa.
- Te noté callado y seguís callado, me
dice ella.
-
Y ¿qué querés? Cuatro pepinos. Creí que me moría. Todos los goles al ángulo, la defensa no existió. A ese
arquerito vamos a tener que sacarlo... el referi expulsó a Fuentes, nos
quedamos con 10...un desastre. Me mira con la idéntica mirada indiferente del
mediodía.
El domingo siguiente voy preparando mi
mente futbolera. Le comento, hoy somos locales, nena. ¿Te vas a enojar como
siempre?
Estela en silencio y con parsimonia
acomoda sobre la cama, las medias, el calzoncillo, la camiseta de Juventud
recién planchada, la campera verdiazul. Pone en el piso las zapatillas blancas
como la leche, reforzado el blanco con tiza en polvo.
-
¿No se te hace tarde, Ernesto? y sigue, ya deben empezar las inferiores. No te
apurés en volver, tomate el tiempo que quieras. Seguro que hoy ganan ¡de
locales!...y en una de ésas se van a tomar una cerveza....En tanto tarareaba
Así, de Sandro. Fue hasta el ropero. Ah, agregó, no te olvides la gorra, mirá
que hay sol fuerte, a ver si te insolás.
De
pie en la puerta de la habitación con el mate en la mano, observo los
movimientos medidos de mi mujer. La taladro con la mirada, ojo de águila.
¿Penetro en su intención?
- Estela. Hoy no voy a la cancha. ¿Vamos al
cine? Dan una de Leonardo Favio
martes, 1 de mayo de 2012
Hay equipo (por Nolberto Malacalza)
Por Nolberto Malacalza
Le dimos toda la tarde a la de cuero. Le
había tirado un caño más a un lungo que no me podía parar, me dio por festejarlo y entonces el pibe me
empezó a cepillar mal y a decirme: “Ya te voy a agarrar afuera”. Mi hermano
miró el reloj y amagó con irse del baldío. La pelota era de él, se la había
regalado Evita, pero no la levantó. “Sigan otro rato —dijo—. Después me la alcanzan”.
Me agarró del hombro y nos fuimos juntos. El otro se quedó piola, sabía que con
el Zanja no se jode.
Llegamos a casa y mi hermano se cambió
las zapatillas, justo cuando la vieja empezaba el mate. Tomó dos o tres, dijo
“gracias” y ahí nomás amagó con irse.
—Ya te estás rajando de nuevo —le dijo mi mamá—. Acordate de mis
consejos, o vas a terminar mal. No me hagás poner loca, hijo.
El Zanja no volvió. Mi colchoneta no va
más, por eso aproveché y me pasé a su cama. Salía como un tufo raro de la
almohada y no me importaba, total iba a
dormir en lo blandito. Qué paliza le di al colchón. A las cinco pasa el rápido
y mete un bochinche bárbaro, la casilla tiembla y parece que se viene en banda,
pero anoche ni me di cuenta. Le pegué al ojo, de una, como hasta las ocho y media.
Va a haber bronca cuando vuelva mi
hermano. La vieja se va chivar y le va
a machacar la cabeza con lo de las malas juntas y las loquitas chorras del
fondo. “Decime de dónde sacaste esas zapatillas nuevas”, le va a
preguntar. Y él le va a contestar:
“Tranquila, vieja, todo bien”, o cualquier otro bolazo. Y es seguro que, en voz
baja, ella lo va a apurar por cosas que
no tengo que escuchar, cosas de grandes.
La verdad, no lo entiendo mucho al
Zanja. Tiene quince, me defiende de los pesados de la villa pero no quiere
saber nada con mis amigos de la escuela, los que viven en la loma. “Todos los
de allá son cajetillas y cagones —dice—. No tienen huevos para pasarle finito a
la locomotora, como nosotros”. Y me parece que no le gusta que yo vaya a la
escuela. Ayer comenté que los problemas de la seño son refáciles y él, delante
de la vieja, ni mu. Después, en un aparte,
me dijo: “Si no te enseñan a manejarlos para hacer guita, los números
son pura bosta”. Eso tampoco lo entendí.
Cuando viene el Torpe, conversan y fuman
al lado de la vía. En la casilla no, mi mamá no lo puede ni ver. Una vez
alcancé a escuchar una conversación de
fierros y calibres, y también de la yuta. Parece que el grandote estuvo
preso varias veces. Mi hermano, no sé. La vieja no dijo nada cuando el Zanja
faltó como tres días.
Y es porfiado, no quiere entender que esos chicos son buenos. Le repito lo de
la onda y que en los recreos armamos
picados, nos pasamos la pelota y no interesa dónde vive cada cual ni cuánta
plata tiene. Sabe que en clase me siento con un chico de buena familia, y a él
no le gusta: Franquito es rubio. Y qué, si es un compañero de fierro, por eso
le alcanzo algunos resultados de cuentas por abajo de la tapa del banco. El papá
es veterinario y rico, y algunos ladean la jeta por eso. A mí no me
molesta, si él también es bueno. Lo he
visto muy poco pero es rebueno: lo dice Franco. Y la mamá es de diez. Si vamos
a su casa después de algún partido en la canchita del cura, ella nos recibe a
los dos con un beso y nos revisa la cabeza. Mientras Franco se baña para ir a
particular, ella me pide por favor que le haga algún mandado. Quién te va a
pedir algo por favor en la villa. “Y no te olvides de las facturas para la
leche”, me recuerda. Siempre me agradece por los mandados y porque lo ayudo a
Franquito con las cuentas. Si es fin de semana, me tira algún vuelto. Buena
plata, eso no falla. Y es una fiesta la leche en lo de Franco. Además de
facturas hay tostadas, manteca y dulce. A veces, hasta torta tienen. El atracón
me dura hasta el otro día y el Zanja está emperrado en que todo eso no vale
nada. “Se hacen los buenos porque tienen de sobra” —rezonga—. Ya te van a
mostrar la hilacha…”
Hoy me levanté contento. Había dormido
rebien y Franquito me había invitado a su cumple. “Van a venir todos los chicos
de cuarto y algunos más —me había
dicho—. Habrá para armar dos equipos. Aunque sobren, vos no me tenés que
fallar”. Por eso, después del mate cocido, le ayudé a mi mamá con la limpieza
de la casilla y en seguida puse agua tibia en el fuentón, me bañé y me vestí
con ropa limpia. También me calcé los botines que me había dado Franco, total
hoy le regalaban un par nuevo, de marca. La vieja miró si venía el tren, me dio
un beso y me dijo: “Cruzá rápido”.
Conversé con dos primos de
Franquito, de la Capital. Ya tienen
doce y entrenan en el predio de los
Rojos. Hablaban de jugadores famosos,
de los de antes. Todos esos capos les enseñaban el oficio y los pibes agarraban
viaje, eso se notó cuando empezamos a pelotear. El que jugaba de cuatro ensayó varios tiros libres a la posición del otro, que era nueve y la
embocaba como quería. Después arrancamos con un partidito y los pusimos uno
para cada lado, si no era robo. Cuando acordamos, se había hecho la hora de comer.
Eso era cosa de locos. La mesa, tapada
por un montón de platos llenos de comida, ni se veía. Pusieron unas masitas
saladas, de colores, cada una dentro de un papelito. No entendí lo del
papelito, si lo tiraban. También papas fritas, manises, palitos y gaseosas a
rolete. Yo había picado algo, y paré. No me quise atorar, tenían más cosas. El
papá de Franquito se arrimó y me preguntó si
quería ayudarlo con los choripanes. “Sí —le dije—, me gustaría”. Llevé fuentes a la otra mesa, abajo de esos árboles grandes de la quinta.
Venían choripanes, chorizos solos, tajadas de asado y panes abiertos. De vez en
cuando yo agarraba las botellas vacías, se las llevaba al papá de Franco hasta
el alero del chalet y él me las cambiaba por llenas. Me comí dos choripanes, no
dejé ni las migas, pero no daba más. Los chicos empezaban uno, se ponían a
charlar con los porteños —que de fútbol sabían un montón— y al rato agarraban
otro, o en un pan metían asado y chimichurri, le daban un par de mordidas y lo
dejaban, total sobraba de todo.
Hicimos la digestión y después armamos
el partido en serio. Uno de los que elegía era Franquito. Llamó primero al
nueve de Buenos Aires, y el segundo fui yo. Cuando completamos once contra once,
empezamos a jugar. El primer gol lo hizo el nueve, de cabeza. Al rato le tiré
un centro a Franquito y la metió allá abajo, en la ratonera. Después
de aquel pase al milímetro, el cuatro del Rojo me fichó y me empezó a
tirar el cuerpo encima, pero en seguida le agarré la vuelta. Me di maña para
esquivarlo, lo dejé pagando dos o tres veces y me pareció que la cosa no le
había gustado nada.
Ya estábamos cansados y ni ahí de
acordarnos de cuántos goles habíamos metido para cada lado. En eso llegó el papá
de Franco, tocó pito y cantó empate. “Formo parte de la comisión de un club
nuevo —dijo— y queremos empezar con
fútbol. Ustedes tienen la edad justa para iniciar un buen grupo de inferiores,
con vistas al futuro”. Le gustó cómo
nos habíamos movido, y a los dos chicos de la Capital les pareció lo mismo.
También comentó que llevaría los nombres a la reunión de comisión del martes y
que todos habíamos jugado muy bien. Se fue para adentro, volvió con una caja
grande y empezó a sacar camisetas rojas y pantalones cortos de tela negra, tan
negra como nunca había visto. Empezamos a gritar de contentos. Él se puso a
anotar cosas en una planilla y a repartir equipos con ayuda de la señora. Yo me
quedé un poco atrás, no
podía creer que tanta suerte me tocara a mí también. Llegó el momento en
que no había más chicos sin recibir ropa y entonces ella levantó la vista, me
miró como extrañada y me dijo: “¡Dale, arrimate!, ¿qué hacés ahí?”. Pero al
meter la mano en la caja se puso seria, como si adentro no quedara nada. El
papá de Franquito no me daba bola, se iba con la planilla y ella se avivó al
toque. Lo llamó y le tiró una mirada terrible, de pregunta, y él se hizo el
sota. Fueron para adentro y se escuchó
que discutían. Ella volvió y me dijo: “Bueno, quedate tranquilo, ya llegarán
más equipos”, y me acariciaba el pelo. Cuando apareció el papá de Franquito,
ella lo siguió mirando feo, como si se hubiera armado una podrida bien gorda.
Cuando ya nos íbamos, él me dijo: “Esperá dos minutos”. Se fue para
adentro y volvió con una bolsa plástica llena de comida. A ningún otro chico le
habían dado nada, y eso me puso tan contento como si me hubieran entregado el
equipo.
Llegué a la casilla y le di la bolsa a mi mamá. A ella le
pareció genial y la abrió en seguida. Salía un olorcito… Como ya estaba muy
oscuro y la comida venía un poco revuelta,
prendió la lámpara a querosén y vació la bolsa sobre la mesa. Había pedazos
de chorizo y de pan, restos de asado y tapitas de gaseosa. También servilletas
de papel arrugadas y algunas hojas que habían caído de los árboles. Yo ya
estaba separando el chorizo, el pan y la carne, cuando mi vieja hizo algo que
no entendí. Metió todo en la bolsa, la
enroscó en la mano y desde la puerta la
revoleó a la vía. Después agarró el baldecito, cargó agua en la pava y
puso unos papeles en el fondo del brasero. Cuando se dio vuelta para meter las
manos en la bolsa de marlos, me pareció
que lloraba.
Este excelente texto de Nolberto, fue galardonado con el 4to. premio en los Juegos Buenos Aires la Provincia 2012.
Marchen nuestras felicitaciones desde acá, y le agradecemos que nos haya permitido publicarlo en "Gambeteando..."
Marchen nuestras felicitaciones desde acá, y le agradecemos que nos haya permitido publicarlo en "Gambeteando..."
martes, 20 de marzo de 2012
El árbitro (por Eduardo Galeano)
Por Eduardo Galeano
El árbitro es arbitrario por definición. Éste es el abominable tirano que ejerce su dictadura sin
oposición posible y el ampuloso verdugo que ejecuta su poder absoluto con gestos de ópera. Silbato en boca, el árbitro sopla los vientos de la fatalidad del destino y otorga o anula los goles. Tarjeta en mano, alza los colores de la condenación: el amarillo, que castiga al pecador y lo obliga al arrepentimiento, y el rojo, que lo arroja al exilio.
Los jueces de línea, que ayudan pero no mandan, miran de afuera. Sólo el árbitro entra al campo de juego; y con toda razón se persigna al entrar, no bien se asoma ante la multitud que ruge.
Su trabajo consiste en hacerse odiar. Única unanimidad del fútbol: todos lo odian. Lo silban siempre, jamás lo aplauden. Nadie corre más que él. Él es el único que está obligado a correr todo el tiempo. Todo el tiempo galopa, deslomándose como un caballo, este intruso que jadea sin descanso entre los veintidós jugadores; y en recompensa de tanto sacrificio, la multitud aúlla exigiendo su cabeza. Desde el principio hasta el fin de cada partido, sudando a mares, el árbitro está obligado a perseguir la blanca pelota que va y viene entre los pies ajenos. Es evidente que le encantaría jugar con ella, pero jamás esa gracia le ha sido otorgada. Cuando la pelota, por accidente, le golpea el cuerpo, todo el público recuerda
a su madre. Y sin embargo, con tal de estar ahí, en el sagrado espacio verde donde la pelota rueda y vuela, él aguanta insultos, abucheos, pedradas y maldiciones.
A veces, raras veces, alguna decisión del arbitro coincide con la voluntad del hincha, pero ni así consigue probar su inocencia. Los derrotados pierden por él y los victoriosos ganan a pesar de él. Coartada de todos los errores, explicación de todas las desgracias. Los hinchas
tendrían que inventarlo si él no existiera. Cuánto más lo odian, más lo necesitan.
Durante más de un siglo, el árbitro vistió de luto. ¿Por quién? Por él. Ahora disimula con colores.
Este excelente texto, fue extraído del libro "El fútbol a sol y sombra"
El árbitro es arbitrario por definición. Éste es el abominable tirano que ejerce su dictadura sin
oposición posible y el ampuloso verdugo que ejecuta su poder absoluto con gestos de ópera. Silbato en boca, el árbitro sopla los vientos de la fatalidad del destino y otorga o anula los goles. Tarjeta en mano, alza los colores de la condenación: el amarillo, que castiga al pecador y lo obliga al arrepentimiento, y el rojo, que lo arroja al exilio.Los jueces de línea, que ayudan pero no mandan, miran de afuera. Sólo el árbitro entra al campo de juego; y con toda razón se persigna al entrar, no bien se asoma ante la multitud que ruge.
Su trabajo consiste en hacerse odiar. Única unanimidad del fútbol: todos lo odian. Lo silban siempre, jamás lo aplauden. Nadie corre más que él. Él es el único que está obligado a correr todo el tiempo. Todo el tiempo galopa, deslomándose como un caballo, este intruso que jadea sin descanso entre los veintidós jugadores; y en recompensa de tanto sacrificio, la multitud aúlla exigiendo su cabeza. Desde el principio hasta el fin de cada partido, sudando a mares, el árbitro está obligado a perseguir la blanca pelota que va y viene entre los pies ajenos. Es evidente que le encantaría jugar con ella, pero jamás esa gracia le ha sido otorgada. Cuando la pelota, por accidente, le golpea el cuerpo, todo el público recuerda
a su madre. Y sin embargo, con tal de estar ahí, en el sagrado espacio verde donde la pelota rueda y vuela, él aguanta insultos, abucheos, pedradas y maldiciones.
A veces, raras veces, alguna decisión del arbitro coincide con la voluntad del hincha, pero ni así consigue probar su inocencia. Los derrotados pierden por él y los victoriosos ganan a pesar de él. Coartada de todos los errores, explicación de todas las desgracias. Los hinchas
tendrían que inventarlo si él no existiera. Cuánto más lo odian, más lo necesitan.
Durante más de un siglo, el árbitro vistió de luto. ¿Por quién? Por él. Ahora disimula con colores.
Este excelente texto, fue extraído del libro "El fútbol a sol y sombra"
martes, 14 de febrero de 2012
Por la Estación Lacroze (por Sonia Figueras)
Por Sonia Figueras

Estaba sentado en el banco de la estación del tren y su cabecita volaba. Se le mezclaban las ideas ¿Cómo ponerse en la piel de los grandes? ¿por qué los grandes no se metían en su piel? ¿cómo los grandes no lo entendían? ¿por qué le pasaba todo a él? ¿por qué perdió la plata, justo la que tenía para comprar la entrada para el partido? ¡Ese partido!. Nunca había ido a la cancha. ¿Cómo sería entrar al club, meterse entre la gente como veía por televisión?
Todos decían que el griterío hacía venir sordo. Su papá era de Chacarita como el abuelo Pepe. Bueno, todo el barrio era de Chacarita. Su abuelo guardaba revistas, una se llamaba El Gráfico, ¡de 1942! estaba amarilla de viejita y en la tapa “el gran Isaac”, como lo llamaba su papá. Había otra foto en otra tapa revista del Gráfico de 1949 y una de Alumni de 1950. Pero ahí estaba con otro que dicen que se las traía, Claudio Vacca, el arquero de Boca.
¡Tantas veces su papá le contaba que Isaac López tomaba “el trencito verde” para ir a la cancha porque vivía a la vuelta! Cuando él hablaba se ponía colorado como el tomate. Le explicaba que la camiseta a rayas tenía su significado ¡Esas rayas que eran rojas, blancas y negras! decía orgulloso Una vez le preguntó de dónde inventaban las camisetas los clubes. ¡Había que tener viveza para inventar!
La respuesta fue toda una historia. Fijate, había dicho su viejo, ¿viste? yo trabajo en la Chacarita. Bueno, de ahí viene la raya negra, por los funebreros, si todos eran de estos barrios, Chacarita, Paternal. La roja era bien roja porque se fundó con gente socialista, cosa que él no entendía y la raya blanca porque los de Chaca somos puros de alma. Así le explicaba su padre cada vez que se tocaba el tema. Y le pasaba a contar del gran Isaac. ¡Isaac! decía su viejo. Isaac Roberto se llamaba. Era alto, rubio, lo llamaban el inglés, ¡había estado en el arco 376 partidos! Y las revistas lo destacaban porque era seguro en el arco y porque se colocaba bien.
Nicolás absorbía las palabras de su padre y cada vez se hacía más hincha de Chaca, y lo imitaba con gestos y todo.
Y el domingo había partido en San Martín y guardaba la plata para la entrada.
Había buscado esa plata por toda la casa hasta donde nunca podía haberla encontrado. Pero esta suerte maldita.. Estaba seguro que Luisito iría. Aunque perdiera la plata Luisito iría, a él su padrastro se la volvería a dar. En cambio, ya le había advertido. - Nene, no te hagás ilusiones de que te voy a dar algo, le dijo. Y fue así. No tenía plata para nada. Al colegio, caminando. Claro, las otras, en coche. Eran nenas, el hombre decía que tenía que cuidarlas. Los otros tres que eran sus hijos, tenían otro trato y eran más chicos. Cuando se casó su mamá otra vez vinieron a vivir todos juntos.
Él ya había cumplido catorce años. Se sentía solo sin sus padres ¿Era grande o era chico? ¿a él quién lo cuidaba? ¿de qué había muerto mamá? No lo sabía. Al papá, le dijeron, se lo había llevado el tren cuando se salió de la vía y chocó con otro ¿Y los abuelos? En las fotografías se le mezclaban las caras. No distinguía bien cuáles eran unos y otros. ¡Qué lío en su cabeza!
Desde que quiso llevar al colegio las fotos de los padres para la fiesta de la familia la vida se le convirtió en imposible. El padrastro cada vez le hablaba menos y pareciera que estaba un poco trastornado. Su padrastro era muy fuerte con él, no le perdonaba nunca que estuviera antes en la casa.
Nicolás seguía con su enojo a la espera del tren de la tarde que suponía se llevara a su papá. Pensaba en sus padres, en las fotos borrosas de los abuelos, en el dinero perdido ¡Cómo tardaba el tren hoy! ¿Habría chocado?
Cuando los vagones pasaban, ya por costumbre, Nicolás los saludaba con las manos y se hacía ilusiones. Un día se iría bien lejos, total su papá se había ido con el tren. Pasó el tren. Bajó tanta gente que casi lo tocaba para salir de la estación. Se fue el tren. Se fue la gente. Se levantó del banco como todas las tardes, hoy, enojado y triste a la vez. Igual con el deber cumplido, el de saludar al monstruo que algún día lo llevaría lejos.
Se levantó para irse con paso cansino como si a su corta vida se le sumaran años de otras vidas. Al llegar al molinete, desde el suelo lo miraba una billetera negra. Dudó en levantarla. Nadie lo veía. Se decidió. La levantó. La abrió.
Una foto, un nombre y una dirección. José Fontana, Constituyentes 3245.
Caminó despacio, cruzó la vía por el puente, enfiló por Constituyentes. A ver, 3.000, aceleró el paso, 3.100, aligeró las piernas 3.200. Acá, acá es 3.245.
Tocó el timbre.
José Fontana salió a la puerta. El mismo de la foto. ¡Con la camiseta de Chaca!
Nicolás entró en la vida de José.

Estaba sentado en el banco de la estación del tren y su cabecita volaba. Se le mezclaban las ideas ¿Cómo ponerse en la piel de los grandes? ¿por qué los grandes no se metían en su piel? ¿cómo los grandes no lo entendían? ¿por qué le pasaba todo a él? ¿por qué perdió la plata, justo la que tenía para comprar la entrada para el partido? ¡Ese partido!. Nunca había ido a la cancha. ¿Cómo sería entrar al club, meterse entre la gente como veía por televisión?
Todos decían que el griterío hacía venir sordo. Su papá era de Chacarita como el abuelo Pepe. Bueno, todo el barrio era de Chacarita. Su abuelo guardaba revistas, una se llamaba El Gráfico, ¡de 1942! estaba amarilla de viejita y en la tapa “el gran Isaac”, como lo llamaba su papá. Había otra foto en otra tapa revista del Gráfico de 1949 y una de Alumni de 1950. Pero ahí estaba con otro que dicen que se las traía, Claudio Vacca, el arquero de Boca.
¡Tantas veces su papá le contaba que Isaac López tomaba “el trencito verde” para ir a la cancha porque vivía a la vuelta! Cuando él hablaba se ponía colorado como el tomate. Le explicaba que la camiseta a rayas tenía su significado ¡Esas rayas que eran rojas, blancas y negras! decía orgulloso Una vez le preguntó de dónde inventaban las camisetas los clubes. ¡Había que tener viveza para inventar!
La respuesta fue toda una historia. Fijate, había dicho su viejo, ¿viste? yo trabajo en la Chacarita. Bueno, de ahí viene la raya negra, por los funebreros, si todos eran de estos barrios, Chacarita, Paternal. La roja era bien roja porque se fundó con gente socialista, cosa que él no entendía y la raya blanca porque los de Chaca somos puros de alma. Así le explicaba su padre cada vez que se tocaba el tema. Y le pasaba a contar del gran Isaac. ¡Isaac! decía su viejo. Isaac Roberto se llamaba. Era alto, rubio, lo llamaban el inglés, ¡había estado en el arco 376 partidos! Y las revistas lo destacaban porque era seguro en el arco y porque se colocaba bien.
Nicolás absorbía las palabras de su padre y cada vez se hacía más hincha de Chaca, y lo imitaba con gestos y todo.
Y el domingo había partido en San Martín y guardaba la plata para la entrada.
Había buscado esa plata por toda la casa hasta donde nunca podía haberla encontrado. Pero esta suerte maldita.. Estaba seguro que Luisito iría. Aunque perdiera la plata Luisito iría, a él su padrastro se la volvería a dar. En cambio, ya le había advertido. - Nene, no te hagás ilusiones de que te voy a dar algo, le dijo. Y fue así. No tenía plata para nada. Al colegio, caminando. Claro, las otras, en coche. Eran nenas, el hombre decía que tenía que cuidarlas. Los otros tres que eran sus hijos, tenían otro trato y eran más chicos. Cuando se casó su mamá otra vez vinieron a vivir todos juntos.
Él ya había cumplido catorce años. Se sentía solo sin sus padres ¿Era grande o era chico? ¿a él quién lo cuidaba? ¿de qué había muerto mamá? No lo sabía. Al papá, le dijeron, se lo había llevado el tren cuando se salió de la vía y chocó con otro ¿Y los abuelos? En las fotografías se le mezclaban las caras. No distinguía bien cuáles eran unos y otros. ¡Qué lío en su cabeza!
Desde que quiso llevar al colegio las fotos de los padres para la fiesta de la familia la vida se le convirtió en imposible. El padrastro cada vez le hablaba menos y pareciera que estaba un poco trastornado. Su padrastro era muy fuerte con él, no le perdonaba nunca que estuviera antes en la casa.
Nicolás seguía con su enojo a la espera del tren de la tarde que suponía se llevara a su papá. Pensaba en sus padres, en las fotos borrosas de los abuelos, en el dinero perdido ¡Cómo tardaba el tren hoy! ¿Habría chocado?
Cuando los vagones pasaban, ya por costumbre, Nicolás los saludaba con las manos y se hacía ilusiones. Un día se iría bien lejos, total su papá se había ido con el tren. Pasó el tren. Bajó tanta gente que casi lo tocaba para salir de la estación. Se fue el tren. Se fue la gente. Se levantó del banco como todas las tardes, hoy, enojado y triste a la vez. Igual con el deber cumplido, el de saludar al monstruo que algún día lo llevaría lejos.
Se levantó para irse con paso cansino como si a su corta vida se le sumaran años de otras vidas. Al llegar al molinete, desde el suelo lo miraba una billetera negra. Dudó en levantarla. Nadie lo veía. Se decidió. La levantó. La abrió.
Una foto, un nombre y una dirección. José Fontana, Constituyentes 3245.
Caminó despacio, cruzó la vía por el puente, enfiló por Constituyentes. A ver, 3.000, aceleró el paso, 3.100, aligeró las piernas 3.200. Acá, acá es 3.245.
Tocó el timbre.
José Fontana salió a la puerta. El mismo de la foto. ¡Con la camiseta de Chaca!
Nicolás entró en la vida de José.
miércoles, 25 de enero de 2012
Ojos de vacaciones (por Jime González)
Mas de uno se habrá preguntado... ¿será que "Gambeteando..." estiró la pata? ¿pasó a mejor vida? No señor, no señora. La historia dirá que metimos una laguna tan grande como las del "Rifle" Pandolfi, talento helado de nuestras pampas. Por esas cosas de la vida ¿vió? Cuelgues, le dicen los pibes.
Cortamos ésta sequía de fútbol literario, este 0-0 larguísimo en el que caímos, con un hermoso texto mitad playa-mitad fútbol, mitad vacaciones-mitad ciudad. Un texto salido de la pluma del corazón femenino de "Gambeteando...": Jime González.
Esperamos que les guste y que nos acompañen nuevamente en el 2012.
Ojos de vacaciones
Por Jimena González
Dos pares de ojotas, dos mallas, dos remeras y dos gorras. El papá no pudo dejar de cargar, además, con sus lentes de sol y su reloj. Una pelota, una reposera, palita y baldecito. El protector solar seguramente lo traen puesto desde el hotel.
Caminan rápido, pero sin ansiedad, como quienes tienen el cuerpo lleno de energía. Eligen un lugar cercano al límite hasta donde el agua se arrastra. Acomodan sus cosas y se sientan. Enseguida se enfrascan en la construcción. Cavan. Buscan agua. Vacían el balde. Agua otra vez. Moldean. Al cabo de un buen rato, se miran cómplices. Y sonríen satisfechos. El castillo de arena se yergue casi terminado, coronando la tarde compartida casi perfecta. No hay cámara de fotos. Pero, no la necesitan.
Y es en ese preciso instante de felicidad padre-hijo cuando la pelota se desvía. Un zurdito habilidoso, a unos pocos metros, había concretado un remate demasiado fuerte al arco improvisado con dos ojotas. El arquero se queda sin reacción. Y la pelota, entonces, sepulta la maravillosa arquitectura del castillo bajo su peso.
El niño rompe en llanto. Uno de esos llantos que cortan la respiración del que llora y revientan los tímpanos ajenos. El papá le promete un helado. Un helado bien grande de esos que manchan la cara y la ropa. El niño deja de llorar.
Cargan con sus cosas y se van como vinieron. Casi como vinieron. Caminan rápido, pero -esta vez- con un poco de ansiedad.
Eso es la playa.
Cortamos ésta sequía de fútbol literario, este 0-0 larguísimo en el que caímos, con un hermoso texto mitad playa-mitad fútbol, mitad vacaciones-mitad ciudad. Un texto salido de la pluma del corazón femenino de "Gambeteando...": Jime González.
Esperamos que les guste y que nos acompañen nuevamente en el 2012.
Ojos de vacaciones
Por Jimena González
Dos pares de ojotas, dos mallas, dos remeras y dos gorras. El papá no pudo dejar de cargar, además, con sus lentes de sol y su reloj. Una pelota, una reposera, palita y baldecito. El protector solar seguramente lo traen puesto desde el hotel.
Caminan rápido, pero sin ansiedad, como quienes tienen el cuerpo lleno de energía. Eligen un lugar cercano al límite hasta donde el agua se arrastra. Acomodan sus cosas y se sientan. Enseguida se enfrascan en la construcción. Cavan. Buscan agua. Vacían el balde. Agua otra vez. Moldean. Al cabo de un buen rato, se miran cómplices. Y sonríen satisfechos. El castillo de arena se yergue casi terminado, coronando la tarde compartida casi perfecta. No hay cámara de fotos. Pero, no la necesitan.
Y es en ese preciso instante de felicidad padre-hijo cuando la pelota se desvía. Un zurdito habilidoso, a unos pocos metros, había concretado un remate demasiado fuerte al arco improvisado con dos ojotas. El arquero se queda sin reacción. Y la pelota, entonces, sepulta la maravillosa arquitectura del castillo bajo su peso.
El niño rompe en llanto. Uno de esos llantos que cortan la respiración del que llora y revientan los tímpanos ajenos. El papá le promete un helado. Un helado bien grande de esos que manchan la cara y la ropa. El niño deja de llorar.
Cargan con sus cosas y se van como vinieron. Casi como vinieron. Caminan rápido, pero -esta vez- con un poco de ansiedad.
Eso es la playa.
martes, 20 de septiembre de 2011
Cuando Pascual compró a "Alfio" (por Diego Díaz Bonilla)
Por Diego Díaz Bonilla
Funcionaba a la perfección. O al menos era lo que yo pensaba. Mi primera venta, que terminó siendo la última, fue a un equipo de futbol de veteranos.
Laburaban todos en la misma empresa y por cuestiones de fuerza mayor, debieron ausentarse de la final interempresaria.
Sólo quedó Pascual, que era malísimo. Pero tenía a su favor, un entrevero afectivo con la minita de la casa de deportes de enfrente, que les proveía la pilcha deportiva. Con él me vinculé como siempre sucede en estos casos, en forma casual.
Fue durante un absurdo concurso de la cooperativa del colegio de los chicos, que consistía en sostener por más tiempo una escoba haciendo equilibrio en la propia pera. Pascual, que en seguida detectó en mí ciertas habilidades, me contó su dilema. Yo más rápido que inmediatamente le conté de mi invento. Se trataba de “Alfio”, un detector de talentos futbolísticos. Vibraba ante la presencia de una persona, cuyas características físicas y técnicas, se ajustara a los estándares internacionales requeridos para cada puesto. Los detalles de la venta, lo negocié con el tesorero de la empresa.
Pascual estaba como loco. Salió presto con “Alfio” a la búsqueda de los diez jugadores restantes para la final. Nomás en el subte vibró en su bolsillo, localizando al guarda, con altura suficiente, manos grandes y dedos generosos. Era inequívoco que había que convocarlo. No debía haber en el mundo alguien que reuniera un aspecto físico más adecuado para bloquear el ingreso de la pelota en el arco. Pronto lo convenció. Pascual jugaría de dos. Que en las escasas ocasiones que acertaba de un puntapié a la pelota, solía hacerla llegar al área contraria. El cuatro lo ubicó en la verdulería. Petiso y con barba que parecía crecerle por minuto, mientras Pascual lo convencía. El tres, longilíneo, vibró ante el mismísimo dueño de la “cochería”. Prometió jugar “aunque el sábado tenga diez servicios”, aseguró. Claro que era improbable. La gente no suele morirse un sábado de primavera. “Alfio” funcionaba a la perfección. Pascual no podía ocultar la alegría ante tamaño hallazgo. Claro que la escasez de tiempo conspiraba. Del jueves al sábado ya no se podía siquiera hacer una práctica con pelota, que, por otra parte, era lo que “Alfio” aconsejaba. Así, se fue completando la geografía del equipo. El seis y el ocho eran los mellizos Zárate. El optimismo de Pascual a esa altura, era inocultable. Se imaginaba alzando la copa. Los “mellis” corrían juntos cotidianamente. El viejo, había llegado a jugar un partido en la primera de Defensa y Justicia. Dicen que con una performance paupérrima. Pero detentaban un apellido futbolero por excelencia. En la mitad de la cancha, con el cinco en la espalda, “Alfio” advirtió al cura de la parroquia. Alemán el tipo. Durísimo con las penitencias a la hora de la confesión. Claro, además el sábado no oficiaba misa. Lo del siete fue increíble. Alfio lo enganchó en un after hour. Medio doblado del pedo que tenía y chamuyando a la dueña del bar el jueves de madrugada. Un burlón desenfadado. Como los siete de antes, que te pintaban la cara y tiraba el centro. El diez, zurdo, juntaba monedas en una gorra deshilachada haciendo jueguito con una pelota en el subte. Manejaba la izquierda como “el Diego”. El tiro libre de derecha a izquierda sería medio gol. Con la responsabilidad sobre sus espaldas, Pascual fue obedeciendo meticulosamente cada vibración de “Alfio”. Al once ya ni sé por qué lo convocó. Pero el nueve…el nueve fue una revelación. Las instrucciones casi de GPS de “Alfio”, condujeron a Pascual al concejo deliberante de la Ciudad. Se necesitaba un político. Avaro y personalista. De los que leen el gráfico y se sientan arriba del diario para no prestártelo. Alto, rubio y atlético. Ese fin de semana, como el resto de los días de su vida, el concejal estaba al pedo. Sabía que éste vínculo, aunque menor, algún votito más en la interna le podría aportar.
El sábado, llegó puntualmente a la cancha el colectivo escolar, contratado por la empresa. Un grupo de porristas, dirigidas por “la minita de la casa de deportes de enfrente”, desembarcaron con su bullicio multicolor.
Marco espectacular. Césped verde bien cortado. Arcos con redes. Arbitro y jueces de línea uniformados. Así entonces, tres en punto de la tarde, se escuchó la pitada inicial.
Pero a veces, los planetas están desalineados. Les clavaron cinco: inapelable.
Y yo, ahora, recuperándome en el Pirovano. Mis allegados piensan que fue Pascual. Yo no lo podría asegurar. Pero el lunes y por la espalda, alguien cobardemente me arrojó a “Alfio” por la cabeza, acertándome de lleno en el occipital. Otra vez, las adversas circunstancias de la vida, echaban por tierra mi frustrada profesión de inventor.
Funcionaba a la perfección. O al menos era lo que yo pensaba. Mi primera venta, que terminó siendo la última, fue a un equipo de futbol de veteranos.
Laburaban todos en la misma empresa y por cuestiones de fuerza mayor, debieron ausentarse de la final interempresaria.
Sólo quedó Pascual, que era malísimo. Pero tenía a su favor, un entrevero afectivo con la minita de la casa de deportes de enfrente, que les proveía la pilcha deportiva. Con él me vinculé como siempre sucede en estos casos, en forma casual.
Fue durante un absurdo concurso de la cooperativa del colegio de los chicos, que consistía en sostener por más tiempo una escoba haciendo equilibrio en la propia pera. Pascual, que en seguida detectó en mí ciertas habilidades, me contó su dilema. Yo más rápido que inmediatamente le conté de mi invento. Se trataba de “Alfio”, un detector de talentos futbolísticos. Vibraba ante la presencia de una persona, cuyas características físicas y técnicas, se ajustara a los estándares internacionales requeridos para cada puesto. Los detalles de la venta, lo negocié con el tesorero de la empresa.
Pascual estaba como loco. Salió presto con “Alfio” a la búsqueda de los diez jugadores restantes para la final. Nomás en el subte vibró en su bolsillo, localizando al guarda, con altura suficiente, manos grandes y dedos generosos. Era inequívoco que había que convocarlo. No debía haber en el mundo alguien que reuniera un aspecto físico más adecuado para bloquear el ingreso de la pelota en el arco. Pronto lo convenció. Pascual jugaría de dos. Que en las escasas ocasiones que acertaba de un puntapié a la pelota, solía hacerla llegar al área contraria. El cuatro lo ubicó en la verdulería. Petiso y con barba que parecía crecerle por minuto, mientras Pascual lo convencía. El tres, longilíneo, vibró ante el mismísimo dueño de la “cochería”. Prometió jugar “aunque el sábado tenga diez servicios”, aseguró. Claro que era improbable. La gente no suele morirse un sábado de primavera. “Alfio” funcionaba a la perfección. Pascual no podía ocultar la alegría ante tamaño hallazgo. Claro que la escasez de tiempo conspiraba. Del jueves al sábado ya no se podía siquiera hacer una práctica con pelota, que, por otra parte, era lo que “Alfio” aconsejaba. Así, se fue completando la geografía del equipo. El seis y el ocho eran los mellizos Zárate. El optimismo de Pascual a esa altura, era inocultable. Se imaginaba alzando la copa. Los “mellis” corrían juntos cotidianamente. El viejo, había llegado a jugar un partido en la primera de Defensa y Justicia. Dicen que con una performance paupérrima. Pero detentaban un apellido futbolero por excelencia. En la mitad de la cancha, con el cinco en la espalda, “Alfio” advirtió al cura de la parroquia. Alemán el tipo. Durísimo con las penitencias a la hora de la confesión. Claro, además el sábado no oficiaba misa. Lo del siete fue increíble. Alfio lo enganchó en un after hour. Medio doblado del pedo que tenía y chamuyando a la dueña del bar el jueves de madrugada. Un burlón desenfadado. Como los siete de antes, que te pintaban la cara y tiraba el centro. El diez, zurdo, juntaba monedas en una gorra deshilachada haciendo jueguito con una pelota en el subte. Manejaba la izquierda como “el Diego”. El tiro libre de derecha a izquierda sería medio gol. Con la responsabilidad sobre sus espaldas, Pascual fue obedeciendo meticulosamente cada vibración de “Alfio”. Al once ya ni sé por qué lo convocó. Pero el nueve…el nueve fue una revelación. Las instrucciones casi de GPS de “Alfio”, condujeron a Pascual al concejo deliberante de la Ciudad. Se necesitaba un político. Avaro y personalista. De los que leen el gráfico y se sientan arriba del diario para no prestártelo. Alto, rubio y atlético. Ese fin de semana, como el resto de los días de su vida, el concejal estaba al pedo. Sabía que éste vínculo, aunque menor, algún votito más en la interna le podría aportar.
El sábado, llegó puntualmente a la cancha el colectivo escolar, contratado por la empresa. Un grupo de porristas, dirigidas por “la minita de la casa de deportes de enfrente”, desembarcaron con su bullicio multicolor.
Marco espectacular. Césped verde bien cortado. Arcos con redes. Arbitro y jueces de línea uniformados. Así entonces, tres en punto de la tarde, se escuchó la pitada inicial.
Pero a veces, los planetas están desalineados. Les clavaron cinco: inapelable.
Y yo, ahora, recuperándome en el Pirovano. Mis allegados piensan que fue Pascual. Yo no lo podría asegurar. Pero el lunes y por la espalda, alguien cobardemente me arrojó a “Alfio” por la cabeza, acertándome de lleno en el occipital. Otra vez, las adversas circunstancias de la vida, echaban por tierra mi frustrada profesión de inventor.
martes, 13 de septiembre de 2011
Repudio del pase atrás (por Javier Aguirre)
Por Javier Aguirre
Hace algunas semanas, aquel blooper de Nico Cambiasso ante Quilmes me dejó pensando sobre una jugada que resulta más común que lo que debería: el pase atrás. Es que justo antes del yerro del arquero albo, Hugo Barrientos le había dado la pelota desde el campo rival, en un retroceso de más 40 metros que bien podría ser un (nefasto) récord mundial si es que el Libro Guinness, en lugar de medir pavadas como la medialuna más oblonga del mundo, mensurara cuestiones clave para la humanidad, como por ejemplo, el pase atrás en el fútbol.
El yerro –conceptual– de Hugo, abrió la puerta al yerro –técnico– de Nico.
El pase atrás –una jugada obligatoria en el rugby, prohibida en el básquet y discutible en el fútbol– suele ser defendido con dos argumentos: uno, mantener la pelota en poder del equipo cuando no hay mejor opción de pase; y el otro, dejar que el reloj se consuma, para defender el resultado privando al rival de la posesión de la pelota.
Sin embargo, el pase atrás implica, necesariamente, aceptar ciertos perjuicios inevitables y conceptuales para el equipo.
El primer perjuicio inevitable y conceptual es el más obvio: la pérdida de metros.
Es cierto que “en la vida, para ganar, primero hay que invertir”, como decía Aníbal, el personaje de Juan Carlos Calabró (un saludo a los hinchas de Villa Dálmine, Atlético Campana, o como carajos se llame hoy el club violeta). Dicho en términos futbolísticos; perder metros en una jugada puntual, podría redundar en beneficios mayores en la jugada siguiente. Pero aquí el problema es el verbo en potencial: lo único seguro es que el pase atrás lleva el peligro más cerca del arco propio, que del arco del rival.
El segundo perjuicio inevitable y conceptual es más antipático: el traspaso del problema a un compañero que suele ser menos hábil que el jugador que da el pase.
Esto es delicado, ya que si un “10 talentoso que la lleva atada” de pronto se encuentra asfixiado por la marca rival, y decide darle un pase atrás a un “5 que tiene tres pulmones”, resulta evidente que, después del pase, la pelota estará en manos (bueno, en pies) menos confiables que antes del pase. Si ese mismo “5 que tiene tres pulmones”, a su vez, ensaya otro pase atrás para dársela a un “2 aguerrido pero tosco”, el riesgo de perder esa pelota es todavía vez mayor. Ni hablar si ese “2 aguerrido pero tosco” ahora hace otro pase atrás, pero para entregar la bocha al “1 que con las manos sí, pero con los pies no tanto”...
Que no se enojen Nico, prócer del Álbum Blanco, ni tampoco el warrior Barrientos, cuya saña feroz a la hora de defender el mediocampo del Albo a lo largo de todo el torneo no puedo sino agradecer. Que no se enoje ningún arquero, ni ningún 2, ni ningún 5; pero si el equipo logró que la pelota llegue hasta nuestro 10, lo ideal sería terminar la jugada con un tiro al arco. Al arco rival, claro.
Le agradecemos a Javier por dejarnos publicar textos de su muy buen blog “Album Blanco, diario de un hincha de All Boys”
Link a la publicación original: http://albumblancodiariodeunhinchadeallboys.blogspot.com/2010/12/repudio-del-pase-atras.html
Hace algunas semanas, aquel blooper de Nico Cambiasso ante Quilmes me dejó pensando sobre una jugada que resulta más común que lo que debería: el pase atrás. Es que justo antes del yerro del arquero albo, Hugo Barrientos le había dado la pelota desde el campo rival, en un retroceso de más 40 metros que bien podría ser un (nefasto) récord mundial si es que el Libro Guinness, en lugar de medir pavadas como la medialuna más oblonga del mundo, mensurara cuestiones clave para la humanidad, como por ejemplo, el pase atrás en el fútbol.
El yerro –conceptual– de Hugo, abrió la puerta al yerro –técnico– de Nico.
El pase atrás –una jugada obligatoria en el rugby, prohibida en el básquet y discutible en el fútbol– suele ser defendido con dos argumentos: uno, mantener la pelota en poder del equipo cuando no hay mejor opción de pase; y el otro, dejar que el reloj se consuma, para defender el resultado privando al rival de la posesión de la pelota.
Sin embargo, el pase atrás implica, necesariamente, aceptar ciertos perjuicios inevitables y conceptuales para el equipo.
El primer perjuicio inevitable y conceptual es el más obvio: la pérdida de metros.
Es cierto que “en la vida, para ganar, primero hay que invertir”, como decía Aníbal, el personaje de Juan Carlos Calabró (un saludo a los hinchas de Villa Dálmine, Atlético Campana, o como carajos se llame hoy el club violeta). Dicho en términos futbolísticos; perder metros en una jugada puntual, podría redundar en beneficios mayores en la jugada siguiente. Pero aquí el problema es el verbo en potencial: lo único seguro es que el pase atrás lleva el peligro más cerca del arco propio, que del arco del rival.
El segundo perjuicio inevitable y conceptual es más antipático: el traspaso del problema a un compañero que suele ser menos hábil que el jugador que da el pase.
Esto es delicado, ya que si un “10 talentoso que la lleva atada” de pronto se encuentra asfixiado por la marca rival, y decide darle un pase atrás a un “5 que tiene tres pulmones”, resulta evidente que, después del pase, la pelota estará en manos (bueno, en pies) menos confiables que antes del pase. Si ese mismo “5 que tiene tres pulmones”, a su vez, ensaya otro pase atrás para dársela a un “2 aguerrido pero tosco”, el riesgo de perder esa pelota es todavía vez mayor. Ni hablar si ese “2 aguerrido pero tosco” ahora hace otro pase atrás, pero para entregar la bocha al “1 que con las manos sí, pero con los pies no tanto”...
Que no se enojen Nico, prócer del Álbum Blanco, ni tampoco el warrior Barrientos, cuya saña feroz a la hora de defender el mediocampo del Albo a lo largo de todo el torneo no puedo sino agradecer. Que no se enoje ningún arquero, ni ningún 2, ni ningún 5; pero si el equipo logró que la pelota llegue hasta nuestro 10, lo ideal sería terminar la jugada con un tiro al arco. Al arco rival, claro.
Le agradecemos a Javier por dejarnos publicar textos de su muy buen blog “Album Blanco, diario de un hincha de All Boys”
Link a la publicación original: http://albumblancodiariodeunhinchadeallboys.blogspot.com/2010/12/repudio-del-pase-atras.html
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