martes, 11 de mayo de 2010

El adversario (por Horacio Gómez)

Por Horacio Gómez

Se dio cuenta enseguida. El ruido que escuchó no dejaba lugar a dudas.
Había ido demasiado fuerte con los tapones de punta y el jugador contrario yacía de espaldas muy quieto y gritando de dolor, con doble fractura expuesta de tibia y peroné.
De nada sirvió que le dijera al árbitro que fue sin intención, que el campo de juego húmedo, que fue a la pelota y resbaló.
Terminó expulsado e insultado por la parcialidad visitante.
No sería fácil de olvidar ese domingo, las tribunas que explotaban de gente a pesar del calor abrumador, la necesidad que tenía su equipo de sumar puntos como local y él, el jugador más experimentado, lo dejaba con un hombre menos.
Y Benítez, el fracturado, un muchacho recién llegado del Chaco, con tantos sueños como urgencias económicas, que por su culpa estaría cerca de ocho meses sin poder jugar.
Debía hacer algo, ¿pero qué? El club le adeudaba a todo el plantel cinco meses, los premios y la mitad de la prima, estaba sin un peso, cero al as.
¿Pedir prestado? Imposible, ya debía cinco lucas y seguramente nadie querría prestarle al rudo y sucio marcador de punta que lesionó tan gravemente al pobre chico del interior.
Todo eso pensaba en el trayecto desde el césped hasta el vestuario local.
Al ingresar, lo notó frío y vacío, como él.
Comenzó a desvestirse lentamente y se dirigió al sector de duchas. Fue entonces que lo vio, algo a lo que nunca le había prestado atención en tantos años.
Un largo caño que venía desde el otro vestuario y sobresalía unos 20 cm. de la pared azulejada al finalizar en la última ducha.
No lo pensó; tomando carrera, se mandó un pique corto con toda la velocidad que sus piernas le permitieron y arqueándose en el aire, como si estuviera por hacer un gol de tijera en la final de un Mundial, incrustó su pierna derecha contra el caño con extrema violencia.
Despertó en el sanatorio, rodeado por dos médicos, algunos compañeros y el vicepresidente del club.
La pierna, enyesada hasta la rodilla, le dolía enormemente pero a pesar de eso se sentía bien, con un alivio difícil de explicar.
Giró la cabeza y pudo ver en la cama de al lado a Benítez. Parecía sonreírle.


Horacio Gómez nació en Capital Federal el 11 de noviembre de 1954. Reside en Mar de Ajó, Partido de La Costa, desde el año 1988. Fundador del Grupo EPOCA (Escritores y Poetas de la Costa Atlántica). Desde el año 2003 coordina los Talleres Literarios del Centro Cultural Municipal “Prof. Marcelino Villar” de Mar de Ajó. Tiene publicados dos libros, “Esquirlas del pasado” (poemas, 1997) y “Volveré en otoño” (poemas, 2009). Participó en varias antologías y páginas de poesía. Obtuvo premios en diferentes certámenes de cuento y poesía. Miembro de Poetas del Mundo y W.P.S (World Poets Society). Actualmente preside la Fundación de Poetas “René Villar” y es Director de Organización de ASOLAPO (Asociación Latinoamericana de Poetas) filial Argentina.

martes, 4 de mayo de 2010

Domingo de fútbol (por Ricardo Martínez Gálvez)

Por Ricardo Martínez Gálvez



Barrios que palpitan y se embanderan.
Corazones que laten más que nunca.
Ceremonia repetida, la camiseta, el trapo y
esa cábala en la que se vuelve a creer,
acaso por no tener otra.
Un sentimiento de fiesta recorre el país de norte a sur...
Hoy es domingo, hoy hay fútbol.


Desde "Gambeteando..." agradecemos cordialmente al autor por autorizarnos a publicar su obra.

miércoles, 28 de abril de 2010

El sueño de Nicoletti (segunda parte)

Por Eduardo Sacheri

Primera parte


Nicoletti empieza a agitarse. ¿Son los nervios de no entender nada o el esfuerzo de correr con ese grandote encima? Es angustia. La angustia de no saber qué está haciendo en semejante sitio. Porque Nicoletti sabe que él nunca va a jugar en Primera. Y que el último partido con Gomita lo van a jugar en el Arroyo, la víspera de que él se vaya a Ensenada para siempre. Por eso la desesperación. Porque todo el mundo espera que él llegue al fondo y tire el centro para la palomita de su amigo, como toda la vida. Y por eso Gomita levanta ya el brazo desde el área: para que él lo vea en el tumulto de camisetas blancas y se la ponga en la sien derecha, como es costumbre. ¿Pero cómo? ¿Cómo él, Nicoletti, que nunca va a ser nadie, se la va a tirar a Gomita? Porque a esta altura Gomita ya no es Gomita. Es Roberto «Gomita» Meneguzzi, centroforward inolvidable del fútbol argentino y europeo, tricampeón en nuestro suelo y quíntuple monarca del scoring italiano, como dirán desde entonces los locutores de Sucesos Argentinos en la matinée de los cines. Por eso las camisetas y el estadio. Por eso los carteles de Bols y el energúmeno ese que lo agarra una vez y otra aun que él porfíe en seguir quién sabe para qué o para dónde.
Nicoletti llega al fondo, por fin, de esa cancha interminable. En medio de su desasosiego, conserva algo de su intuición futbolera. En lugar de frenar y recibir la embestida del zaguero, toca suave, muy suave, con el empeine del zapato derecho hacia adentro. El tipo viene tan embalado que se come el caño y se pasa de largo. En otro momento Nicoletti hubiese festejado semejante lujo: pero no puede porque tiene que buscar a Gomita. Ahí está, en un pantano de camisetas blancas, levantando el brazo y gritándole como un enajenado. Pero Nicoletti tiene miedo de no llegar con el pelotazo. Le falta un mundo para el borde del área, y otro desde allí hasta el punto del penal donde está parado Gomita, que no es Gomita, sino Roberto «Gomita» Meneguzzi, el inolvidable artillero. Y a semejante gloria no puede tirársele un pelotazo impresentable. Porque tiene que ser gol. ¿Para qué está esa gente en la tribuna? ¿Para qué se han juntado como cinco fotógrafos detrás del arco? ¿Para qué van a salir los diarios mañana, sino para relatar la gloria del ídolo; y para que miles y miles de porteños admiren esa foto de Roberto Meneguzzi suspendido aún en el aire, mientras el epígrafe relata «la manera en que el infalible scorer argentino agrega otro cintillo a su casaca victoriosa, al conectar de palomita un centro disparado desde el lado izquierdo»?
Nicoletti suda. Las piernas le pesan como plomos. Como en esas pesadillas en las que hay que pegarle a alguien y uno no puede levantar los brazos. Pero todo es real. Porque los chasquidos de las cámaras y los rugidos de la tribuna y los gritos de Gomita se escuchan perfectamente. Y por eso Nicoletti no puede quedarse ahí, porque uno de los centrales se le viene al humo. Por un instante piensa en hacer la personal, la heroica: tirar otro caño con el pie derecho y seguir avanzando por la línea de fondo. El back central le deja cierto ángulo porque espera que tire el centro, y no que intente por afuera. Pero no, imposible, ¿cómo hacer semejante imbecilidad teniéndolo a Roberto Meneguzzi, ídolo perpetuo también de la península itálica, a los gritos en el área pidiendo la bola para definir el asunto? Por eso Nicoletti encara hacia adentro y esconde el balón para que el central no pueda arrebatárselo. Ha dudado demasiado, no puede lanzar ahora: el cuerpo del zaguero está encima. Nicoletti sufre. Intuye, antes de verlo, que el marcador que lo ha seguido por la raya viene a apurarlo por detrás. Son demasiado grandes, demasiado duros, demasiado rápidos. Engancha de nuevo hacia el lateral para esquivarlo. Pero ahora tiene a dos marcadores que lo separan de su cometido. Si tirar el centro antes era arriesgado, intentarlo ahora es inútil. Nicoletti la mueve en el lugar, esperando que alguno de los dos se coma el amague y le deje un intersticio. Pero es inútil. Estos tipos saben pararse. No se tumban al primer quiebre. Uno no se los saca de encima amasándola bajo la suela. Y encima los gritos de la gente. ¿Cómo no van a estar impacientes? ¿Cómo no van a estar apurándolo? Si en el área aguarda uno de los cinco más grandes artilleros del fútbol argentino de todos los tiempos. Pero Nicoletti sufre sobre todo por Gomita. ¿Cómo le va a faltar así el respeto? En Gorriti vaya y pase. ¿Pero acá? Imposible. No, siendo una celebridad. No, con toda esa gente lista para ovacionarlo.
Nicoletti tiembla. Porque cada vez se enreda más con el balón. Segundo a segundo, esos dos mastodontes lo llevan más hacia la raya. No hay modo. No hay manera de darse vuelta. Y Nicoletti se arrepiente de no haber tirado de entrada. Así, sin mirar, pero sin perder tiempo. Porque a esa altura Nicoletti sabe que ese centro no lo va a tirar nunca. Por eso Nicoletti sufre y se desespera. Porque tiene tiempo de pensar, mientras aguanta las patadas que los otros dos le propinan en los tobillos para que largue de una vez la pelota, que al final él es un enano, que no se merece estar ahí, que no tiene derecho a tirar una pared con Roberto «Gomita» Meneguzzi. Nicoletti se siente un ingrato, porque el ilustre centrodelantero, teniendo un montón de compañeros alrededor, decidió obsequiarle a él el privilegio de armar la jugada juntos, y él es incapaz de devolverle un centro más o menos como la gente.
Cuando la angustia empieza a transformársele en llanto, Nicoletti acaba por despertarse. Está sentado en la cama empapada de sudor; jadeante en la oscura sobriedad de su cuarto de soltero eterno. Se incorporará, encenderá la luz para ahuyentar a sus fantasmas y tomará unos mates. Para el caso da igual. Al día siguiente, o al otro, la próxima semana a más tardar, soñará lo mismo.
Creo haber dicho más arriba que no interrumpí a Nicoletti con pregunta alguna. Lo dejé decir, a sabiendas de que no esperaba reacciones de mi parte. Tomamos el café, hicimos silencio, y al fin nos despedimos. El hombre tardó una década en volver sobre el asunto. Lo hizo sin preámbulos. No se detuvo a refrescarme la memoria. Supongo que en el bar estamos acostumbrados a evitarnos urbanidades superfluas. Esa es una de las ventajas de nuestras vidas vacías. Me dijo que la noche anterior le había ocurrido algo con el sueño. En realidad creo que dijo «su» sueño: como si ese sueño recurrente fuera su única y terrible pertenencia o su tesoro más encomiable, o ambas cosas a un tiempo. Sería vano negar mi curiosidad. Sus ojos y su voz despedían una luz que yo jamás antes había advertido. Estaba extático, distinto, inmensamente asombrado. Me repitió el relato desde el principio. Pero cuando llegó a la parte del banderín del córner se detuvo.
De nuevo está inmóvil con la pelota en los pies. De nuevo las piernas le pesan como plomos. De nuevo el marcador central sale a atorarlo a la carrera. Y de nuevo levanta los ojos hacia Gomita, que naufraga, brazos en alto, en medio de aquel mar de camisetas blancas. Pero esta vez, esta única vez, esta primera vez en cincuenta y cinco años, el sueño es más claro, es muchísimo más preciso. Cuando Nicoletti levanta la mirada enfoca directamente a la cara de Roberto «Gomita» Meneguzzi, el mejor centroforward de la Liga italiana en la década del 40, y ve con claridad sus ojos y sus labios. Lo escucha (porque todos los demás sonidos se acallan súbitamente) cuando le dice: «Para vos, Nicola, jugála para vos». Nicoletti duda. Es como si en el propio sueño estuviese ya acostumbrado a la rutina del sueño. Por eso vuelve a demorarse y a mirarlo fijo. Pero es cierto: Roberto «Gomita» Meneguzzi le insiste que sí, que dale, Nicola, por lo que más quieras, jugatelá, hermanito, jugatelá. Y por eso Nicoletti, cuando en el sueño le toca cubrir el balón y ponerse de espaldas al arco para protegerlo, cambia el libreto para siempre y encara. Por única vez en cincuenta y cinco años, desde que lo soñó por primera vez en su piecita de Ensenada, Nicoletti toca con otra caricia del pie derecho e inclina el cuerpo hacia la izquierda para que el back no se lo lleve puesto. Segundo caño. Tal vez ese ruido que se escucha es la gente en la tribuna, que aprecia ese doble túnel memorable. Pero no tiene tiempo de detenerse a pensarlo.
Nicoletti va lanzado hacia la valla. Apenas tiene ángulo. Con la zurda la aleja de la raya porque desde ahí el arco no existe, es apenas una línea vertical, un caño blanco con una red colgada al costado. Piensa qué bueno esto de jugar en una cancha con las líneas pintadas. Porque en Gorriti hay que adivinar cuando uno ya está cerca de la nieta. Acá no. Acaba de cruzar la línea del área grande y un poco más allá está la del área chica. Parece mentira lo fácil. Porque ahora el toque de zurda lo deja a metro y medio de la línea de fondo, y el arquero lo enfrenta medio encorvado y tapando casi todo pero no todo; y si la tira de chanfle al segundo palo seguro que se la saca, pero como eso es lo que el tipo está esperando a lo mejor, quién sabe, si le pega de puntín con la derecha capaz que la pelota sale como una flecha y se clava a media altura entre el arquero y el palo.
Nicoletti tiene miedo. Pero ya no teme fracasar ante el destino, sólo teme despertarse. Salirse de su sueño antes de poder ponerle fin después de cinco décadas de impotencia. Igual no se apura. Sólo cuando está seguro sacude un derechazo temible con la punta de su dedo gordo y ve la pelota que sale como si le hubiesen trazado la trayectoria con regla, y la ve finalmente colándose por el agujero quirúrgico que queda entre el palo y el muslo del arquero.
Nicoletti siente la tentación de tirarse al piso a disfrutar de cara al cielo ese momento sublime. Pero el sueño puede terminar en cualquier momento y debe apresurarse. Necesita buscarlo a Gomita. No sabe para qué, pero en el sueño sabe que eso es lo que necesita. No tiene que buscar demasiado. Gomita corre hacia él y le pega un abrazo como nunca. Nicoletti se afloja y llora, y escucha en el oído las palabras de su amigo: «Por fin, Nicola. Por fin. Hace años que espero que mi sueño termine con este golazo, y hoy por fin me hiciste caso». En su sueño, Nicoletti da un respingo: «Pero... ¿cómo?, ¿vos también?...», alcanza a preguntar. Pero apenas Gomita amaga con mover afirmativamente la cabeza, su imagen se desintegra y el sueño se extingue abruptamente. Nicoletti se incorpora en la cama. No está sudada. No toma mate ni enciende la radio. Decide salir a la calle para calmar su asombro y su maravilla. Deambula por ahí toda la mañana y termina recalando en el café. Me cuenta que está contento, se corrige y me dice que está feliz. Yo, turbado, guardo silencio. El agrega que tiene la esperanza de que, en el futuro, este sueño nuevo reemplace al anterior.
Luego, callados, bebimos el café. Yo no sabía qué decir y él no parecía necesitar mis palabras. Salió del bar temprano. Me explicó que quería caminar otro rato antes de acostarse. Sentí la frenada y un tremendo ruido a fierros rotos. Venía de la esquina de Corrientes. «El 67», me dije. Salí con los otros. Nos movía menos el interés que la inercia. Cuando vi que era Nicoletti me entristecí de veras. Supongo que a algunos de los otros les pasó lo mismo.
En los días siguientes dediqué largos ratos a pensar en los sueños de Nicoletti. Las escuetas obsesiones de ese pobre hombre me ofrecían la extraña alternativa de escapar por un rato de las mías. Volvía, de hecho, sobre ese cambio postrero, ese desenlace repentinamente distinto. ¿Por qué en ese momento? –me preguntaba–. ¿Por qué después de cinco décadas de suplicio, Nicoletti encuentra puertas nuevas en su laberinto viejo? La respuesta me llovió por casualidad, supongo. Una semana después del accidente se publicó la noticia en Buenos Aires. Yo la leí en la sexta; no era el título principal, pero le habían dedicado un buen espacio. En una clínica de la ciudad de Turín, a los setenta y dos años de edad, acababa de morir quien fuera «una de las máximas glorias futbolísticas a ambos lados del Atlántico: Roberto Meneguzzi, uno de los más grandes delanteros de las décadas del 40 y el 50, tricampeón en Argentina y quíntuple goleador del campeonato italiano».
Y ahí sumé dos más dos y me dio cuatro y estuve a punto de maravillarme. Pero después me di cuenta de que ya no me da el cuero para semejante despliegue de emociones.

FIN

martes, 27 de abril de 2010

El sueño de Nicoletti (por Eduardo Sacheri)

Por Eduardo Sacheri

Dedicado a Alejandro Apo
(Gracias por el pase)

A Nicoletti lo conocí en el café, como a tantos otros miembros de esa tribu de solitarios de la cual yo mismo formaba parte. No constituíamos una «barra del café». Nada de eso. Teníamos demasiados fracasos sobre nuestras espaldas como para solazarnos en tertulias festivas, íbamos cayendo al atardecer, y nos guarecíamos en las mesas oscuras de los rincones. En general nos sentábamos solos, luego de saludar con unas cuantas inclinaciones de cabeza a los otros fantasmas. Apenas de vez en cuando, y por motivos tan oscuros como nosotros mismos, alguno se atrevía a incorporarse y acercarse a otra mesa. En esos casos manteníamos conversaciones salpicadas de silencios. Eran charlas triviales. A ninguno de nosotros se le hubiese cruzado por la cabeza incurrir en confesiones sentimentales o narraciones desgarradoras. Éramos demasiado prudentes y circunspectos.
De algunos de los miembros de la tribu nunca supe siquiera los apellidos. En el caso de Nicoletti me enteré en una de esas conversaciones anodinas que se dan al pasar. Si lo retuve luego fue, seguramente, porque con él mantuve una conversación, una sola, que escapó a la regla general de furtiva vaguedad que manteníamos en ese sitio. En realidad fueron dos conversaciones. O tal vez una sola interrumpida por un largo intervalo de nueve o diez años.
En la primera ocasión Nicoletti me contó un sueño. No era para él un sueño cualquiera. Se notaba en su relato. No tenía esa cosa disparatada, anárquica, calidoscópica que tienen los sueños cuando uno los sueña, y que a la mañana se disuelven en la lógica del café con leche. Para nada. El sueño de Nicoletti era redondito, o casi. O todo lo redondito que se le puede pedir a un sueño que sea. Primero sospeché que sonaba ordenado porque seguramente se trataba de un relato manido una vez y otra de tanto contarlo. Pero luego resultó que no. Nada de eso. Me confesó que era el primer tipo al que se lo contaba. Lo relataba redondito porque lo soñaba redondito. Y lo soñaba redondito porque lo soñaba siempre. No le pregunté cada cuánto lo soñaba. En realidad no le pregunté nada. Lo dejé contar y terminar y callarse cuando quiso. Ya bastante con salirnos así de nuestro libreto de todos los días.
El sueño empieza con Nicoletti a los siete, a los ocho años a lo sumo. Lo sabe porque arranca siempre con la misma imagen: los zapatos abotinados con la lengüeta rota y el agujero en la puntera. Los que la vieja le ha dejado para jugar en el potrero de la calle Gorriti. No le van chicos porque el cuero ha cedido y la horma se ha deformado. Y él tiene la precaución de no mojarlos. Los cuida como a su vida. Y sabe que tiene ocho años porque a los nueve al padre le saldrá un trabajo en Ensenada, y para allá se irán todos, y no volverá a jugar en el campito de Gorriti. Y aunque esté soñando, ésos son datos evidentes. Los chicos están todos. En el sueño escucha las voces de Chiche y de González y de Palito, que gritan como descosidos pidiendo el pase. Nicoletti la tiene en los pies, y el sueño sigue cuando levanta la mirada. Está de pie en el mediocampo, o más bien en esa franja de tierra dura, pelada, sin asomo de pasto que en Gorriti es el mediocampo. A tres metros lo tiene a Gomita y se la toca al pie. ¿A quién otro? Si se entienden bárbaro. Si juegan juntos desde los cinco. Si se conocen las mañas como si fueran siameses. Si Gomita, que le lleva como tres años, lo ha invitado para los desafíos a la canchita del Arroyo, donde juegan todos tipos de doce para arriba. Y todo porque le dice: «Vos me entendés, Nicola, vos me entendés. Yo con los demás no sé, pero con vos te la tiro sin mirarte y sé que estás». Y Nicoletti va y juntos hacen estragos. Porque los otros tienen que mirar para jugar y ellos no. Por eso los pibes grandes del Arroyo no dicen nada de que él vaya a jugar ahí aunque sea flaquito y tenga solamente ocho.
Pero en el sueño están en Gorriti, porque detrás de Gomita, Nicoletti ve perfectamente la pared del corralón, y el alambrado roto, y eso está en Gorriti y en ningún otro lado. Y apenas se la toca a Gomita, Nicoletti sale corriendo por el lateral izquierdo porque sabe que Gomita se la va a poner ahí. Y al instante allí nomás va la pelota. Y ahí es cuando gritan los otros, pero Nicoletti no les lleva el apunte. ¿Cómo se la va a tirar a Chiche, o a Palito, o a González, si son una jauría de perros? No, hay que esperar a que Gomita se le acerque y tocársela al piso y cortita. Ahí está, eso. Pero justo entonces es cuando el sueño se empieza a poner raro, o mejor dicho cuando empiezan a pasar las cosas propias de los sueños. Porque en la canchita de Gorriti, apenas hecha la pared con Gomita, Nicoletti tiene que correr cinco metros y está dentro del área. Pero en el sueño no. Nicoletti corre como win izquierdo, pero la cancha se agranda hacia adelante y alcanza una dimensión interminable. Y la línea del costado no es un simple invento: existe y está pintada rectamente de cal, no como en Gorriti que se termina más o menos a ojo contra los yuyos altos. Y en medio de su extrañeza Nicoletti levanta los ojos y como siempre Gomita se la tira bien abierta, pero Gomita está raro, parece más grande. Y Nicoletti piensa que por qué, si tiene que tener once como hace diez segundos cuando armaron la pared en el mediocampo. Debe ser la camiseta. Un momento: ¿qué camiseta? Si Gomita juega con una camisa a cuadros naranjas y rojos si es verano, y con una polera negra si es invierno. Pero es así nomás: Gomita tiene puesta una camiseta de esas que usan los profesionales y que en las láminas aparecen pintadas a color.
Nicoletti no entiende, y no entender lo pone nervioso. Mecánicamente recibe la bola y se distrae porque el marcador que sale a atorarlo también está vestido «en serio». Igual devuelve la pared de memoria. Pero es una memoria rara, porque para tirarla a la medialuna del área (que también está pintada) tiene que mandar un pelotazo de veinte metros que le baja en el pie a Gomita, pero que es la mejor prueba de que la canchita de Gorriti no puede ser nunca, porque ahí semejante zapatazo termina sí o sí en las cañas que crecen del lado del corralón. Nicoletti sigue la rutina: encara por el lateral hacia el fondo, porque si Gomita tiene tapado el tiro al arco, se la volverá a tirar a él casi en la línea de meta. Pero el asombro lo puede: del otro lado de la línea del costado hay gente. Sí, gente mirando. Y no los pibes grandes que piensan adueñarse de la canchita apenas junten los dos o tres que les faltan para armar los equipos. A Nicoletti le cuesta calcularlos porque están de pie, encimados, pegados al alambrado porque también hay alambrado. Están en una tribuna. Nicoletti escucha sus gritos y vuelve a ponerse en movimiento. Ya casi ni se asombra de que en el córner haya un banderín: a esa altura del sueño, Nicoletti ya ha asumido que está en una cancha de veras. Es por eso que el tipo que ahora corre a la par de él es tan alto como su hermano Carlos, el mayor, y la forma en que lo codea y lo pechea no tiene nada que ver con la que usan los pibes en Gorriti, ni siquiera los más duros. Inseguro, Nicoletti levanta los ojos y lo ve a Gomita, que lo sigue con la vista como si nada. Pero no puede ser, porque Gomita ya tiene cara de tipo grande, de tener como veinte, como treinta años, y por eso entra al área como lo que es, o como lo que va a terminar siendo (Nicoletti ya no sabe juzgar hacia dónde se ha disparado el tiempo): un jugadorazo de Primera División, por eso la cancha, por eso las tribunas, por eso los carteles de Ginebra Bols atrás de la línea de fondo.

Continuará...
***

martes, 20 de abril de 2010

La pira (por Henry Tiburzio)

Por Hernán Henry Tiburzio

La pira la armábamos con Mariano en el parque hasta que llegó el oficial. Debimos habernos imaginado que cuando nos viera juntando ramas secas y acomodándolas en el centro del círculo dibujado con kerosén, se nos iba a venir al humo. Ni hablar de la vaca que teníamos atada al paragolpe del Citröen. Nos costó algo más que unos pesos convencerlo, pero anduvimos bien. En ese momento estábamos preparando la promesa que le habíamos hecho al Panza. Mariano comenzó por explicarle toda la historia desde el principio:

-Mire cabo…
-Agente – le dijo el uniformado,

sí, sí, agente, discúlpeme, prosiguió Mariano,

-Le cuento: era el partido que teníamos que ganar de la manera que fuera. Esa tarde Roque estuvo en el fondo sacando todo lo que llegaba, Manuel estaba como un pulpo en el medio, mientras que el Rengo la pisaba tirando caños en la delantera,

y me señalaba,

-ese día jugamos a camiseta celeste con vivos amarillos en las mangas, era toda la imagen de un equipo preparado pero con un look de mierda: los pantalones eran blancos y llegaban casi hasta la rodilla, teníamos los nombres estampados en la espalda y el número en rojo justo debajo de la publicidad de la carnicería de Rubén; yo tenía la diez - dijo Mariano sonriéndole al covani. -El Panza se había lesionado en la semifinal y ahora nos dirigía desde el banco, medio colgado por el dolor todavía, pero no podía faltar. Con los pibes le acomodamos la silla justo detrás del puesto de gaseosas y sufría desde ahí como si estuviera constipado. La cara era pura mueca. La última noche de entrenamiento en su casa nos contó que había jurado hacer una hecatombe y quemar un toro en el parque si ganábamos el partido. ¡Un toro quería quemar ese hijo de puta!, por supuesto nos hizo prometer a todos que lo íbamos a acompañar.

-Imagínese usted Comandante si le vamos a decir que no al Panza, que es un pedazo de pan qué ni se imagina, si hasta entrenábamos jugando a la play en su casa durante la semana, así que poco más que nos tenía agarrados de las pelotas. El entrenamiento era así: cada uno elegía su equipo y planteaba una estrategia, al final del torneo, el que ganaba era el que ordenaba al equipo para el fin de semana. Al principio yo jugaba con el Estudiantes de Pavone y Caldera agente, y no sabe lo que eran esos dos en la delantera, después por un tiempo jugué con Paraguay, que es otro equipo aguerrido hasta en la consola esa y después, por derecho, no vaya a creer, llegué a dirigir al Barcelona. Pero para qué le voy a contar si seguro usted también se la pasa con los pibes dale-quete-dale en la taquería…

Yo lo miraba a Mariano descolocado, pero le seguía la corriente para que el gorra ese no se ortive. Sabía que tenía parla, y eso era lo único que podía evitar que termináramos todos en cana. Por otro lado, caía en la cuenta de que si llegábamos a transar con éste, se iba a traer a media comisaría a morfar con nosotros, porque a la vaca entre hecatombe y hecatombe le entrábamos seguro.

-
-Esa tarde me senté nervioso. Ya antes de empezar el partido no estaba seguro de cómo encarar el esquema ofensivo. Mire que cuando se dirige un equipo como el Barça no se puede pensar en otra cosa que en ganar. Lo puse a Eto´o bien de punta, le marqué exactamente dónde quería que esté parado. Después lo agarré a Messi y lo puse en diagonal a la izquierda, el pendejo ese es muy bueno. Con el negro no tuve problemas, estaba suelto, entre el mediocampo y la medialuna, para que invente. Tres en el fondo y cuatro en el medio, bien a mano del ataque. Comenzó a rodar la pelota y ya de movida los sacudí con un pelotazo en el travesaño. Fue un enganche que tiré, después apreté el triángulo y con el camerunés sacudí-de-rosca que si la meto me voy a la mierda. Hubiera sido un lindo arranque. Me tocaba jugar contra el Inter que lo tenía Manuel. Cuatro pepas se comió esa noche y bien calladito se tuvo que hacer cargo de la comida.

El cana empezó a modular y pensé que se nos iba todo al carajo.

-Decile al superior que se venga hasta el parque y que le avise al siete,

reportó; era obvio que estaba hablando en-código-cana. En ese momento cayó Rúben a los gritos, con la cuchilla colgando y dos cajones de cerveza, uno en cada brazo, el baúl del Citröen estaba a pleno de rolitos, a Rubén le tocaba degollarla.

-Cabo, discúlpeme,

lo increpó Mariano, -agente le dije,

-eso, eso, agente: no habrá alguna manera de poder ponernos de acuerdo en relación a este temita del que estamos hablando..?

El silencio se hizo entre nosotros. Estábamos jugados y si el vigilante éste no agarraba se pudría todo. Para cuando lo trajeron al panza ya habían llegado el jefe del botón y el siete. Era un chabón que cayó de civil pero con un bigote que lo vendía hasta en Recoleta, tenía puesta una remera a rayas azules cruzadas y pantalones pinzados. Tenía toda la pinta de ser el capo.

-¿Le hablé de la tribuna?,

arremetió Mariano para volver a ganarse al cana,

-estaba Marta, la mujer del Rúben, que no sabe cómo los chuszeaba a los de Ortúzar…

El cana lo calló con una seña y se reunió con los otros dos botones en un triángulo. Yo mientras tanto le explicaba a Manuel y al resto cómo venía la mano.

-Te lo jugamos a cinco goles,

le tiró el cana a Mariano,

-¿Qué cosa querés jugar a cinco goles?
-El Citröen y la vaca: si ustedes ganan, hacen la hecatombe esa, la cumbia y lo que se les cante, nosotros conseguimos el permiso; ahora, si ganamos nosotros, nos llevamos la vaca y el auto. ¿Ustedes cuántos son?

Mariano se quedó pálido.

El siete cornudo me pegó una patada después del cuarto gol que todavía me duele, pero te juro que prefería seis meses de yeso antes que entregarle las llaves del auto a esos hijos de puta.

martes, 13 de abril de 2010

El jugador (por Eduardo Galeano)

Por Eduardo Galeano

Corre, jadeando, por la orilla. A un lado lo esperan los cielos de la gloria; al otro, los abismos de la ruina. El barrio lo envidia: el jugador profesional se ha salvado de la fábrica o de la oficina, le pagan por divertirse, se sacó la lotería. Y aunque tenga que sudar como una regadera, sin derecho a cansarse ni a equivocarse, él sale en los diarios y en la tele, las radios dicen su nombre, las mujeres suspiran por él y los niños quieren imitarlo. Pero él, que había empezado jugando por el placer de jugar, en las calles de tierra de los suburbios, ahora juega en los estadios por el deber de trabajar y tiene la obligación de ganar o ganar.
Los empresarios lo compran, lo venden, lo prestan; y él se deja llevar a cambio de la promesa de más fama y más dinero. Cuanto más éxito tiene, y más dinero gana, más preso está. Sometido a disciplina militar, sufre cada día el castigo de los entrenamientos feroces y se somete a los bombardeos de analgésicos y las infiltraciones de cortisona que olvidan el dolor y mienten la salud. Y en las vísperas de los partidos importantes, lo encierran en un campo de concentración donde cumple trabajos forzados, come comidas bobas, se emborracha con agua y duerme solo.
En los otros oficios humanos, el ocaso llega con la vejez, pero el jugador de fútbol puede ser viejo a los treinta años. Los músculos se cansan temprano:
-Éste no hace un gol ni con la cancha en bajada.
-¿Éste? Ni aunque le aten las manos al arquero.
O antes de los treinta, si un pelotazo lo desmaya de mala manera, o la mala suerte le revienta un músculo, o una patada le rompe un hueso de esos que no tienen arreglo. Y algún mal día el jugador descubre que se ha jugado la vida a una sola baraja y que el dinero se ha volado y la fama también. La fama, señora fugaz, no le
ha dejado ni una cartita de consuelo.

Este excelente texto ha sido extraído del libro "El fútbol a sol y sombra"

martes, 6 de abril de 2010

Pelusa (por Cristina Occhipinti)

Por Cristina Occhipinti


Los gritos de la tribuna le arañaron la cara. Instintivamente se tiró hacia atrás. Giró la cabeza y buscó a algún compañero. Lo encontró en un guiño cómplice, entonces respiró profundamente y siguió caminando. Los gritos se convirtieron en susurros.
Tenía el pelo trenzado, pero igual sacudió la cabeza para acomodarlo. Pelusa se supo diferente.
Pensó que el clima estaba raro, sintió calor en las sienes y frío en las manos. Le subían y bajaban burbujas, desde la garganta hasta la boca del estomago.
Miró la inmensidad de la cancha, y se perdió en los recuerdos. La voz de su padre le recorrió el cuerpo y se le metió por los ojos. Lo vio enseñándole a jugar, mientras le leía la lección del colegio. Su padre peronista, convertido al socialismo, le repetía: alpargatas sí, libros también; fútbol sí, libros también.
Recordó que en esa época empezó a leer a Soriano. No habrá más penas con el fútbol, ni olvido con los libros.
Muchos años después, comprendió que lo amaba por compartir el equipo de sus desvelos. Qué ironía, dos ateos eligiendo un cuadro santo.
El sonido del silbato, le devolvió el presente.
Levantó los ojos y miró con regocijo, los trapos que cobijaban a la hinchada. Esos colores compañeros, que bailaban pegados a los cuerpos. Esos que iban a todas partes y nunca se quejaban.
Otra vez debía dar examen.
Otra vez, los insultos prejuzgaron.
Otra vez el capitán sonrió.
Otra vez todos los hombres dudaron.
Pelusa se mostró de nuevo. Se ajustó los cordones de los botines.
Se levantó las medias con descuido y se acomodó el pantalón con cuidado.
Pelusa, la única mina que jugó en un equipo de fútbol masculino, se supo realmente diferente.
Pelusa, que había empezado a jugar a los diez años, con los chicos del barrio.
Pelusa, que había empezado a jugar de número nueve, porque le gustaba el morocho de rasgos aindiados que jugaba de diez.
Pelusa, clavó los tapones en el césped, se plantó delante del compañero y con un grito le ordenó: "¡pasámela!".

miércoles, 31 de marzo de 2010

El hincha (Segunda parte)

Por Mempo Giardinelli

Primera parte

Aquel domingo, en el Fortín, las tribunas comenzaron a llenarse a partir de las dos de la tarde, pero Amaro estuvo en la platea desde las once de la mañana. El sol le dio de frente hasta el medio día y el partido empezó cuando le rebotaba en la nuca y él sentía que vivía uno de los momentos culminantes de su existencia. Se acordó de los muchachos del correo, de la barra de La Estrella, de todos los domingos que había pasado, tan iguales, en calzoncillos, pendiente de ese equipo que ahora estaba ante sus ojos. Le pareció que todo Resistencia aguardaba la suerte que correría Vélez esa tarde. De ninguna manera podía admitir que alguno deseara una derrota. Lo cargaban, sí, pero sabía que todos querrían que Vélez volviera a jugar en el A al año siguiente.

Miró el partido sin verlo, y lloró de emoción cuando el gol del chico ése, García, aseguró el triunfo y el ascenso de Vélez. Y cuando salió del estadio tenía el rostro radiante, los ojos brillosos y húmedos, las manos transpiradas y como una pelota en la garganta, pero la pucha Amaro, un tipo grande, se dijo a sí mismo, meneando la cabeza hacia los costados, y después pateó una piedra de la calle y siguió caminando rumbo a la estación, bajo el crepúsculo medio bermejo que escamoteaban los edificios, y esa misma noche tomó La Internacional hacia Resistencia.

Desde entonces, cada domingo, Amaro se transportaba imaginariamente a Buenos Aires, era un hombre más en la hinchada, revivía la tarde del triunfo, se acordaba del pibe García y lo veía dominar la pelota, hacer fintas y acercarse a la valla adversaria. Y todas las tardes, en La Estrella, cada vez que se discutía sobre fútbol, Amaro recordaba:

—Un buen jugador era el Pibe García. Si lo hubiesen visto. Tenía una cinturita...

O bien:

—¿Una defensa bien plantada? Cuando yo estuve en Buenos Aires...

Y cuando los demás reaccionaban:

—Qué me hablan de Boca, de River, de tal o cual delantera, si ustedes nunca los vieron jugar!

A medida que fueron pasando los años, Amaro Fuentes se convirtió en el perfecto solitario, aferrado a una sola ilusión y como desprendido del mundo. La vejez pareció caérsele encima con el creciente malhumor, la debilidad de su vista, la pérdida de los dientes y esa magra jubilación que le acarreó una odio Sa, fatigante artritis y el reajuste de sus ya medidos gastos. Como nunca había ahorrado dinero, ni había sentido jamás sensualidad alguna que no fuera su amor por Vélez Sarsfield, su vida continuó plena de carencias y nadie sabía de él más que lo que mostraba: su cuerpo espigado y lleno de arrugas, su pasividad, su estoicismo, su mirada lánguida y esa pasión velezana que se manifestaba en el escudito siempre prendido en la solapa del saco, más con empecinamiento que con orgullo porque carajo, decía, alguna vez se tiene que dar el campeonato, ese único sobresalto que esperaba de la vida monótona, sedentaria que llevaba y que parecía que sólo se justificaría si Vélez salía campeón. Y quizá por eso aprendió a ver a la esperanza en cada partido, como si alcanzar el título fuera una cuestión personal y él no estuviera dispuesto a morir sin haberse tomado una revancha contra la adversidad porque, como se decía a sí mismo, si llevé una vida de mierda por lo menos voy a morirme saboreando una pizca de gloria.

Casualidad o no, la campaña de Vélez Sarsfield en 1968 fue sorprendente. Tras las primeras confrontaciones, Amaro intuyó que ése sería el esperado gran año. Desde poco después de la sexta fecha, la escuadra de Liniers se convirtió en la sensación del torneo, y las radios porteñas comenzaron a transmitir algunos partidos que jugaba Vélez, en los clásicos con los equipos campeones, lo que para Amaro fue una doble satisfacción, puesto que también sus amigos tenían que escuchar los relatos y sólo se sabía de Boca o de River por el comentario previo o por la síntesis final de la jornada, como antes ocurría con Vélez, y éstas sí son tardes memorables, gran siete, pensaba Amaro mientras tomaba un par de pavas de mate y hasta se cortaba los callos plantares, que eran los más difíciles, confiado en que sus muchachos no lo defraudarían.

Era el gran año, sin duda, y la barra de La Estrella pronto lo comprendió, de modo que todos debían recurrir al pasado para sus burlas. Pero a Amaro eso no le importaba porque le sobraban argumentos para contraatacar: los riverplatenses hacía diez años que salían subcampeones, los boquenses estaban desdibujados, y todos envidiaban a Willington, a Wehbe, a Marín, a Gallo, a Luna y a todos esos muchachos que eran sus ídolos.

— Gooooooooool de Vélesarsfiiiiiiillllll!

La voz de Fioravanti estiraba las vocales en el aparato y Amaro, llorando, sintió que jamás nadie había interpretado tan maravillosamente la emoción de un gol. Vélez se clasificaba, por fin, campeón nacional de fútbol, tras cumplir una campaña significativa: además de encabezar las posiciones, tenía la delantera más positiva, la defensa menos batida, y Carone y Wehbe estaban al tope de la tabla de goleadores.

Pocos segundos después de ese cuarto gol, cuando Fioravanti anunció la finalización del partido, Amaro estaba de pie, lanzando trompadas al aire, dando saltitos y emitiendo discretos alaridos. Dio la tan jurada vuelta olímpica alrededor de la mesa, corrió hacia el ropero, eligió la corbata con los colores de Vélez y su mejor traje y salió a la calle, harto de ver todos los años, para esa época, las caravanas de hinchas de los cuadros grandes, que recorrían la ciudad en automóviles, cantando, tocando bocinas y agitando banderas.

Caminó resueltamente hacia la plaza, mientras el crepúsculo se insinuaba sobre los lapachos y las cigarras entonaban sus últimas canciones vespertinas, y frente a la iglesia se acercó a la parada de taxis, eligió el mejor coche, un Rambler nuevito, y subió a él con la suficiencia de un ejecutivo que acaba de firmar un importante contrato.

—Hola, Amaro —saludó el taxista, dejando el diario.

—A recorrer la ciudad, Juan, y tocando la bocina —ordenó Amaro—. Vélez salió campeón.

Bajó los cristales de las ventanillas, extrajo el banderín del bolsillo del saco y empezó a agitarlo al viento, en silencio, con una sonrisa emocionada y el corazón galopándole en el pecho, sin importarle que la solitaria bocina desentonara, casi afónica, con el atardecer, y sin reparar siquiera en el reloj que marcaba la sucesión de fichas que le costaría el aguinaldo, pero carajo, se justificó, el campeonato me ha costado una espera de toda la vida y los muchachos de Vélez, en todo caso, se merecen este homenaje a mil kilómetros de distancia.

Cuando llegaron a la cuadra de La Estrella, Amaro vio que la barra estaba en la vereda, ya organizada la larga mesa de habitués que los domingos al anochecer se reunían para comentar la jornada. Y vio también que cuando descubrieron al Rambler en la esquina, con la solitaria banderilla asomándose por la ventanilla, se pusieron todos de pie y comenzaron a aplaudir.

—Más despacio, Juan, pero sin detenernos —dijo Amaro, mientras se esforzaba por contener esas lágrimas que resbalaban por sus mejillas, libremente, como gotas de lluvia, y los aplausos de la barra de La Estrella se tornaban más vigorosos y sonoros, como si supieran que debían llenar la tarde de diciembre sólo para Amaro Fuentes, el amigo que había dedicado su vida a esperar un campeonato, y hasta alguno gritó viva Vélez carajo y Amaro ya no pudo contenerse y le pidió al chofer que lo llevara hasta su casa. Dejó colgado el banderín en el picaporte, del lado de afuera, y entró en silencio. Hacía unos minutos que su corazón se agitaba desusadamente. Un cierto dolor parecía golpearle el pecho desde adentro. Amaro supo que necesitaba acostarse. Lo hizo, sin desvestirse, y encendió la radio a todo volumen. Un equipo de periodistas, desde Buenos Aires, relataba las alternativas de los festejos en las calles de Liniers. Amar suspiró y enseguida sintió ese golpe seco en medio del pecho. Abrió los ojos, mientras intentaba aspirar el aire que se le acababa, pero sólo alcanzó a ver que los muebles se esfumaban, justo en el momento en que el mundo entero se llamaba Vélez Sarsfield.

FIN

martes, 30 de marzo de 2010

El hincha (por Mempo Giardinelli)

Por Mempo Giardinelli


El 29 de diciembre de 1968, el Club Atlético Vélez Sársfield derrotó al Racing Club por cuatro tantos a dos. A los noventa minutos de juego, el puntero Omar Whebe marcó el cuarto gol para el equipo vencedor que, diez segundos después, se clasificaba Campeón Nacional de fútbol por primera vez en su historia. A la memoria de mi padre, que murió sin ver campeón a Vélez Sarsfield.


—Goooooool de Vélesarfiiiiiiiilillll!

—gritaba Fioravanti. —Gol! ¡Golazo, carajo! —saltó Amaro Fuentes, golpeándose las rodillas, frente al radiorreceptor.

Había soñado con ese triunfo toda su vida, A los sesenta y cinco años, reciente jubilado de correos y todavía soltero, su existencia era lo suficientemente regular y despojada de excitaciones como para que sólo ese gol lo conmoviera, porque lo había esperado innumerables domingos, lo había imaginado y palpitado de mil modos diferentes. Nacido en Ramos Mejía, cuando todo Ramos era adicto al entonces Club Argentinos de Vélez Sarsfield, Amaro estaba seguro de haber aprendido a pronunciar ese nombre casi simultáneamente con la palabra “papá”, del mismo modo que recordaba que sus primeros pasos los había dado con una pequeña pelota de trapo entre los pies, en el patio de la casona paterna, a cuatro cuadras de la estación del ferrocarril, cuando todavía existían potreros y los chicos se reunían a jugar al fútbol hasta que poco a poco, a medida que se destacaban, acercándose al club para alistarse en la novena división.

Ya desde entonces, su vida quedó ligada a la de Vélez Sarsfield (de un modo tan definitivo que él ignoró por bastante tiempo), quizá porque todos quienes lo conocieron le auguraron un promisorio futuro futbolístico sobre todo cuando llegó a tercera, a los diecisiete años, y era goleador del equipo; pero acaso su ligazón fue mayor al morir su padre, un mes después de que le prometieron el debut en primera, porque tuvo que empezar a trabajar y se enroló como grumete en los barcos de la flota Mibanovich y dejó de jugar, con ese dolor en el alma que nunca se le fue, aunque siempre conservó en su valija la camiseta con el número nueve en la espalda, viajara donde viajara, por muchos años, y aún la tenía cuando ascendió a Primer Comisario de a bordo, en los buques que hacían la línea Buenos Aires – Asunción - Buenos Aires, y también aquel día de mayo de 1931, cuando el “Ciudad de Asunción” se descompuso en Puerto Barranqueras y debieron quedarse cinco días y él, sin saber muy bien por qué, miró largamente esa camiseta, como despidiéndose de un muerto querido y decidió no seguir viaje, de modo que desertó y gastó sus pocos pesos en el Hotel Chanta Cuatro, después vendió billetes de lotería, creyó enamorarse de una prostituta brasileña que se llamaba Mara y que murió tuberculosa, trabajó como mozo en el Bar La Estrella y se ganó la vida haciendo changas hasta que consiguió ese puestito en el correo, como repartidor de cartas en la bicicleta que le prestaba su jefe.

Desde entonces, cada domingo implicó, para él, la obligación de seguir la campaña velezana, lo que le costó no pocos disgustos: durante casi cuarenta años debió soportar las bromas de sus amigos, de sus compañeros del correo; de la barra de La Estrella, porque en Resistencia todos eran de Boca o de River, y cada lunes la polémica lo excluía porque los jugadores de Vélez no estaban en el seleccionado, nunca encabezaban las tablas de goleadores, jamás sus arqueros eran los menos vencidos, y Cosso, goleador en el ‘34 y en el ‘35, Conde en el ‘54, Rugilo, guardavallas de la selección (quien se había erigido como héroe mereciendo el apodo de “El León de Wembley”), eran sólo excepciones. La regla era la mediocridad de Vélez y lo más que podía ocurrir era que se destacara algún jugador, el que al año siguiente sería comprado, seguramente, por algún club grande. Y así sus ídolos pasaban a ser de Boca o de River. Y de sus amigos, de sus compañeros de la barra.

Claro que había tenido algunas satisfacciones: en 1953, por ejemplo, el glorioso año del subcampeonato, cuando el equipo terminó encaramado al tope de la tabla, sólo detrás de River. O aquellas temporadas en que Zubeldía, Ferrero, Marrapodi en el arco, Avio, Conde, formaban equipos más o menos exitosos. Todos ellos pasaron por la selección nacional:

Ludovico Avio estuvo en el Mundial de Suecia, en 1958, y hasta marcó un gol contra Irlanda del Norte. Amaro había escuchado muy bien a Fioravanti, cuando relató ese partido desde el otro lado del mundo, y se imaginó a Avio vistiendo la celeste y blanca, en Estocolmo, admirado por miles y miles de rubios todos igualitos, como los chinos, pero al revés, y por eso no le importó que a Carrizo los checoslovacos le hicieron seis goles, total Carrizo era de River.

Amaro podía acordarse de cada domingo de los últimos treinta y siete años porque todos habían sido iguales, sentado frente a la vieja y enorme radio, durante casi tres horas, en calzoncillos, abanicándose y tomando mate mientras se arreglaba las uñas de los pies. Entonces no se transmitían los partidos que jugaba Vélez; sólo se mencionaba la formación del equipo, se interrumpía a Fioravanti cada vez que se convertía un gol o se iba a tirar un penal, y al final se informaba la recaudación y el resultado. Pero era suficiente.

Todos los lunes a las seis menos cuarto, cuando iba hacia el correo, compraba El Territorio en la esquina de la catedral y caminaba leyendo la tabla de posiciones, haciendo especulaciones sobre la ubicación de Vélez, dispuesto a soportar las bromas de sus compañeros, a escuchar los comentarios sobre las campañas de Boca o de River.

Genaro Benítez, aquel cadetito que murió ahogado en el río Negro, frente al Regatas, siempre lo provocaba:

—Che, Amaro, ¿por qué no te hacés hincha de Boca, eh? -Cállate, pendejo- respondía él, sin mirarlo, estoico, mientras preparaba su valija de reparto, distribuyendo las cartas calle por calle, con una mueca de resignación y tratando de pensar en que algún día Vélez obtendría el campeonato. Se imaginaba la envidia de todos, las felicitaciones, y se decía que esa sería la revancha de su vida. No le importaba que Vélez tuviera siempre más posibilidades de ir al descenso que de salir campeón. Cada año que el equipo empezaba una buena campaña, Amaro era optimista, y se esforzaba por evitar que lo invadiera esa detestable sensación de que inexorablemente un domingo cualquiera comenzaría la debacle, la que, por supuesto, se producía y le acarrearía esas profundas depresiones, durante las cuales se sentía frustrado, se ensimismaba y dejaba de ir a La Estrella hasta que algún buen resultado lo ayudaba a reponerse. Un empate, por ejemplo, sobre todo si se lograba frente a Boca o a River, le servía de excusa para volver a la vereda de La Estrella y saludar, sonriente, como superando las miradas sobradoras, a los integrantes de la barra: Julio Candia, el Boina Blanca, el Barato Smith, Puchito Aguilar, Dios me libre Giovanotto y tantos otros más, la mayoría bancarios o empleados públicos, solterones, viudos algunos, jubilados los menos (sólo los viejitos Angel Festa, el que se quejaba de que en su vida nunca había ganado a la lotería, aunque jamás había comprado un billete; y Lindor Dell’Orto, el tano mujeriego que fue padre a los cincuenta y siete años y no encontró mejor nombre para su hija que Dolores, con ese apellido), pero todos solitarios, mordaces y crueles, provistos de ese humor acre que dan los años perdidos.

En ese ambiente, Amaro no desperdiciaba oportunidad de recordar la historia de Vélez. Podía hablar durante horas de la fundación del club, aquel primero de mayo de 1910, o evocar el viejo nombre, que se usó hasta el ‘23, y ponerse nostálgico al rememorar la antigua camiseta verde, blanca y roja, a rayas verticales, que usaron hasta el ‘40 y que todavía guardaba en su ropero. Y no le importaban las pullas, el fastidio, ni los flatos orales con que todos, en La Estrella, acogían sus remembranzas. Como sucedió en el ‘41, cuando Vélez descendió de categoría y Dios me libre sentenció “Amaro, no hablés más de ese cuadrito de primera be”, y él se mantuvo en silencio durante dos años, mortificado y echándole íntimamente la culpa al cambio de camiseta, esa blanca con la ve azul, a la que odió hasta el ‘43, una época en la que las malas actuaciones lo sumieron en tan completa desolación que hasta dejó de ir a La Estrella los lunes, para no escuchar a sus amigos, para no verles las caras burlonas. Pero lo que más le dolía era sentirse avergonzado de Vélez. Tan deprimido estuvo esos años, que en el correo sus superiores le llamaron la atención reiteradamente, hasta que el señor Rodríguez, su jefe, comprendió la causa de su desconsuelo. Rodríguez, hincha de Boca y hombre acostumbrado a saborear triunfos, se condolió de Amaro y le concedió una semana de vacaciones para que viajara a Buenos Aires a ver la final del campeonato de primera be.

Era un noviembre caluroso y húmedo. Amaro no bajaba a la capital desde aquella mañana en la que abordó el “Ciudad de Asunción”, rumbo al Paraguay, para su último viaje. La encontró casi desconocida, ensanchada, más alta, más cosmopolita que nunca y casi perdida aquella forma de vida provinciana de los años veinte. No se preocupó por saludar al par de tías a quienes no veía desde hacía tanto tiempo y durante cinco días deambuló por el barrio de Liniers, recordando su niñez, rondando la cancha de Villa Luro, y el viernes anterior al partido fue a ver el entrenamiento y se quedó con la cara pegada al alambrado, deseoso de hablar con alguno de los jugadores, pero sin atreverse. Le pareció, simplemente, que estaba en presencia de los mejores muchachos del mundo, imaginó las ilusiones de cada uno de ellos, los contempló como a buenos y tiernos jóvenes de vida sacrificada, tan enamorados de la casaca como él mismo, y supo que Vélez iba a volver a primera A.

Continuará...

***

miércoles, 24 de marzo de 2010

La novia del barrilete cósmico (por Diego Díaz Bonilla)

Un texto para recordar, publicado en una fecha para no olvidar.
Desde "Gambeteando" rendimos un humilde homenaje a la memoria colectiva con este muy buen texto de
Diego Díaz Bonilla.



Ya no escucho ovaciones. He dejado de rodar. Duermo en un lugar oscuro donde pocos me recuerdan. Mi forma ya no es la misma. No quiero verme: me avergonzaría hacerlo. Pero una vez te hice feliz. Y a vos. Y a vos.

Habían destruido nuestras ilusiones. Desaparecido a nuestros hermanos. Matado a nuestros hijos. Secuestrado y apropiado a nuestros recién nacidos. Finalmente pergeñado una guerra contra los piratas para perpetuarse. Ese fue el principio del fin. Nos rendimos tristemente y, arrastrando nuestro oprobio, nos democratizamos. Apretando los dientes. Llorando a nuestros muertos.

Ya sé que soy una estúpida. Que no repararé aquella herida. Pero ese día los piratas comieron de su hiel y su soberbia.

Me pisó de pronto, para luego acariciarme durante más de sesenta metros. Sólo diez segundos que parecieron años. La gente se paraba durante el torbellino. Mis ojitos entrecerrados veían en cámara ligera el verde, el cielo, la gente, en mi carrera desenfrenada. Sentía sobre mi cuerpo el viento que producía un vendaval de patadas de camisetas blancas. Hubiera querido gritarle que por afuera corría uno de los nuestros. Una y otra vez. Pero su tozudez pudo más. Sentí su último roce mágico que me recostó en la telaraña. Recuerdo aun aquellos trapos azules que se abrazaban hasta desgarrarse. Mientras tanto en mí país, millones de puños apretados lloraban aquella corrida en memoria de los ausentes.

Por fin me dormí, con canción de cuna de red. Para siempre. Para cicatrizar heridas. Para enjugar las lágrimas de mi pueblo.

Y ahora estoy aquí. Sola y desinflada. Fijada en ese día en que te hice feliz. Pero aún tengo un deseo. Te pido que a veces me recuerdes, para devolverme de a ratos la vida. Por favor, no dejes de hacerlo. No quiero descansar en paz.