jueves, 12 de marzo de 2009

Piel de Judas

Por Juan José Panno

Rajá pa dentro, rajá para dentro te digo, que te voy a arrancar la cabeza, te miraste como tenés las rodillas desgraciumana, me vas a volver loca, vos querés que me vuelva loca, que me internen en un manicomio querés, decí, decí la verad, callate la boca y andá a lavarte, mirá esas manos, vení para acá, vení para acá, mirate esos tobillos, ayyyy, el soponcio me agarra el soponcio, el hígado, ahora vas a ver cuando vuelva tu padre, porque con tu padre no jodés, claro, para eso está la señora, la sirvienta que te tiene que planchar la ropa, preparar la comida y vos en lo único que pensás es en jugar a la pelota con esa manga de atorrantes, te voy a mataaaar, un día se me va a terminar la paciencia y te voy a pegar una paliza que no te vas a olvidar en tu vida, eso querés ¿no?, tiene razón la Pocha, a ustedes hay que tenerlos cortitos, porque una les da el codo y se agarran todo el brazo, te dije media hora y mirá la hora que es, no me comés, no me hacés los deberes y encima te pasás toda la tarde con esa pelota de porquería, nooo, pero ya vas a ver cuando vuelva tu padre. ¿Sabés que sos vos? Sos la piel de Judas, la peste bubónica sos, callate la boca, chito, chito eh, anda a lavarte, vení para acá, ¿te viste las zapatillas?, noooo que te vas a mirar vos si lo único que te importa es jugar a la pelota con los desgraciados esos, meta pelota y pelota todo el día y a mí que me parta un rayo ¿te vas a ir a lavar o no te vas a ir a lavar? ¡esas rodillas! percudidas las tenés, per-cu-di-das, te vas a tener que lavar con acaroina, ayyy, tu hermano no era así, ah nooo, el Carlitos es una monada, nunca me llamaron del colegio para decirme nada, nunca una palabra de más, un niño prodigio el Carlitos, no como vos, pedazo de bestia, machona de porquería, tendrías que haber sido varón vos, siempre lo dije.


Este muy buen cuento fue publicado originalmente en "Corazón y pases fuertes" de Editorial Colihue.
Y fue tomado de la excelente página web "Cuentos y más"
Le agradecemos al autor la autorización para ser publicado en nuestro blog.

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viernes, 27 de febrero de 2009

Bajo el sol de la siesta



Por César Cantoni


Bajo el sol de la siesta, los muchachos
juegan al fútbol en la rambla.
Con el torso desnudo y la frente sudorosa,
corren desordenadamente de un extremo a otro.
Corren. No formulan preguntas,
no sacan conclusiones, no hacen una mística de lo arcano.
Para ellos la vida es tan simple e incuestionable
como la esfera de cuero que patean.
Si hay alguna verdad, una instancia absoluta,
es el momento en que la pelota se introduce en el arco.
Eso… Y las chicas que cruzan la rambla mientras juegan
y tiran de la cuerda de sus sueños.



Este poema fue publicado originalmente en “DIARIO DE PASO”, Editorial Hespérides, La Plata, 2008



César Cantoni nació en La Plata en 1951. Su obra poética publicada comprende los siguientes libros: Confluencias (1978), Los días habitados (1982), Linaje humano (1984), La experiencia concreta (1990), Continuidad de la noche (1993), Cuaderno de fin de siglo (1996), Triunfo de lo real (2001) La salud de los condenados (2004) y Diario de paso (2008). Publicó, además, la plaqueta Irlanda (1998) y el cuadernillo Intemperie y otros poemas (2006).

domingo, 15 de febrero de 2009

¡No te enloquesá, Lalita! (segunda parte)



Por Roberto Fontanarrosa



Primera parte



Fueron ocho las fechas, o diez, o quince. Lo cierto es que, en la segunda rueda, en el partido revancha contra Minerva, Pascual y Lalita estaban en la cancha. Hasta los veinte minutos del segundo tiempo no sucedió nada e incluso dio la impresión de que habían surtido efecto los reiterados consejos de los compañeros de ambos bandos en el sentido de que los seculares contendientes evitaran la conflagración. Hubo un par de cruces, sí, alguna trabada dura, fuerte pero abajo, pero Pascual y el Lalita ni se miraron después tras el choque, atentos a aquello de "reciba y pegue callado" que tantos futboleros pregonan virilmente. Pero, casi sobre el final, en una jugada tonta que no los tuvo como protagonistas directos, los envolvió esa violencia recurrente que parecía ser su sino. Hubo de nuevo corridas, gritos, insultos y el consabido intercambio de golpes entre Pascual y el Lalita, al punto que todos se olvidaron de los otros dos anónimos jugadores que habían iniciado la escaramuza para ocuparse de ellos. La tarjeta roja en alto, elevada por el árbitro con la firmeza y pomposidad con la que puede elevarse un cáliz, marcó, simplemente, el final de un nuevo capítulo para los duelistas. Una hora después, sentados a una mesa de "El Morocho de Abasto", Chalo apuraba una cerveza con el Alemán. Y el Alemán no cesaba de preguntarse como podía ser Pascual tan pelotudo. -- Es que... --inició Chalo, consciente de que quien tiene la información tiene el poder--. No es un fato meramente futbolístico, Alemán. Hubo un quilombo de guita entre ellos. El Alemán lo miró, curioso. -- Me contó Lito --siguió Chalo--. Una cuestión de un crédito. Parece que Pascual salió de garantía. -- No --la respuesta del Alemán fue lo suficientemente breve y segura como para cortar a Chalo-- Eso fue después. -- Me lo contó Lito. -- Te lo contó Lito. Pero Lito solamente sabe esa parte porque el llegó al equipo hace tres años recién. Eso fue después. Yo sé la justa, Chalo. El quilombo fue de polleras. Lala, en la facultad, estuvo a punto de casarse con una mina y el Pascual se la chorió. -- ¿En la facultad? -- Y el Pascual se la chorió. -- ¡Entonces se conocen de hace una punta de años! -- ¡Añares! Amigos de pendejos. Entonces Pascual se casó con esa mina, su actual mujer para más datos, sin saber que la mina le había salido de garantía al Lalita en un crédito para una moto. -- ¡Ah! ¡Y ese es el crédito famoso! -- Ese es el crédito famoso. Por supuesto, Lalita, en llamas porque el otro le había choreado la mina, dejó de pagar el crédito, y el Pascual se tuvo que poner rigurosamente hasta el último mango. Eso le hizo un buen buco al Pascual. -- Mirá vos. Así había sido la cosa. En el camino de vuelta hasta la casa, Chalo no dejó de pensar en las mujeres, en el dinero, temas por siempre conflictivos que pueden llegar a torpedear una amistad, en apariencia milenaria, como la de Pascual y el Lalita. Y siguió cavilando sobre eso casi hasta el final de la segunda rueda, máxime que se había hecho bastante compinche con el Pascual mismo, hombre en el que había descubierto una afabilidad y un certero sentido del humor tras la apariencia rústica y silenciosa del áspero cuevero. Y quiso el destino ("empeñado en deshacer" diría el tango) que en la cuarta fecha del torneo Consuelo, volvieran a encontrarse en el campo con Minerva. Y que volvieran a enfrentarse sobre el campo de juego Pascual y Lalita, quienes, para colmo, no faltaban nunca a sus compromisos futboleros. Como arrastrados por un designio oriental y fatalista, los presentes asistieron puntualmente a las consabidas trompadas, insultos y forcejeos que terminaron, esta vez, con cinco hombres fuera de la cancha. Suplente de un ocho nuevo que habían traído de "La Cortada", Chalo, recostado sobre un césped que se hacía yuyo, miraba el despelote desde bastante lejos, sin siquiera levantar la cabeza de la pelota que le servía de almohada, propiedad del hijo más chico del Cabezón Miraglia. -- El asunto no es futbolístico, Cabezón --le confío, locuaz, al Cabezón Miraglia, que todavía estaba rumiando su bronca por no haber entrado de titular--. Hubo un problema de mujeres. Miraglia no contestó. Siguió masticando chicle, mirando como el Pascual, desaliñado, caminaba hacia afuera de la cancha y se tiraba unos veinte metros más alla, en su ya remanido sendero hacia el exilio de la expulsión. El Cabezón giró hacia Chalo, se acercó un poco más como para que el viento que favorecía al equipo adversario no llevara sus palabras hacia Pascual y, mientras pateaba prolijamente un hormiguero, le dijo al Chalo: -- Eso fue después, Chalo. -- ¿Como después? -- Lo de la mina fue después. La cosa fue política, más que nada... Chalo frunció el entrecejo sin quitar sus manos entrelazadas de bajo la nuca, sintiendo el roce auténtico y voluptuoso de la pelota a gajos hexagonales. Le parecía mentira asistir a ese relato por capítulos futbolísticos, fecha a fecha, expulsión tras expulsión, que lo iba ahondando en la vida de dos sujetos conocidos casualmente en las canchas de fútbol, abocados a la defensa de una divisa. El Cabezón se agachó para seguir contando. -- En la secundaria, Pascual era dirigente estudiantil de izquierda. Estaba en una de esas agrupaciones como el P.T.P., el R.T. nosecuanto, una de esas. Te estoy hablando de los sesenta. Y el Lalita militaba con él. Y un día, yo pienso que debe haber habido uno de esos clásicos celos por la dirigencia, una cosa así, el Lalita se aparece en la escuela, ya estarían por sexto año, con una foto del Pascual, de traje blanco, bailando en una fiesta del Jockey Club. -- ¡No me jodás! --se asombró Chalo. -- ¡Te imaginás! --se rió el Cabezón--. En esa época, pasabas nomás frente al Jockey Club y ya eras un conservador, un facho... -- ¡Claro! Estaba todo tan politizado... -- Y de traje blanco para colmo el Pascual. En una de esas fiestas a todo culo que se daban ahí. -- Lo crucificaron. -- Lo hicieron mierda. Los compañeros de ruta no se lo perdonaron. -- El Pascual habrá dicho que el puesto que no se ocupa lo ocupa el enemigo --volvió a reírse Chalo. -- No sé, no sé. Pero se le acabó la carrera política. Pasó de golpe a ser un chancho burgués, un enemigo de la clase obrera. Se quedaron un rato en silencio, mirando el partido. Tatino acababa de perderse un gol increíble. -- Es por eso que, después... --retomó el Cabezón--. Pascual se empecinó en afanarle la mina al Lalita. Porque creo yo que fue un capricho, nomás. En venganza. -- Pero mirá vos --se quedó pensativo, Chalo, mirando al cielo. El Cabezón había empezado a trotar porque Salvador le gritaba "Calentá, calentá!", mientras se agarraba el rebelde aductor derecho que lo tenía loco desde hacía mucho. Fue Pascual quien le pidió a Chalo que lo alcanzara con el auto. Se había puesto un viejo pantalón de salir sobre el pantaloncito de fútbol y después se había vuelto a calzar pero sin atarse los trabajosos cordones, a los que arrastró hasta que salieron del predio. "Un chico" comparó Chalo, mientras desestimaba la idea de decirle que se atara los cordones porque se podía cagar de un golpe. Y luego, ya en el auto, siguió dando vueltas a los conceptos de dinero, mujeres y política, que entreveraban sus coordenadas y llevaban a dos personas mayores, como Pascual y Lalita, a romperse literalmente la crisma del mismo modo formal y caballeresco con que aquellos románticos personajes cruzaban sus espadas en el relato de Conrad. --... porque me han dicho que vos, con el Lalita, se conocen de hace mucho --se animó a decirle, por fin, al Pascual, tras un largo silencio en el auto, solo amenizado por el sobrio comentario radial de José Pipo Parattore desde el estadio "Gabino Sosa" de Central Córdoba. El mismo Pascual le había dado pie, tras quejarse de que le ardía una peladura en la rodilla y tambien el piñón voleado que le había acertado Lalita en medio del despelote. -- Mucho. Demasiado --crispó una sonrisa, Pascual, tocándose una ceja--. Es al pedo --concluyó, con esa críptica frase donde no se entendía bien si encerraba un escepticismo existencial frente al misterio de la vida, o una desalentada conclusión ante el inútil acopio de años de amistad, o de la convicción del guerrero de cara a una lucha que adivina estéril e inconducente. -- Pero... claro... --se animó Chalo, quizá ante la ambiguedad de la afirmación de Pascual--. Me contaban que no es un asunto futbolero, ¿no? De lo contrario, sería difícil de entender. Por más que uno entienda perfectamente que te podes cagar a trompadas incluso jugando un cabeza en un pasillo... Pascual volvió a sonreir, o quizá fue solo la expulsión de un poco de aire de sus pulmones. -- ¿Qué te contaron? --apuró. Chalo esgrimió la mano derecha en el aire, como espantando una mosca, antes de depositarla de nuevo sobre la palanca de cambios. -- El asunto de un crédito --intentó ser vago--. Un fato relacionado con la política, algo así... Omitió el detalle de la mujer, temiendo meterse en temas demasiado privados o bien deschavar al ocasional informante. Pascual estiró otra sonrisa apretada mientras se tocaba la nariz. Pareció que iba a sumirse en uno de sus habituales silencios de cuevero. Pero la siguió. -- Te informaron mal --dijo. -- Bueno... te cuento...--mintió Chalo-- que no fueron conversaciones formales. Fueron, digamos, comentarios al pasar, opiniones... -- Ya sé, ya sé... Pero te informaron mal. Ya habían llegado. Chalo puteó para sus adentros. Tal vez hubiese debido retrasar la marcha, pero la maniobra dilatoria hubiera sido demasiado ostensible. Pascual abrió la puerta de su lado, puso el bolso sobre sus muslos y saco el pie derecho como para bajarse. "Me pierdo el final" pensó Chalo. Pascual se había tomado del borde del techo del auto con su mano diestra para dar el envión de salida. Era muy grandote. -- ¿Sabés de cuando lo conozco yo al Lalita? --dijo, pese a todo--. ¿Sabés de cuando lo conozco yo a ese hijo de puta? --Chalo lo miraba fijo--. De cuando teníamos los dos cinco años y jugábamos en el baby del club Fisherton. -- Mirá vos --dijo el Chalo. -- ¿Y sabés de donde arranca todo? ¿Sabés de donde arranca la bronca? Chalo negó con la cabeza. -- De un día en que jugábamos contra El Torito y al Lalita le hacen un penal y nos peleamos por patearlo. Mirá lo que te digo. Cinco años teníamos. Pascual, ya incorporado, medio cuerpo metido dentro del auto, osciló los cinco dedos de su mano derecha frente a los ojos de Chalo. -- ¿Qué? --amagó reirse Chalo--. ¿Lo quería patear él? -- ¡Tomá, patear él! --percutió el puño cerrado como un émbolo, Pascual--. El penal se lo habían hecho a él, pero el que los pateaba siempre era yo. Esa era la orden que yo tenía del director técnico. Pero él ya era un pendejo caprichoso. Y nos cagamos a trompadas --Pascual se refregó la cara con la palma de la mano, como con intención de desfigurarse--. ¡Cómo nos cagamos a trompadas ese día, Dios querido! Y de ahí viene todo... Se irguió por completo y cerró la puerta. Chalo se inclinó un poco para verle la cara. -- ¿De ahí viene todo? -- De ahí. Lo demás llega por añadidura. Pero el quilombo empieza con aquel penal. Pascual dijo chau con la mano y se metió en su casa. Chalo puso primera y se fue, pensando. La vida era mas simple de lo que uno suponía, al final de cuentas.



Gracias a Adrianina por enviarnos este texto!!

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jueves, 12 de febrero de 2009

¡No te enloquesá, Lalita!



Por Roberto Fontanarrosa



El más sorprendido fue Chalo cuando (no iban ni cinco minutos de empezado el partido) el Lalita se cruzó toda la cancha y le entró muy fuerte y abajo a Pascual y Pascual, aún antes de caer pesadamente junto a la línea del área, le preguntó al Lalita por que no se iba a la recalcada concha de su madre puta. Pensándolo bien, recordaba luego Chalo (los brazos en jarra, algo alejado del quilombo) antes de empezar, había escuchado a los muchachos conversando mientras se cambiaban en ese vestuario de mierda y Polenta se había dicho que, seguramente, Pascual y Lalita se iban a cagar a trompadas otra vez. Es más --rememoró Chalo, viendo como los muchachos trataban de separar a los calentones-- Salvador lo había cargado bastante a Pascual preguntándole si esa tarde lo iban a echar de nuevo por cagarse a trompadas con el Lalita. -- ¿Será posible? --pasó a su lado el ocho de ellos, buen jugador, callado--. Siempre lo mismo con estos dos infelices. -- Cosa de locos --dijo el Chalo, tocándolo en la panza, en gesto de amistad. -- ¡Aprendé a jugar al fútbol, choto de mierda! --gritaba, ya de pie, Pascual, contenido a medias por Norberto. -- ¡Sí, seguro que vos me vas a enseñar, pajero! --respondió Lalita. -- ¿Ah no? ¿Ah no? ¿No te voy a enseñar yo? ¿No te voy a enseñar yo? Sabes comó te enseño, la puta madre que te parió! -- ¡Seguro! ¡Vos me vas a enseñar, forro! ¡Vos me vas a enseñar a jugar al fútbol! -- ¡Choto de mierda, en la puta vida jugaste al fútbol, sorete! -- ¡Vos me vas a enseñar, maricón! -- ¡Sorete, sos un sorete mal cagado! Tal vez ese concepto de "maricón" exaltó más a Pascual, que se libró del esfuerzo de Norberto y se le fue encima al Lalita. El Alemán se abalanzó para agarrarlo, con Prado y el flaco Peralta. El referí pegaba saltitos en torno al tumulto como un perro que no puede zambullirse en una pelea multitudinaria. -- ¡Pero dejalos que se maten! --gritó desde lejos el cuatro de ellos--. ¡Dejalos que se maten de una vez por todas esos boludos! -- ¡Así nos dejan jugar tranquilos! -- ¡Vení, vení a enseñarme, maricón! --insistía Lalita, contenido por sus compañeros, viendo como Pascual se debatía entre una maraña de brazos. -- ¡Callate, pelotudo! --se anotó, desde lejos, Hernán, con escaso sentido de la oportunidad en el uso del humor--. ¡Si vos tuviste poliomelitis de chico y no te dijeron! -- ¡Pero pisale la cabeza a ese conchudo! --saltó de pronto Antonio corriendo también hacia Lalita--. ¡Siempre el mismo hijo de puta ese hijo de puta! Allí Chalo pensó que el conflicto se generalizaría. -- ¡Antonio! ¡Antonio! --trato de pararlo el Negro. -- ¡Agarralo! ¡Agarralo, Pedro! -- ¡Hijo de mil putas, la otra vez hiciste lo mismo! --recordaba Antonio, medio estrangulado por un brazo de Pedro, las venas del cuello a punto de estallar, la cara roja como una brasa. -- ¿Qué querés vos? ¿Qué querés vos? --Lalita se volvió hacia Antonio, estirando el mentón hacia adelante. Dos de ellos lo agarraron de la camiseta y otro de la cintura. -- ¡Te hacés mucho el gallito porque nuncan te han puesto una buena quema! -- ¡Aflojá, Lalita, no seas boludo! -- ¡Te echan, pelotudo, te van a echar! -- ¿Qué querés vos? ¿Qué querés negrito villero y la concha de tu madre? -- ¡Tito! ¡Paralo, carajo, paralo! -- ¡Cortala, cinco, no te metás que es peor! -- ¡Pará, Mario, pará! -- ¡Te voy a reventar, la concha de tu madre! --Pascual se había zafado de los que lo contenían y corría en un movimiento semicircular hacia su enemigo tratando de eludir los nuevos componedores que se le interponían. Chalo se dejo caer sentado sobre el césped sin llegar a entender demasiado bien como se podía armar semejante quilombo cuando incluso algunos no habían llegado siquiera a tocar la pelota (como él). Miró al dos de ellos y enarcó las cejas en señal de complicidad. -- ¿Podés creer, vos? --dijo el otro, parado en el círculo central y acomodándose los huevos. Escupió a un costado. Prácticamente todos los muchachos, sin olvidar al tío del Perita (fiel y único hincha del "Olimpia") se habían metido en la cancha y estaban separando a los beligerantes. Eran dos grupos que se movilizaban en bloque, hacia atrás o hacia adelante, correlativos unos con otros, como dos arañas negras y deformes, de acuerdo a los impulsos mas o menos homicidas de los contendientes. -- ¡Vos me vas a venir seguro a enseñar a jugar al fútbol, sorete! --la seguía Lalita--. ¡Seguro que vos me vas a venir a enseñar! -- ¡No te enloquesá, Lalita! ¡No te enloquesá! --repetía una voz aguda, desde afuera, como un sonsonete. -- ¡Choto de mierda! ¡Choto de mierda! --Pascual se atragantaba con las palabras y despedía por la boca una baba blanca, casi acogotado por los compañeros--. ¡Claro que te voy...! ¡Choto de...! --obnubilado, no encontraba los mas elementales sinónimos para enriquecer sus agravios y recaía siempre en las mismas diatribas--. ¡Choto de mierda! ¡Chotazo! El árbitro, apreciando un claro en el tumulto, dió dos zancadas mayúsculas hacia adelante, manoteó el bolsillo superior y anunció a Pascual. -- ¡Señor! --y le plantó una tarjeta roja incandescente frente a los ojos. Pascual ni lo miró. Después el árbitro giró con la misma aparatosidad, caminó tres pasos hacia Lalita y repitió el gesto de la mano en alto, como dando por terminado el problema. A Pascual ya se lo llevaban hacia el costado. Lalita caminaba medio ladeado, aplastado en parte por el peso de sus compañeros, buscando todavía con los ojos a su rival, respirando fuerte por la nariz, como un toro. -- ¡Dejame! ¡Dejame, Miguel! --pidió, sofocado, y hasta llegó a tirar un par de piñas a sus amigos. -- Ya está, Lalita --le recitaba el cuatro al oído--. Cortala. El lungo que jugaba al arco le pasó un par de veces la mano por el pelo, comprensivo, pero el Lalita apartó la cabeza, negándose a la caricia. -- ¡Señores! ¡Señores! --gritó el referí--. ¡Miren! ¡Miren! --y mostró la fatídica tarjeta roja casi oculta en la palma de la mano, como una carta tramposa--. ¡No la guardo! ¡No la guardo! ¡La tengo en la mano! ¡Al primero que siga jodiendo lo echo de la cancha! ¿Estamos? --y salió corriendo para atrás, elástico, señalando con la mano donde debía ponerse la pelota--. ¡Juego, señores! Y decían que no había que joder mucho con ese árbitro. Que era cana. Que siempre andaba con un bufoso dentro del bolso. Así le había contado Camargo al Chalo, porque lo conocía de la liga de Veteranos Mayores, los que están entre los 42 y la muerte. Ya sentado en la vereda, la espalda empapada contra la pared del quiosco, las piernas extendidas sobre el piso, desprendidos los cordones de los botines, Chalo se apretó fuerte los parpados para mitigar el escozor profundo que le producía el sudor al metérsele en los ojos. Sin decir palabra, el Lito, al lado suyo, le alargó la botella de Seven familiar, casi vacía. Chalo tomó unos seis tragos apurados, puso despues el culo frío y humedo de la botella sobre su muslo derecho, eructó con deliberación y se secó la boca. -- Hay que joderse --exhaló--. Qué manera de correr al pedo --y le extendió la botella a Salvador que esperaba, mirando la calle, las manos en la cintura, a su lado. -- ¡Chau, loco! --gritó Antonio, subiendo al auto de Pedro, yéndose-- ¡Chau, Salva! -- ¿Hablastes con el referí? --le preguntó Lito. Antonio se encogió de hombros. -- ¿Para qué? -- Para que no te escrache en el informe. -- Me echó por tumulto. -- Por pelotudo te echo --rió Salvador. Antonio levantó la mano, se metió en el auto de Pedro y Pedro puso marcha atrás cuidando de no caerse en la cuneta. -- Veinte fechas le van a dar a este --dijo Salva, limpiando el pico de la botella de Seven con la manga de la camiseta verde. Chalo no contestó. Apenas si tenía aliento para hablar. Lito, más que sentarse a su lado, se derrumbó, con un quejido animal. -- Parece mentira --dijo Chalo--. Cuando yo jugaba en la "25 de Mayo", donde no hay limite de edad, pensaba que los veteranos serían más tranquilos, que cuando pasara a la liga de veteranos las cosas se iban a tomar de otra manera. -- Nooo... --Lito se reía. -- ¡Pero es peor! Es indudable que las locuras se agudizan cuando viejos. Acá me he encontrado con tipos de cincuenta, cincuenta y pico de años, que se cagan a trompadas, le pegan al referí, se putean entre ellos, más que los jóvenes. -- Y... --dijo Lito--. Las manías, cuando viejo, se agudizan... -- Además, Chalo --Salvador ya había encontrado las llaves del auto entre los mil bolsillos de su bolsón deportivo--. El fútbol es asi. Hay tipos que descargan todas las jodeduras de toda la semana acá en la cancha. Yo he visto a tipos cagarse a trompadas en un partido de papi, en un mezclado, que no son ni por los puntos ni por nada. Un picado cualquiera y se han cagado a trompadas, oíme. -- Sí --aprobó Chalo--. Son calenturas del juego... -- Es así --cerró Salvador. Dijo "Chau muchachos", puso en duda su presencia para el difícil compromiso del sabado siguiente contra el Sarratea y se fue hacia el auto rengueando ostensiblemente de su pierna derecha. Chalo se inclinó con esfuerzo hacia sus medias, ceñidas bajo las rodillas por dos banditas elásticas, y las fue bajando hasta enrollarlas sobre los tobillos. Recién allí cayó en la cuenta de cuanto necesitaba liberar su circulación sanguínea de tal tortura y se preguntó como había podido sobrevivir hasta ese momento bajo presión semejante. Volvió a recostarse contra la pared caliente. -- De todas maneras --retomó-- por más que sean cosas del fútbol, esto de Pascual es difícil de entender. -- No son cosas del fútbol, Chalo --dijo Lito, sin mirarlo. -- Dejame de joder... ¡No iban más de cinco minutos! -- No son cosas del fútbol, Chalo... --Lito hizo un paréntesis largo--. Acá el asunto viene de lejos. Un asunto de guita. -- Ah... Ah... --se contuvo Chalo. Empezaba a comprender. Lito bajo la voz, confidente, como si alguien pudiese oirlo. -- Pascual le salió de garantía de un crédito a Lalita. Y el Lalita lo cagó. De ahí viene la cosa. -- Ahhh... Ese es otro cantar. -- Claro... Eran socios, o algo así. A mí me conto el Hugo, que era cuñado del Lalita en esa época. Tenían una gomería o algo así, no sé muy bien. Y la cosa vino por el asunto del crédito. -- Bueno, ya me parecía --dijo Chalo--. No te digo que uno no vaya a entender que dos tipos se agarren a piñas en un partido, porque es lo más común del mundo... Pero, cuando ya uno ve que un tipo, a los cuatro minutos de estar jugando, se cruza la cancha para estrolarlo a otro, y después se reputean de arriba a abajo... Ya sale de lo común, es sospechoso. -- No --precisó Lito--. La cosa viene de antes. Son cosas extrafutbolísticas --. Con un esfuerzo digno de un levantador de pesas, Chalo se puso de pie. -- Y ahora les van a dar como ocho fechas a cada uno--dijo. -- Lo menos. Porque son reincidentes --aprobó Lito.

Continuará...

martes, 27 de enero de 2009

El día en que el Vasco lloró



Por Gustavo Araujo



Todos los habitantes del barrio del Bajo del autódromo conocen el historial del Vasco Albibeascoechea, o Bizcocho, como le ha quedado más por una necesidad obvia de articulación idiomática que por alguna similitud física con el mentado sobrenombre. El Vasco Albibeascoechea es un personaje querido por los amigos, noble, leal, fiel perseguidor del mango y también de las canillas de los atacantes contrarios en los partidos de la liga local, tarea que desempeña con una precisión y ahínco propios del mejor cirujano. A pesar de su escasa preparación para tal cometido, flota en el ambiente futbolero la idea de que el Vasco nació para aniquilar delanteros. A nadie, nadie, nunca jamás se le ocurriría esperar del querido Bizcocho algo tan lejano a sus sueños como una gambeta. Tampoco nadie esperaría que tirara un caño, un taco, una rabona, gestos técnicos impensables para la rudeza hipertrófica de los pies del Vasco, más parecidos a una plataforma que al elemento esencial para el manejo hábil de la pelota: los pies. Algún iluminado contó una vez en una noche de copas y... más copas, que en un partido por la liga chacarera había visto a alguien igual, pero muy igual al temido Bizcocho, ejecutar un sombrero por sobre el centrodelantero rival, quien yacía desangrándose luego de un cruce con el defensor de marras, y que el Vasco en un acto de coordinación inimaginable, había evitado que la bola tocase el piso o el tórax del nueve, el que sin ninguna intención pisaba con su botín izquierdo, y con el derecho había acariciado el balón en un pase certero para su compañero. Pero a pesar de las similitudes y el empeño del relator, nadie, pero nadie en el Bajo podía seguro de que ese portento del fútbol hubiera sido el Vasco.
El Vasco es el líder de su equipo, la voz de mando desde el fondo, el que otea el horizonte entre el bosque de piernas y camisetas sudorosas y decide el comienzo de la jugada ¿la reviento o se la paso al nabo del Juan? Hombre de ideas simples, nunca se condiciona con más de dos opciones. Esto o aquello. Negro o blanco para todo y para todos. Como la vez aquella en que se enteró de que Cuchara salía los sábados hasta la madrugada y en algunas ocasiones iba a jugar sin dormir. Algunos compañeros advirtieron azorados el gesto de estupor, de sorpresa y porque no, de desagrado, que pasó por la recia cara del gran capitán al saber la causa de las bajas actuaciones del creativo del equipo. También le vieron morderse el feo labio inferior, el que tiene surcado por una profunda cicatriz, fruto de un navajazo callejero, y no decir ni una palabra, ni una. Lo vieron tomar su bolsito azul con dos tiras blancas, guardar sus enormes botines números cuarenta y siete y medio llenos de barro junto con la boina y los puchos, y en ojotas, salir del entrenamiento en silencio, con el ceño unido por una arruga horrible y profunda. Nadie, pero nadie lo vio reunirse con el Cuchara, nadie supo si le dijo algo, nadie, pero todos vieron al otro día el cuarenta y siete barra cuarenta y ocho que está impreso en la suela de la hojota del Vasco, desparramado por todo el cuerpo del Cuchara, como marcado a fuego, indeleble que le dicen. Y desde ese día el querido Cuchara fue el mejor ladero del Bizcocho. Negro o blanco, amigo o enemigo, tal la filosofía simple pero profunda del conocido Vasco Albibeascoechea.
Difícil es saber sobre la vida del Bizcocho. Peón del campo de los Arrechea. Dicen que de vacas sabe un montón, que conoce cada uno de los animales solo por ruido que hacen al masticar, dicen que les ha puesto apodos, pero nadie los conoce, nadie. Hermético como pocos, solo charla con el hijo del patrón y vaya a saber uno si de algo más que de vacas. Usa alpargatas azules, que don Juan, el almacenero, le trae por pedido al igual que las bombachas y la boina. Vive solo en una casita con techo de chapas, una habitación baño y cocina. No se le conoce mujer, por lo menos desde que vive en el Bajo. Solo las vacas y el fútbol ocupan su tiempo. Duro y seco, el hombre se ha ganado el respeto y el temor quienes lo tratan. Fiel cumplidor de su palabra, no pide ni da tregua cuando la mano viene fea. Los campeonatos del Bajo son famosos por combates épicos que han tenido varias víctimas, pero allí, el Bizcocho es respetado como el que más.
La mitología futbolera del Bajo cuenta que la fama de rompe huesos del tan estimado Vasco Albibeascoechea comenzó a forjarse en un partido por el campeonato del noventa y tres, organizado por la delegación municipal de Batán en conmemoración de los diez años del regreso a la democracia. La idea había surgido como puntada inicial para acercar a la gente del pueblo con la de los suburbios del sur de la ciudad de Mar del Plata y la de la zona rural. Y qué mejor que el fútbol para unir a la gente y de paso hacerse propaganda política. Todo había comenzado bien, con los cruces lógicos del deporte, pero encaminados por la complicidad de la pelota. Era un torneo de un solo día, partidos de veinte y veinte en dos zonas de cuatro equipos y los ganadores de cada una a la final. El equipo del Vasco había arrasado con los rivales, y también, es menester decirlo, con varias damajuanas de tinto que don Juan, el patrocinante del equipo, había acercado en su Rastrojero con caja de madera. De las diez iniciales, antes de la final solo quedaban tres llenas, prolijamente acomodadas al borde del banco de suplentes. Cuando se inició el partido, los contrarios, el equipo del Delegado con varios empleados municipales en sus filas, lucía mucho mejor que el del Bizcocho Albibeascoechea; camisetas nuevas, botines limpios, pantaloncitos con la propaganda de Batán sobre el trasero. Frente a semejante organización, el equipo del Vasco era una banda de ranqueles con los caballos cansados a la espera de la orden de pasar a degüello a los protegidos del Delegado. Previo al comienzo se cruzaron algunas burlas y amenazas, todo de lo más normal en este deporte tan querido. Cuando sonó el silbato del gordo Julián, árbitro y ordenanza de la escuela primaria de la zona, los del Vasco pasaban vergüenza. Araban el pasto en cada cruce, pero la pelota era siempre de los contrarios. Por supuesto que cada equipo tenía su barra que gritaba y cantaba. La de Batán un coro de ángeles, la del Vasco, Deep Purple mixturado con Horacio Guaraní. A los quince minutos perdían por dos a cero, y lo más interesante es que no tenían la menor idea del resultado. El Bocha Garnaza, centrodelantero de Batán, se hacía un festín con el Vasco, que lo miraba callado, como centrando la mira del fusil. En el minuto treinta y dos el Bocha lo encaró y lo dejó jugando a la mancha, se paró y lo miró con una sonrisa socarrona y ahí cometió el error de su vida: abrió la boca y le gritó al Bizcocho: ¡andá a jugar con las vacas, burro! Nada del otro mundo en un partido de fútbol, pero al Vasco que no le toquen las vacas, pueden mentarle la mina, los pies, la boina, pero las vacas nunca. El Bizcocho corrió, como renacido, y como embebido de yogurt y no de tinto, se le paró de costado, el Bocha le amagó por izquierda y lo encaró por la derecha y cuando iba pasando el Vasco le apuntó con el fusil cuarenta y siete y medio de la diestra y lo calzó justo donde el cuádriceps se inserta en la rodilla. El botín embarrado se amalgamó con la piel, los vellos y la capa más profunda de la dermis y transformó el músculo en otra cosa, una masa informe, semidensa, diferente. Le hizo cirugía estética, le convirtió el muslo en silicona para relleno. El Bocha, sorprendido en pleno vuelo y con un grito ahogado e ininteligible, aterrizó a siete metros y medio, batiendo la marca zonal de salto en largo. El silencio invadió el campo, a esta altura casi un camposanto, luego todo se descontroló. Volaron sillas, damajuanas vacías, bancos, hasta que llegó la policía y pudo separar de entre el barro y la sangre al Vasco y a cuatro que lo tenían en el piso, donde el líder del Bajo seguía defendiéndose con fiereza. El partido no continuó y los de Batán fueron declarados ganadores por descalificación del oponente, pero eso fue lo de menos. Allí el Vasco, el Bizcocho Albibeascoechea se transformó para siempre en fiero líder del equipo del Bajo del autódromo, respetado y temido por pares y rivales en partes iguales.
El conocido guía del equipo del Bajo concurre al bar del club todos los domingos por la noche, luego de que su ritual futbolero culmina, bien bañado, afeitado y vestido con sus pilchas domingueras. Allí se acomoda en el mismo lugar de la barra, su lugar, y Humberto le sirve siempre su botella de tinto de la casa, que se toma tranquilo entre charla y charla con cuanto parroquiano se acerque, generalmente sobre fútbol y...vacas. Por eso le extrañó tanto al Manitas, el arquero del equipo, encontrarlo el domingo en que se jugó la final del Mundial de Alemania, pensativo, sin su tinto y sentado solo, no en la barra sino en una mesita del fondo, una hora después del final del partido. El Manitas lo miró dos, tres veces. Lo respeta mucho, más desde que el Vasco lo ayudó en un lío que tuvo con la cana. Le hizo la pata cuando lo buscaban por un robo en una quinta cerca de la cárcel, esa misma de la salió en libertad condicional hace no mucho. Por supuesto que a cambio el Manitas se comprometió a usar las ídem solo para atajar, bajo amenaza de tener que atarse los cordones con los dientes, que deberían ser postizos porque el Vasco se los haría tragar en seco. El Manitas se sienta despacio, pidiendo permiso.
––¿Cómo está don Vasco? Le dice y no recibe respuesta. Una lágrima, grande, oscura de años guardada está en el borde del bigote hirsuto del tan querido Vasco. Quiere caer, pero se ha detenido ahí, a la vista de todos, desafiante y tímida a la vez. El Vasco, el Bizcocho, lo mira y sonríe. Sonríe el Vasco, mirá vos, se dice el Manitas, no lo sabía.
––No me diga que llorando porque ganaron los tanos, o porque perdieron los baguettes. A mí, la verdad me da igual, ¿qué le pasa don Vasco? cuente, cuente, que para eso están los amigos. El Vasco Albibeascoechea lo opera con la mirada. Otra lágrima está por salir, enredada en una arruga del párpado derecho, en la piel áspera, rugosa, virgen de llantos desde que la partera le palmeó los cachetes. El Vasco, fiel exponente de la más rancia escuela de valientes infantes de la defensa argentina, del mariscal Perfumo, del káiser Pasarella, del patón Bauza, del cabezón Trotta y porqué no del flaco Schiavi, de aquellos que podrían dejar pasar un balón pero nunca un delantero, el Bizcocho Albibeascoechea llorando callado y sonriente en el bar del club. El Manitas no lo puede creer, se le cae un ídolo, se le desploma la estatua.
––¿Sabe qué pasa, Manitas? Estoy emocionado, se me sale el corazón.
––¿Está en tratos con alguna pollera don Vasco?
––No, Manitas, no, es que usted no lo sabe, nadie lo sabe, pero yo leo. Leo el diario todos los lunes, El Gráfico y también alguna novela, de aventuras ¿vio?
––No me joda don Vasco, mire que yo todavía no me tomé ni un vaso de agua.
––Si Manitas, leo mucho. También junto todas las notas y las fotos de mi ídolo. Lo sigo desde siempre, nunca se lo conté a nadie, ni a la almohada. Me pasé todo el mundial siguiéndolo, mirando los partidos aquí, en el boliche, calladito, porque todos decían que era un muerto. Hoy jugó la final, ¿se imagina Manitas? Era un muerto y jugó la final. Yo aquí mudo, mirando sin decir una palabra. Metió un gol y yo en silencio ––¿Será Materazzi? piensa Manitas, El Vasco sigue–– Fueron al alargue, usted seguro que lo vio Manitas. Yo estaba con los ojos fijos en el televisor, las manos transpiradas, las alpargatas mojadas, los lienzos por ahí. El pelado la peleó con los italianos, duro, firme, como hacen los hombres. Ya llegaban al final del partido y en eso Elizondo lo echa. Si ni lo vio ¿cómo lo va a echar? ––¿Zidane el ídolo del Vasco?, no me lo creo. Se muerde el Manitas para no reírse–– Lo echó por una nadería, una cosa de nada...
––¿Y usted don Vasco me llora porque perdieron los baguettes? Hombre grande ya para esos menesteres ¿no le parece?
––No, pendejo, ¿quién se cree que soy? El Bizcocho lo taladra con la mirada. Los ojos torvos y bien erguido.
––No se me chive don Vasco, le pregunto no más.
––¿Cómo no me voy a enojar?, nene. Usted me está tomando el pelo.
––Nooo, para nada don Vasco. Cuente, cuente no más.
––A ver si me entiende. Zinedine Zidane, el Pelado, el Monje, el Viejo que ya estaba muerto, el monstruo más grande, el creador de todo, en su hora triunfal, en su momento más glorioso, en la jugada previa al retiro como un grande, hizo la mía, nene. ¡Hizo la mía!
––¿Cómo la suya don Vasco? le pregunta el Manita desconcertado. Y allí, el gran Vasco, el Bizcocho Albibeascoechea se yergue sobre sus piernas de roble, torneadas de miles de batallas y mirando desafiante al Manitas le dice:
––¿De quién se cree que Zidane se copió el cabezazo directo al pecho? ¡De Papá, nene! ¡De Papá!

lunes, 12 de enero de 2009

Lo que se dice jugador al fulbo

Por Roberto Fontanarrosa



Sí, sí, claro, por supuesto, usté me menciona todos esos nombres y, lógico, yo no le voy a decir que no. Porque yo también los he visto, los he visto, los he visto a todos. Usté me habla de Ramos Delgado, del peruano Meléndez y sí, por supuesto, no le voy a negar que han sido grandes zagueros, grandes jugadores.Le digo más, yo le voy a nombrar algunos otros de los cuales por ahí no se habla tanto pero eran jugadores de gran calidad. Le nombro sin ir más lejos a un valentino. No sé si usté se acordará de él. Un dos que jugaba en Argentinos Juniors: Valentino y Ditro. En ese gran equipo con Pando, Carceo... ¿eh?... Un jugador técnico, fino. O si no le nombro a Casares, la Chocha Casares, un morocho que jugaba en Central, que era un jugador de cuello duro, una niña jugando.Claro... ¿qué pasa?... Que por ahí fueron jugadores que jugaron siempre en equipos chicos y usté sabe bien, no nos vamos a engañar, que la prensa porteña se ocupa siempre nada más que de los grandes, porque no nos vamos a engañar.Pero... además de los nombres que usté dice, que yo le reconozco que han sido fulbá pero fulbá de calidá, yo le puedo nombrar otros... ¡mi amigo! esos sí que eran jugadores y se lo digo, usté perdone, con el derecho que me dan los años que uno lleva viendo fulbo. ¿Qué edad me dijo usté que tenía? Bueno, ya ve, le llevo como treinta pirulos, y entonces le puedo nombrar a jugadores como el Gallego Pérez, jugadores que le han dado lustre al fulbo nacional. Pero jugadores jugadores lo que se dice jugadores que usté no los iba a ver reventando una pelota o tirándola afuera a la marchanta. Jugadores que usté los veía y daba gusto. No como estos animales que usté ve ahora, ¡hágame el favor! que cobran lo que cobran y no saben dominar un fulbo, dígame la verdá. Me vienen a hablar de Perfumo, de Passarella... ¡Por favor! Son jugadores fuertes, sí, rápidos, pero que no me los va a comparar. Lo que pasa es que ahora aparece cualquier fulbá que pega un par de patadas y ya dicen que es “mariscal del área”, “patrón del área”... déjeme de joder.Ahora sí, eso sí, yo le reconozco que todos estos jugadores que usté me nombraba han sido fenómenos grandes jugadores dentro de ese puesto, un puesto que es muy jodido porque usté sabe que si falla el dos es gol seguro. Y eso que en general estamos hablando de fulbás que fueron grandes jugadores en una época en que el fulbá se quedaba atrás y se la bancaba solo, nada de tener el seis al lado como ahora que la llevan mucho más aliviada.Yo le reconozco que todos éstos han sido grandes jugadores, pero si yo le tengo que nombrar un fulbá centro jugador al fulbo, lo que se entiende por jugador al fulbo, yo no lo dudo un momento: Palito Salvatierra.Ya sé, ya sé, usté no lo habrá sentido nombrar porque claro, yo le estoy hablando de unos quince años atrás y además de un jugador que nunca vino a jugar a Buenos Aires. Le digo más, nunca jugó en primera, nunca jugó profesionalmente al menos no profesionalmente como lo que se entiende por eso. Pero, vaya usté todavía hoy a preguntar en algunos barrios de Rosario por Palito Salvatierra. Vaya y pregunte. ¡Y en barrrios futboleros eh! Barrios fulboleros fulboleros, que han dado al fulbo nacional montones de glorias nacionales.Lo que pasa es que Palito nunca quiso firmar para ningún clú profesional, vaya a saber. Cada uno es dueño. Yo no soy de meterme en la vida privada de nadie. Y eso que yo a Palito lo conocía bastante, no personalmente, no éramos amigos porque no éramos del mismo barrrio. El área de Saladillo y yo siempre viví en Tablada. Pero eso sí, le digo que hacían cola para llevárselo.De central lo iban a buscar todos los años. Incluso ya de grande. 22, 23 años, lo seguían yendo a buscar para que firmara. De Ñul también. Y de Central Córdoba, bueno, de Central Córdoba ya lo tenían cansado pidiéndole que jugara para ellos. Claro, lo veían jugar en los noturnos, o en los torneos de la zona y se volvían locos de pensar que ese jugador no estuviera jugando en Primera. Porque, le aseguro, de los que han estado jugando en primera ninguno, ninguno, le ata los botines a Palito Salvatierra. Una prestancia, una calidá, una elegancia, jugador de cabeza levantada, sereno, era... mire... un arcángel ese hombre en el área, para colmo rubio, alto, delgado. Y jugador técnico en partidos que no son para ser muy técnico que digamos, en partidos chivos, en clásicos de barrio, con las hinchadas de los equipos ahí nomás, al lado de la línea de fuera, muchos chupados, gente de andar calzada con bufosos, con púas. Cancha donde las líneas de la cancha estaban marcadas con zanjas, no con líneas de cal. Y donde él fuera se hacía respetar con policías a caballo que se la pasaban recorriendo todo el contorno de la cancha para que la gente no se metiera adentro.Había que estar ahí adentro y aguantarse las puteadas. Y bueno, en esos partidos, en esos partidos, cuando ya los ánimos se han puesto espesos y usté ve que los delanteros entraban al área como para reventar al que se le pusiera adelante, venían los centros y Palito saltaba y cuando parecía que la iba a cabecear, la paraba con el pecho. ¡Ahí! ¡Ahí!, en medio del área, con mil tipos entrando a la carrera, en el punto del penal! La parada con el pecho porque no cabeceaba nunca, no le gustaba cabecear, no sé, no le gustaba. La paraba con el pecho, la ponía contra el piso y ahí empezaba, la pasaba para acá, para allá, hacía pasar a un tipo, a otro, en una baldosa ¿eh? en una baldosa, y salía che, salía, el fulbo pegado al botín y sin mirarlo, mirando de lejos, medio como si no le importara, pero ya vichando a los delanteros para meter el pase. ¡Parecía que pensaba en otra cosa, mire! ¡Eso era lo que daba más bronca! Y metía el pase, treinta, cuarenta metros. ¿Se acuerda de Sacchi? ¡Una cosa así! ¡Nunca rifó una pelota, pero nunca! Yo he visto morirse un viejo al lado mío pidiéndole que la tirara afuera, un partido contra Palermo.¿Tirarse al suelo? ¿Tirarse al suelo Palito Salvatierra? ¡Ni soñar! Ni soñar. ¡Si casi no corría! Tranqueaba. Parecía que adivinaba adónde iba la pelota, le juro. Salían los pases y ya estaba él ahí. Simple ¿vio? fácil. Corría en puntas de pies, parecía que no tocaba el suelo. ¿Se acuerda de Messiano, el chino Messiano? ¿Ese que jugó en Central Park que Pelé le rompió la nariz de un cabezazo? Bueno, así como Messiano. Palito corría en puntas de pies. Los muchachos decían que era para no despertar al arquero de su equipo. Porque, usté va a decir que yo le exagero, pero yo he visto dormir arqueros de equipos donde ha jugado Palito Salvatierra, yo los he visto dormir con mis propios ojos. Tipos recostados contra el palo y apoliyando, en esas tardes de calor ¿vio? Apoliyar, apoliyar. ¡Si no llegaba una pelota! No llegaba una pelota.Y le repito, en los años que yo lo vi jugar, se imagina que adonde sabíamos que había un torneo o un partido donde jugaba él ahí nos íbamos, no lo vi tirarse al suelo. No lo vi, no lo vi. Ni transpiraba. ¿Vio lo que son esas canchas? Pura tierra, cuando llueve es un barro que no se puede creer. No se ensuciaba el desgraciado salía después del partido como había entrado, era increíble.Mire esto que le cuento le va a dar una idea de lo que era este jugador, para que vea que no le miento, porque es una anécdota que la conoce todo el mundo. Una vez había terminado una final en Bigand, en ese entoncea lo habían llevado a Palito a San Martín de Bigand y mi hermano era tesorero ahí, del clú. Habíamos ganado la final... no sé... creo que contra Independiente de Chabás, y esa noche se hacía un baile para festejar el campeonato. Y al día siguiente me contaban, no sé cómo se habían enterado pero era verdá, porque era verdá, que parece que Palito se había levantado una mina en el baile. Se imagina, un tipo como él, un crá, y además pintón, muy pintón, alto, rubio, hacía un desastre entre las mujeres, las minas lo tenían loco. Y parece que cuando se va a encamar, esa noche, se saca la camiseta y abajo tenía la camiseta del equipo. ¡A la noche! todavía con la camiseta del equipo, la número dó! ¡De no creer! Pero le digo que era un tipo que ni transpiraba jugando, no se ensuciaba, que era un duque.Claro usté dirá: “Vaya a saber contra quién jugaba ese Salvatierra”, no vaya a creer. No vaya a creer. No hay que engañarse. En esas zonas, en esas ligas, en esos torneo hay cada nene que se la cuento, jugadores estraordinarios, cada número nueve que ya lo querría tener más de uno de los equipos de primera. Había un nueve que tenía la Academia, el Toro Medina, que era un fenómeno. Un tanque. Se lo quería llevar Huracán, lo fueron a buscar a Rosario y todo, pero al negro le gustaba el el escabio. Estuvo unos meses en Huracán y después volvió. ¿Sabe qué jugador era ése? Cuando tenía que jugar contra Palito se venía loco. No podía creer que este otro sin correr, sin pegarle una patada, le sacaba todas las pelotas. Loco se venía. No lo podía creer.Y hace poco lo vi de nuevo a palito. Ïbamos por calle San Martín me acuerdo en el auto de mi sobrino, el Chelo. Porque él tiene un tasi y a veces yo lo acompaño, para charlar un rato, hacerle compañía. Y me acuerdo que íbamos por San Martín y, ya de lejos, lo veo al Palito. Lo reconocí enseguida, se imagina verlo caminar nomás me di cuenta que era él, estaba un poco más gordo, no mucho pero un poco más gordo pero nomás de espalda me di cuenta que era él. Hacía años que no lo veía. Y le digo al Chelo que aminore un poco la marcha y bajo el vidrio de la ventanilla y cuando paso al lado le grito: “¡Hijo de puta!” Hijo de puta que el gol en contra que se hizo en un partido contra Cabildo no tiene nombre.



Gracias a Mónica Bonifazio (gran colaboradora ya) por enviarnos éste texto!!

viernes, 26 de diciembre de 2008

Señora!... La pelota!...



Por elhuracancorrentino


Cuántos misterios se entretejían alrededor de aquella vieja que no nos devolvía las pelotas, ¿No? Éramos tan chicos, y sólo nos importaba jugar a la pelota. No nos interesaba nada más. ¿La tarea? ¿La siesta? ¿Las plantas de la abuela? Naaaah!!!... el fútbol papá… nos interesaba la pelota, el jugar en nuestra calle de tierra, descalzos, con pelota de cuero, de plástico, o en las épocas más pobres, con la pelota de trapo. Incluso existió la pelota de basura, hecha con una bolsa plástica y papel adentro, pero no soportaban más de cinco minutos dentro del campo de juego. ¿Éramos felices? ¡Pero claro que éramos felices! Si nos pasábamos horas jugando, esos partidos interminables que terminaban 32 a 30, y que se daba por terminado porque el sol se había cansado de ser el reflector de nuestro estadio, y se retiraba prometiendo volver mañana, dejando la posta a la noche. Todo era perfecto, de color de rosas, como en los cuentos de hadas. Todo muy lindo hasta que el balón iba a parar a la casa de “la vieja”. Nadie realmente sabía su nombre, sólo por su apodo, que comúnmente iba acompañado de un insulto, pero eso no va al caso que les cuente.
Había tantas incógnitas en cuanto a aquella señora que dormía la siesta, y que le molestaba cualquier mínimo ruido. Se decía que era viuda, y que su marido había muerto de una forma misteriosa, que la Justicia la investigó, pero que salió limpia de culpa y cargo. Otros auguraban que en realidad nunca había logrado casarse, que sólo había tenido un novio, el cual estuvo a su lado sólo por conveniencia, quien la habría dejado plantada en el mismísimo altar, y que desde entonces odiaría a la sociedad toda, incluídos los felices niños. Tantos misterios nos quedaron de esa infancia, tantos misterios sin resolver. Nunca supimos si era cierto eso de que embalsamaba gatos, si es que se veían fantasmas por las noches en su casa, o si tiraba las cartas para ganarse unos pesos extra y llegar a fin de mes.
Eran muchas las creencias y pocas las certezas. Entre las certezas, seguramente estaba el hecho de que si la pelota caía en su terreno ¡Olvidate papá! Tu pelota ya era historia. Podía tener distintos finales, es cierto. Podía ser regalada a sus nietos, cuando éstos la visitaban una vez por año, seguramente esperando que eso les hiciera creer que era una “vieja buenita” y que la vendrían a visitar un poco más de seguido, obviamente que no lo lograba. Podía ser que se la dé a los perros, y disfrutar cómo destruía el preciado esférico ante nuestra atónita e impotente mirada. O el caso más aberrante, podía esperar a que cayera la noche, y entre penumbras, salir a su patio con un cuchillo de carnicero recién afilado en una mano, y la pelota bajo el brazo, arrodillarse en el centro de su jardín, y darle certeros puntazos a la pelota, para herirla de muerte, riéndose muy fuerte… a penetrantes carcajadas… para luego arrojar los restos al patio vecino, que vendría a ser el mío.
Nunca supe bien en qué momento dejé de jugar al fútbol con mis amigos en nuestra calle de tierra, descalzos, con nuestros distintos tipos de balones. Pero desde que dejé la actividad, automáticamente olvidé la existencia de aquella señora. Lo que fue de ella es un verdadero misterio. A veces creo oír sus carcajadas en plena madrugada, y el sonido del cuchillo atravesando el cuero del balón. Por todo este sufrimiento que nos dejó traumados de chico, esta señora se merecía ir presa, ojalá algún día la justicia haga algo por chicos como nosotros, que fuimos víctimas psicológicas de esta homicida impune de pelotas de fútbol.





Este cuento fue publicado originalmente en Taringa. Para verlo, hacé click acá

lunes, 15 de diciembre de 2008

Lo que se dice un ídolo



Por Roberto Fontanarrosa


Pedrito se apioló tarde de cómo venía la mano. Porque él podía haber sido un ídolo, un ídolo popular, desde mucho tiempo antes. Lo que pasa que el Pedro, vos viste cómo es, un tipo que se pasa de correcto, de buen tipo.Decime vos, ocho años jugando en primera y no lo habían expulsado nunca. ¡Nunca, mi viejo nunca! Ni una expulsión ni una tarjeta amarilla aunque sea. Y mirá que liga, eh. Porque siempre fue para adelante y lo estrolaban que daba gusto. Muy respetado por los rivales, por el referí, por todos, pero le pegaban cada guadañazo que ni te cuento. y sin embargo, nunca reaccionó. mirá que más de una vez se podía haber levantado y haberle puesto un castañazo al que le había hecho el ful, o a la vuelta siguiente encajarle un codazo, pero él... nada che. Una niña. Un duque el Pedro. Claro, ¿cómo no lo iban a querer? Los contrarios, los compañeros, todos. Pero... ¿querés que te diga? No sé si era cariño, cariño. por ahí era respeto, más que nada. Respeto. ¿viste? Porque mirá que yo lo conozco al Pedro y te digo que no es un tipo demasiado fácil para acercarse, para hablar, para... ¿cómo te digo?... para que se te franquee. ¿Viste? No es un tipo que va a venir y sin que vos le preguntés nada te va a contar de algún balurdo que tiene, algún fato afectivo... no, no es de esos. Es un tipo más bien reconcentrado que, a veces, para que te cuente qué le pasa, la puta, se lo tenés que preguntar mil veces, y eso que a mí me conoce mucho.Incluso yo a veces le decía: “No dejés que te peguen” porque me daba bronca ver cómo la ligaba y se quedaba muzarella. “No dejes que te peguen, Pedro” le decía. “Poneles una quema, meteles una buena plancha, a ver si así te van a entrar tan fuerte”.Y me decía que no, que es muy jodido pegar siempre siendo delantero. Sí, andá a decirle al Pepe Sasía eso, andá a decirle al cordobés Willington que no se puede pegar siendo delantero. O al negro Pelé, sin ir más lejos, que tiene el record de tipos quebrados. Andá a decirle al Pepe Sasía que a los delanteros les es más difícil pegar. El Pepe te metía cada hostiazo que te arrancaba la sabiola. Le bajaba cada plancha a los fulbá que te la voglio dire. Pero al Pedro qué le iba a pedir eso. Si ni cuando se armaban esos bolonquis de todos contra todos o esos entreveros con el referí en el medio, que son ¿sabe qué? pa repartir tupido, son una uva, él se quedaba a un costado, con los bracitos en la cintura, ni se acercaba. Y en esos entreveros no hay peligro ni de que te echen, ahí te meten esos puntines en los tobillos, o te tiran del pelo, te meten los dedos en los ojos o te african un cabezazo y vale todo. Nadie vio nada. Que siga la joda. Y no era que el Pedro no se metiera de cagón, ¿eh? Porque eso sí, de cagón nunca tuvo un carajo. Un tipo que se mete en el área como se mete el Pedro, oíme, a un tipo de esos ni en pedo lo podés catalogar de cagón.Pedro no se calentaba. Tenía eso. No se calentaba. No era un tipo que se podía calentar. Lo fajaban y se quedaba en el molde. Y la hinchada lo quería, sí, pero nada más. Cuando salía de los vestuarios, después del partido, las palmaditas, “Bien Pedro”, “Buena Pedrito”. pero ahí nomás. A veces algún cantito. O no lo puteaban demasiado cuando perdían. El Pedro siempre normal, en siete puntos, seis puntos, como diría el Flaco.¿Sabés cuál era la cagada del Pedro? Yo lo estuve pensando. Era muy lógico. Mirá vos, era muy lógico. Nunca decía algo fuera de la lógica. Todo era, digamos, criterioso. Pensando. Lógico, todo era lógico. Me acuerdo que íbamos a jugar contra Boca, en Buenos Aires, y le preguntan qué pensaba del partido. Y él contesta que lo más probable era que perdiéramos. Que con un empate estábamos hechos. ¡Por supuesto que lo más probable cuando salís de visitante es que te hagan el hoyo, y no en cancha de Boca, en cualquiera.Pero, viejo, qué sé yo, agrandate, decí: “les vamos a romper el culo”, “les vamos a hacer tricota”, qué sé yo. No te digo siempre, pero alguna vez, andá en ganador. No, el Pedro siempre con la justa: “La verdad que nos van a ganar”. “Si sacamos un empate estamos hechos”. “La lógica es que nos rompan el orto”.Claro, desde un punto de vista razonable, todo lo que él declaraba era cierto. No se le podía discutir. O cuando se perdía. Era lo mismo que cuando lo fajaban. Siempre estaba de acuerdo con el resultado. “Nos ganaron bien”, “jugando así nosotros, era lógico que nos ganaran”, “nos tendrían que haber hecho más goles”. Nunca se enojaba. Era como cuando lo fajaban los defensores. Se la bancaba siempre. Nunca ibas a leer declaraciones de que les habían afanado el partido, que los habían cagado a patadas, que les habían cagado a patadas, que les habrían cobrado un gol en offside. Nunca. ¡Te imaginás! Fue premio a la caballerosidad deportiva como mil veces.Y cuando se armó la primera vez este fato con la mina ésa, también. Porque tampoco el Pedro era un tipo que le podías buscar una fulería en su vida privada.Padres macanudos, ningún problema con los viejos, y la Isabel, la noviecita de toda la vida. Y pará de contar. Ni jodas, ni calavereadas, ni un chancletazo por ahí. Nada. Fue cuando le inventaron el fato ese con la Mirna Clay, la cabaretera esa. ¡Mirá vos! Justamente a Pedro venirle a inventar que se encamaba con esa mina. Al Pedro, que la Isabelita lo tenía más marcado que los fulbás contrarios. Y además, ni falta hacía marcarlo, porque para eso era un nabo. Pero vos viste que hay periodistas que ya no saben qué carajo inventar y armaron todo el verso ese de que el Pedro andaba con la Mirna Clay. ¡El quilombo que se armó! ¡Para qué! El Pedro, ahí sí, fue a la revista, chilló, tiró la bronca y los ñatos de la revista pegaron marcha atrás y desmintieron todo. Que habían sido rumores, que eran todas mulas, en fin. La cosa que el Pedro se quedó tranquilo. Y fijate que ahí yo estuve a punto pero a punto de decirle algo, pero me callé la boca.Dijo: “callate Negro, que por ahí la embarrás” y me callé bien la boca. Yo los conozco mucho a los viejos, a la Isabelita, ¿sabés? y preferí quedarme en el molde.Pero mirá vos, para el tiempo, y esta otra revista empieza con la misma milonga. Con otra mina pero con la misma milonga. Ahora con la loca ésta, la Ivonne Babette, pero con el mismo verso. Que los habían visto juntos, que parecía que el Pedrito se la movía, que qué sé yo. Para colmo la mina ésta que debe ser más rápida... una luz la mina... agarró el bochín y empezó con que estaban perdidamente enamorados, que Pedro era el único amor de su vida, en fin. Se ve que armaron el estofado a partir de esa foto que salió cuando el equipo tenía que viajar a Perú y les sacaron una foto en el aeropuerto cuando justo estaba la reventada ésta que también viajaba en el mismo avión.Para colmo la mina sale al lado de Pedro. Eran como mil en la delegación pero dio la puta casualidad que esta mina sale junto al Pedro. Y se ve que ahí armaron el estofado. Qua a la mina le viene macanudo, mirá qué novedad.Y ahí sí, lo agarré al Pedro y le dije: “Pedrito, no hagás declaraciones. No digás ni desmientas nada. Quedate chanta, haceme caso”. Lo corrí un poco con el verso de que él no podía prestarse a ese escándalo, que él tenía que mantenerse por sobre toda esa suciedad, que no tenía que prestarse siquiera a hablar del asunto. Que ya bastante se había ensuciado antes con el balurdo anterior con la Mirna Clay. Y el Pedro me hizo caso. Lo llamaban de los diarios y él decía que no iba a hablar del asunto. Que no insistieran. Y los periodistas, que son lerdos también, se agarraron de eso que “el que calla otorga”. Y dieron el caso como comprobado. Hasta diarios más serios hablaron del caso del Pedro con esta mina. Y la mina ¡para qué te cuento! inventó cualquier boludez para darle manija al asunto. Cuando el Pedro quiso parar la cosa, ya era demasiado grande y tuvo que quedarse en el molde.Eso habrá durado un par de semanas. La Isabelita se enojó con el Pedro y casi lo manda a la mierda, los diarios dijeron que esa pelota confirmaba el enganche del Pedro con la Babette ésta, en fin, un quilombo impresionante.Al domingo siguiente, tenían que jugar en buenos Aires un partido chivo contra Vélez. Y al Pedro lo marca Carpani, un hijo de mil putas que le pega hasta a la madre y este Carpani lo empieza a cargar. Le decía: “¡Qué mierda te vas a voltear vos a esa mina, si vos en tu vida te volteaste ninguna!”, “ya que sos tan macho animate a entrar al área que te voy a romper la gamba en cuatro pedazos”, esas cosas. Y le tocaba el culo. Al final el Pedro, mirá como estaría, le pegó semejante roscazo que le arruinó la jeta. Le puso una quema en medio de la trucha que lo sentó de culo en el punto del penal. ¡Te imaginás lo que fue eso! Que al terrible Carpani, el choma que se comía los pibes crudos, el patrón del área, le pusieran semejante hostia en la propia cancha de Vélez, en el Fortín de Villa Luro. Lo tuvieron que sacar en camilla porque quedó boludo como media hora. Y a Pedro, más bien, tarjeta roja y a los vestuarios. Por primera vez en la vida. pero después me contaba, los de Vélez lo miraban pasar para las duchas y no decían nada, lo miraban nomás. Hasta hubo uno que le dio la mano.Le dieron pocos partidos. Y volvió en cancha nuestra, contra la lepra. Y ahí se confirmó mi teoría. Era un mundo de gente. Muchos habían ido por el partido, pero muchos habían ido para verlo al Pedro. ¡Y cuando entró... se venía abajo la tribuna, mi viejo! “Y coja, y coja, y coja Pedro, coja” cantaban los negros. Era una locura. “Y pegue, y pegue, y pegue Pedro pegue”. Como será que hasta el Pedro se emocioná y se apartó y se apartó de los muchachos para saludar a la hinchada con los dos brazos en alto. Una locura. Ahí empezó a ser ídolo. Ahí empezó. Aunque no me lo reconozca porque nunca volvió a darme demasiada perfecto, viejo. Si no tenés ninguna fulería, si no te han cazado en ningún renuncio... ¿Cómo mierda la gente se va a sentir identificada con vos? ¿Qué tenés en común con los monos de la tribuna? No, mi viejo. Decí que el Pedrito se apioló tarde de cómo viene la mano.



Gracias a Mónica Bonifazio por enviarnos éste texto!!

lunes, 1 de diciembre de 2008

Partido al medio



Por Nicolás Barrasa

El clima en Baradero era inconmensurable, se jugaba el clásico: Spotivo Vs. Atlético. El partido iba a desarrollarse en el estadio Municipal, como es costumbre debido a la magnitud del acontecimiento.
Las cuatro de la tarde auguraban un match fantástico. En el cielo no había ni una nube; el sol asomaba con ganas de meterse a la cancha, ovalado, casi como una número cinco. El pasto estaba más verde que nunca.
No faltaba nadie: el tano Fassutti estaba en la tribuna, desaforado, con la úlcera a flor de piel; el nene del “petiso” en la cara opuesta del estadio estaba vestido de pies a cabeza con los colores de Atlético; una parejita, sentada en la platea comía un choripán bajas calorías.
Llegó la hora. Los equipos salen a la cancha. Mientras tanto, los gemelos del zurdito Ersa se relamen, buscando algún tobillo.
Se abre paso el árbitro demostrando un aire de superioridad. El marco no le importaba en absoluto. Esa tarde quería ser el protagonista principal y estaba dispuesto a cualquier artilugio para lograrlo.
El primer tiempo fue impecable. Lo que en otras oportunidades había sido un 0-0 apático, esa tarde era un 3-3 vibrante. Las hinchadas se salían de la vaina, eufóricamente, pero sin ningún vestigio de violencia.
Las oportunidades de gol estaban a la orden del día, especialmente la jugada con caño incluido del “chulo” Goira. Encaró por el ala derecha, eludió a dos, le metió un caño a un tercero y tiró centro, cabeceó Neira y el travesaño la mandó al corner.
El término del primer tiempo llegó inesperadamente. Los primeros 45 habían tenido tal emotividad que parecieron 5.
Sin embargo, la tarde no iba a terminar de la mejor forma.
El árbitro estaba asombrado con la lealtad que se estaban comportando los jugadores. A excepción de algunas faltas tácticas no habían aparecido las “murras” de otras épocas. Ni una sola tarjeta, ni un solo penal, una hecatombe arbitral. El estado de las cosas lo había extirpado a un plano intrascendente. Con la excusa de ir al baño, hizo un llamado por celular mediante el cual logró que una persona no identificada, se robara uno de los banderines del corner. El estadio estaba al rojo vivo de algarabía, por lo cual nadie notó el hurto furtivo.
Pasado el entretiempo, ya con los equipos en el campo, uno de los asistentes le hace saber al árbitro que falta uno de los banderines del corner. En una decisión autoritaria, desproporcionada y egoísta, la sentencia del árbitro fue contundente: EL PARTIDO QUEDA SUSPENDIDO.
Cuando se comunicó la decisión, el estadio quedó enmudecido. Al tano Fassutti la úlcera le rompió los vasos sanguíneos del pecho. Luego del silencio no se hicieron esperar los insultos.
Indignado, el hijo de Escudero tiró una lata vacía de duraznos en almíbar (nunca se supo de dónde la sacó) y le dio directamente en la nuca al árbitro, que cayó al piso como si le hubieran tirado con una M-16.
La catástrofe terminó con el árbitro siendo llevado al hospital local en el Falcon de la policía, como una víctima.
El partido quedó suspendido, con el resultado final 3-3.
Juan Simoneto el árbitro, fue tapa de todos los diarios locales. Sin embargo, el tristemente célebre, unos meses más tarde tuvo que exiliarse discretamente a San Pedro. Nunca más se lo vio por Baradero.

martes, 18 de noviembre de 2008

Puntero izquierdo



Por Mario Benedetti

A Carlos Real de Azúa

Vos sabés las que se arman en cualquier cancha más allá de Propios. Y si no acordate del campito del Astral, donde mataron a la vieja Ulpiana. Los años que estuvo hinchándola desde el alambrado y, la fatalidad, justo esa tarde no pudo disparar por la uña encarnada. Y si no acordate de aquella canchita de mala muerte, creo que la del Torricelli, donde le movieron el esqueleto al pobre Cabeza, un negro de mano armada, puro pamento, que ese día le dio la loca de escupir cuando ellos pasaban con la bandera. Y si no acordate de los menores de Cuchilla Grande, que mandaron al nosocomio al back derecho del Catamarca, y todo porque le había hecho al capitán de ellos la mejor jugada recia de la tarde. No es que me arrepienta ¿sabés? de estar aquí en el hospital, se lo podés decir con todas las letras a la barra del Wilson. Pero para jugar más allá de Propios hay que tenerlas bien puestas. ¿O qué te parece haber ganado aquella final contra el Corrales, jugando nada menos que nueve contra once? Hace ya dos años y me parece ver al Pampa, que todavía no había cometido el afane pero lo estaba germinando, correrse por la punta y escupir el centro, justo a los cuarenta y cuatro de la segunda etapa, y yo que la veo venir y la coloca tan al ángulo que el golerito no la pudo ni pellizcar y ahí quedó despatarrado, mandándose la parte porque los de Progreso le habían echado el ojo. ¿O qué te parece haber aguantado hasta el final en la cancha del Deportivo Yi, donde ellos tenían el juez, los línema, y una hinchada piojosa que te escupían hasta en los minutos adicionales por suspensiones de juego, y eso cuando no entraban al fiel y te gritaban: "¡Yi! ¡Yi! ¡Yi!" como si estuvieran llorando, pero refregándote de paso el puño por la trompa? Y uno haciéndose el etcétera porque si no te tapaban. Lo que yo digo es que así no podemos seguir. O somos amater o somos profesional. Y si somos profesional que vengan los fasules. Aquí no es el Estadio, con protección policial y con esos mamitas que se revuelcan en el área sin que nadie los toque. Aquí si te hacen un penal no te despertás hasta el jueves a más tardar. Lo que está bien. Pero no podés pretender que te maten y después ni se acuerden de vos. Yo sé que para todos estuve horrible y no precisa que me pongas esa cara de Rosigna y Moretti. Pero ni vos ni don Amílcar entienden ni entenderán nunca lo que pasa. Claro, para ustedes es fácil ver la cosa desde el alambrado. Pero hay que estar sobre el pastito, allí te olvidás de todo, de las instrucciones del entrenador y de lo que te paga algún mafioso. Te viene una cosa de adentro y tenés que llevar la redonda. Lo ves venir al jalva con su carita de rompehueso y sin embargo no podés dejársela. Tenés que pasarlo, tenés que pasarlo siempre, como si te estuvieran dirigiendo por control remoto. Si te digo que yo sabía que esto no iba a resultar, pero don Amílcar que empieza a inflar y todos los días a buscarme a la fábrica. Que yo era un puntero de condiciones, que era una lástima que ganara tan poco, y que aunque perdiéramos la final él me iba a arreglar el pase para el Everton. Ahora vos calculá lo que representa un pase para el Everton, donde además de don Amílcar, que después de todo no es más que un cafisho de putas pobres, está nada menos que el doctor Urrutia, que ése sí es Director de Ente Autónomo y ya colocó en Talleres al entreala de ellos. Especialmente por la vieja, sabés, otra seguridad, porque en la fábrica ya estoy viendo que en la próxima huelga me dejan con dos manos atrás y una adelante. Y era pensando en esto que fui al café Industria a hablar con don Amílcar. Te aseguro que me habló como un padre, pensando, claro, que yo no iba a aceptar. A mí me daba risa tanta delicadeza. Que si ganábamos nosotros iba a ascender un club demasiado díscolo, te juro que dijo díscolo, y eso no convenía a los sagrados intereses del deporte nacional. Que en cambio el Everton hacía dos años que ganaba el premio a la corrección deportiva y era justo que ascendiera otro escalón. En la duda, atenti, pensé para mi entretela. Entonces le dije el asunto es grave y el coso supo con quién trataba. Me miró que parecía una lupa y yo le aguanté a pie firme y le repetí que el asunto es grave. Ahí no tuvo más remedio que reírse y me hizo una bruta guiñada y que era una barbaridad que una inteligencia como yo trabajase a lo bestia en esa fábrica. Yo pensé te clavaste la foja y le hice una entradita sobre Urrutia y el Ente Autónomo. Después, para ponerlo nervioso, le dije que uno también tiene su condición social. Pero el hombre se dio cuenta que yo estaba blando y desembuchó las cifras. Graso error. Allí nomás le saqué sesenta. El reglamento era éste: todos sabían que yo era el hombre-gol, así que los pases vendrían a mí como un solo hombre. Yo tenía que eludir a dos o tres y tirar apenas desviado o pegar en la tierra y mandarme la parte de la bronca. El coso decía que nadie se iba a dar cuenta que yo corría pa los italianos. Dijo que también iban a tocar a Murias, porque era un tipo macanudo y no lo tomaba a mal. Le pregunté solapadamente si también Murias iba a entrar en Talleres y me contestó que no, que ese puesto era diametralmente mío. Pero después, en la cancha, lo de Murias fue una vergüenza. El pardo no disimuló ni medio; se tiraba como una mula y siempre lo dejaban en el suelo. A los veintiocho minutos ya lo habían expulsado porque en un escrimaye le dio al entreala de ellos un codazo en el hígado. Yo veía de lejos tirándose de palo a palo al meyado Valverde, que es de esos idiotas que rechazan muy pitucos cualquier oferta como la gente, y te juro por la vieja que es un amater de órdago, porque hasta la mujer, que es una milonguita, le mete cuernos en todo sector. Pero la cosa es que el meyado se rompía y se le tiraba a los pies nada menos que a Bademian, ese armenio con patada de burro que hace tres años casi mata de un tiro libre al golero del Cardona. Y pasa que te contagiás y sentís algo adentro y empezás a eludir y seguís haciendo dribles en la línea del córner como cualquier mandrake y no puede ser que con dos hombres de menos (porque al Tito también lo echaron, pero por bruto) nos perdiéramos el ascenso. Dos o tres veces me la dejé quitar pero ¿sabés? me daba un calor bárbaro porque el jalva que me marcaba era más malo que tomar agua sudando y los otros iban a pensar que yo había disminuido mi estándar de juego. Allí el entrenador me ordenó que jugara atrasado para ayudar a la defensa y yo pensé que eso me venía al trome porque jugando atrás ya no era el hombre-gol y no se notaría tanto si tiraba como la mona. Así y todo me mandé dos boleos que pasaron arañando el palo y estaba quedando bien con todos. Pero cuando me corrí y se la pasé al Ñato Silveira para que entrara él y ese tarado me la pasó de nuevo, a mí que estaba solo, no tuve más remedio que pegar en la tierra porque si no iba a ser muy bravo no meter el gol. Entonces, mientras yo hacía que me arreglaba los zapatos, el entrenador me gritó a lo Tittaruffo: “¿Qué tenés en la cabeza? ¿Moco?” Eso, te juro, me tocó aquí dentro, porque yo no tengo moco y si no preguntale a don Amílcar, él siempre dijo que soy un puntero inteligente porque juego con la cabeza levantada. Entonces ya no vi más, se me subió la calabresa y le quise demostrar al coso ése que cuando quiero sé mover la guinda y me saqué de encima a cuatro o cinco y cuando estuve solo frente al golero le mandé un zapatillazo que te lo boliodire y el tipo quedó haciendo sapitos pero exclusivamente a cuatro patas. Miré hacia el entrenador y lo encontré sonriente como aviso de Rider y recién entonces me di cuenta que me había enterrado hasta el ovario Los otros me abrazaban y gritaban: “¡Pa los contras!”, y yo no quería dirigir la visual hacia donde estaba don Amílcar con el doctor Urrutia o sea justo en la banderita de mi córner, pero en seguida empezó a llegarme un kilo de putiadas, en la que reconocí el tono mezzosoprano del delegado y la ronquera con bitter de mi fuente de recursos. Allí el partido se volvió de trámite intenso porque entró la hinchada de ellos y le llenaron la cara de dedos a más de cuatro. A mí no me tocaron porque me reservaban de postre. Después quise recuperar puntos y pasé a colaborar con la defensa, pero no marcaba a nadie y me pasaban la globa entre las piernas como a cualquier gilberto. Pero el meyado estaba en su día y sacaba al córner tiros imposibles. Una vuelta se la chingué con efecto y todo, y ese bestia la bajó con una sola mano. Miré a don Amílcar y al delegado, a ver si se daban cuenta que contra el destino no se puede, pero don Amílcar ya no estaba y el doctor Urrutia seguía moviendo los labios como un bagre. Allí nomás terminó uno a cero y los muchachos me llevaron en andas porque había hecho el gol de la victoria y además iba a la cabeza en la tabla de los escores. Los periodistas escribieron que mi gol, ese magnífico puntillazo, había dado el más rotundo mentís a los infames rumores circulantes. Yo ni siquiera me di la ducha porque quería contarle a la vieja que ascendíamos a Intermedia. Así que salí todo sudado, con la camiseta que era un mar de lágrimas, en dirección al primer teléfono. Pero allí nomás me agarraron del brazo y por el movado de oro le di la cana a la bruta manaza de don Amílcar. Te juro que creía que me iba a felicitar por el triunfo, pero está clavado que esos tipos no saben perderla. Todo el partido me la paso chingándola y tirando desviado o sea hipotecando mis prestigios, y eso no vale nada. Después me viene el sarampión y hago un gol de apuro y eso está mal. Pero ¿y lo otro? Para mí había cumplido con los sesenta que le había sacado de anticipo, así que me hice el gallito y le pregunté con gran serenidad y altura si le había hablado al delegado sobre mi puesto en Talleres. El coso ni mosquió y casi sin mover los labios, porque estábamos entre la gente, me fue diciendo podrido, mamarracho, tramposo, andá a joder a Gardel, y otros apelativos que te omito por respeto a la enfermera que me cuida como una madre. Dimos vuelta una esquina y allí estaba el delegado. Yo como un caballero le pregunté por la señora, y el tipo, como si nada, me dijo en otro orden la misma sarta de piropos, adicionando los de pata sucia, maricón y carajito. Yo pensé la boca se te haga un lago, pero la primera torta me la dio el Piraña, aparecido de golpe y porrazo, como el ave fénix, y atrás de él reconocí al Gallego y al Chiche, todos manyaorejas de Urrutia, el cual en ningún momento se ensució las manos y sólo mordía una boquilla muy pituca, de ésas de contrabando. La segunda piña me la obsequió el Canilla, pero a partir de la tercera perdí el orden cronológico y me siguieron dando hasta las calandrias griegas. Cuando quise hacerme una composición de lugar, ya estaba medio muerto. Ahí me dejaron hecho una pulpa y con un solo ojo los vi alejarse por la sombra. Dios nos libre y se los guarde, pensé con cierta amargura y flor de gusto a sangre. Miré a diestro y siniestro en busca de S.O.S. pero aquello era el desierto de Zárate. Tuve que arrastrarme más o menos hasta el bar de Seoane, donde el rengo me acomodó en el camión y me trajo como un solo hombre al hospital. Y aquí me tenés. Te miro con este ojo, pero voy a ver si puedo abrir el otro. Difícil, dijo Cañete. La enfermera, que me trata como al rey Farú y que tiene, como ya lo habrás jalviado, su bruta plataforma electoral, dice que tengo para un semestre. Por ahora no está mal, porque ella me sube a upa para lavarme ciertas ocasiones y yo voy disfrutando con vistas al futuro. Pero la cosa va a ser después: el período de pases ya se acaba. Sintetizando, que estoy colgado. En la fábrica ya le dijeron a la vieja que ni sueñe que me vayan a esperar. Así que no tendré más remedio que bajar el cogote y apersonarme con ese chitrulo de Urrutia, a ver si me da el puesto en Talleres como me habían prometido.


Nota: para algunos especialistas, éste cuento de Benedetti es el que "inauguró" el género de la literatura futbolera.