jueves, 27 de agosto de 2009

El estadio

Por Eduardo Galeano


Ha entrado usted, alguna vez, a un estadio vacío? Haga la prueba. Párese en medio de la cancha y escuche. No hay nada menos vacío que un estadio vacío. No hay nada menos mudo que las gradas sin nadie. En Wembley suena todavía el griterío del Mundial del 66, que ganó Inglaterra, pero aguzando el oído puede usted escuchar gemidos que vienen del 53, cuando los húngaros golearon a la selección inglesa. El Estadio Centenario, de Montevideo, suspira de nostalgia por las glorias del fútbol uruguayo.
Maracaná sigue llorando la derrota brasileña en el Mundial del 50. En la Bombonera de Buenos Aires, trepidan tambores de hace medio siglo. Desde las profundidades del estadio Azteca, resuenan los ecos de los cánticos ceremoniales del antiguo juego mexicano de pelota. Habla en catalán el cemento del Camp Nou, en Barcelona, y en euskera conversan las gradas de San Mamés, en Bilbao. En Milán, el fantasma de Giuseppe Meazza mete goles que hacen vibrar al estadio que lleva su nombre. La final del Mundial del 74, que ganó Alemania, se juega día tras día y noche tras noche en el Estadio Olímpico de Munich. El estadio del rey Fahd, en Arabia Saudita, tiene palco de mármol y oro y tribunas alfombradas, pero no tiene memoria ni gran cosa que decir.


Este texto fue extraído del libro “El fútbol a sol y sombra”

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miércoles, 19 de agosto de 2009

Cuando en Palermo Hollywood jugábamos al fútbol

Por Fernando Sorrentino

Las empresas inmobiliarias ejercen cierta poética de intención lucrativa. Así, al barrio de Las Cañitas lo llamaron La Imprenta, y a mi barrio natal, que era Palermo a secas, Palermo Viejo. Y ahora, peor aún, lo rebautizaron Palermo Hollywood.

Las cinco primigenias repúblicas centroamericanas corren desde la frontera sur (terraplén del Ferrocarril San Martín) hasta la norte (calle Dorrego). Las calles, aunque arboladas, son irremisiblemente grisáceas.

El arco tiene sus postes en un árbol y la pared; el travesaño, invisible, es la altura del brazo vertical del arquero, estirado al máximo. Hay un arco en cada vereda, y, entre ellos, unos cincuenta metros. El partido, describiendo su geometría, se denomina cruzado.

Ecuánimes como los terremotos y como las epidemias, vandálicos futbolistas usurpan calzada y aceras, asestan pelotazos en las ventanas, salpican con el agua sucia de la cuneta, ponen en peligro el físico de los peatones. La justa reprobación, el sacro odio de los vecinos ultrajados es un aceite ominoso que cae sobre ellos.

Más allá del bien y del mal, a los jugadores la furia circundante los tiene sin cuidado. Las quejas y amenazas jamás consiguen abreviar un solo minuto el partido. Termina cuando tiene que terminar.

Salvo dos casos de fuerza mayor:

A veces, la pelota cae en una casa hostil. De allí puede no volver nunca, y es como un amigo querido que parte en un viaje sin retorno. O puede volver acuchillada y destripada, y es como recibir el cadáver mutilado de ese mismo amigo.

Otras veces es el advenimiento de la ley —bajo la hipóstasis de agentes de la comisaría 31— el que provoca en los deportistas la dispersión y la fuga, honorables si se logra salvar la pelota para próximos partidos.

Estas cosas nos ocurrían hacia 1952, hacia 1954...
Hace muchos años que no hay fútbol en la calle Costa Rica. Yo, vándalo de aquel entonces, recibo ahora ese recuerdo como si fuera un perfume.

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jueves, 6 de agosto de 2009

Nudo en la garganta

Por Nicolás Barrasa

Los domingos sin fútbol son insoportables. Las tardes se hacen eternas y no sabemos qué hacer, aunque tengamos miles de opciones. Dios debe haber hecho los domingos exclusivamente para el fútbol, de lo contrario es prácticamente un día sin sentido.
Para colmo de males, llega diciembre y termina el campeonato. El poco consuelo que queda son las recopilaciones de goles o las repeticiones de programas destacados del año. La única alternativa eficaz es resignarse hasta que empiecen los torneos de verano, pero esa circunstancia se da promediando el mes de enero. Sin embargo hay algunos (dentro de los cuales me incluyo) a quienes la ansiedad nos vence: somos débiles y estamos a la espera de ese fenómeno sutil, efímero, galante: once por lado y la pelota.
Una tarde de domingo, desesperado, decidí organizar una estrategia. Les pido que por favor no lo comenten. Si se entera Natalia, me mata. Cuando ella lleva a los chicos a lo de mis suegros, me escapo a la cocina. Mientras me preparo una picadita, hago sonar el tema del mundial Italia noventa para ir entrando en clima. Me pongo cómodo, me relajo y prendo la televisión. Apenas aparece la imagen ya se me eriza un poco la piel. Lo que va a venir es quizá el momento más fantástico de la historia del fútbol, no sólo por el gol que fue una verdadera obra de arte, sino también por el relato. Pongo play, subo el volumen y: “…pisa la pelota Maradona, arranca por la derecha el genio del fútbol mundial...”. Desde ese momento ya no controlo mis emociones; vuelvo a ser aquél niño de ocho años, sentado en el sillón frente al televisor Talent, junto con papá, mamá y el tío Alberto. El relato prosigue irreal, catastrófico. Maradona levita cósmicamente hacia el arco de Peter Shilton. La voz de Víctor Hugo, desaforado, desde algún punto inmortal del estadio Azteca solloza: “…genio, genio, tá-tá-tá-tá-tá gooooooooooool gooooooool, quiero llorar Dios santo, que viva el fútbol…”. El nudo en la garganta no se hace esperar. Trato de no llorar, pero alguna lágrima siempre se escapa. Por unos minutos me mantengo estático, como en un trance. Y si bien siguen siendo las cinco, y no hubo fútbol, el nudo en la garganta suple esa ausencia.
“…gracias Dios por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas…”.






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domingo, 26 de julio de 2009

El fútbol

Por Eduardo Galeano

La historia del fútbol es un triste viaje del placer al deber. A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí.
En este mundo del fin de siglo, el fútbol profesional condena lo que es inútil, y es inútil lo que no es rentable. A nadie da de ganar esa locura que hace que el hombre sea niño por un rato, jugando como juega el niño con el globo y como juega el gato con el ovillo de lana:
bailarín que danza con una pelota leve como el globo que se va al aire y el ovillo que rueda, jugando sin saber que juega, sin motivo y sin reloj y sin juez.
El juego se ha convertido en espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue. La tecnocracia del deporte profesional ha ido imponiendo un fútbol de pura velocidad y mucha fuerza, que renuncia a la alegría, atrofia la fantasía y prohibe la osadía. Por suerte todavía aparece en las canchas, aunque sea muy de vez en cuando, algún descarado carasucia que sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad.

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jueves, 16 de julio de 2009

Ultimo hombre

Por Eduardo Sacheri

López había cumplido siempre. Había ganado y perdido, cosa por cierto evidente. Pero jamás había abandonado su puesto. Jamás había sacado el cuerpo por cobardía. Jamás había temido hacer un sacrificio. Era un back enérgico y silencioso, lector de buenos libros. No le molestaba jugar de último hombre. Ni que la pelota estuviese, en sus pies, eternamente de paso. Hacía el quite, buscaba con la mirada a los vociferantes mediocampistas, y se la sacaba de encima con algo de premura y una cierta mácula de torpeza. No se sentía menos por ello. Sabía que, sin su presencia allí, en el fondo, el equipo podía venirse en picada, por más que los delanteros se florearan con toques y gambetas. ¿No había sido una catástrofe, acaso, aquella segunda rueda el otro año, cuando él había estado parado por la operación de meniscos? Al técnico casi lo internan del disgusto: los contrarios se hicieron festines memorables. La defensa, sin él, era un colador endemoniado, un puente cándido por el que podía pasar hasta una anciana en muletas y llegar cara a cara con el arquero. De modo que, aunque a veces le produjera cierto hastío el desdén de los volantes, la cómoda pereza de los delanteros, la pegajosa y algo inútil admiración de los laterales, López era un hombre en paz.
La noche definitiva era una de esas noches en las que llueven lluvias mansas, parsimoniosas, leves y frías. Irían, cuanto mucho, veinte minutos del segundo tiempo. Cero a cero, trabado en el medio, cosa natural en dos equipos jugados al empate en el afán de sacarle el cuello a la guillotina del descenso. López hacía lo suyo. Trababa. Ordenaba. Sometía al árbitro al consabido rosario de jeringueos y reproches.
La hecatombe no se anunció a través se señales contundentes. Simplemente se inició cuando López salió a cortar una pelota dividida con el siete contrario, un jovencito rápido y atrevido, que siempre amagaba por adentro y salía por afuera. López no se inquietó, aunque su rival llegó a bajar la pelota un segundo antes que él cortara. Lo dejó en cambio detenerse en seco, hamacarse, sobrarlo. Y cuando el otro por fin disparó por afuera, López se lanzó a la pileta húmeda del lateral con la certeza de que sus 95 kilos serían suficientes para trabar el balón y proyectar al jovencito hacia los carteles del costado.
Cuando se incorporó, la pelota descansaba junto a su botín izquierdo. El otro yacía, aturdido, en un charco cercano al banderín del córner. Había cumplido según el manual del perfecto zaguero, y algunos aplausos regados desde la grada semidesierta le entibiaron el alma. Faltaba únicamente buscar con la mirada al tres o a algún volante, para que abrieran el juego. Pero entonces pasó lo que nunca había pasado antes. López bajó de nuevo los ojos. Vio sus pies embarrados, su rodilla raspada, sus medias bajas, y la pelota brillante, reluciente. Los gritos desde el medio le llegaron de inmediato, pero López decidió que debía esperar a que algo terminase de tomar forma dentro suyo. Tal vez el nueve contrario advirtió sus vacilaciones, porque se le vino al humo con la lengua afuera para atorarlo en su torpeza. López llegó a oír que el técnico le gritaba que la colgara, que la colgara, pero en lugar de obedecer no pudo evitar bajar de nuevo la cabeza y volver a verla, como nunca hasta entonces, hasta enamorarse de ella hasta el último rincón de su alma. Entrecerró los ojos. Inspiró profundamente. Oyó con una nitidez absoluta el galope tendido del delantero, notó su respiración agitada, le vio la codicia ególatra que siempre llevan en el rostro los delanteros.
Nunca supe lo que López sintió en ese momento. Yo supongo que fue una súbita intuición de la negritud insoslayable de la muerte. De hecho, cuando el contrario se le tiró a los pies, López hamacó sus 95 kilos, balanceó su cadera inexperta, y dejó que el botín acariciara levísimamente la pelota. A los treinta y tres años Juan López acababa de tirar un caño en el borde del área. El técnico escupió el pucho y le gritó que la largase. López lo contempló sin prisa y sin cariño. Cuando adelantó el balón y se lanzó tras él al trote, lo había olvidado para siempre. Llegó hasta el mediocampo sin que le salieran al cruce. El único estorbo eran los gritos de los suyos, que sin comprender el milagro se la pedían como si tal cosa, como si él no fuese capaz de avanzar con la cabeza en alto, con el gesto sereno, con una libertad indómita que le nacía en el vientre y lo invitaba a seguir yendo.
El técnico, fuera ya de sus cabales, lo insultaba en escalas polícromas y lo conminaba a largarla y a volverse. El iluso no sabía que López corría irrevocable a su destino, o al menos a uno de todos los destinos que habitan la vida de un hombre. Cuando al fin le salió el volante central López le amagó por dentro y se le escabulló por el callejón del diez. Pero en su apuro inexperto la tiró algo larga, de modo que el ocho de ellos se le vino al humo, seguro de llegar primero. Para entonces el técnico acababa de cruzar el umbral del desconsuelo. López había pasado a dos contrarios, pero había metido tal desbarajuste en los relevos que nadie sabía donde cuernos pararse. No estaban listos para eso. López nunca había subido. Retacón como era, no servía para ir a buscar los centros. De modo que el otro central trataba de acomodar a los dos laterales, en la seguridad de que el contraataque era inminente y los iba a agarrar papando moscas; mientras los volantes chillaban pidiendo una pelota ya definitivamente perdida.
Pese a todo, y cuando el marcador se lanzaba con los botines de punta, López adelantó la diestra con la presteza de un delantero consumado y empujó con lo justo el balón un metro escaso. Sintió el dolor inconfundible de un tobillo aplastado bajo los tapones del rival, pero ni siquiera sopesó la posibilidad de detenerse. Ahora corría cerca de la raya, y de vez en cuando la alejaba de la línea con sutiles toques de una zurda que hasta entonces le había servido sólo para apretar el embrague. Eufórico, seguro de sí, estiró el brazo derecho, señalando la extensa pampa abierta a las espaldas del marcador de punta. «Carucha» Pontón, el win izquierdo, le entendió la seña y salió disparado. López, sin mirarlo, le puso una pelota inaudita con la cara externa del pie derecho, para que la bola pasase por fuera del marcador e hiciese la comba volviendo hacia la cancha, justo a tiempo para que Carucha la cazara, al vuelo, y picara hasta el fondo bien habilitado.
Por primera vez en su vida, López encorvó el cuerpo y se lanzó en velocidad hacia el área. Uno de los centrales le hizo el honor de pretender sacarlo con el cuerpo. Pero López no era uno de esos contrahechos que suelen jugar de nueve para no transpirar ni despeinarse. Se lo sacó de encima con un par de forcejeos del brazo izquierdo. Mientras seguía lanzado en su carrera entendió que había elegido bien a quién lanzar el pelotazo: Carucha, Dios lo bendiga, estaba llegando al banderín y sacudiendo la cabeza buscándolo a él, a López, al seis, al último hombre de toda la vida, para que la mandara guardar de una buena vez por todas. No buscaba a esos amargos pseudo infalibles de corazón tibio que se consideran elegidos para el terso destino de la delantera. No, nada de eso. Lo buscaba a él, a López, al burro de carga, al percherón del lechero, para que tentara el destino de convertir un gol de hazaña.
Deslumbrado, como un recién nacido, López cruzó como una exhalación la medialuna del área. Dio dos pasos y se elevó en el aire. Sintió las gotas de lluvia en el rostro. Sintió la luz de los flashes. Sintió la bocina de un tren que pasaba por detrás de la popular visitante. Y sintió la caricia abrupta del balón impactándole en la frente, abandonándolo rumbo al arco, dejándole una mancha de barro sobre la ceja, cerrándole para siempre la puerta al miedo y al olvido. Termino mi relato aquí, temiendo que algún lector futbolero se sienta defraudado al desconocer el destino final del cabezazo. No voy a rematar la historia apuntando si el balón se colgó de un ángulo, o si salió ocho metros por encima del travesaño. Si me explayo en esa materia estaré distrayendo la atención hacia un detalle intrascendente. Lo inolvidable, lo sagrado para mí, que estuve presente en la noche final en que López decidió cortar la soga, es su imagen al volver desde el área contraria. Sereno. Feliz. Altivo. La camiseta fuera del pantalón. Las medias bajas. El barro en las pantorrillas. Y una mirada absorta, emocionada, enternecida en la intuición de su libertad recién alumbrada. Una mirada sin destino fijo, apoyada en todo caso en un punto cualquiera del horizonte; de esas que los hombres sólo usan para mirarse a sí mismos.


Nota: este es otro de los muy buenos cuentos publicados por Sacheri en el libro "Esperándolo a Tito".
Si te gustó, tenés otros para leer acá mismo. Fijate en la "Tabla de goleadores" que está en la columna izquierda del blog.

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lunes, 6 de julio de 2009

Código



Por Juan José Panno

El arquero dijo que son cosas del fútbol, pero pensó que la culpa la tuvo el dos que no encimó al nueve de los contrarios; el dos dijo que no hay que dramatizar pero pensó que la culpa de la dramática derrota la tuvo el seis que no saltó a cabecear en los centros; el seis dijo que no hay que andar buscando culpables, pero pensó que la culpa la tuvo el tres que no apretó al wing derecho de los contrarios; el tres dijo que no pasó nada, pero pensó que lo que pasó, pasó porque el cuatro le dejó tirar un montón de centros al que llegaba por la izquierda; el ocho dijo que un tropezón no es caída pero pensó que la culpa de la caída estrepitosa la tuvo el cinco que se iba arriba y dejaba huecos a sus espaldas; el cinco dijo que fue un partido raro pero pensó que no sería raro que siguieran perdiendo si el diez continuaba con sus pisadas caprichosas; el diez dijo que lo bueno fue que tuvieron algunas situaciones de gol, pero pensó que la culpa la tuvo el nueve que no aprovechó ni una sola de las situaciones de gol que tuvo; el nueve dijo que está todo bien pero pensó que todo iba a seguir estando mal si continuaba jugando el siete; el siete dijo que la hinchada tenía que ser paciente, pero pensó que la paciencia se la había agotado viendo como el once se metía siempre en offside; el once dijo que había que tomar la derrota sin desesperarse, pero pensó que era desesperante ver que el arquero no tiene manos y el arquero repitió: son cosas del fútbol.

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martes, 12 de mayo de 2009

El Habilidoso



Por Susana Duré



Famoso fue el caso del futbolista uruguayo Hermes Washington Camacho. Hijo de un corredor de bolsa y una contorsionista profesional, se destacaba en la primera división de Peñarol por su agilidad, su impecable pegada y sus indescifrables gambetas. Con el número “10” en la espalda, era el capitán del equipo y el ídolo del público en general, y de los aurinegros en particular.Todos querían verlo jugar; a los 19 años era la mayor promesa del fútbol oriental. En el cuerpo técnico de Peñarol, el club que lo había visto nacer, todos lo adoraban y destacaban su físico privilegiado: flexible como un junco, fuerte como una barra de acero y veloz como el viento. Aquel domingo se jugaba la final de la Copa de Honor, frente a Defensor Sporting. El partido estaba igualado en cero, y faltaban minutos para el pitazo final. Sacó el arquero; Hermes bajó el balón con el pecho, y en una sucesión de rápidos movimientos enganchó, con pelota dominada, de izquierda a derecha, giró, metió una espectacular rabona en la que no midió su fuerza... Y terminó hecho un nudo en el área rival. No hubo manera de desatarlo. Probaron los jugadores, los entrenadores, los utileros... Tampoco pudo su madre, experta en la materia. La cirugía no prosperó, los doctores no se animaron a meter mano.Agotados todos los medios, la única esperanza era Lily Montalvo, la famosa curandera charrúa. Lily se negó por razones poderosas: era fanática de Nacional. Intentaron convencerla por todos los medios, con halagos primero, con amenazas después... Pero no hubo caso, la curandera no quería saber nada con los clásicos rivales.El pobre Hermes no se resignó, y siguió ligado al club de sus amores, aunque ya no como jugador, sino como mascota. Sin embargo, nunca dejaron de insistir con Lily. Tanto le rogaron, que finalmente, dos años después, accedió a concederle un pequeño alivio. Le desanudó el pie derecho.Son muy pocos los que recuerdan a Hermes Washington Camacho por sus goles y sus lujos. “El Nudo”, como se lo llamó, quedó en la historia de Peñarol por alegrar los entretiempos haciendo jueguitos con su pie derecho. Y eso que era zurdo...



Gracias a Daniel Frini por enviarnos este texto!

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miércoles, 6 de mayo de 2009

El hincha



Por Eduardo Galeano



Una vez por semana, el hincha huye de su casa y asiste al estadio.
Flamean las banderas, suenan las matracas, los cohetes, los tambores, llueven las serpientes y el papel picado; la ciudad desaparece, la rutina se olvida, sólo existe el templo. En este espacio sagrado, la única religión que no tiene ateos exibe a sus divinidades. Aunque el hincha puede contemplar el milagro, más cómodamente, en la pantalla de la tele, prefiere emprender la peregrinación hacia este lugar donde puede ver en carne y hueso a sus ángeles, batiéndose a duelo contra los demoniosde turno.
Aquí, el hincha agita el pañuelo, traga saliva, glup, traga veneno, se come la gorra, susurra plegarias y maldiciones y de pronto se rompe la garganta en una ovación y salta como pulga abrazando al desconocido que grita el gol a su lado. Mientras dura la misa pagana, el hincha es muchos. Con miles de devotos comparte la certeza de que somos los mejores, todos los árbitros están vendidos, todos los rivales son tramposos.
Rara vez el hincha dice: «hoy juega mi club». Más bien dice: «Hoy jugamos nosotros». Bien sabe este jugador número doce que es él quien sopla los vientos de fervor que empujan la pelota cuando ella se duerme, como bien saben los otros once jugadores que jugar sin hinchada
es como bailar sin música.
Cuando el partido concluye, el hincha, que no se ha movido de la tribuna, celebra su victoria; qué goleada les hicimos, qué paliza les dimos, o llora su derrota; otra vez nos estafaron, juez ladrón. Y entonces el sol se va y el hincha se va. Caen las sombras sobre el estadio que se vacía. En las gradas de cemento arden, aquí y allá, algunas hogueras de fuego fugaz, mientras se van apagando las luces y las voces. El estadio se queda solo y también el hincha regresa a su soledad, yo que ha sido nosotros: el hincha se aleja, se dispersa, se pierde, y el domingo es melancólico como un miércoles de cenizas después de la muerte del carnaval.

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lunes, 27 de abril de 2009

Doña Rosa



Por Roberto Fontanarrosa



La Hermana Rosa está insoportable. Luego de su impactante seguidilla de aciertos en los resultados de los partidos, se ha declarado en "silenzio stampa" y se niega a recibir a la prensa. Es más, patea afuera de su casa los diarios que le dejan debajo de la puerta. Incluso a este cronista, a quien conoce desde niño por ser vecinos (y al que auguró un enorme futuro en la danza), le ha quitado el saludo. A la mentalista rosarina, asimismo, la tiene a mal traer el alejamiento de José Luis Chilavert. Sin ser demasiado explícita, desliza que la relación que mantuvo con el arquero paraguayo fue algo más que una amistad. "Y algo menos de lo que muchos están pensando", recompone, intencionada. Al parecer todo comenzó en una ocasión en la que Chilavert le elogió sus atributos de adivina. La Hermana Rosa entendió "divina" y allí se precipitaron los hechos. "José Luis me envía poemas desde Estrasburgo —admite la vidente, suspirando—. Y que nadie se sorprenda. Su mismo nombre indica su descendencia de poetas franceses: Chilavert, Prevert, Cambembert". No obstante, la pitonisa asegura que el gigante paraguayo no es feliz en tierras francesas, ya que no le permiten patear penales ni tiros libres. "José Luis no quiere pensar que eso obedezca a una actitud racista —explica— ya que los franceses nunca han discriminado a los extranjeros". De todos modos, la atención de la Hermana está centrada ahora en el partido de mañana. Ella guarda especial cariño por el país trasandino. Supo recitar, en una fiesta a beneficio, en el club Leña y Leña, allá por los sesenta, poemas de Violeta Parra. Actuación que algún crítico barrial calificó de "parricidio". Su mayor éxito era la "Mazurquica modernica" con aquéllo de "me han preguntádico muchas persónicas/ si peligrósicas para las másicas/ son las canciónicas agitadóricas. ..". La mentalista estuvo convencida, durante muchísimo tiempo, de que la letra de la canción estaba escrita en lengua mapuche, hasta nuestros días, cuando escuchándola cantar por el Serrat, le ha entrado la duda de que esa lengua no sea el catalán.





Esta es solo una de las tantas inolvidables columnas que el Negro Fontanarrosa escribía para el diario "Clarín", en donde fue publicada originalmente.

Agradecemos a Mónica Bonifazio el hecho de haberla guardado y de enviarla para su publicación aquí.

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viernes, 27 de marzo de 2009

El fútbol sin Miguel



Por Nicolás Barrasa

Sin la compañía de Miguel ir a la cancha ya no es lo mismo. Es increíble como uno hecha de menos no a una persona en sí, sino a una persona en alguna circunstancia. Con Miguel no faltábamos un solo domingo a “La Bombonera”. Me acuerdo de él y se me pianta un lagrimón: sus bigotes pulcramente afeitados, la raya al medio como marca registrada y el pucho que parecía ser una extensión más de su cuerpo.
Llegábamos temprano, nos ubicábamos, y me ofrecía algo de comer a lo que yo siempre aceptaba. Mientras mirábamos la reserva se ponía serio y preguntaba:
- Pibe, ¿Cómo van esos estudios? -, siempre con una mirada severa pero complaciente.
- Bien, creo que este año no me llevo ninguna. Parece que voy a tener unas vacaciones largas.
Sin premeditación se paraba y le hacía un gesto al heladero. Compraba dos “palito bombón”, volvía a sentarse y proseguía con la charla:
- Qué grande, así me gusta. Yo como un boludo abandoné, pero eran otras épocas. Abandoné y me puse a laburar en la metalúrgica en el turno noche. Bueno, la historia ya la conocés, si te la debo haber contado mil veces.
- Sí, sí, ya la tengo sabida como el padre nuestro.
Sin embargo era una de esas historias que podría ser repetida una y otra vez y yo siempre me disponía a escuchar.
Miguel fue como un segundo padre para mí. No se casó ni tuvo hijos. Consideraba que en la vida el que juega con reglas claras triunfa. Había tenido varias mujeres, pero ante la insistencia del compromiso sus relaciones se habían diluido.
Era un tipo tranquilo, pero su tranquilidad se rompía cuando empezaba el partido. Se le transformaba la cara, se ponía rojo, y se le hinchaban las venas del cuello de tanto gritar. Un clásico en su conducta era el insulto que le profería al número nueve:
- Pianetti, ¡doná los órganos muerto! Jugá hermano, poné la gamba. ¿A vos te parece?, decí, decí algo querés.
A lo que yo comentaba con énfasis: - ¡No puede haber errado ese gol! Estaba sólo, abajo del arco.
Muchas veces nos miraban raro, Pianetti era uno de los mejores del equipo. Es más, ese año salió goleador del campeonato. Lástima que Miguel no lo llegó a ver.
Ya no voy tanto a la cancha. No se si será porque uno crece, porque se convierte en un profesional y se organiza la vida para no disfrutar…
Yo quiero pensar que es porque falta Miguel.

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