miércoles, 30 de marzo de 2011

Fútbol S.A. (Segunda parte)

Por Javier Viveros

Link a la Primera parte


II

Palabra clave: gerenciamiento. Se había puesto de moda el tema en el continente. El Racing Club de Avellaneda fue gerenciado y ganó el campeonato argentino. Gestionar al equipo de fútbol como una empresa comercial. En Paraguay, el Club Libertad fue gerenciado y ganó al hilo dos campeonatos locales y disputó inclusive las semifinales de la Copa Libertadores, perdiendo con el que sería a la postre el campeón.
«O Rei» Sports, la empresa de Pelé estaba gerenciando varios clubes de Sudamérica y al Sportivo Luqueño le tocó en suerte ser uno de ellos. Los del plantel quedamos un tanto desconfiados en un principio, estábamos con la incertidumbre, queríamos ver lo que pasaría. Pero contra todo pronóstico la cosa fue muy bien, al menos al principio. Cobrábamos siempre a fin de mes, recibíamos los premios y las primas con una puntualidad que desconocíamos.
De Pelé muchos dicen que fue el mejor jugador del mundo. Mi viejo era uno de los que lo afirmaban. Yo, para contrariarle, adhería a la corriente que otorga a Maradona ese título.

––Pelé jugó cuando los defensores no tenían idea de nada. Cuando jugaba Maradona los zagueros ya estaban más despiertos, había evolucionado el fútbol, se había profesionalizado. Además, Maradona jugó en Italia, donde a uno lo descomponen a patadas.

Eso solía decirle y el viejo me recordaba ––invariablemente–– cosas acerca de más de mil goles, y tres campeonatos mundiales ganados. También me hablaba de una jugada magistral hilada contra el arquero uruguayo Ladislao Mazurkiewicz y un gran gol ––previo sombrerito al defensor sueco–– en alguna lejana final de campeonato mundial. Yo le escuchaba, tranquilo. Y después arremetía con furia hablándole de la mojada de oreja que significó aquel gol con la mano que hizo a los ingleses en México ‘86 y luego aquella verdadera joya que fue su segundo gol en ese mismo partido, donde barrió él solito desde el círculo central a la mitad del equipo de la reina.
Nunca llegábamos a un acuerdo al respecto. Lo único cierto y real era que la empresa de Pelé estaba gerenciando al club cuyos colores nos tocaba defender a mis compañeros y a mí. Él era nuestro jefe. Ahora éramos empleados de una empresa, éramos casi oficinistas (marcábamos entrada y salida pero no debíamos llevar corbata). Era raro aquello de ser empleado del que muchos consideran el mejor jugador que dio el fútbol.
Pelé jamás apareció por Luque. Comandaba la empresa un hombre designado por él, un brasileño llamado Lucio Viega. Era a la vez el presidente de la empresa y el director técnico del club. Era un individuo entrado en carnes y en años, pero que manejaba un despampanante Porsche. Debe ser el único Porsche que llegó a transitar por los baches y sintió el roce de las legendarias e incisivas lomadas luqueñas. Lucio Viega hablaba un portugués levemente infectado de español.
Poco a poco empezaron a aparecer los cambios en la empresa, en el club. El primer cambio tenía que ver con la imagen, unas mujeres contratadas para cada partido nos maquillaban antes de salir al campo de juego. La estética ante todo, parecía ser la consigna. Nada de camisetas sobre el short, ni medias desajustadas. Todo tenía que estar en orden, debíamos mostrar una homogeneidad sin mácula.
Luego vino lo de las coreografías ensayadas. El primero al que adoctrinaron fue el centro-delantero titular. Cada vez que marcaba un gol iba a lanzarse cerca del letrero de uno de los auspiciantes. Tenía que ir ––apenas logrado el gol–– a abrazarse al cartel, pero sin cubrir sus letras, de modo que la cámara pudiera tomarlo en su totalidad. Ese gol recorrería luego los noticiarios deportivos del continente y la publicidad del sponsor sería vista entonces a nivel continental y si el gol era realmente bonito seguramente lo mostrarían los noticiarios deportivos de todo el planeta.
Fue nada más el principio. Luego cada uno fue recibiendo su rutina. Yo jugaba de segundo marcador central y casi no marcaba goles. Pero en caso de que pudiera carroñear alguna pelota que lloviera de un mal despeje o que pudiera conectar el balón de un tiro de esquina mi misión era la de ir ante la cámara, unir los dedos pulgar e índice y cruzarlos ante mi boca, así como lo hacía el protagonista de la publicidad de uno de nuestros auspiciantes, una pasta dental. Entre las celebraciones que teníamos destinadas había de todo. Y la mayoría de ellas apuntaban al campo publicitario. Nada parecido a los festejos de antes. Nada de inhalar la línea del área grande a la manera de Fowler. Ni de dar un salto atlético y levantar el puño o el hamacar al bebé de Bebeto. Lo de treparse a la alambrada para festejar con la hinchada o ponerse una máscara eran parte de la historia.
Todo, absolutamente todo estaba pensado. La idea era hacer un espectáculo del equipo. Todo estaba guionado por ellos. Teníamos coreografías grupales. En una, si el gol era el empate de dos a dos de visitantes teníamos que ponernos en fila india y arrojarnos al unísono sobre el círculo central. Algunos de los festejos eran francamente delirantes. Si alguien metía un gol de apertura del marcador en calidad de visitante teníamos que acudir rápidamente a la banca, ponernos unas capas y representar una escena donde el que metió el gol se viste de príncipe y conversa con dos de los que construyeron la jugada, disfrazados éstos de enterradores con todo y palas. Si alguien marcaba un gol que era su hat-trick, su tripleta, teníamos que ir los once a juntarnos con los del banco y aplaudir a la hinchada. Si uno de los muchachos marcaba un gol olímpico debíamos organizar en el área rival una pequeña vuelta olímpica.
De locales teníamos que ir a hacer coreografías individuales o grupales frente al cartel del sponsor. De visitantes, como no era seguro que hubiera carteles de nuestros auspiciantes, la onda era ir frente a la cámara y hacer algún gesto que recordara a algún comercial de nuestros patrocinadores.
Hasta la hinchada había entrado en el juego. La empresa había organizado una reunión con los jefes de la barra brava. Y llegaron a un acuerdo (bondades de las entradas gratis y la provisión de bomba y alcohol a cacharratas). Entonces, cada domingo, se tenían cantos personalizados para dar aliento a cada jugador. Era lo máximo escuchar a la mitad del estadio corear tu nombre, hablar de tu mágica derecha o de la entrega de gladiador o que pidieran para vos la selección nacional. Y nos provocaba un sentimiento extraño saber que los que ahora cantaban para apoyarnos eran los que en varias ocasiones nos habían insultado por los malos resultados, los mismos que alguna vez visitaron el vestuario con fines poco amistosos, los mismos que rompían los parabrisas y sacaban el aire de las cubiertas de nuestros autos. Pero era así, a todo uno se acostumbra.
Todos, de repente, empezamos a tener motes o marcantes. Yo era «El escudo». A otro compañero le decían «El elefante blanco», él siempre imaginó que ello se debía a que era un baluarte defensivo, un muro frente al arquero. Los animales abundaban. El dueño de la punta derecha era «Anguila Acevedo». Al volante de creación, Acosta, le decían «El dragón de Laurelty». «Felino Aranda» era otro.
Los periodistas habían sido comprados para la labor de propagación. Mi viejo me grababa siempre los partidos y al verlos yo podía comprobar que los relatores repetían religiosamente nuestros motes. Además empezaban los comentaristas a ver en nosotros cualidades que ni sabíamos que teníamos. De ser bastante malo en el juego aéreo, mi compañero de zaga empezó a ser a ojos de los periodistas un bastión inexpugnable, una batería antiaérea que ya hubiera querido tener Sadam en lugar de sus misiles tierra-aire, esos que llaman SAM.
Aranda, que era zurdo y tenía la pierna derecha sólo por una cuestión de simetría, pasó a ser para la prensa deportiva paraguaya el ambidextro por antonomasia, «un jugador con amplio desarrollo de los dos hemisferios cerebrales que marca la diferencia con ambas piernas, un exquisito del control de balón». El público presta demasiado crédito a las palabras que salen de un altavoz o que están salpicadas de tinta.

III

––Buenas tardes señoras y señores, amable audiencia seguidora de Radio «Catorce de Marzo». Nos encontramos en el Mbusu Stadium prestos para iniciar la transmisión del partido entre el Sportivo Luqueño y el Deportivo Mbusu en esta penúltima fecha del Campeonato Clausura. El ambiente es de pura fiesta, Beatricio.
––Muy buenas tardes, Arturo y por tu intermedio a la ínclita audiencia que nos acompaña siempre a través de las ondas hertzianas que atraviesan el éter. Sí, un ambiente de júbilo. Intuyo que este será un partidazo por la ubicación de ambos equipos en la tabla de posiciones. Imagino que los jugadores del Deportivo Mbusu saldrán como pitbulls rabiosos a hacer frente al adversario de la vecina ciudad de Luque.
––Todo está preparado para vivir un encuentro emocionante. El árbitro ya realiza el sorteo. Lo gana el capitán del equipo local, que escoge el arco donde se encuentra su arquero. Esto va a dar inicio, señores.
(...)
––Los jugadores del Deportivo Mbusu están en plan ofensivo. Leite golpea la pelota y su pase se cuela como una cuchillada en las espaldas de la línea defensiva luqueña, entra Caldera para rematar, un zaguero lo traba de atrás y esto es penal, Beatricio, penal para el Deportivo.
––Así es, Arturo. Se durmió por un segundo la esforzada defensa luqueña, salió el pase con precisión de cirujano, se inmiscuyó el jugador en el área, lo rozaron y en una de fregar cayó Caldera.
––Leite se dispone a rematar. El árbitro amonesta verbalmente a unos jugadores luqueños que estaban intentando perpetrar la invasión de área. Suena el silbato y... ataja el arquero. Leite se acomoda las medias y pisa el pasto del punto penal, Beatricio.
––Ha perdonado, Leite ha desperdiciado una ocasión inmejorable. Si bien fue un remate deficiente del jugador del Deportivo, también hay que darle mérito al arquero, que intuyó la dirección del balón y se arrojó para embolsarla sin complicaciones. Este arquero que desde hace un buen tiempo viene demostrando su alto nivel y la utilización de la Navaja de Occam y cuando digo Occam no me refiero al alemán O. Kahn, al arquero Oliver Kahn sino a la navaja del fraile franciscano Guillermo de Occam, la que permite cortar siempre las cosas y escoger la salida más sencilla, tomar la salida más fácil sin multiplicar las entidades ni los problemas. Eso es lo que ha hecho aquí el magnífico golero auriazul.
(...)
––Vamos pisando los quince minutos de esta primera etapa con el marcador en blanco, Acosta, ‘El dragón de Laurelty’ se mueve sobre la zona medular, es la manija, el verdadero motor del equipo luqueño, acelera, pone caja quinta, se muestra Núñez para marcarlo, Acosta aplica el freno, se hace un auto-pase y el jugador rival lo golpea abajo y luego le tira el camión encima. Falta para Luqueño, Beatricio.
––Sabemos que «El dragón de Laurelty» es un futbolista que se come la cancha, un todo-terreno con una entrega de soldado espartano, también sabemos que es un jugador de una hermenéutica precisa, que marca el ritmo y cuya acertada lectura del juego es uno de los puntos altos de este equipo. Y aquí el jugador del Deportivo tuvo que recurrir a una entrada fortísima, una violenta acción que amerita no una tarjeta amarilla sino una anaranjada.
––Se prepara para cobrar la falta el jugador luqueño, el portador de la camiseta número diez. Pelota al área, la peina Andrade, la recibe «La Cobra» Alvarenga en soledad y saca un remate débil directamente a las manos del arquero. Un regalito, Beatricio.
––Estupenda la jugada luqueña, la peinada atrás como lo establece el manual, pero «La Cobra» Alvarenga no picó, el jugador de Luque saca un remate tibio, ni platónico ni aristotélico, muy malo lo suyo, ni cóncavo ni convexo, ni centro ni remate al arco, se la regaló al cancerbero. Un arquero muy atento que la atrapó con seguridad, sin permitir segundas pelotas, sin manotearla al corner, la atenazó hasta que el esférico no fue más que un ligero ronroneo entre sus guantes, Arturo.
(...)
––Acosta se puso el equipo al hombro, de tres dedos mete un cambio de frente elevado, la mata con el pecho su compañero Arévalos que es habilidoso y puede pegarle con las dos piernas, se hamaca en la zona de los dieciséis cincuenta, amaga un pase, le quiebra la cintura a su marcador y remata con la pierna cambiada, la coloca como con la mano a un costado del arquero. ¡Gooooool! ¡Gooooooooool! Luque. Luque. Luque. Gooooool de Sportivo Luqueño.
––Un espléndido gol de los luqueños, que la armaron muy bien, primero con «El dragón de Laurelty» y su guante blanco que coloca la pelota en la medallita que porta su compañero Arévalos, y éste que frota la lámpara, se arma una bonita jugada y saca un remate lento como Balzac pero que traspone la línea de sentencia y se convierte en el gol que rompe la paridad a favor del equipo de la ciudad de Luque.
––¿Pero qué es esto, Beatricio? ¿Qué es esa ropa de palacio que usan para celebrar? Están representando una escena teatral. ¿Y eso que lleva Arévalos en la mano? Parece un cráneo de los que tienen los estudiantes de Medicina. Es la belleza y la locura del fútbol. ¡Deportivo Mbusu 0, Sportivo Luqueño 1!
(...)
––Vamos por la mitad del primer tiempo, los jugadores locales se mueven, tocan y avanzan hacia el arco contrario, Núñez contempla el horizonte ofensivo, lanza un pase en medio de un bosque de piernas, la pelota es controlada por Noguera, hace la pared con un compañero, gira, caño, ¡qué jugada!, peligro de gol… pelota afuera. Beatricio.
––Estuvo muy cerca del empate el Deportivo Mbusu. Noguera entró al área chica, recibió la pared de su compañero, le hizo el túnel al marcador central y ante el arquero giró en una baldosa, quebrando así el muro defensivo pero define con la del pirata, con la pata de palo y su remate se pierde a un costado del poste derecho. Una verdadera lástima que esta jugada de treinta y ocho quilates no haya terminado en gol. Una jugada de otro partido.
(...)
––Se produce un cambio en el Deportivo Mbusu. Se retira Leite en medio de una silbatina generalizada y toma su lugar Otazú, joven jugador de la cantera. ¿Qué le puede dar al equipo esta variante, Beatricio?
––Ésa es todavía una incógnita casi algebraica. Es la segunda vez que ingresa Otazú al campo de juego en un partido de la división de honor, porque el partido pasado, el empate de visitante, fue el de su debut. Allí pudimos ver que tiene condiciones, es un jugador joven pero de una gran técnica y temible especialmente en el mano a mano donde exhibe unas gambetas endiabladas capaces de enloquecer a cualquier defensa. El público silba a Leite por su trabajo insuficiente, éste se dirige directo a las duchas, no sabemos si molesto por el cambio, por el resultado del encuentro, por la reacción del público o por todo eso junto.
(...)
––El partido parece haber caído en un pozo. Los delanteros están absorbidos por la marca. Avanza el Deportivo Mbusu, Otazú la lleva, dribla, la tiene atada, engancha, parece llevarla cosida al botín izquierdo. Llega a la cabecera del área, dispara, la pelota impacta en un zaguero luqueño, el rebote lo toma un jugador del Deportivo, remata de nuevo, el arquero despeja al medio, Otazú toma el rebote y le entra con furia. ¡Gooooool! ¿Qué digo gol? Gooo-laaaa-zo de media distancia. Otazú empareja el encuentro. Deportivo 1, Luqueño 1.
––Notable la reacción del Deportivo, rompieron de repente la modorra del statu quo, al ritmo de Otazú, el recién ingresado, el chiquilín, el cara sucia a quien no le pesó la camiseta, sí señores, fue desparramando rivales en el césped y a su ritmo se deshicieron de la legaña tediosa que los envolvía, buscaron la portería y tras una serie de rebotes Otazú tomó la pelota y definió con clase, como los dioses, con un inapelable zapatazo desde fuera del área.
(...)
––Es el minuto final, para mantener el resultado los luqueños montan una jaula de pájaro en el mediocampo, la meten en el refrigerador. Y el árbitro marca el final del primer tiempo del cotejo. Los jugadores se dirigen a los vestuarios para oír la charla técnica. Durante la mayor parte del partido, el cuadro luqueño ha dominado las acciones, jugando como si estuviera en su estadio, en el Feliciano Cáceres.
––Efectivamente, lo veo muy mal al Deportivo Mbusu. Rifan la pelota, están allí colgados del travesaño, se mueven con parsimonia, pasan el balón con displicencia, llevan las luces apagadas. Se los ve cansados a los jugadores, parecen tener un solo pulmón como M. Merlo. Aparte del gol de la paridad no han dado absolutamente nada. El equipo no es tal, es más bien una sombra, para graficar el concepto diría que se muestra como un montón de voluntades inconexas. A este ritmo y con este empate transitorio, Arturo, los luqueños seguirán formando parte de la máxima categoría del fútbol paraguayo.

Continuará...
***

martes, 29 de marzo de 2011

Fútbol S.A. (por Javier Viveros)

Por Javier Viveros

A mi hermano Milciades y mis otros compañeros
de los partidos sabatinos en la plaza de Luque.

I

Entre semana, el preparador físico nos hacía trotar desde las siete de la mañana, les ordenaba que trotaran unas veinte vueltas en torno a la cancha de Luqueño, nos movíamos como autómatas, se desplazaban lentos y contagiados de sueño, bostezábamos algunos y ese bostezo se multiplicaba en casi todo el plantel de jugadores, también nos hacía bostezar a algunos miembros del cuerpo técnico.
Vamos que sólo faltan catorce vueltas, nos gritaba el preparador físico. Dale, que en diez vueltas más estarán respirando y distendiendo los músculos, les decía para darles ánimo. Mientras trotaba en la última fila, yo miraba a los compañeros que tenía adelante, los veía más bien de perfil, y podía notar en todas o en casi todas las caras que dos o tres horas más de sueño hubieran sido un santo remedio.
Al cerrar el círculo gritábamos la cifra, el número de vueltas que iban completando; «nueve», exclamamos sin muchas ganas y para darles aliento también yo me puse a correr, se puso a trotar con ellos las pocas vueltas que nos restaban para que alcanzaran la cifra programada, para que completáramos la rutina. Pero como máximo le metía tres vueltas. Yo trotaba con ellos y se movía rápido, encabezando la fila, ejemplar el hombre, me ponía en la punta pero a medida que se iba cansando iba perdiendo posiciones y suelo terminar casi siempre último, lo hacía nada más para demostrar espíritu de cuerpo, como en la milicia, no es algo imprescindible pero yo lo hago, los jugadores veíamos con buenos ojos esa actitud de nuestro preparador físico, pero el volante de creación (Acosta) «me importa un pepino que trote con nosotros» y Acevedo (puntero derecho) «a mí realmente me molesta que nos acompañe».
Desde la distancia, el ojo atento del entrenador nos miraba dar vueltas en torno a la cancha, solía observarlos con atención para ir armando mentalmente el equipo, el domingo pasado sentí una molestia en el muslo derecho y estoy conciente de que el entrenador mira cómo me desplazo, quizá Aguilera no podrá salir de titular el domingo, ¿usted qué opina, doctor?, recién estamos en martes, entrenador, hay que dejar correr los días. Estoy seguro de que podré recuperarme, de que es tan sólo una molestia. Veo que trata de moverse, trato de desplazarme con normalidad como si no le doliera nada, quiero jugar siempre, creo que se repondrá, entrenador, sí, también lo creo, el tiempo es la panacea universal.
Los lunes teníamos libre, era el día del jugador, hay gente que dice que habría que eliminar ese día porque en él se emborrachan y dicen que echamos a perder toda una semana de entrenamiento, la mayoría reposa nada más, otros íbamos a los prostíbulos o salen de parranda y dicen que me bebo hasta el agua de colonia de su hermana. Los martes los iniciábamos con el trote, les doy ejercicios livianos para empezar a entrar en calor, para que nuestros músculos comiencen a prepararse para lo más duro, que sus músculos dejen el relajamiento y se pongan a punto. Después ya entrábamos con los ejercicios calisténicos, en grupos de tres, hacían saltos de costado, nos hacía saltar cinco veces cada lado, el que está en el medio trabajará, luego cambiábamos de posición, equilibrio, hacían el salto mortal, «¡salto de pescado!» nos ordenaba, chocábamos nuestros pechos y luego les pedía enrollamiento progresivo, metían lagartijas, muévanse muchachos, trabajamos nuestras piernas, sudaban con los abdominales, «¡el avionazo!» nos gritaba. Luego, acabada la batalla, hacíamos estiramientos y respiraban profundamente.
Los martes y miércoles trabajamos fuertemente con el preparador físico. Los jueves y viernes tenían siempre el trote, nos daban ejercicios más livianos, les hacemos trabajar menos tiempo con las gimnasias, hacemos fútbol y nos suelen hacer practicar con algunos artilugios, esquivaban obstáculos a la carrera, vamos driblando unos conos que más parecen unas balizas, patearé tiros libres contra una barrera de madera, solíamos adiestrarlos para sacar provecho de una pelota parada, cabeceamos los tiros de esquina lanzados por Acosta, «ese maldito es el dueño de las pelotas quietas», tiene un buen pie derecho por eso lo dejo patear siempre, le doy bien con la cara interna del botín y también con el empeine.
El entrenador nos hace practicar movimientos tácticos, yo solía reunirlos ante mi pizarra de hierro y va moviendo unos imanes coloreados tratando de explicarles su idea para encarar al equipo rival del domingo, jugadas que reproduciríamos sobre el césped cuando enfrenten al enemigo, vos vas a asfixiarlo al lateral derecho porque por allí tienen su salida, sí señor, como usted diga (Arévalos habla), Abente, quiero que vos siempre te anticipes a éste (y el imán se despegaba de la pizarra y volvía a pegársele), recuperes la pelota (como si fuera tan sencillo), toques en corto y te desmarques para pasar al ataque, y Abente «como usted mande, entrenador». Yo codiciaba la cinta de capitán pero me guardé de decirlo, juega muy bien pero no tiene dotes de líder por eso no le otorgo la capitanía.
A veces íbamos al gimnasio del club, yo hacía mi rutina de abdominales, levantaban pesas, necesitamos muchas más pesas, usted es el presidente del club, debería poder hacer algo, veremos, no se apresure, veremos entrenador, déjelo a mi cargo. Los sábados nos concentrábamos en las instalaciones del club, el Sportivo Luqueño tiene la infraestructura para albergar cómodamente (ni tanto) a más de un plantel de jugadores (mentira), era la víspera del partido y solía ser un día muy aburrido (cierto), se les notaba el tedio por todos los costados, Aranda leía unas revistas, creo que eran Vanitas, leeré mis Caretas Magazine, otros jugadores veían la tele (Cinecanal), extrañábamos el alcohol, oír una música (cumbia villera) que venía de las afueras del estadio les daba cierta envidia de libertad, pero el tiempo pasaba, lento como en los minutos faltantes para sumar una victoria, pero pasaba.
Los domingos tocaba jugar. Como todo en la vida a veces ganábamos y a veces pierden. Las ocasiones en que perdíamos el público me silbaba, en la hinchada entonamos cánticos contra ese pecho frío, en la prensa lo hostigábamos por mi poca pericia para manejar el equipo, por su planificación deficiente, por nuestro juego desordenado y deslucido. En algunas temporadas cosechábamos más victorias que derrotas y terminábamos entre los cinco primeros y eran los héroes, casi nunca ganaban el campeonato, estos jugadores son unos peseteros, hacemos lo que podemos, necesito un volante de creación con llegada. En otras temporadas el número de derrotas era superior al de victorias y rubricábamos numerosos empates y entonces terminaban entre los últimos puestos y pierdo mi cargo de entrenador, se va, me voy; señores: les presento a su nuevo entrenador. Recibían un premio en metálico (mosca) por cada partido ganado, nos pagaban la mitad por cada empate y se sorbían los mocos con cada derrota. Pero a pesar de la irregularidad de nuestras campañas no descendíamos, Arturo, al parecer los luqueños mantendrán una vez más la categoría, a veces terminan en mitad de tabla y a veces cerca de la cola, pero seguimos vivos en la primera división. Así transcurría la vida del plantel, ésta era su rutina cíclica, hasta que de golpe todo cambió.

Continuará...


Javier Viveros (Asunción, 1977). Es Licenciado en Análisis de Sistemas e Ingeniero en Informática. Publicó los libros de cuentos La luz marchita, Ingenierías del Insomnio y Urbano, demasiado urbano, así como también los poemarios Dulce y doliente ayer, En una baldosa, Panambi Ku’i y Mensajeámena (poemas a ras del saldo).
Su último libro, Urbano, demasiado urbano, agrupa diez cuentos donde se respira el smog de las ciudades y puede percibirse esa “alucinación en marcha” de la vida moderna. El cuento “Misterio JFK” del libro mencionado, resultó finalista entre 4.735 textos participantes del Concurso Internacional “Juan Rulfo”, en su edición del 2009. Dicho concurso está organizado por Radio Francia Internacional, el Instituto de México en París, el Instituto Cervantes, la Casa de América Latina, Unión Latina, el Colegio de España en París y Le Monde Diplomatique (España).
El blog del autor: http://javierviveros.blogspot.com y su e-mail: jviveros@gmail.com

martes, 22 de marzo de 2011

Leyes de Descartes en caso de duda (por D. Samper y R. Gordillo)

Por Daniel Samper y Rafael Gordillo


Si usted es portero, en caso de duda grite: “Miaaaaaa”.

Si usted es defensa, en caso de duda pida fuera de juego.

Si usted es delantero, en caso de duda pida penal.

Si usted es mediocampista, en caso de duda déjese caer y pida falta.

Si usted es periodista, en caso de duda critique la estrategia.

Si usted es entrenador, en caso de duda muéstrese irritado.

Si usted es directivo, en caso de duda destituya al entrenador.

Si usted es espectador, en caso de duda insulte al árbitro.

Si usted es árbitro, en caso de duda muéstrele la tarjeta al jugador visitante y regañe severamente al jugador local.


Este texto fue extraído de la muy buena página web Cuentos y más: http://www.cuentosymas.com.ar/

martes, 22 de febrero de 2011

Poemas de Bernardo Canal Feijóo

Ansiedad

El ansia del triunfo

anidaba en el ángulo de la red,

a espaldas del arquero,

una gran araña torva...

(El juego se agolpaba contra uno de los arcos, como en un peloteo a la pared. El arquero tenía ya empastelados los ojos, y aunque volvía las espaldas en las contorsiones bruscas, quedaba siempre mirando de frente como un búho idiota.

Solo, abandonado en su arco, el arquero adversario se paseaba de un lado para otro, se detenía, parecía ladrar al tumulto lejano, como un perro atado a su garita.)

Córner

Los jugadores se reunieron a dar la bienvenida.

Como de un lejano horizonte

se levanta la pelota del córner,

abriendo su vuelo de serpentina...

Se encoge la guardia de los jugadores

y ajusta el paredón del gol.

Entonces,

entre las frentes endurecidas,

una frente,

aristada de voluntad

en un salto más alto que ninguno,

quiebra como un florete

el acero flexible de la parábola del córner...

Réferi

El réferi husmeaba todo, estaba empeñado en revertirlo todo hacia sí, en sorprender las delanteras sin darse mucho afán, con una judiciaria propensión a descubrir la falta, a aplicar sus sanciones de pito solemne.

(Va, vuelve; tiene una carrera entorpecida de una contracarrera, con estacatos de cardíaco, o de palmípedo doméstico, que pretende seguir el volatín aéreo de los pájaros, y larga tres pasos torpes de tony botinudo.)

Al arco

(El arquero sabe de la alegría de transmutar

en juego el ceño homicida del adversario.)

Bernardo Canal Feijóo (Santiago del Estero, 1897 - Buenos Aires, 1982). Figura central de la cultura argentina del siglo XX. Como poeta publicó los libros Penúltimo poema del fútbol (1924), Dibujos en el suelo (1927), La rueda de la siesta (1930), Sol alto (1932) y La rama ciega (1942). Fue, además, autor de una extensa y brillante producción teatral y ensayística, que incluye títulos como Ñan (1932), Pasión y muerte de Silverio Leguizamón (1937), Confines de Occidente (1954) o Tungasuka (1968).

Estos poemas fueron extraídos de Penúltimo poema del fútbol (reeditado en 2007), un libro que marcó vanguardia no sólo por su temática, sino por su forma. Además, incluye unas geniales ilustraciones de su autor. Es un honor que podamos publicar un fragmento para que disfruten nuestros lectores.

martes, 8 de febrero de 2011

Pasta de Campeón (por Nolberto Malacalza)

Por Nolberto Malacalza


Puedo hablar acerca de Nacho con más propiedad que sobre cualquiera de los otros nietos. Son varios, pero este ejemplar se lleva las palmas. Lo conozco desde antes de que se le cayera el cordón umbilical, y no termino de conocerlo.
Lo vimos por primera vez en la clínica, horas después del nacimiento. Era una laucha, pero ya tenía carita de comprador. Ahora está alto, aunque sigue flaco. Tanto, que los amigos —y hasta los hermanos— le dicen Cuis. A mí no me gusta que lo llamen de ese modo.
Desde el jardín maternal venía metiéndose a las maestras en el bolsillo. No por atento ni por pícaro, sino por sus ojos grandes y su porte de laucha. Despertaba deseos de mimarlo, de contenerlo. Y es sabido que los chicos son complacientes cuando las cosas vienen a favor.

El baterista

Antes de que Nacho cumpliera tres años, el otro abuelo le compró una batería. El chico no era más alto que seis o siete ladrillos apilados, pero le daba tanto al juguete que mucho no le duró. Lo aplaudíamos hasta el delirio, le hacíamos humo con brasas y pasto verde y el tipo aporreaba, agradecía, volaba en su nube de gloria. Ya pintaba como gran fabulador.

El supergol

—El arquero me la alcanzó cortita. Avancé dos o tres pasos, le di con todas mis fuerzas y la clavé en un ángulo. Bah —aclaró, displicente—, no le di con todas mis fuerzas.
Disimulé la risa. De dónde, con ocho años y esas piernitas de alambre. Sin embargo acepté la versión remando para el mismo lado que él. Pensé que si más adelante le tomaba el gusto a las letras, como me pasó a mí, en la familia tendríamos un buen referente de la literatura fantástica.
Lo llevé a la práctica siguiente con la solapada intención de contárselo al profesor y reírnos un poco. El gol lo había hecho, pero desde unos siete metros. Viendo lo corta que era la cancha, no resultaba tan exagerado el relato de Nacho. Además, la había metido al milímetro. El entrenador me dijo que tampoco él terminaba de conocerlo, que de vez en cuando sacaba genialidades de la galera pero que era mucho más frecuente que se pusiera a papar moscas y no agarrase una. Lo hacía jugar diez o quince minutos porque en algún momento, en algún partido, se le podía encender la lamparita. Después de ese período tenía que sacarlo porque no se aguantaba el físico de los defensores rivales. A juzgar por el modo en que me lo contaba, pensé que con este muchacho se estaba repitiendo la historia de las maestras del jardín maternal. Sin embargo él era un técnico inteligente y por algo lo pondría.

El baterista II

Una vez, al volver de la escuela, se encontró con la batería grande. El papá y los amigos ensayaban aquí al lado, en su casa. El instrumento era gordo y complicado, había que dejarlo en un lugar porque resultaba incómodo trasladarlo. A Nacho lo subían al taburete de baterista, le daban los palos y después el lío era bajarlo a la hora de comer. Me causaba gracia verlo apoyar los pies en los travesaños del asiento y estirarse para darle al plato grande. Decía que cuando llegara a los pedales de abajo iba a tocar en la tele y en la cancha de River. Porque él se hizo de River. Y no fue por mí.

El papá

Nacho estaba por cumplir nueve años cuando su papá se convirtió en una voz en el teléfono y en alguna camiseta del Inter que le traía desde Porto Alegre. También fue su interlocutor más importante, el que prestaba mayor atención al relato de sus hazañas. Pero tres o cuatro días de visita pasan rápido. Unos sellados con gaseosa en la peatonal, en compañía de los hermanos y algún primo, y otra vez el viaje al aeropuerto. Un montón de besos, chau pa, volvé pronto, y la manito le quedaba en el aire. Todos fuimos aprendiendo a no sufrir.

El plan

A él le gustaba lucir la de Argentina, la del diez en la espalda. La usaba a cualquier hora y en cualquier sitio, porque llegaría el momento de jugar en la selección y había que estar preparado. Eso es tener ideales, le dije. El sábado por la tarde fuimos a comprar la pelota casi toda blanca que tanto le gustaba. Al día siguiente me dijo que le había escrito el nombre del club de sus amores con un fibrón rojo, en letra grandota. Eso no me gustó nada pero la pelota era suya, qué podía decirle. Lo disuadí de su intención de mostrármela, y rato después me di cuenta de que había sido un poco duro con él. Pensé en dar marcha atrás, pero no lo hice. Entre hombres las cosas deben ser así.
Hacía jueguito todo el tiempo. Sabía que necesitaba algo impactante para que lo llamasen desde arriba, pero ese tipo de magia no era novedad: ya la había hecho Dieguito en la cancha de Argentinos. Nacho tenía otro plan. Había dicho que en algún momento la sacaría de un zurdazo por la ventana del dormitorio y la metería en el palomar de enfrente, justo por el agujero de entrada y salida de las mensajeras. La noticia se desparramaría por toda la ciudad, y entonces repetiría la prueba ante las cámaras de televisión y una multitud de curiosos. Con la evidencia recorriendo el país, el DT de la selección lo llamaría con urgencia.
—Buena idea —le dije.

La prueba

Cerca de las nueve, después de que él se fuera a la escuela, tocó timbre el colombófilo de enfrente. Venía con una número cinco casi toda blanca, con inscripciones en rojo. Pensó que era de Nacho, porque yo le había contado sobre su capricho de arruinarla con el nombre de una divisa que no era la mía. El proyectil había matado a una de sus mejores palomas, las otras estaban estresadas, el palomar era un infierno.
—No imagino con qué pudieron impulsarla hasta la altura de la terraza —dijo— ni cómo hicieron para meterla por allí. Me parece, don Ángel, que alguien le sacó la pelota a Nacho para ensayar algún aparato nuevo.
—¿Aparato nuevo? ¿Qué querés decir?
—Una catapulta. O algo parecido. Los grandotes se gastan los dedos con esos jueguitos de guerra y después se largan a inventar cosas raras. ¿Eh, don Ángel?
No se notaba el menor gesto de reproche en ese hombre, ya que no le entraba en la cabeza que el bombazo hubiese sido obra de Nacho.
—Con esas piernas flacas —dijo—, sería como pegarle con la servilleta.
Yo tomé la pelota y me puse a girarla en las manos, haciéndome el distraído mientras contaba hasta diez. Luego lo miré fijo y le dije:
—Te voy a pagar la paloma muerta, no importa cuánto valga. Y va a ser conveniente que esta tarde, como a las cinco, encierres a las otras en una jaula. Andá sabiendo que, después de la merienda, Nacho la va a meter otra vez. No, no, qué catapulta ni ocho cuartos. La va a meter de un zurdazo. En tus narices. ¿Está claro?

martes, 1 de febrero de 2011

Bandera que se hace manta (por Ricardo Martínez Gálvez)

Por Ricardo Martínez Gálvez




Un faso, una birra, un amigo ocasional.
Y una bandera que apenas ataja el frío
de esas noches interminables de invierno,
en que lo único que no se escarcha es el corazón.


Desde "Gambeteando..." agradecemos cordialmente al autor por autorizarnos a publicar su obra.

martes, 25 de enero de 2011

De las cosas del destino (por Elizabeth Carpi)

Por Elizabeth Carpi

Cuando Martín nació, las tres Parcas se conmovieron. Era tan perfecto. Cloto le dio el mejor hilo para bordar su destino. Láquesis tejió momentos maravillosos. Átropos afirmó que es hilo tendría fin cuando cumpliera una centuria.

Martín creció con el horóscopo a favor. Nada le era imposible. Si había viento norte, él caminaba hacia el sur y viceversa. Sus tres madrinas protegían sus deseos y ambiciones.

Hasta que un día, Láquesis, se cansó de sostener la madeja de hilo rojo para el amor y la arrojó al suelo. Ese día el joven supo de confusiones y golpes y torceduras y de vientos en contra. Si él amaba, ella no le correspondía y viceversa. Nada fue igual. Conoció el llanto, el sufrimiento y el dolor de panza. Pidió a los dioses que lo ayudaran. Cantó loas a todos los héroes.

Por fin, Átropos, convenció a Láquesis y ella ordenó el hilo rojo y tejió el hilo azul. Entonces los astros fueron propicios. Se preparó para entrar a Boca Juniors. Y el mundo de Martín se hizo cancha.


Elizabeth Carpi es docente- Directora de una Escuela de nivel Primario y profesora de práctica de la Enseñanza de nivel Inicial y Primario, y de Metodología de la Investigación Educativa , coordina Talleres literarios, Dicta charlas y cursos para niños, adolescentes , docentes. Ha participado con disertaciones en congresos en el país y en el exterior. Pertenece al grupo de pintores de Corral de Bustos. Expone obras en la región y en el país. Entre sus libros se encuentran: Poesías para mi niño, El mundo de la abuela, Asombros, Mundo de asombros, Tengo una idea, TodaVía, Desde las palabras, Historia de la Escuela R.E. de San Martín ( I y II), Juan Cuento, Con ton y con son, Paraarrimarte.

martes, 11 de enero de 2011

Gallardo Pérez, referí (por Osvaldo Soriano)

Por Osvaldo Soriano

Cuando yo jugaba al fútbol, hace más de veinte años, en la Patagonia, el referí era el verdadero protagonista del partido. Si el equipo local ganaba, le regalaban una damajuana de vino de Río Negro; si perdía, lo metían preso. Claro que lo más frecuente era lo de la damajuana, porque ni el referí, ni los jugadores visitantes tenían vocación de suicidas.

Había, en aquel tiempo, un club invencible en su cancha: Barda del Medio. El pueblo no tenía más de trescientos o cuatrocientos habitantes. Estaba enclavado en las dunas, con una calle central de cien metros y, más allá, los ranchos de adobe, como en el far-west. A orillas del río Limay estaba la cancha, rodeada por un alambre tejido y una tribuna de madera para cincuenta personas. Eran las "preferenciales", las de los comerciantes, los funcionarios y los curas. Los otros veían el partido subidos a los techos de los Ford A o a las cajas de los camiones de la empresa que estaba construyendo la represa.

Todos nosotros estábamos bajo el influjo del maravilloso estilo del Brasil campeón del mundo, pero nadie lo había visto jugar nunca: la televisión todavía no había llegado a esas provincias y todo lo conocíamos por la radio, por esas voces lejanas y vibrantes que narraban los partidos. Y también por los diarios, que llegaban con cuatro días de atraso, pero traían la foto de Pelé, el dibujo de cómo se hacía un cuatro-dos-cuatro y la noticia de la catástrofe argentina en Suecia.

Yo jugaba en Confluencia, un club de Cipolletti, pueblo fundado a principios de siglo por un ingeniero italiano que tenía un monumento en la avenida principal. Todavía las calles no habían sido pavimentadas y para ir al fútbol los domingos de lluvia había que conseguir camiones con ruedas pantaneras. Confluencia nunca había llegado más arriba del sexto puesto, pero a veces le ganábamos al campeón. Muy de vez en cuando, pero le dábamos un susto.

Ese día teníamos que jugar en la cancha de Barda del Medio y nunca nadie había ganado allí. Los equipos "grandes" descontaban de sus expectativas los dos puntos del partido que les tocaba jugar en ese lugar infernal. Los muchachos de Barda del Medio, parientes de indios y chilenos clandestinos, eran tan malos como nosotros suponíamos que eran los holandeses o los suecos. Eso sí, pegaban como si estuvieran en la guerra. Para ellos, que perdían siempre por goleada como visitantes, era impensable perder en su propia casa.

El año anterior les habíamos ganado en nuestra cancha cuatro a cero y perdimos en la de ellos por dos a cero con un penal y piadoso gol en contra de Gómez nuestro marcador lateral derecho. Es que nadie se animaba a jugarles de igual a igual porque circulaban leyendas terribles sobre la suerte de los pocos que se habían animado a hacerles un gol en su reducto.

Entonces, todos los equipos que iban a jugar a Barda del Medio aprovechaban para dar licencias a sus mejores jugadores y probar a algún pibe que apuntaba bien en las divisiones inferiores. Total, el partido estaba perdido de antemano. El referí llegaba temprano, almorzaba gratis y luego expulsaba al mejor de los visitantes y cobraba un penal antes de que pasara la primera hora y la tribuna empezara a ponerse nerviosa. Después iba a buscar la damajuana de vino y en una de ésas, si la cosa había terminado en goleada, se quedaba para el baile.

Ese día inolvidable, nosotros salimos temprano y llevamos un equipo que nos había costado mucho armar porque nadie quería ir a arriesgar las piernas por nada. Yo era muy joven y recién debutaba en primera y quería ganarme el puesto de centro delantero con olfato para el gol. Los otros eran muchachos resignados que iban para quedarse en el baile y buscar una aventura con las pibas de las chacras.

Después del masaje con aceite verde, cuando ya estábamos vestidos con las desteñidas camisetas celestes, el referí Gallardo Pérez, hombre severo y de pésima vista, vino al vestuario a confirmar que todo estuviera en orden y a decirnos que no intentáramos hacernos los vivos con el equipo local. Le faltaban dos dientes y hablaba a tropezones, confundiendo lo que decía con lo quería decir.

Le dijimos -y éramos sinceros- que todo estaba bien y que tratara, a cambio, de que no nos arruinaran las piernas. Gallardo Pérez prometió que se lo diría al capitán de ellos, Sergio Giovanelli, un veterano zaguero central que tenía mal carácter y pateaba como un burro.

Ni bien saludamos al público que nos abucheaba, el defensa Giovanelli se me acercó y me dijo: "Guarda, pibe, no te hagas el piola porque te cuelgo de un árbol". Miré detrás de los arcos y allí estaban, pelados por el viento, los siniestros sauces donde alguna vez habían dejado colgado a algún referí idealista. Le dije que no se preocupara y lo traté de "señor". Giovanelli, que tenía un párpado caído surcado por una cicatriz, hizo un gesto de aprobación y fue a hacerles la misma advertencia a los otros delanteros.

La primera media hora de juego fue más o menos tranquila. Empezaron a dominarnos pero tiraban desde lejos y nuestro arquero, el Cacho Osorio, no podía dejarla pasar porque habría sido demasiado escandaloso y nos habrían linchado igual, pero por cobardes. Después dieron un tiro en un poste y el Flaco Ramallo sacó varias pelotas al córner para que ellos vinieran a hacer su gol de cabeza.

Pero ese día, por desgracia, estaban sin puntería y sin suerte. Todos hicimos lo posible para meter la pelota en nuestro arco, pero no había caso. Si el Cacho Osorio la dejaba picando en el área, ellos la tiraban afuera. Si nuestros defensores se caían, ellos la tiraban a las nubes o a las manos del arquero.

Al fin, harto de esperar y cada vez más nervioso, Gallardo Pérez expulsó a dos de los nuestros y les dio dos penales. El primero salió por encima del travesaño. El segundo dio en un poste. Ese día, como dijo en voz alta el propio referí, no le hacían un gol ni al arco iris. El problema parecía insoluble y la tribuna estaba caldeada. Nos insultaban y hasta decían que jugábamos sucio. Al promediar el segundo tiempo empezaron a tirar cascotes.

El escándalo se precipitó a cinco o seis minutos del final. El Flaco Ramallo, cansado de que lo trataran de maricón, rechazó una pelota muy alta y yo piqué detrás de Giovanelli, que retrocedía arrastrando los talones. Saltamos juntos y en el afán de darme un codazo pifió la pelota y se cayó. La tribuna se quedó en silencio, un vació que me calaba los huesos mientras me llevaba la pelota para el arco de ellos, solo como un fraile español.

El arquerito de Barda del Medio no entendía nada. No sólo no podían hacer un gol sino que, además, se le venía encima un tipo que se perfilaba para la izquierda, como abriendo un ángulo de tiro. Entonces salió a taparme a la desesperada, consciente de que si no me paraba no habría noche de baile para él y tal vez hasta tendría que hacerme compañía en el árbol de fama siniestra. Él hizo lo que pudo y yo lo que no debía. Era alto, narigón, de pelo duro, y tenía una camiseta amarilla que la madre le había lavado la noche anterior. Me amagó con la cintura, abrió los brazos y se infló como un erizo para taparme mejor el arco. Entonces vi, con la insensatez de la adolescencia, que tenía las piernas arqueadas como bananas y me olvidé de Giovanelli y de Gallardo Pérez y vislumbré la gloria.

Le amagué una gambeta y toqué la pelota de zurda, cortita y suave, con el empeine del botín, como para que pasara por ese paréntesis que se le abría abajo de las rodillas. El narigón se ilusionó con el driblin y se tiró de cabeza, aparatoso, seguro de haber salvado el honor y el baile de Barda del Medio. Pero la pelota le pasó entre los tobillos como una gota de agua que se escurre entre los dedos.

Antes de ir a recibirla a su espalda le vi la cara de espanto, sentí lo que debe ser el silencio helado de los patíbulos. Después, como quien desafía al mundo, le pegué fuerte, de punta, y fui a festejar. Corrí más de cincuenta metros con los brazos en alto y ninguno de mis compañeros vino a felicitarme. Nadie se me acercó mientras me dejaba caer de rodillas, mirando al cielo, como hacía Pelé en las fotos de El Gráfico.

No sé si el referí Gallardo Pérez alcanzó a convalidar el gol porque era tanta la gente que invadía la cancha y empezaba a pegarnos, que todo se volvió de pronto muy confuso. A mí me dieron en la cabeza con la valija del masajista, que era de madera, y cuando se abrió todos los frascos se desparramaron por el suelo y la gente los levantaba para machucarnos la cabeza.

Los cinco o seis policías del destacamento de Barda del Medio llegaron como a la media hora, cuando ya teníamos los huesos molidos y Gallardo Pérez estaba en calzoncillos envuelto en la red que habían arrancado de uno de los arcos.

Nos llevaron a la comisaría. A nosotros y al referí Gallardo Pérez. El comisario, un morocho aindiado, de pelo engominado y cara colorada, nos hizo un discurso sobre el orden público y el espíritu deportivo. Nos trató de boludos irresponsables y ordenó que nos llevaran a cortar los yuyos del campo vecino.

Mientras anochecía tuvimos que arrancar el pasto con las manos, casi desnudos, mientras los indignados vecinos de Barda del Medio nos espiaban por encima de la cerca y nos tiraban más piedras y hasta alguna botella vacía.

No recuerdo si nos dieron algo de comer, pero nos metieron a todos amontonados en dos calabozos y al referí Gallardo Pérez, que parecía un pollo deshuesado, hubo que atenderlo por hematomas, calambres y un ataque de asma. Deliraba y en su delirio insensato confundía esa cancha con otra, ese partido con otro, ese gol con el que le había costado los dos dientes de arriba.

Al amanecer, cuando nos deportaron en un ómnibus destartalado y sin vidrios, bajo la lluvia de cascotes, nuestro arquero, el Cacho Osorio, se acercó a decirme que a él nunca le habrían hecho un gol así. "Se comió el amague, el pelotudo", me dijo y se quedó un rato agachado, moviendo los brazos, mostrándome cómo se hacía para evitar ese gol.

Cuando se despertó, a mitad de camino, Gallardo Pérez me reconoció y me preguntó cómo me llamaba. Seguía en calzoncillos pero tenía el silbato colgando del cuello como una medalla.

-No se cruce más en mi vida -me dijo, y la saliva le asomaba entre las comisuras de los labios-. Si lo vuelvo a encontrar en una cancha lo voy a arruinar, se lo aseguro.

-¿Cobró el gol? -le pregunté. -¡Claro que lo cobré! -dijo, indignado, y parecía que iba a ahogarse- ¿Por quién me toma? Usted es un pendejo fanfarrón, pero eso fue un golazo y yo soy un tipo derecho.

-Gracias -le dije y le tendí la mano. No me hizo caso y se señaló los dientes que le faltaban.

-¿Ve? -me dijo-. Esto fue un gol de Sívori de orsai. Ahora fíjese dónde está él y dónde estoy yo. A Dios no le gusta el fútbol, pibe. Por eso este país anda así, como la mierda.

Este texto fue extraído de la muy buena página web Cuentos y más http://www.cuentosymas.com.ar/

martes, 4 de enero de 2011

Desde creer saber y no saber nada (por Sonia Figueras)

Por Sonia Figueras

A GAMBETEANDO PALABRAS
Una página donde escriben los que saben, los mejores.

Hasta hoy no pude sustraerme a la locura que me acometió en este Mundial Sudáfrica 2010.
Junto a mi papá aprendí a ver futbol, primero con la radio pegada a la oreja allá por la época de la saeta, de la máquina de la banda roja, ese club en que estaba federada en voley o en atletismo con marcas que nada tienen que ver con las de hoy, en tiempos en que asimilé-una pelota adelantada, afuera, penal o no, full o no, mano…hasta que me hice bostera desde el fondo de mi alma.
Ya desde el primer encuentro con Nigeria, la noche anterior, las sábanas, mortajas heladas no cumplían su papel de mortajas.
La entrada habitual, las camisetas, el himno que invariablemente me estruja el pecho, los brazos abrazados y la cara del niño hombre genio que logró que los 11 chicos de la cancha y los 11 del banco, con su magia, lo entonaran con el corazón como el mío, para buscar la gloria. Porque ellos iban por la gloria, por la camiseta.
Había que ver las presencias sobre el verde pasto,
Susto ante las cualidades de esos negros maravillosos, esa ligereza africana.
Y esa noche consumí los restos de tranquilidad que suelo concebir para percibir las jugadas peligrosas..
Con Grecia asomó el aliento y la esperanza. Con México, con sufrimiento me agrandé con el 3 a 1, aunque con reservas. Soporté en la cama, boca abajo, con los ojos tapados con un pañuelo, sin los lentes, total, yo podía escuchar al relator y ver con mis ojos sin mirar, dónde, en qué lugar estaba cada jugador. Mucho, ¿no?
Ahora, a las 00:00 horas del 2 de julio, espero el encuentro con Alemania y tengo miedo. No se si soportaré la rutina del comienzo y menos el partido.
Dejo la lapicera y el papel “blanco como un papel” e intentaré dormir. No sé si quiero que el día de mañana sea mañana o en un año, cien o mil. Mañana será el principio del fin y la hermosa pesadilla del interrogante. ¿Aguantaré la carita del mago, sea cual fuere el resultado?
¡Vamos, Diego querido, vamos chicos. Vamos Argentina!


3 de julio. ¿Qué hora era?
Y fue una horrible pesadilla con hombres que lucharon hasta el fin. Con un Diego que emergido del fondo de los fondos, pudo con su mística, abrazar, besar a sus chicos como ningún técnico. No hubo, no hay, no habrá otro que ante la salida de un cuarto de una final mundial, respete a sus jugadores, los premie con su afecto y los incite al nuevo intento con o sin él.
¿No es verdad que digo que Diego tiene magia en los pies y mística en el alma?
Y me quedo con algo que escuché y jamás se me había ocurrido, “el futbol es un deporte en que con los mismos miembros con los que se movilizan los jugadores, tienen que hacer la jugada”. En eso, el Diego, el mago, el místico, es un experto.
Gracias Diego, gracias muchachos, ya dejé de llorar.

Le agradecemos a Sonia por la dedicatoria, tal vez demasiado para nosotros.
¡Como nos hubiera gustado a los Gambeteadores que Diego siguiera al frente de la Selección! por lo menos a mí me suena muy insulsa la Argentida del "Checho" Batista...

martes, 7 de diciembre de 2010

Tribuna popular (por Juan José Panno)

Por Juan José Panno

El partido de gala que se disputaba en el Gran Estadio era tan malo, pero tan malo que los espectadores se empezaron a asomar a los murallones de las graderías para espiar desde ahí el encuentro improvisado que estaban jugando hijos y sobrinos de los profesionales en un campo lindero. Su Majestad, presente en el Gran Estadio, fue notificada de lo que estaba ocurriendo y tomó inmediatamente una medida demagógica de esas a la que ya tenía acostumbrada a la población: mandó traer a los jóvenes al Gran Estadio y ordenó que los cracks pasasen castigados a la cancha auxiliar. La plebe celebró alborozada la novedad, pero diez minutos más tarde todos desdeñaron lo que estaba ocurriendo en el Gran Estadio y empezaron a mirar el partido, abierto y divertido que jugaban los profesionales en el campo contiguo.

Este texto fue extraído de la muy buena página web Cuentos y más http://www.cuentosymas.com.ar/