viernes, 4 de abril de 2008

LEGADO

Siempre he sido una mujer apasionada. Pero nunca es tarde para experimentar emociones nuevas, diferentes. Y entonces , cuando tenía treinta y pico, descubrí una hasta entonces desconocida: el fútbol.
No lograba entender como este deporte de hombres, que de pequeña me ofuscaba tanto porque ocupaba horas de televisión que no podía disfrutar ni compartir con mi padre y hermano, ahora, de adulta, me fascinaba tanto.
Y es que no se trataba del deporte en sí, sino del espectáculo que significaba “ir a la cancha”. Si, como un hombre más, disfrazada de varón, con mameluco de jean y zapatillas, camiseta del equipo talle grande, un gorro en la cabeza y cinco pesos en el bolsillo para un café en la tribuna. Así me mimetizaba entre los hinchas y me acomodaba en una butaca de la platea de La Bombonera a disfrutar un partido tras otro, con sol o con lluvia, durante dos campeonatos completos.
Eso fue lo que me duró el berretín más extraño de mi vida. Un capricho tal vez, casi tan intenso como una pasión verdadera.
Y es que Boca es para mi una herencia, algo que mi padre me dejó sin preguntarme si realmente lo quería, o si era necesario en mi vida.
Siempre he sido de Boca, desde que tengo memoria, aun sin que realmente me importara, hasta esa primera vez que pisé la cancha y mi vida cambió para siempre.
Entonces pude sentir la emoción que sentía mi papá cuando gritaba un gol o cuando el equipo salía campeón. Y también comprendí que es algo valioso, que merece ser transmitido a los hijos, legarlo como un tesoro familiar.
No pude compartirlo con mi papá porque la vida no nos dio la oportunidad. Pero anhelo hacerlo con mi hijo, mostrarle desde pequeño que noventa minutos de fervor no son poca cosa.
La cancha me dio pequeñas lecciones de igualdad, de prudencia, de perfil bajo y de fanatismo sin razón.
Hace mucho que no voy a un partido, lo estoy reservando para el futuro, cuando mi chiquito tenga edad para disfrutarlo, para ser yo, su madre, quien lo inicie en este rito machista.

1 comentario:

josé dijo...

Las emociones del fútbol son incomparables y eso es algo que se prende de una vez y para siempre. Comparto sus sentimientos Sandra.