El impasse "Gambeteador" fue bastante largo. El Mundial nos absorvió y nos llenó de ilusiones a las que, ahora, hay que poner en stand by. Desde acá bancamos a Diego y a todo el plantel y queremos la revancha, porque ésta selección nos despertó un sentimiento y unas ganas de ver fútbol en celeste y blanco que estaban algo apagados en los últimos años.
Queremos despedir el Mundial, despidiendo al "célebre" pulpo Paul, el que demostró saber más de fútbol que Niembro, Pasman y el Colorado Liberman aunque, ahora que lo pensamos bien, no sabemos si es tanto mérito.
La despedida es con una columna de Javier Aguirre, periodista y músico que escribe para "Página 12" y Revista "Barcelona", y además tiene un blog dedicado a All Boys, "Álbum Blanco, diario de un hincha de All Boys". Esperamos que la disfruten.
Por Javier Aguirre
Igual, todo bien, pero –salvo en España– Sudáfrica 2010 ya es un cadáver putrefacto. Y el gran derrotado de la Copa del Mundo resultó el marketing anti-animalista. O sea, el de los organizadores, que prefirieron que la comunicación del torneo destacara el capital humano sudafricano y no la notable fauna del país. Y así como en las ceremonias de apertura y cierre del Mundial fueron ninguneados “los Cinco Grandes” (que en Sudáfrica no son River, Boca, San Lorenzo, Racing e Independiente, sino el león, el leopardo, el búfalo, el rinoceronte y el elefante), la fauna siempre se abre camino, como decían en Jurassic Park. Y quien terminó vengando la mordaza que sufrieron los animales sudafricanos durante el Mundial fue otro animal: el pulpo pronosticador. Es cierto que, al lado de algunos de los que opinan sobre fútbol por TV, cualquier molusco cefalópodo puede resultar más certero, informado e inspirado a la hora de analizar partidos. Pero, ¿cómo confiar en que un ser que tiene ocho brazos vaya a apuntar siempre hacia el lugar correcto?
El web-pop oportunista se movió rápido, y así como apenas horas después de la final de Alemania ‘06 ya rotaba la canción Coup de Boule (que tributaba el cabezazo de Zinedine Zidane al esternón de Marco Materazzi), ahora circula la lamentable The Octopus Song, obra de Parry Gripp (líder de los punks jocosos californianos Nerf Herder). Es que mucho antes que el fútbol, la música ha sabido valorar a los pulpos, tanto para apodar bateristas (un saludo al Pulpo Montello, batería de Los Umbanda), como también para bautizar bandas (como los grunge-under-bonaerenses de Pulpo; o como los Mamá Pulpa, que tributan la frase “¡Ay, mamá Pulpa!”, del dibujito animado Manotas), discos (como El sueño del Hombre Pulpo, de Mataplantas; Red Octopus, de Jefferson Starship; u Octopus, de The Human League) y canciones (Octopus Garden, el máximo hit beatle de Ringo Starr; Octopus, de Syd Barrett; El pulpo, de los under locales Presos de Estilo).
Con este antecedente de bestias que se adueñan de la fiesta del fútbol (nada que ver con la presunta animalidad de los más rústicos defensores), es de esperar que en Brasil 2014 la fauna amazónica cope la parada. ¿Mediocampistas que marcan como pirañas? ¿Monos aulladores en reemplazo de vuvuzelas? ¿Vestuarios en los que cuelguen intimidantes anacondas? ¿Pericos cantando Eu vi chegar? Todos ellos jugarán para el local, claro. Y para cualquier selección que no use colores verde y amarillo, será improbable quedarse con la Copa en Brasil. Más duro aún será para la Selección Argentina: aceptémoslo, tener una rivalidad futbolera justamente con Brasil es como intentar componer más hits fiesteros que Los Auténticos Decadentes, o como librar una guerra de escupidas con fans de los Sex Pistols (en comparación con ese trágico destino futbolístico argentino, la tienen más fácil en Uzbekistán, cuyo derby debe ser con Kazajstán; o en Bosnia, cuyo rival “del barrio” debe ser... ¿Herzegovina?). Pero hay que tener confianza: quizás el pulpo señale un nuevo Maracanazo (Pulpazo) y los brasileños terminen queriendo cortarse los tentáculos. De cualquier manera, a sabiendas de que el pulpo Paul no estará en el próximo Mundial, el NO despide a Bolas Negras, pero ya mira de reojo a los Ovos Verdeamarelhos.
Esta columna fue publicada originalmente en el Suplemento NO del diario Página 12.
Le agradecemos al autor la posibilidad de publicarla en Gambeteando Palabras.
Link completo a la nota: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/no/12-4841-2010-07-15.html
domingo, 18 de julio de 2010
miércoles, 23 de junio de 2010
Palermo bajo la lluvia (por Rodolfo Edwards)

como un perro bajo la lluvia
que perdió el rastro
y camina lentamente
con un agujero negro en la cabeza
así viene Palermo
fantasma en celo
ánima en pena
aparecido
mito criollo
terminator con polainas
el corazón atravesado por mil flechas
la piel dura casi de bronce
engualichado de gol
de grito de... esperanza
Dios y el Diablo esta noche
se dieron un abrazo
allá en lo alto
en la popu entre los monchos
el fútbol es un campo de batalla
donde brilla un facón (en la punta de tu botín izquierdo)
y pasas a degüello
defensas enteras
esquivás misiles
armas de devastación masiva
luchás cuerpo a cuerpo
en la guerra del fin del mundo
soldado platense al servicio de la República de La Boca
patrón del área chica
sabueso del balón
poeta maldito
error de la naturaleza
suicida saltando al vacío
hoy la red te salvó una vez más
Rodolfo Edwards (Buenos Aires, 1962) es un poeta y crítico de poesía argentino. Nació en el barrio porteño de La Boca. Es licenciado en Letras, especializado en literatura argentina y latinoamericana. Editó las revistas La Mineta y La Novia de Tyson y participó de la redacción de 18 Whiskys. En 2007 dirigió la clínica de escritura de poesía para autores jóvenes en el Centro Cultural Ricardo Rojas. Colabora en programas de radio y en suplementos culturales de diarios y revistas de Buenos Aires. Publica regularmente sus poemas en su blog El Rey de la Boca.
Agradecemos a Sebastián "El Zaiper" Barrasa por enviarnos este hermoso y goleador poema
Agradecemos a Sebastián "El Zaiper" Barrasa por enviarnos este hermoso y goleador poema
miércoles, 9 de junio de 2010
Antes del pitazo inicial

Faltando sólo algunas horas para que se dé el puntapié inicial de ese maravilloso evento llamado Mundial de fútbol, a los editores de Gambeteando palabras nos resultaba difícil elegir entre varios y muy buenos textos que narran, analizan y pintan algunos de los partidos y sucesos más coloridos en la historia de los mundiales. Entonces, se nos ocurrió pasarles la pelota a nuestros lectores y que ustedes metan los goles con algunas palabras sobre su primer mundial.
La idea es que, en la sección comentarios de esta entrada del blog, nos dejen textos breves con alguna imagen, alguna sensación o alguna anécdota sobre el primer mundial que recuerdan haber vivido. Así practicamos, entre todos, la literatura futbolera, como para ir entrando en calor hasta este 11 de junio a las 11 horas, momento en que dará comienzo el partido inaugural entre Sudáfrica y México.
Los editores
martes, 8 de junio de 2010
Erectas (por Ricardo Rowies)
Por Ricardo Rowies
Nadie lo podía creer, fue algo terrible, nunca visto y todo por culpa de Richard, que jugaba de tres en el equipo, él se llevó las camisetas y los pantaloncitos para lavar, y no tuvo peor idea que ponerlos en el lavarropas con una bombacha de su mujer. Justo esa mujer, la más sexy, la más hermosa , la más mirada de todo el pueblo, la madre de nada más y nada menos que siete hijos. Todo junto. ¡Qué desastre!
Para colmo llegó sobre la hora de comienzo del partido, ni tiempo tuvimos de darnos cuenta de semejante papelón.
Nos vestimos rápido y salimos a la cancha, el pantaloncito me tiraba y ni me quise mirar. Todos estábamos formados para que los visitantes nos dieran la mano uno por uno como marca el reglamento. Nos saludaban rápido y riéndose en nuestra cara.
De la tribuna tiraban de todo, y desde la femenina empezaron a tirar los corpiños. ¡Que papelón hombre!
Nos reunimos, como siempre, para que el capitán, el uruguayo, dijera cómo íbamos a jugar, pero esta vez, fue distinto.
- “Muchachos, algo raro pasa, pero tratemos de concentrarnos en el juego”.-
No había caso, no se bajaban.
Perdimos por goleada, pero durante los noventa minutos de juego, estuvimos así.
Nunca habíamos perdido por tantos goles y nunca habíamos recibido tantos aplausos, de la local como de la visitante.
Nadie lo podía creer, fue algo terrible, nunca visto y todo por culpa de Richard, que jugaba de tres en el equipo, él se llevó las camisetas y los pantaloncitos para lavar, y no tuvo peor idea que ponerlos en el lavarropas con una bombacha de su mujer. Justo esa mujer, la más sexy, la más hermosa , la más mirada de todo el pueblo, la madre de nada más y nada menos que siete hijos. Todo junto. ¡Qué desastre!
Para colmo llegó sobre la hora de comienzo del partido, ni tiempo tuvimos de darnos cuenta de semejante papelón.
Nos vestimos rápido y salimos a la cancha, el pantaloncito me tiraba y ni me quise mirar. Todos estábamos formados para que los visitantes nos dieran la mano uno por uno como marca el reglamento. Nos saludaban rápido y riéndose en nuestra cara.
De la tribuna tiraban de todo, y desde la femenina empezaron a tirar los corpiños. ¡Que papelón hombre!
Nos reunimos, como siempre, para que el capitán, el uruguayo, dijera cómo íbamos a jugar, pero esta vez, fue distinto.
- “Muchachos, algo raro pasa, pero tratemos de concentrarnos en el juego”.-
No había caso, no se bajaban.
Perdimos por goleada, pero durante los noventa minutos de juego, estuvimos así.
Nunca habíamos perdido por tantos goles y nunca habíamos recibido tantos aplausos, de la local como de la visitante.
martes, 1 de junio de 2010
-Zulema- Dice la esposa emputecida (por Rodolfo Braceli)
Por Rodolfo Braceli
Mi marido hace años que saca pecho y a todo el mundo le cuenta que vio el gol de Capote de la Mata cuando eludió como a setenta jugadores, que vio el gol de Grillo a los ingleses desde un ángulo imposible, que vio en el Centenario el gol de Cárdenas desde fuera del área a los rubios escoceses del Celtic, que justamente vio el debut de Maradona en Boca, que... Es cierto: yo sé que el desgraciado no miente, no exagera, dice la pura verdad: mi marido vio todo eso y mucho más.
Ayer lo senté en esa silla, en ésa, la que quedó libre junto al ramo de gladiolos.
Y yo le dije: Escuchame.
Y él me dijo: Te estoy escuchando, gorda.
Y yo le dije: Gorda las pelotas. Tengo nombre.
Y él me dijo: Te estoy escuchando, Zulema.
Y yo le dije: Hijo de puta, viste todo lo que decís que viste, pero no viste nacer a ninguno de tus cinco hijos.
Y él me dijo: Bueh, había partido.
Y yo le dije: Grandísimo de hijo de puta.
Y él me dijo: ¿Qué culpa tengo yo de que todos los chicos nacieran justo justo justo en día domingo?
Y yo le dije: Hijo de puta, no tenés perdón de Dios.
Y él me dijo: Zulema, pura coincidencia. No ha sido mala voluntad.
Y yo le dije: Hijo... hijo... hijo de re mil putas.
Y él me dijo: Tenés razón, Zulema, pero cuidado: ¡con la vieja no, eh!
Y yo le dije: Tu vieja habrá sido una santa y que Dios la hospede en su santa gloria... Una santa habrá sido tu vieja, pero vos sos un reverendo hijo de puta.
Y él me dijo: Zulemita, amor mío, sé comprensiva. Calmate de una buena vez.
Y yo le dije: Te maldigo. No viste nacer a ninguno de nuestros cinco hijos. ¡Y vas a pagar muy caro por eso!
Y él me dijo: ¿Ah, sí? Y, a ver, ¿cómo?
Y yo le dije: Ninguno de tus cinco hijos servirá para el fútbol. Ninguno.
Y él me dijo: ¡Decime que eso es mentira! Decímelo, o me mato.
Y yo le dije: Es verdad. ¡Todos con pie plano! Ninguno de los cinco podrá ir muy lejos con el fútbol.
Y él crujió: Ayyyyggh...
Crujió como alcanzado por un relámpago y se llevó las manos al pecho. Y cayó redondo, el pelotudo. Todo fue tan rápido: grité, vinieron los vecinos y mis hijos y se hizo lo que se pudo; pero no hubo nada que hacerle.
Posdata
De los cinco hijos de esta señora sólo dos le vinieron, realmente, con pie plano. Pero no los afectó mayormente porque uno salió comerciante y el otro abogado. En cuanto a los otros: los tres practicaron fútbol: uno abandonó en la tercera de San Lorenzo, malogrado por una doble rotura de ligamentos; el otro jugó decorosamente hasta los 33 años en un club de Río Cuarto. El restante (por lo menos hasta octubre del año 2000) militaba en uno de los más poderosos clubes italianos y era frecuente titular de la Selección Argentina. La señora mamá de estos muchachos ha vivido rodeada de afecto y hasta podría decirse de una sosegada felicidad. En 1997, inesperadamente, se le dio por ingresar en un taller literario. Dos años después comenzó a escribir una novela, policial la novela, titulada El crimen perfecto.
Este texto pertenece al libro Perfume de gol. Fue extraído del suplemento Líbero del diario Página 12.
Link a la nota original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libero/11-4832-2009-11-14.html
Mi marido hace años que saca pecho y a todo el mundo le cuenta que vio el gol de Capote de la Mata cuando eludió como a setenta jugadores, que vio el gol de Grillo a los ingleses desde un ángulo imposible, que vio en el Centenario el gol de Cárdenas desde fuera del área a los rubios escoceses del Celtic, que justamente vio el debut de Maradona en Boca, que... Es cierto: yo sé que el desgraciado no miente, no exagera, dice la pura verdad: mi marido vio todo eso y mucho más.
Ayer lo senté en esa silla, en ésa, la que quedó libre junto al ramo de gladiolos.
Y yo le dije: Escuchame.
Y él me dijo: Te estoy escuchando, gorda.
Y yo le dije: Gorda las pelotas. Tengo nombre.
Y él me dijo: Te estoy escuchando, Zulema.
Y yo le dije: Hijo de puta, viste todo lo que decís que viste, pero no viste nacer a ninguno de tus cinco hijos.
Y él me dijo: Bueh, había partido.
Y yo le dije: Grandísimo de hijo de puta.
Y él me dijo: ¿Qué culpa tengo yo de que todos los chicos nacieran justo justo justo en día domingo?
Y yo le dije: Hijo de puta, no tenés perdón de Dios.
Y él me dijo: Zulema, pura coincidencia. No ha sido mala voluntad.
Y yo le dije: Hijo... hijo... hijo de re mil putas.
Y él me dijo: Tenés razón, Zulema, pero cuidado: ¡con la vieja no, eh!
Y yo le dije: Tu vieja habrá sido una santa y que Dios la hospede en su santa gloria... Una santa habrá sido tu vieja, pero vos sos un reverendo hijo de puta.
Y él me dijo: Zulemita, amor mío, sé comprensiva. Calmate de una buena vez.
Y yo le dije: Te maldigo. No viste nacer a ninguno de nuestros cinco hijos. ¡Y vas a pagar muy caro por eso!
Y él me dijo: ¿Ah, sí? Y, a ver, ¿cómo?
Y yo le dije: Ninguno de tus cinco hijos servirá para el fútbol. Ninguno.
Y él me dijo: ¡Decime que eso es mentira! Decímelo, o me mato.
Y yo le dije: Es verdad. ¡Todos con pie plano! Ninguno de los cinco podrá ir muy lejos con el fútbol.
Y él crujió: Ayyyyggh...
Crujió como alcanzado por un relámpago y se llevó las manos al pecho. Y cayó redondo, el pelotudo. Todo fue tan rápido: grité, vinieron los vecinos y mis hijos y se hizo lo que se pudo; pero no hubo nada que hacerle.
Posdata
De los cinco hijos de esta señora sólo dos le vinieron, realmente, con pie plano. Pero no los afectó mayormente porque uno salió comerciante y el otro abogado. En cuanto a los otros: los tres practicaron fútbol: uno abandonó en la tercera de San Lorenzo, malogrado por una doble rotura de ligamentos; el otro jugó decorosamente hasta los 33 años en un club de Río Cuarto. El restante (por lo menos hasta octubre del año 2000) militaba en uno de los más poderosos clubes italianos y era frecuente titular de la Selección Argentina. La señora mamá de estos muchachos ha vivido rodeada de afecto y hasta podría decirse de una sosegada felicidad. En 1997, inesperadamente, se le dio por ingresar en un taller literario. Dos años después comenzó a escribir una novela, policial la novela, titulada El crimen perfecto.
Este texto pertenece al libro Perfume de gol. Fue extraído del suplemento Líbero del diario Página 12.
Link a la nota original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libero/11-4832-2009-11-14.html
martes, 18 de mayo de 2010
El gran bailarín (por Germán Franco)
Por Germán Franco
Entró al área como si fuera Julio Bocca dando refinados movimientos en su actuación despedida. Los defensores lo miraron con vergüenza ajena y después le quitaron la pelota con demasiada facilidad. El continuó bailando hasta terminar su paso, y es que eso había practicado justito minutos antes de entrar a la cancha frente al espejo que el mismo hizo colocar en el vestuario local. A centímetros de la línea del arco abrió sus brazos y saludó como un señorito ingles a la hinchada amiga. El arquero contrario lo miró desorientado y luego comenzaron a volar botellas, encendedores, zapatillas usadas y hasta un choripan.
Minutos después el técnico decidió cambiarlo por algún ignoto jugador del banco de suplentes y así terminó la carrera futbolística de Pedro Ismael Filipetti, exquisito media punta del Racing Club de Villa Regina.
“Fili”, como lo llamaba su abuela y todo el pueblo, comenzó su carrera de futbolista casi por error. Fue cuando tenía 7 años que su tío Roberto decidió llevarlo a una nueva academia de danzas clásicas que recién abría en el pueblo. Al tío Roberto le decían el “Travolta” reginense por esa gran película que habían dado en el cine Circulo Italiano hace ya muchos años, otros le decían “el puto ese”. En los pueblos hay oficios de hombres y oficios de mujeres. Eso no se negocia por más que seas un genio.
Sin querer el tío Roberto, gran bailarín de los escenarios locales, lo indujo al mundo de la danza para que pueda recorrer el mundo que él no pudo conocer: “con el baile vas a recorrer el mundo entero, verás miles de noche distintas, con otras lunas y otras lenguas, y lo mejor serán esos soles de la mañana cuando te levantes en una cama nueva y pongas Make Your Own Kind of Music". Pedrito lo miraba extrañado de cómo los pequeños agujeros de su nariz se agrandaban y se achicaban, hasta casi desaparecer, al ritmo de la respiración.
El tío Roberto de pequeño pretendió ser escritor pero la verdad que era bastante malo en el mundo de las letras. Su madre, “la que no era una santa” decían en el barrio, se encargó de criarlo sola cuando murió el padre de Roberto. Roberto no recordaba a su padre pero jamás pudo olvidar esa navidad cuando Papá Noel cayó por la chimenea reventando su cabeza contra el piso y manchando de sangre la cajita de soldaditos de plomo que eran para él. En la familia, por este desgraciado acontecimiento que desembocó en la muerte del Papá Noel en cuestión, no se volvió a festejar la noche buena.
Su madre, “la que no era una santa”, siempre creyó que Roberto era un niño especial. En realidad esto ocurre con todas las madres, pero en el caso de Magdalena (así se llamaba “la que no era una santa” madre de Roberto) era así. Ella había sido escritora en su juventud cuando vivía en Buenos Aires antes de conocer a Raúl Pistagnessi, un petrolero que la enamoró. De quien se convertiría en su esposa y luego en su viuda.
De grande, Magdalena se dedicó a su hijo y su casa, escapando algunas veces a la Biblioteca Popular del pueblo donde leía libros de escritoras anarquistas y tenía un apasionado romance con Julián, el bibliotecario.
Por mucho tiempo, luego de la muerte de Raúl Pistagnessi, en el pueblo se rumoreo que en realidad Roberto Pistagnessi era hijo de Julián. Las vecinas chusmas los habían visto varias veces caminando de la mano por el cementerio y además el pibe era idéntico al bibliotecario.
El sobrino de Roberto Pistagnessi, Pedro Ismael Filipetti, comenzó su carrera de futbolista porque aquella tarde cuando iban camino a la academia de danza su tío falleció de un ataque al corazón, dejando estacionado en su último suspiro el auto justo enfrente del club que quedaba en el camino. Pedrito lo miro extrañado porque sus agujeros de la nariz estaban cerrados y casi no se distinguían, pero como era un pibe distraído que se pasaba las tardes matando y comiéndose hormigas en el jardín, bajó del auto pensando que ya habían llegado. Tampoco entendía demasiado lo que su tío Roberto le había contado por lo que entró dispuesto a dejar todo por el baile. Y como al Racing Club de Regina le decían “La academia” pensó que estaba en el lugar correcto.
“Fili” fue un gran delantero hasta que a los 21 años se terminó de dar cuenta que se había equivocado. Siempre lo sospechó, luego de que su madre lo fuera a buscar esa noche al club y le informara que su tío estaba muerto. Porque si algo hay que decir de la madre de Pedrito es que siempre les dijo la verdad a sus hijos.
Una tarde de otoño, Pedrito vio en tele la revelación y comprendió lo que su difunto tío Roberto le quiso decir aquella tarde. Fue ese otoño cuando el final de la carrera futbolística empezó.
Primero fue el espejo, los compañeros lo miraron raro pero era el goleador del equipo y respetaban sus excentricidades de estrella. Lo segundo hizo dudar a propios y extraños: Filipetti decidió que de ahora en más jugaría con zapatos de baile aduciendo que la dureza del botín no le permitía doblar lo suficiente el pie. Está bien, pensó el técnico, mientras siga haciendo goles. Esa temporada el bailarín no desentonó, fue en la final del campeonato cuando se vio a un Pedrito muy desconectado. Por momentos se dedicaba a pedir la pelota y dar giros interminables que siempre terminaban en tremendos contragolpes del rival. Sino directamente se iba del juego y realizaba piruetas sobre la línea de cal simulando estar sobre una cuerda: “parece que el Pedrito está jugando de win”, comentaban los aficionados.
En el final del primer tiempo de aquel partido a Pedrito ya no le perdonaban sus actitudes. El bailarín había borrado totalmente al futbolista y en el segundo tiempo decidió salir en calzas para dar su mejor show pero ustedes ya saben que pasó.
Pasado el tiempo la muchedumbre comprendió que aquella tarde la actuación de Pedrito Ismael Filipetti, sobrino de Roberto Pistagnessi, había sido brillante pero la copa se la llevó el contrario y eso no se perdona en ninguna hinchada.
Germán por él mismo: tengo 32 años; en algún momento de mi vida estudie Comunicación Social y Letras, ambas las abandoné. Trabajo en periodismo desde hace mucho, siempre en producciones independientes tanto en radio como en gráfica. En la actualidad trabajo freelance y escribo, escribo bastante, con la idea de publicar en algún momento.
Nací en la Republica de Regina en el Alto Valle de Río Negro el 7/7/77.
Hace 2 años que vivo en Villa Crespo.
Si quieren leer más de su material, pueden visitar http://unanoveladelaputamadre.blogspot.com/ en donde publica una novela por capítulos junto con un amigo.
Entró al área como si fuera Julio Bocca dando refinados movimientos en su actuación despedida. Los defensores lo miraron con vergüenza ajena y después le quitaron la pelota con demasiada facilidad. El continuó bailando hasta terminar su paso, y es que eso había practicado justito minutos antes de entrar a la cancha frente al espejo que el mismo hizo colocar en el vestuario local. A centímetros de la línea del arco abrió sus brazos y saludó como un señorito ingles a la hinchada amiga. El arquero contrario lo miró desorientado y luego comenzaron a volar botellas, encendedores, zapatillas usadas y hasta un choripan.
Minutos después el técnico decidió cambiarlo por algún ignoto jugador del banco de suplentes y así terminó la carrera futbolística de Pedro Ismael Filipetti, exquisito media punta del Racing Club de Villa Regina.
“Fili”, como lo llamaba su abuela y todo el pueblo, comenzó su carrera de futbolista casi por error. Fue cuando tenía 7 años que su tío Roberto decidió llevarlo a una nueva academia de danzas clásicas que recién abría en el pueblo. Al tío Roberto le decían el “Travolta” reginense por esa gran película que habían dado en el cine Circulo Italiano hace ya muchos años, otros le decían “el puto ese”. En los pueblos hay oficios de hombres y oficios de mujeres. Eso no se negocia por más que seas un genio.
Sin querer el tío Roberto, gran bailarín de los escenarios locales, lo indujo al mundo de la danza para que pueda recorrer el mundo que él no pudo conocer: “con el baile vas a recorrer el mundo entero, verás miles de noche distintas, con otras lunas y otras lenguas, y lo mejor serán esos soles de la mañana cuando te levantes en una cama nueva y pongas Make Your Own Kind of Music". Pedrito lo miraba extrañado de cómo los pequeños agujeros de su nariz se agrandaban y se achicaban, hasta casi desaparecer, al ritmo de la respiración.
El tío Roberto de pequeño pretendió ser escritor pero la verdad que era bastante malo en el mundo de las letras. Su madre, “la que no era una santa” decían en el barrio, se encargó de criarlo sola cuando murió el padre de Roberto. Roberto no recordaba a su padre pero jamás pudo olvidar esa navidad cuando Papá Noel cayó por la chimenea reventando su cabeza contra el piso y manchando de sangre la cajita de soldaditos de plomo que eran para él. En la familia, por este desgraciado acontecimiento que desembocó en la muerte del Papá Noel en cuestión, no se volvió a festejar la noche buena.
Su madre, “la que no era una santa”, siempre creyó que Roberto era un niño especial. En realidad esto ocurre con todas las madres, pero en el caso de Magdalena (así se llamaba “la que no era una santa” madre de Roberto) era así. Ella había sido escritora en su juventud cuando vivía en Buenos Aires antes de conocer a Raúl Pistagnessi, un petrolero que la enamoró. De quien se convertiría en su esposa y luego en su viuda.
De grande, Magdalena se dedicó a su hijo y su casa, escapando algunas veces a la Biblioteca Popular del pueblo donde leía libros de escritoras anarquistas y tenía un apasionado romance con Julián, el bibliotecario.
Por mucho tiempo, luego de la muerte de Raúl Pistagnessi, en el pueblo se rumoreo que en realidad Roberto Pistagnessi era hijo de Julián. Las vecinas chusmas los habían visto varias veces caminando de la mano por el cementerio y además el pibe era idéntico al bibliotecario.
El sobrino de Roberto Pistagnessi, Pedro Ismael Filipetti, comenzó su carrera de futbolista porque aquella tarde cuando iban camino a la academia de danza su tío falleció de un ataque al corazón, dejando estacionado en su último suspiro el auto justo enfrente del club que quedaba en el camino. Pedrito lo miro extrañado porque sus agujeros de la nariz estaban cerrados y casi no se distinguían, pero como era un pibe distraído que se pasaba las tardes matando y comiéndose hormigas en el jardín, bajó del auto pensando que ya habían llegado. Tampoco entendía demasiado lo que su tío Roberto le había contado por lo que entró dispuesto a dejar todo por el baile. Y como al Racing Club de Regina le decían “La academia” pensó que estaba en el lugar correcto.
“Fili” fue un gran delantero hasta que a los 21 años se terminó de dar cuenta que se había equivocado. Siempre lo sospechó, luego de que su madre lo fuera a buscar esa noche al club y le informara que su tío estaba muerto. Porque si algo hay que decir de la madre de Pedrito es que siempre les dijo la verdad a sus hijos.
Una tarde de otoño, Pedrito vio en tele la revelación y comprendió lo que su difunto tío Roberto le quiso decir aquella tarde. Fue ese otoño cuando el final de la carrera futbolística empezó.
Primero fue el espejo, los compañeros lo miraron raro pero era el goleador del equipo y respetaban sus excentricidades de estrella. Lo segundo hizo dudar a propios y extraños: Filipetti decidió que de ahora en más jugaría con zapatos de baile aduciendo que la dureza del botín no le permitía doblar lo suficiente el pie. Está bien, pensó el técnico, mientras siga haciendo goles. Esa temporada el bailarín no desentonó, fue en la final del campeonato cuando se vio a un Pedrito muy desconectado. Por momentos se dedicaba a pedir la pelota y dar giros interminables que siempre terminaban en tremendos contragolpes del rival. Sino directamente se iba del juego y realizaba piruetas sobre la línea de cal simulando estar sobre una cuerda: “parece que el Pedrito está jugando de win”, comentaban los aficionados.
En el final del primer tiempo de aquel partido a Pedrito ya no le perdonaban sus actitudes. El bailarín había borrado totalmente al futbolista y en el segundo tiempo decidió salir en calzas para dar su mejor show pero ustedes ya saben que pasó.
Pasado el tiempo la muchedumbre comprendió que aquella tarde la actuación de Pedrito Ismael Filipetti, sobrino de Roberto Pistagnessi, había sido brillante pero la copa se la llevó el contrario y eso no se perdona en ninguna hinchada.
Germán por él mismo: tengo 32 años; en algún momento de mi vida estudie Comunicación Social y Letras, ambas las abandoné. Trabajo en periodismo desde hace mucho, siempre en producciones independientes tanto en radio como en gráfica. En la actualidad trabajo freelance y escribo, escribo bastante, con la idea de publicar en algún momento.
Nací en la Republica de Regina en el Alto Valle de Río Negro el 7/7/77.
Hace 2 años que vivo en Villa Crespo.
Si quieren leer más de su material, pueden visitar http://unanoveladelaputamadre.blogspot.com/ en donde publica una novela por capítulos junto con un amigo.
martes, 11 de mayo de 2010
El adversario (por Horacio Gómez)
Por Horacio Gómez
Se dio cuenta enseguida. El ruido que escuchó no dejaba lugar a dudas.
Había ido demasiado fuerte con los tapones de punta y el jugador contrario yacía de espaldas muy quieto y gritando de dolor, con doble fractura expuesta de tibia y peroné.
De nada sirvió que le dijera al árbitro que fue sin intención, que el campo de juego húmedo, que fue a la pelota y resbaló.
Terminó expulsado e insultado por la parcialidad visitante.
No sería fácil de olvidar ese domingo, las tribunas que explotaban de gente a pesar del calor abrumador, la necesidad que tenía su equipo de sumar puntos como local y él, el jugador más experimentado, lo dejaba con un hombre menos.
Y Benítez, el fracturado, un muchacho recién llegado del Chaco, con tantos sueños como urgencias económicas, que por su culpa estaría cerca de ocho meses sin poder jugar.
Debía hacer algo, ¿pero qué? El club le adeudaba a todo el plantel cinco meses, los premios y la mitad de la prima, estaba sin un peso, cero al as.
¿Pedir prestado? Imposible, ya debía cinco lucas y seguramente nadie querría prestarle al rudo y sucio marcador de punta que lesionó tan gravemente al pobre chico del interior.
Todo eso pensaba en el trayecto desde el césped hasta el vestuario local.
Al ingresar, lo notó frío y vacío, como él.
Comenzó a desvestirse lentamente y se dirigió al sector de duchas. Fue entonces que lo vio, algo a lo que nunca le había prestado atención en tantos años.
Un largo caño que venía desde el otro vestuario y sobresalía unos 20 cm. de la pared azulejada al finalizar en la última ducha.
No lo pensó; tomando carrera, se mandó un pique corto con toda la velocidad que sus piernas le permitieron y arqueándose en el aire, como si estuviera por hacer un gol de tijera en la final de un Mundial, incrustó su pierna derecha contra el caño con extrema violencia.
Despertó en el sanatorio, rodeado por dos médicos, algunos compañeros y el vicepresidente del club.
La pierna, enyesada hasta la rodilla, le dolía enormemente pero a pesar de eso se sentía bien, con un alivio difícil de explicar.
Giró la cabeza y pudo ver en la cama de al lado a Benítez. Parecía sonreírle.
Horacio Gómez nació en Capital Federal el 11 de noviembre de 1954. Reside en Mar de Ajó, Partido de La Costa, desde el año 1988. Fundador del Grupo EPOCA (Escritores y Poetas de la Costa Atlántica). Desde el año 2003 coordina los Talleres Literarios del Centro Cultural Municipal “Prof. Marcelino Villar” de Mar de Ajó. Tiene publicados dos libros, “Esquirlas del pasado” (poemas, 1997) y “Volveré en otoño” (poemas, 2009). Participó en varias antologías y páginas de poesía. Obtuvo premios en diferentes certámenes de cuento y poesía. Miembro de Poetas del Mundo y W.P.S (World Poets Society). Actualmente preside la Fundación de Poetas “René Villar” y es Director de Organización de ASOLAPO (Asociación Latinoamericana de Poetas) filial Argentina.
Se dio cuenta enseguida. El ruido que escuchó no dejaba lugar a dudas.
Había ido demasiado fuerte con los tapones de punta y el jugador contrario yacía de espaldas muy quieto y gritando de dolor, con doble fractura expuesta de tibia y peroné.
De nada sirvió que le dijera al árbitro que fue sin intención, que el campo de juego húmedo, que fue a la pelota y resbaló.
Terminó expulsado e insultado por la parcialidad visitante.
No sería fácil de olvidar ese domingo, las tribunas que explotaban de gente a pesar del calor abrumador, la necesidad que tenía su equipo de sumar puntos como local y él, el jugador más experimentado, lo dejaba con un hombre menos.
Y Benítez, el fracturado, un muchacho recién llegado del Chaco, con tantos sueños como urgencias económicas, que por su culpa estaría cerca de ocho meses sin poder jugar.
Debía hacer algo, ¿pero qué? El club le adeudaba a todo el plantel cinco meses, los premios y la mitad de la prima, estaba sin un peso, cero al as.
¿Pedir prestado? Imposible, ya debía cinco lucas y seguramente nadie querría prestarle al rudo y sucio marcador de punta que lesionó tan gravemente al pobre chico del interior.
Todo eso pensaba en el trayecto desde el césped hasta el vestuario local.
Al ingresar, lo notó frío y vacío, como él.
Comenzó a desvestirse lentamente y se dirigió al sector de duchas. Fue entonces que lo vio, algo a lo que nunca le había prestado atención en tantos años.
Un largo caño que venía desde el otro vestuario y sobresalía unos 20 cm. de la pared azulejada al finalizar en la última ducha.
No lo pensó; tomando carrera, se mandó un pique corto con toda la velocidad que sus piernas le permitieron y arqueándose en el aire, como si estuviera por hacer un gol de tijera en la final de un Mundial, incrustó su pierna derecha contra el caño con extrema violencia.
Despertó en el sanatorio, rodeado por dos médicos, algunos compañeros y el vicepresidente del club.
La pierna, enyesada hasta la rodilla, le dolía enormemente pero a pesar de eso se sentía bien, con un alivio difícil de explicar.
Giró la cabeza y pudo ver en la cama de al lado a Benítez. Parecía sonreírle.
Horacio Gómez nació en Capital Federal el 11 de noviembre de 1954. Reside en Mar de Ajó, Partido de La Costa, desde el año 1988. Fundador del Grupo EPOCA (Escritores y Poetas de la Costa Atlántica). Desde el año 2003 coordina los Talleres Literarios del Centro Cultural Municipal “Prof. Marcelino Villar” de Mar de Ajó. Tiene publicados dos libros, “Esquirlas del pasado” (poemas, 1997) y “Volveré en otoño” (poemas, 2009). Participó en varias antologías y páginas de poesía. Obtuvo premios en diferentes certámenes de cuento y poesía. Miembro de Poetas del Mundo y W.P.S (World Poets Society). Actualmente preside la Fundación de Poetas “René Villar” y es Director de Organización de ASOLAPO (Asociación Latinoamericana de Poetas) filial Argentina.
martes, 4 de mayo de 2010
Domingo de fútbol (por Ricardo Martínez Gálvez)
Por Ricardo Martínez Gálvez

Desde "Gambeteando..." agradecemos cordialmente al autor por autorizarnos a publicar su obra.

Barrios que palpitan y se embanderan.
Corazones que laten más que nunca.
Ceremonia repetida, la camiseta, el trapo y
esa cábala en la que se vuelve a creer,
acaso por no tener otra.
Un sentimiento de fiesta recorre el país de norte a sur...
Hoy es domingo, hoy hay fútbol.
Corazones que laten más que nunca.
Ceremonia repetida, la camiseta, el trapo y
esa cábala en la que se vuelve a creer,
acaso por no tener otra.
Un sentimiento de fiesta recorre el país de norte a sur...
Hoy es domingo, hoy hay fútbol.
Desde "Gambeteando..." agradecemos cordialmente al autor por autorizarnos a publicar su obra.
miércoles, 28 de abril de 2010
El sueño de Nicoletti (segunda parte)
Por Eduardo Sacheri
Primera parte
Primera parte
Nicoletti empieza a agitarse. ¿Son los nervios de no entender nada o el esfuerzo de correr con ese grandote encima? Es angustia. La angustia de no saber qué está haciendo en semejante sitio. Porque Nicoletti sabe que él nunca va a jugar en Primera. Y que el último partido con Gomita lo van a jugar en el Arroyo, la víspera de que él se vaya a Ensenada para siempre. Por eso la desesperación. Porque todo el mundo espera que él llegue al fondo y tire el centro para la palomita de su amigo, como toda la vida. Y por eso Gomita levanta ya el brazo desde el área: para que él lo vea en el tumulto de camisetas blancas y se la ponga en la sien derecha, como es costumbre. ¿Pero cómo? ¿Cómo él, Nicoletti, que nunca va a ser nadie, se la va a tirar a Gomita? Porque a esta altura Gomita ya no es Gomita. Es Roberto «Gomita» Meneguzzi, centroforward inolvidable del fútbol argentino y europeo, tricampeón en nuestro suelo y quíntuple monarca del scoring italiano, como dirán desde entonces los locutores de Sucesos Argentinos en la matinée de los cines. Por eso las camisetas y el estadio. Por eso los carteles de Bols y el energúmeno ese que lo agarra una vez y otra aun que él porfíe en seguir quién sabe para qué o para dónde.
Nicoletti llega al fondo, por fin, de esa cancha interminable. En medio de su desasosiego, conserva algo de su intuición futbolera. En lugar de frenar y recibir la embestida del zaguero, toca suave, muy suave, con el empeine del zapato derecho hacia adentro. El tipo viene tan embalado que se come el caño y se pasa de largo. En otro momento Nicoletti hubiese festejado semejante lujo: pero no puede porque tiene que buscar a Gomita. Ahí está, en un pantano de camisetas blancas, levantando el brazo y gritándole como un enajenado. Pero Nicoletti tiene miedo de no llegar con el pelotazo. Le falta un mundo para el borde del área, y otro desde allí hasta el punto del penal donde está parado Gomita, que no es Gomita, sino Roberto «Gomita» Meneguzzi, el inolvidable artillero. Y a semejante gloria no puede tirársele un pelotazo impresentable. Porque tiene que ser gol. ¿Para qué está esa gente en la tribuna? ¿Para qué se han juntado como cinco fotógrafos detrás del arco? ¿Para qué van a salir los diarios mañana, sino para relatar la gloria del ídolo; y para que miles y miles de porteños admiren esa foto de Roberto Meneguzzi suspendido aún en el aire, mientras el epígrafe relata «la manera en que el infalible scorer argentino agrega otro cintillo a su casaca victoriosa, al conectar de palomita un centro disparado desde el lado izquierdo»?
Nicoletti suda. Las piernas le pesan como plomos. Como en esas pesadillas en las que hay que pegarle a alguien y uno no puede levantar los brazos. Pero todo es real. Porque los chasquidos de las cámaras y los rugidos de la tribuna y los gritos de Gomita se escuchan perfectamente. Y por eso Nicoletti no puede quedarse ahí, porque uno de los centrales se le viene al humo. Por un instante piensa en hacer la personal, la heroica: tirar otro caño con el pie derecho y seguir avanzando por la línea de fondo. El back central le deja cierto ángulo porque espera que tire el centro, y no que intente por afuera. Pero no, imposible, ¿cómo hacer semejante imbecilidad teniéndolo a Roberto Meneguzzi, ídolo perpetuo también de la península itálica, a los gritos en el área pidiendo la bola para definir el asunto? Por eso Nicoletti encara hacia adentro y esconde el balón para que el central no pueda arrebatárselo. Ha dudado demasiado, no puede lanzar ahora: el cuerpo del zaguero está encima. Nicoletti sufre. Intuye, antes de verlo, que el marcador que lo ha seguido por la raya viene a apurarlo por detrás. Son demasiado grandes, demasiado duros, demasiado rápidos. Engancha de nuevo hacia el lateral para esquivarlo. Pero ahora tiene a dos marcadores que lo separan de su cometido. Si tirar el centro antes era arriesgado, intentarlo ahora es inútil. Nicoletti la mueve en el lugar, esperando que alguno de los dos se coma el amague y le deje un intersticio. Pero es inútil. Estos tipos saben pararse. No se tumban al primer quiebre. Uno no se los saca de encima amasándola bajo la suela. Y encima los gritos de la gente. ¿Cómo no van a estar impacientes? ¿Cómo no van a estar apurándolo? Si en el área aguarda uno de los cinco más grandes artilleros del fútbol argentino de todos los tiempos. Pero Nicoletti sufre sobre todo por Gomita. ¿Cómo le va a faltar así el respeto? En Gorriti vaya y pase. ¿Pero acá? Imposible. No, siendo una celebridad. No, con toda esa gente lista para ovacionarlo.
Nicoletti tiembla. Porque cada vez se enreda más con el balón. Segundo a segundo, esos dos mastodontes lo llevan más hacia la raya. No hay modo. No hay manera de darse vuelta. Y Nicoletti se arrepiente de no haber tirado de entrada. Así, sin mirar, pero sin perder tiempo. Porque a esa altura Nicoletti sabe que ese centro no lo va a tirar nunca. Por eso Nicoletti sufre y se desespera. Porque tiene tiempo de pensar, mientras aguanta las patadas que los otros dos le propinan en los tobillos para que largue de una vez la pelota, que al final él es un enano, que no se merece estar ahí, que no tiene derecho a tirar una pared con Roberto «Gomita» Meneguzzi. Nicoletti se siente un ingrato, porque el ilustre centrodelantero, teniendo un montón de compañeros alrededor, decidió obsequiarle a él el privilegio de armar la jugada juntos, y él es incapaz de devolverle un centro más o menos como la gente.
Cuando la angustia empieza a transformársele en llanto, Nicoletti acaba por despertarse. Está sentado en la cama empapada de sudor; jadeante en la oscura sobriedad de su cuarto de soltero eterno. Se incorporará, encenderá la luz para ahuyentar a sus fantasmas y tomará unos mates. Para el caso da igual. Al día siguiente, o al otro, la próxima semana a más tardar, soñará lo mismo.
Creo haber dicho más arriba que no interrumpí a Nicoletti con pregunta alguna. Lo dejé decir, a sabiendas de que no esperaba reacciones de mi parte. Tomamos el café, hicimos silencio, y al fin nos despedimos. El hombre tardó una década en volver sobre el asunto. Lo hizo sin preámbulos. No se detuvo a refrescarme la memoria. Supongo que en el bar estamos acostumbrados a evitarnos urbanidades superfluas. Esa es una de las ventajas de nuestras vidas vacías. Me dijo que la noche anterior le había ocurrido algo con el sueño. En realidad creo que dijo «su» sueño: como si ese sueño recurrente fuera su única y terrible pertenencia o su tesoro más encomiable, o ambas cosas a un tiempo. Sería vano negar mi curiosidad. Sus ojos y su voz despedían una luz que yo jamás antes había advertido. Estaba extático, distinto, inmensamente asombrado. Me repitió el relato desde el principio. Pero cuando llegó a la parte del banderín del córner se detuvo.
De nuevo está inmóvil con la pelota en los pies. De nuevo las piernas le pesan como plomos. De nuevo el marcador central sale a atorarlo a la carrera. Y de nuevo levanta los ojos hacia Gomita, que naufraga, brazos en alto, en medio de aquel mar de camisetas blancas. Pero esta vez, esta única vez, esta primera vez en cincuenta y cinco años, el sueño es más claro, es muchísimo más preciso. Cuando Nicoletti levanta la mirada enfoca directamente a la cara de Roberto «Gomita» Meneguzzi, el mejor centroforward de la Liga italiana en la década del 40, y ve con claridad sus ojos y sus labios. Lo escucha (porque todos los demás sonidos se acallan súbitamente) cuando le dice: «Para vos, Nicola, jugála para vos». Nicoletti duda. Es como si en el propio sueño estuviese ya acostumbrado a la rutina del sueño. Por eso vuelve a demorarse y a mirarlo fijo. Pero es cierto: Roberto «Gomita» Meneguzzi le insiste que sí, que dale, Nicola, por lo que más quieras, jugatelá, hermanito, jugatelá. Y por eso Nicoletti, cuando en el sueño le toca cubrir el balón y ponerse de espaldas al arco para protegerlo, cambia el libreto para siempre y encara. Por única vez en cincuenta y cinco años, desde que lo soñó por primera vez en su piecita de Ensenada, Nicoletti toca con otra caricia del pie derecho e inclina el cuerpo hacia la izquierda para que el back no se lo lleve puesto. Segundo caño. Tal vez ese ruido que se escucha es la gente en la tribuna, que aprecia ese doble túnel memorable. Pero no tiene tiempo de detenerse a pensarlo.
Nicoletti va lanzado hacia la valla. Apenas tiene ángulo. Con la zurda la aleja de la raya porque desde ahí el arco no existe, es apenas una línea vertical, un caño blanco con una red colgada al costado. Piensa qué bueno esto de jugar en una cancha con las líneas pintadas. Porque en Gorriti hay que adivinar cuando uno ya está cerca de la nieta. Acá no. Acaba de cruzar la línea del área grande y un poco más allá está la del área chica. Parece mentira lo fácil. Porque ahora el toque de zurda lo deja a metro y medio de la línea de fondo, y el arquero lo enfrenta medio encorvado y tapando casi todo pero no todo; y si la tira de chanfle al segundo palo seguro que se la saca, pero como eso es lo que el tipo está esperando a lo mejor, quién sabe, si le pega de puntín con la derecha capaz que la pelota sale como una flecha y se clava a media altura entre el arquero y el palo.
Nicoletti tiene miedo. Pero ya no teme fracasar ante el destino, sólo teme despertarse. Salirse de su sueño antes de poder ponerle fin después de cinco décadas de impotencia. Igual no se apura. Sólo cuando está seguro sacude un derechazo temible con la punta de su dedo gordo y ve la pelota que sale como si le hubiesen trazado la trayectoria con regla, y la ve finalmente colándose por el agujero quirúrgico que queda entre el palo y el muslo del arquero.
Nicoletti siente la tentación de tirarse al piso a disfrutar de cara al cielo ese momento sublime. Pero el sueño puede terminar en cualquier momento y debe apresurarse. Necesita buscarlo a Gomita. No sabe para qué, pero en el sueño sabe que eso es lo que necesita. No tiene que buscar demasiado. Gomita corre hacia él y le pega un abrazo como nunca. Nicoletti se afloja y llora, y escucha en el oído las palabras de su amigo: «Por fin, Nicola. Por fin. Hace años que espero que mi sueño termine con este golazo, y hoy por fin me hiciste caso». En su sueño, Nicoletti da un respingo: «Pero... ¿cómo?, ¿vos también?...», alcanza a preguntar. Pero apenas Gomita amaga con mover afirmativamente la cabeza, su imagen se desintegra y el sueño se extingue abruptamente. Nicoletti se incorpora en la cama. No está sudada. No toma mate ni enciende la radio. Decide salir a la calle para calmar su asombro y su maravilla. Deambula por ahí toda la mañana y termina recalando en el café. Me cuenta que está contento, se corrige y me dice que está feliz. Yo, turbado, guardo silencio. El agrega que tiene la esperanza de que, en el futuro, este sueño nuevo reemplace al anterior.
Luego, callados, bebimos el café. Yo no sabía qué decir y él no parecía necesitar mis palabras. Salió del bar temprano. Me explicó que quería caminar otro rato antes de acostarse. Sentí la frenada y un tremendo ruido a fierros rotos. Venía de la esquina de Corrientes. «El 67», me dije. Salí con los otros. Nos movía menos el interés que la inercia. Cuando vi que era Nicoletti me entristecí de veras. Supongo que a algunos de los otros les pasó lo mismo.
En los días siguientes dediqué largos ratos a pensar en los sueños de Nicoletti. Las escuetas obsesiones de ese pobre hombre me ofrecían la extraña alternativa de escapar por un rato de las mías. Volvía, de hecho, sobre ese cambio postrero, ese desenlace repentinamente distinto. ¿Por qué en ese momento? –me preguntaba–. ¿Por qué después de cinco décadas de suplicio, Nicoletti encuentra puertas nuevas en su laberinto viejo? La respuesta me llovió por casualidad, supongo. Una semana después del accidente se publicó la noticia en Buenos Aires. Yo la leí en la sexta; no era el título principal, pero le habían dedicado un buen espacio. En una clínica de la ciudad de Turín, a los setenta y dos años de edad, acababa de morir quien fuera «una de las máximas glorias futbolísticas a ambos lados del Atlántico: Roberto Meneguzzi, uno de los más grandes delanteros de las décadas del 40 y el 50, tricampeón en Argentina y quíntuple goleador del campeonato italiano».
Y ahí sumé dos más dos y me dio cuatro y estuve a punto de maravillarme. Pero después me di cuenta de que ya no me da el cuero para semejante despliegue de emociones.
Nicoletti llega al fondo, por fin, de esa cancha interminable. En medio de su desasosiego, conserva algo de su intuición futbolera. En lugar de frenar y recibir la embestida del zaguero, toca suave, muy suave, con el empeine del zapato derecho hacia adentro. El tipo viene tan embalado que se come el caño y se pasa de largo. En otro momento Nicoletti hubiese festejado semejante lujo: pero no puede porque tiene que buscar a Gomita. Ahí está, en un pantano de camisetas blancas, levantando el brazo y gritándole como un enajenado. Pero Nicoletti tiene miedo de no llegar con el pelotazo. Le falta un mundo para el borde del área, y otro desde allí hasta el punto del penal donde está parado Gomita, que no es Gomita, sino Roberto «Gomita» Meneguzzi, el inolvidable artillero. Y a semejante gloria no puede tirársele un pelotazo impresentable. Porque tiene que ser gol. ¿Para qué está esa gente en la tribuna? ¿Para qué se han juntado como cinco fotógrafos detrás del arco? ¿Para qué van a salir los diarios mañana, sino para relatar la gloria del ídolo; y para que miles y miles de porteños admiren esa foto de Roberto Meneguzzi suspendido aún en el aire, mientras el epígrafe relata «la manera en que el infalible scorer argentino agrega otro cintillo a su casaca victoriosa, al conectar de palomita un centro disparado desde el lado izquierdo»?
Nicoletti suda. Las piernas le pesan como plomos. Como en esas pesadillas en las que hay que pegarle a alguien y uno no puede levantar los brazos. Pero todo es real. Porque los chasquidos de las cámaras y los rugidos de la tribuna y los gritos de Gomita se escuchan perfectamente. Y por eso Nicoletti no puede quedarse ahí, porque uno de los centrales se le viene al humo. Por un instante piensa en hacer la personal, la heroica: tirar otro caño con el pie derecho y seguir avanzando por la línea de fondo. El back central le deja cierto ángulo porque espera que tire el centro, y no que intente por afuera. Pero no, imposible, ¿cómo hacer semejante imbecilidad teniéndolo a Roberto Meneguzzi, ídolo perpetuo también de la península itálica, a los gritos en el área pidiendo la bola para definir el asunto? Por eso Nicoletti encara hacia adentro y esconde el balón para que el central no pueda arrebatárselo. Ha dudado demasiado, no puede lanzar ahora: el cuerpo del zaguero está encima. Nicoletti sufre. Intuye, antes de verlo, que el marcador que lo ha seguido por la raya viene a apurarlo por detrás. Son demasiado grandes, demasiado duros, demasiado rápidos. Engancha de nuevo hacia el lateral para esquivarlo. Pero ahora tiene a dos marcadores que lo separan de su cometido. Si tirar el centro antes era arriesgado, intentarlo ahora es inútil. Nicoletti la mueve en el lugar, esperando que alguno de los dos se coma el amague y le deje un intersticio. Pero es inútil. Estos tipos saben pararse. No se tumban al primer quiebre. Uno no se los saca de encima amasándola bajo la suela. Y encima los gritos de la gente. ¿Cómo no van a estar impacientes? ¿Cómo no van a estar apurándolo? Si en el área aguarda uno de los cinco más grandes artilleros del fútbol argentino de todos los tiempos. Pero Nicoletti sufre sobre todo por Gomita. ¿Cómo le va a faltar así el respeto? En Gorriti vaya y pase. ¿Pero acá? Imposible. No, siendo una celebridad. No, con toda esa gente lista para ovacionarlo.
Nicoletti tiembla. Porque cada vez se enreda más con el balón. Segundo a segundo, esos dos mastodontes lo llevan más hacia la raya. No hay modo. No hay manera de darse vuelta. Y Nicoletti se arrepiente de no haber tirado de entrada. Así, sin mirar, pero sin perder tiempo. Porque a esa altura Nicoletti sabe que ese centro no lo va a tirar nunca. Por eso Nicoletti sufre y se desespera. Porque tiene tiempo de pensar, mientras aguanta las patadas que los otros dos le propinan en los tobillos para que largue de una vez la pelota, que al final él es un enano, que no se merece estar ahí, que no tiene derecho a tirar una pared con Roberto «Gomita» Meneguzzi. Nicoletti se siente un ingrato, porque el ilustre centrodelantero, teniendo un montón de compañeros alrededor, decidió obsequiarle a él el privilegio de armar la jugada juntos, y él es incapaz de devolverle un centro más o menos como la gente.
Cuando la angustia empieza a transformársele en llanto, Nicoletti acaba por despertarse. Está sentado en la cama empapada de sudor; jadeante en la oscura sobriedad de su cuarto de soltero eterno. Se incorporará, encenderá la luz para ahuyentar a sus fantasmas y tomará unos mates. Para el caso da igual. Al día siguiente, o al otro, la próxima semana a más tardar, soñará lo mismo.
Creo haber dicho más arriba que no interrumpí a Nicoletti con pregunta alguna. Lo dejé decir, a sabiendas de que no esperaba reacciones de mi parte. Tomamos el café, hicimos silencio, y al fin nos despedimos. El hombre tardó una década en volver sobre el asunto. Lo hizo sin preámbulos. No se detuvo a refrescarme la memoria. Supongo que en el bar estamos acostumbrados a evitarnos urbanidades superfluas. Esa es una de las ventajas de nuestras vidas vacías. Me dijo que la noche anterior le había ocurrido algo con el sueño. En realidad creo que dijo «su» sueño: como si ese sueño recurrente fuera su única y terrible pertenencia o su tesoro más encomiable, o ambas cosas a un tiempo. Sería vano negar mi curiosidad. Sus ojos y su voz despedían una luz que yo jamás antes había advertido. Estaba extático, distinto, inmensamente asombrado. Me repitió el relato desde el principio. Pero cuando llegó a la parte del banderín del córner se detuvo.
De nuevo está inmóvil con la pelota en los pies. De nuevo las piernas le pesan como plomos. De nuevo el marcador central sale a atorarlo a la carrera. Y de nuevo levanta los ojos hacia Gomita, que naufraga, brazos en alto, en medio de aquel mar de camisetas blancas. Pero esta vez, esta única vez, esta primera vez en cincuenta y cinco años, el sueño es más claro, es muchísimo más preciso. Cuando Nicoletti levanta la mirada enfoca directamente a la cara de Roberto «Gomita» Meneguzzi, el mejor centroforward de la Liga italiana en la década del 40, y ve con claridad sus ojos y sus labios. Lo escucha (porque todos los demás sonidos se acallan súbitamente) cuando le dice: «Para vos, Nicola, jugála para vos». Nicoletti duda. Es como si en el propio sueño estuviese ya acostumbrado a la rutina del sueño. Por eso vuelve a demorarse y a mirarlo fijo. Pero es cierto: Roberto «Gomita» Meneguzzi le insiste que sí, que dale, Nicola, por lo que más quieras, jugatelá, hermanito, jugatelá. Y por eso Nicoletti, cuando en el sueño le toca cubrir el balón y ponerse de espaldas al arco para protegerlo, cambia el libreto para siempre y encara. Por única vez en cincuenta y cinco años, desde que lo soñó por primera vez en su piecita de Ensenada, Nicoletti toca con otra caricia del pie derecho e inclina el cuerpo hacia la izquierda para que el back no se lo lleve puesto. Segundo caño. Tal vez ese ruido que se escucha es la gente en la tribuna, que aprecia ese doble túnel memorable. Pero no tiene tiempo de detenerse a pensarlo.
Nicoletti va lanzado hacia la valla. Apenas tiene ángulo. Con la zurda la aleja de la raya porque desde ahí el arco no existe, es apenas una línea vertical, un caño blanco con una red colgada al costado. Piensa qué bueno esto de jugar en una cancha con las líneas pintadas. Porque en Gorriti hay que adivinar cuando uno ya está cerca de la nieta. Acá no. Acaba de cruzar la línea del área grande y un poco más allá está la del área chica. Parece mentira lo fácil. Porque ahora el toque de zurda lo deja a metro y medio de la línea de fondo, y el arquero lo enfrenta medio encorvado y tapando casi todo pero no todo; y si la tira de chanfle al segundo palo seguro que se la saca, pero como eso es lo que el tipo está esperando a lo mejor, quién sabe, si le pega de puntín con la derecha capaz que la pelota sale como una flecha y se clava a media altura entre el arquero y el palo.
Nicoletti tiene miedo. Pero ya no teme fracasar ante el destino, sólo teme despertarse. Salirse de su sueño antes de poder ponerle fin después de cinco décadas de impotencia. Igual no se apura. Sólo cuando está seguro sacude un derechazo temible con la punta de su dedo gordo y ve la pelota que sale como si le hubiesen trazado la trayectoria con regla, y la ve finalmente colándose por el agujero quirúrgico que queda entre el palo y el muslo del arquero.
Nicoletti siente la tentación de tirarse al piso a disfrutar de cara al cielo ese momento sublime. Pero el sueño puede terminar en cualquier momento y debe apresurarse. Necesita buscarlo a Gomita. No sabe para qué, pero en el sueño sabe que eso es lo que necesita. No tiene que buscar demasiado. Gomita corre hacia él y le pega un abrazo como nunca. Nicoletti se afloja y llora, y escucha en el oído las palabras de su amigo: «Por fin, Nicola. Por fin. Hace años que espero que mi sueño termine con este golazo, y hoy por fin me hiciste caso». En su sueño, Nicoletti da un respingo: «Pero... ¿cómo?, ¿vos también?...», alcanza a preguntar. Pero apenas Gomita amaga con mover afirmativamente la cabeza, su imagen se desintegra y el sueño se extingue abruptamente. Nicoletti se incorpora en la cama. No está sudada. No toma mate ni enciende la radio. Decide salir a la calle para calmar su asombro y su maravilla. Deambula por ahí toda la mañana y termina recalando en el café. Me cuenta que está contento, se corrige y me dice que está feliz. Yo, turbado, guardo silencio. El agrega que tiene la esperanza de que, en el futuro, este sueño nuevo reemplace al anterior.
Luego, callados, bebimos el café. Yo no sabía qué decir y él no parecía necesitar mis palabras. Salió del bar temprano. Me explicó que quería caminar otro rato antes de acostarse. Sentí la frenada y un tremendo ruido a fierros rotos. Venía de la esquina de Corrientes. «El 67», me dije. Salí con los otros. Nos movía menos el interés que la inercia. Cuando vi que era Nicoletti me entristecí de veras. Supongo que a algunos de los otros les pasó lo mismo.
En los días siguientes dediqué largos ratos a pensar en los sueños de Nicoletti. Las escuetas obsesiones de ese pobre hombre me ofrecían la extraña alternativa de escapar por un rato de las mías. Volvía, de hecho, sobre ese cambio postrero, ese desenlace repentinamente distinto. ¿Por qué en ese momento? –me preguntaba–. ¿Por qué después de cinco décadas de suplicio, Nicoletti encuentra puertas nuevas en su laberinto viejo? La respuesta me llovió por casualidad, supongo. Una semana después del accidente se publicó la noticia en Buenos Aires. Yo la leí en la sexta; no era el título principal, pero le habían dedicado un buen espacio. En una clínica de la ciudad de Turín, a los setenta y dos años de edad, acababa de morir quien fuera «una de las máximas glorias futbolísticas a ambos lados del Atlántico: Roberto Meneguzzi, uno de los más grandes delanteros de las décadas del 40 y el 50, tricampeón en Argentina y quíntuple goleador del campeonato italiano».
Y ahí sumé dos más dos y me dio cuatro y estuve a punto de maravillarme. Pero después me di cuenta de que ya no me da el cuero para semejante despliegue de emociones.
FIN
martes, 27 de abril de 2010
El sueño de Nicoletti (por Eduardo Sacheri)
Por Eduardo Sacheri
Dedicado a Alejandro Apo
(Gracias por el pase)
Dedicado a Alejandro Apo
(Gracias por el pase)
A Nicoletti lo conocí en el café, como a tantos otros miembros de esa tribu de solitarios de la cual yo mismo formaba parte. No constituíamos una «barra del café». Nada de eso. Teníamos demasiados fracasos sobre nuestras espaldas como para solazarnos en tertulias festivas, íbamos cayendo al atardecer, y nos guarecíamos en las mesas oscuras de los rincones. En general nos sentábamos solos, luego de saludar con unas cuantas inclinaciones de cabeza a los otros fantasmas. Apenas de vez en cuando, y por motivos tan oscuros como nosotros mismos, alguno se atrevía a incorporarse y acercarse a otra mesa. En esos casos manteníamos conversaciones salpicadas de silencios. Eran charlas triviales. A ninguno de nosotros se le hubiese cruzado por la cabeza incurrir en confesiones sentimentales o narraciones desgarradoras. Éramos demasiado prudentes y circunspectos.
De algunos de los miembros de la tribu nunca supe siquiera los apellidos. En el caso de Nicoletti me enteré en una de esas conversaciones anodinas que se dan al pasar. Si lo retuve luego fue, seguramente, porque con él mantuve una conversación, una sola, que escapó a la regla general de furtiva vaguedad que manteníamos en ese sitio. En realidad fueron dos conversaciones. O tal vez una sola interrumpida por un largo intervalo de nueve o diez años.
En la primera ocasión Nicoletti me contó un sueño. No era para él un sueño cualquiera. Se notaba en su relato. No tenía esa cosa disparatada, anárquica, calidoscópica que tienen los sueños cuando uno los sueña, y que a la mañana se disuelven en la lógica del café con leche. Para nada. El sueño de Nicoletti era redondito, o casi. O todo lo redondito que se le puede pedir a un sueño que sea. Primero sospeché que sonaba ordenado porque seguramente se trataba de un relato manido una vez y otra de tanto contarlo. Pero luego resultó que no. Nada de eso. Me confesó que era el primer tipo al que se lo contaba. Lo relataba redondito porque lo soñaba redondito. Y lo soñaba redondito porque lo soñaba siempre. No le pregunté cada cuánto lo soñaba. En realidad no le pregunté nada. Lo dejé contar y terminar y callarse cuando quiso. Ya bastante con salirnos así de nuestro libreto de todos los días.
El sueño empieza con Nicoletti a los siete, a los ocho años a lo sumo. Lo sabe porque arranca siempre con la misma imagen: los zapatos abotinados con la lengüeta rota y el agujero en la puntera. Los que la vieja le ha dejado para jugar en el potrero de la calle Gorriti. No le van chicos porque el cuero ha cedido y la horma se ha deformado. Y él tiene la precaución de no mojarlos. Los cuida como a su vida. Y sabe que tiene ocho años porque a los nueve al padre le saldrá un trabajo en Ensenada, y para allá se irán todos, y no volverá a jugar en el campito de Gorriti. Y aunque esté soñando, ésos son datos evidentes. Los chicos están todos. En el sueño escucha las voces de Chiche y de González y de Palito, que gritan como descosidos pidiendo el pase. Nicoletti la tiene en los pies, y el sueño sigue cuando levanta la mirada. Está de pie en el mediocampo, o más bien en esa franja de tierra dura, pelada, sin asomo de pasto que en Gorriti es el mediocampo. A tres metros lo tiene a Gomita y se la toca al pie. ¿A quién otro? Si se entienden bárbaro. Si juegan juntos desde los cinco. Si se conocen las mañas como si fueran siameses. Si Gomita, que le lleva como tres años, lo ha invitado para los desafíos a la canchita del Arroyo, donde juegan todos tipos de doce para arriba. Y todo porque le dice: «Vos me entendés, Nicola, vos me entendés. Yo con los demás no sé, pero con vos te la tiro sin mirarte y sé que estás». Y Nicoletti va y juntos hacen estragos. Porque los otros tienen que mirar para jugar y ellos no. Por eso los pibes grandes del Arroyo no dicen nada de que él vaya a jugar ahí aunque sea flaquito y tenga solamente ocho.
Pero en el sueño están en Gorriti, porque detrás de Gomita, Nicoletti ve perfectamente la pared del corralón, y el alambrado roto, y eso está en Gorriti y en ningún otro lado. Y apenas se la toca a Gomita, Nicoletti sale corriendo por el lateral izquierdo porque sabe que Gomita se la va a poner ahí. Y al instante allí nomás va la pelota. Y ahí es cuando gritan los otros, pero Nicoletti no les lleva el apunte. ¿Cómo se la va a tirar a Chiche, o a Palito, o a González, si son una jauría de perros? No, hay que esperar a que Gomita se le acerque y tocársela al piso y cortita. Ahí está, eso. Pero justo entonces es cuando el sueño se empieza a poner raro, o mejor dicho cuando empiezan a pasar las cosas propias de los sueños. Porque en la canchita de Gorriti, apenas hecha la pared con Gomita, Nicoletti tiene que correr cinco metros y está dentro del área. Pero en el sueño no. Nicoletti corre como win izquierdo, pero la cancha se agranda hacia adelante y alcanza una dimensión interminable. Y la línea del costado no es un simple invento: existe y está pintada rectamente de cal, no como en Gorriti que se termina más o menos a ojo contra los yuyos altos. Y en medio de su extrañeza Nicoletti levanta los ojos y como siempre Gomita se la tira bien abierta, pero Gomita está raro, parece más grande. Y Nicoletti piensa que por qué, si tiene que tener once como hace diez segundos cuando armaron la pared en el mediocampo. Debe ser la camiseta. Un momento: ¿qué camiseta? Si Gomita juega con una camisa a cuadros naranjas y rojos si es verano, y con una polera negra si es invierno. Pero es así nomás: Gomita tiene puesta una camiseta de esas que usan los profesionales y que en las láminas aparecen pintadas a color.
Nicoletti no entiende, y no entender lo pone nervioso. Mecánicamente recibe la bola y se distrae porque el marcador que sale a atorarlo también está vestido «en serio». Igual devuelve la pared de memoria. Pero es una memoria rara, porque para tirarla a la medialuna del área (que también está pintada) tiene que mandar un pelotazo de veinte metros que le baja en el pie a Gomita, pero que es la mejor prueba de que la canchita de Gorriti no puede ser nunca, porque ahí semejante zapatazo termina sí o sí en las cañas que crecen del lado del corralón. Nicoletti sigue la rutina: encara por el lateral hacia el fondo, porque si Gomita tiene tapado el tiro al arco, se la volverá a tirar a él casi en la línea de meta. Pero el asombro lo puede: del otro lado de la línea del costado hay gente. Sí, gente mirando. Y no los pibes grandes que piensan adueñarse de la canchita apenas junten los dos o tres que les faltan para armar los equipos. A Nicoletti le cuesta calcularlos porque están de pie, encimados, pegados al alambrado porque también hay alambrado. Están en una tribuna. Nicoletti escucha sus gritos y vuelve a ponerse en movimiento. Ya casi ni se asombra de que en el córner haya un banderín: a esa altura del sueño, Nicoletti ya ha asumido que está en una cancha de veras. Es por eso que el tipo que ahora corre a la par de él es tan alto como su hermano Carlos, el mayor, y la forma en que lo codea y lo pechea no tiene nada que ver con la que usan los pibes en Gorriti, ni siquiera los más duros. Inseguro, Nicoletti levanta los ojos y lo ve a Gomita, que lo sigue con la vista como si nada. Pero no puede ser, porque Gomita ya tiene cara de tipo grande, de tener como veinte, como treinta años, y por eso entra al área como lo que es, o como lo que va a terminar siendo (Nicoletti ya no sabe juzgar hacia dónde se ha disparado el tiempo): un jugadorazo de Primera División, por eso la cancha, por eso las tribunas, por eso los carteles de Ginebra Bols atrás de la línea de fondo.
De algunos de los miembros de la tribu nunca supe siquiera los apellidos. En el caso de Nicoletti me enteré en una de esas conversaciones anodinas que se dan al pasar. Si lo retuve luego fue, seguramente, porque con él mantuve una conversación, una sola, que escapó a la regla general de furtiva vaguedad que manteníamos en ese sitio. En realidad fueron dos conversaciones. O tal vez una sola interrumpida por un largo intervalo de nueve o diez años.
En la primera ocasión Nicoletti me contó un sueño. No era para él un sueño cualquiera. Se notaba en su relato. No tenía esa cosa disparatada, anárquica, calidoscópica que tienen los sueños cuando uno los sueña, y que a la mañana se disuelven en la lógica del café con leche. Para nada. El sueño de Nicoletti era redondito, o casi. O todo lo redondito que se le puede pedir a un sueño que sea. Primero sospeché que sonaba ordenado porque seguramente se trataba de un relato manido una vez y otra de tanto contarlo. Pero luego resultó que no. Nada de eso. Me confesó que era el primer tipo al que se lo contaba. Lo relataba redondito porque lo soñaba redondito. Y lo soñaba redondito porque lo soñaba siempre. No le pregunté cada cuánto lo soñaba. En realidad no le pregunté nada. Lo dejé contar y terminar y callarse cuando quiso. Ya bastante con salirnos así de nuestro libreto de todos los días.
El sueño empieza con Nicoletti a los siete, a los ocho años a lo sumo. Lo sabe porque arranca siempre con la misma imagen: los zapatos abotinados con la lengüeta rota y el agujero en la puntera. Los que la vieja le ha dejado para jugar en el potrero de la calle Gorriti. No le van chicos porque el cuero ha cedido y la horma se ha deformado. Y él tiene la precaución de no mojarlos. Los cuida como a su vida. Y sabe que tiene ocho años porque a los nueve al padre le saldrá un trabajo en Ensenada, y para allá se irán todos, y no volverá a jugar en el campito de Gorriti. Y aunque esté soñando, ésos son datos evidentes. Los chicos están todos. En el sueño escucha las voces de Chiche y de González y de Palito, que gritan como descosidos pidiendo el pase. Nicoletti la tiene en los pies, y el sueño sigue cuando levanta la mirada. Está de pie en el mediocampo, o más bien en esa franja de tierra dura, pelada, sin asomo de pasto que en Gorriti es el mediocampo. A tres metros lo tiene a Gomita y se la toca al pie. ¿A quién otro? Si se entienden bárbaro. Si juegan juntos desde los cinco. Si se conocen las mañas como si fueran siameses. Si Gomita, que le lleva como tres años, lo ha invitado para los desafíos a la canchita del Arroyo, donde juegan todos tipos de doce para arriba. Y todo porque le dice: «Vos me entendés, Nicola, vos me entendés. Yo con los demás no sé, pero con vos te la tiro sin mirarte y sé que estás». Y Nicoletti va y juntos hacen estragos. Porque los otros tienen que mirar para jugar y ellos no. Por eso los pibes grandes del Arroyo no dicen nada de que él vaya a jugar ahí aunque sea flaquito y tenga solamente ocho.
Pero en el sueño están en Gorriti, porque detrás de Gomita, Nicoletti ve perfectamente la pared del corralón, y el alambrado roto, y eso está en Gorriti y en ningún otro lado. Y apenas se la toca a Gomita, Nicoletti sale corriendo por el lateral izquierdo porque sabe que Gomita se la va a poner ahí. Y al instante allí nomás va la pelota. Y ahí es cuando gritan los otros, pero Nicoletti no les lleva el apunte. ¿Cómo se la va a tirar a Chiche, o a Palito, o a González, si son una jauría de perros? No, hay que esperar a que Gomita se le acerque y tocársela al piso y cortita. Ahí está, eso. Pero justo entonces es cuando el sueño se empieza a poner raro, o mejor dicho cuando empiezan a pasar las cosas propias de los sueños. Porque en la canchita de Gorriti, apenas hecha la pared con Gomita, Nicoletti tiene que correr cinco metros y está dentro del área. Pero en el sueño no. Nicoletti corre como win izquierdo, pero la cancha se agranda hacia adelante y alcanza una dimensión interminable. Y la línea del costado no es un simple invento: existe y está pintada rectamente de cal, no como en Gorriti que se termina más o menos a ojo contra los yuyos altos. Y en medio de su extrañeza Nicoletti levanta los ojos y como siempre Gomita se la tira bien abierta, pero Gomita está raro, parece más grande. Y Nicoletti piensa que por qué, si tiene que tener once como hace diez segundos cuando armaron la pared en el mediocampo. Debe ser la camiseta. Un momento: ¿qué camiseta? Si Gomita juega con una camisa a cuadros naranjas y rojos si es verano, y con una polera negra si es invierno. Pero es así nomás: Gomita tiene puesta una camiseta de esas que usan los profesionales y que en las láminas aparecen pintadas a color.
Nicoletti no entiende, y no entender lo pone nervioso. Mecánicamente recibe la bola y se distrae porque el marcador que sale a atorarlo también está vestido «en serio». Igual devuelve la pared de memoria. Pero es una memoria rara, porque para tirarla a la medialuna del área (que también está pintada) tiene que mandar un pelotazo de veinte metros que le baja en el pie a Gomita, pero que es la mejor prueba de que la canchita de Gorriti no puede ser nunca, porque ahí semejante zapatazo termina sí o sí en las cañas que crecen del lado del corralón. Nicoletti sigue la rutina: encara por el lateral hacia el fondo, porque si Gomita tiene tapado el tiro al arco, se la volverá a tirar a él casi en la línea de meta. Pero el asombro lo puede: del otro lado de la línea del costado hay gente. Sí, gente mirando. Y no los pibes grandes que piensan adueñarse de la canchita apenas junten los dos o tres que les faltan para armar los equipos. A Nicoletti le cuesta calcularlos porque están de pie, encimados, pegados al alambrado porque también hay alambrado. Están en una tribuna. Nicoletti escucha sus gritos y vuelve a ponerse en movimiento. Ya casi ni se asombra de que en el córner haya un banderín: a esa altura del sueño, Nicoletti ya ha asumido que está en una cancha de veras. Es por eso que el tipo que ahora corre a la par de él es tan alto como su hermano Carlos, el mayor, y la forma en que lo codea y lo pechea no tiene nada que ver con la que usan los pibes en Gorriti, ni siquiera los más duros. Inseguro, Nicoletti levanta los ojos y lo ve a Gomita, que lo sigue con la vista como si nada. Pero no puede ser, porque Gomita ya tiene cara de tipo grande, de tener como veinte, como treinta años, y por eso entra al área como lo que es, o como lo que va a terminar siendo (Nicoletti ya no sabe juzgar hacia dónde se ha disparado el tiempo): un jugadorazo de Primera División, por eso la cancha, por eso las tribunas, por eso los carteles de Ginebra Bols atrás de la línea de fondo.
Continuará...
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