martes, 12 de agosto de 2008

El penal de Daniel (Segunda parte)



Por Claudio S.

Primera parte

El partido comenzó en forma ríspida, como era de esperar. Los equipos no se daban tregua y el desafío se desarrollaba bajo la atenta mirada de los pocos espectadores que se habían dado cita en la intersección de la avenida Luís María Campos y Maure. Era una tarde de verano muy calurosa, y la polvareda que se levantaba comenzaba a ser un escollo más a vencer. Antes de darle un buen tratamiento a la pelota, había que lograr visualizarla a través de la espesa nube de polvillo.

El primer tiempo había concluido con el marcador en blanco. El segundo, se desarrollaba sin poder quebrar el cero. No había mucha certeza, de cuanto faltaba para concluir el encuentro, ya que por aquel tiempo los partidos se estipulaban a una cierta cantidad de goles, pero los empates cero a cero era un tema en el que no había consenso total. La fatiga iba haciendo mella en ambas formaciones, pero a base de empeño y tesón, la fase final del partido se disputaba con febril energía. La muchachada del Inter, se acercaba un poco más a nuestro arco, pero la valla se mantenía invicta a costa de un gran sacrificio de nuestros jugadores. Ya se habían instalado atrás de nuestro arco, algunos muchachos que esperaban la finalización del match para entrar a la cancha y comenzar un nuevo partido. Esta situación creaba un poco de presión para finalizar prontamente con nuestro desafío.

De pronto, un centro rasante del Inter pasó vivoreando entre las piernas del sanjuanino Alain, desconcertando a nuestro arquero, que nada pudo hacer. En un gran esfuerzo, llegué a la pelota más o menos en la zona de la inexistente línea de gol, despejando con violencia. Los del Inter gritaron el gol y se abrazaron festejando la conquista. Yo, haciéndome cargo de la situación, los enfrenté preguntándoles "gol de donde". Ya se estaba por generar una de esas trifulcas típicas de los encuentros de este tipo, cuando desde atrás del arco, los muchachos que estaban esperando cancha dijeron "dejensé de joder, che, que tiren un penal y se acaba el partido de una vez". La alternativa no tuvo adeptos en principio. Ellos querían convalidar su gol, y nosotros exigíamos que el juego se reinicie con un saque lateral. Y no era para menos, el honor del barrio era lo que estaba en juego aquella tarde.

Como la intransigencia no generaba ninguna solución, finalmente se convino la ejecución de un tiro desde los doce pasos. Allí se generó otro problema, quien iba a contar los doce pasos, cuyas longitudes podían diferir enormemente, ya sean contados por uno u otro equipo. Se acordó que uno de los muchacho de atrás del arco indicara la ubicación del punto penal. Nosotros intentamos hacer un cambio de arquero, tratando de ubicar bajo los palos a algún otro muchacho de mayor contextura física. El rival se negó firme y determinadamente a aceptar esta posibilidad: "al arco va el arquero que estaba atajando" sentenciaron de una forma más que inapelable.

Y allí estaban, bajo el rayo de sol impiadoso. Por un lado el morrudito aquel, número nueve, con su camiseta rayada azul y negra. Su cara de pocos amigos, no inspiraba la menor compasión ni piedad. Del otro lado, mi hermano Daniel, en una soledad casi angustiosa, parado bajo los tres inmensos palos que daban espalda a la calle Maure. El morrudito se perfiló para tomar carrera y ya todos comenzamos a imaginarnos lo peor: el querido Báez Argentino, nuevamente volvería a caer derrotado. El patadón fue demoledor, el sonido seco y cortante que se estampó a media altura, dejó en el aire la impresión de un festejo anticipado. Mi hermano Daniel se quedó parado sobre la línea imaginaria del arco, pero inclinó ligeramente su cuerpo hacia la izquierda, con sus brazos extendidos. Aún no sabemos, donde le pegó la pelota, pero el penal más famoso de nuestras vidas fue atajado esa tarde de verano en la canchita de San Benito, salvando el honor de los muchachos de la calle Báez.

En el balcón, iluminado de a ratos por los últimos fuegos artificiales del nuevo año, aquel penal se patea y se ataja por generaciones. Pero lo más importante, es que sólo le pedimos a Daniel, que la parte en la que nos confiesa que no sabe donde le pegó la pelota, debido a que la tarde aquella cerró los ojos, la calle para siempre.

FIN

lunes, 11 de agosto de 2008

El penal de Daniel



Por Claudio S.

Segunda parte

Para la celebración de Año Nuevo, nos solemos juntar con mis hermanos. Se trata de una de las pocas oportunidades en las que nos juntamos anualmente los hermanos, las esposas, mi vieja, y un siempre creciente número de sobrinos.

Solemos terminar la noche, sentados en el balcón, ya con los últimos tragos, como para hacerle frente al calor típico de esa época del año. Nunca falta alguno de los chicos, que aprovecha el ambiente distendido para preguntar, y nosotros aprovechamos para repetir esas tantas veces contadas anécdotas de nuestra infancia. No quisiera decir que se asombran, pero sí que les llama la atención la forma de divertirnos de aquellas épocas. Así nos pasamos recordando las aventuras en los terrenos baldíos, los Carnavales y las interminables carreras de autitos por el cordón de la vereda. Pero lo que más les gusta, es escuchar nuestros recuerdos futboleros, y en especial éste, el del penal de mi hermano Daniel.

Nosotros, como todos los pibes de ese tiempo, teníamos un equipo de fútbol. Si bien nos faltaba un poco de infraestructura, entusiasmo era lo que nos sobraba. Vivíamos en el barrio de Las Cañitas, que por aquella época se encontraba plagado de caballerizas y ostentaba, como muchos otros barrios, un sin número de calles de tierra. Nuestro "estadio" se localizaba en la Iglesia de San Benito, una canchita que tenía el enorme privilegio de tener dos arcos (con travesaño y todo) separados por un irregular mar de tierra. Allí nos pasábamos horas eternas, siempre y cuando no se generase algún conflicto con los curas, que inexorablemente iría a concluir con un enorme candado en el portón de entrada. Era la cancha más hermosa que existía

Nuestro equipo, el recordado Club Amateur Báez Argentino, lucía una camiseta negra cruzada por una franja diagonal roja, producto de las anilinas Colibrí y de metros cinta comprada en la lencería de la esquina, que cosíamos con empeñoso esmero.

Ése sábado nos enfrentaríamos con el temible Inter de Milán, un equipo cuyas máximas figuras, vivían en el conventillo de una ex fábrica textil, que se ubicaba en donde hoy tiene lugar el Solar de la Abadía.

Mi hermano Daniel, al ser un poco menor que el resto de la plantilla, debía aceptar su irrenunciable destino de arquero. El Negro Jaramillo era un pilar del equipo, aunque su mayor fama haya quedado en la memoria popular como "siempre un taquito de más", su presencia era vital para el funcionamiento colectivo del team. Nuestro puntero izquierdo, el flaco Patricio, de piernas delgaditas pero rápido como una liebre, se ubicaba siempre atento junto a la raya, preparando el estiletazo letal. El chiquitín Fernando, un paseador infatigable del field, sus recorridos turísticos de arco a arco aún son tema de conversación en los bares de la zona. El rubio Palmer, incesante capturador de pelotas divididas en el sector central. Y su primo Joselo, que vivía en otro barrio, pero que éramos capaces de ir a buscarlo en remís, con tal que fuera de la partida, un goleador de aquellos. Como no mencionar al Sanjuanino Alain, que con su altura y condición fisica era un gran baluarte en nuestra zaga. O al gordo Quebrada, de quien no es necesario aclarar el origen de su apodo aunque nunca hemos podido entender su divagante posición en el campo de juego. Como yo era medio corpulento, y no me andaba con muchas vueltas al momento de poner pierna, era un zaguero central inspirado en las cualidades de mi gran ídolo de entonces don José Aurelio Pascuttini.



Continuará...

jueves, 31 de julio de 2008

Me van a tener que disculpar (Segunda parte)



Por Eduardo Sacheri

Primera parte

Y en realidad es por ese carácter tan defectuoso del tiempo que yo me comporto como lo hago. Como un modo de subsanar, en mis modestos alcances, esas barbaridades injustas que el tiempo nos hace. En cada ocasión en la cual mencionan su nombre, en cada oportunidad en la cual me invitan al festín de adorarlo y denostarlo, yo me sustraigo a este presente absolutamente profano, y con la memoria que el ser humano conserva para los hechos esenciales me remonto a ese día, al día inolvidable en que me vi obligado a sellar este pacto que, hasta hoy, he mantenido en secreto. Un pacto que puede conducirme (lo sé), a que alguien me acuse de patriotero. Y aunque yo sea de aquellos a quienes desagrada la mezcla de la nación con el deporte, en este caso acepto todos los riesgos y las potenciales sanciones.
Digamos que mi memoria es el salvoconducto para volver el tiempo al lugar cristalino del cual no debió moverse, porque era el exacto sitio en que merecía detenerse para siempre, por lo menos para el fútbol, para él y para mí. Porque la vida es así, a veces se combina para alumbrar momentos como ése. Instantes después de los cuales nada vuelve a ser como era. Porque no puede. Porque todo ha cambiado demasiado. Porque por la piel y por los ojos nos ha entrado algo de lo cual nunca vamos a lograr desprendernos.
Esa mañana habrá sido como todas. El mediodía también. Y la tarde arranca, en apariencia, como tantas otras. Una pelota y veintidós tipos. Y otros millones de tipos comiéndose los codos delante de la tele, en los puntos más distantes del planeta. Pero ojo, que esa tarde es distinta. No es un partido. Mejor dicho: no es sólo un partido. Hay algo más. Hay mucha rabia, y mucho dolor, y mucha frustración acumuladas en todos esos tipos que miran la tele. Son emociones que no nacieron por el fútbol. Nacieron en otro lado. En un sitio mucho más terrible, mucho más hostil, mucho más irrevocable. Pero a nosotros, a los de acá, no nos cabe otra que contestar en una cancha, porque no tenemos otro sitio, porque somos pocos, porque estamos solos, porque somos pobres. Pero ahí está la cancha, el fútbol, y son ellos o nosotros. Y si somos nosotros el dolor no va a desaparecer, ni la humillación ha de terminarse. Pero si son ellos. Ay, si son ellos. Si son ellos la humillación va a ser todavía más grande, más dolorosa, más intolerable. Vamos a tener que quedarnos mirándonos las caras, diciéndonos en silencio «te das cuenta, ni siquiera aquí, ni siquiera esto se nos dio a nosotros».
Así que están ahí los tipos. Los once nuestros y los once de ellos. Es fútbol, pero es mucho más que fútbol. Porque cuatro años es muy poco tiempo como para que te amaine el dolor y se te apacigüe la rabia. Por eso no es sólo fútbol.
Y con semejantes antecedentes de tarde borrascosa, con semejante prólogo de tragedia, va este tipo y se cuelga para siempre del cielo de los nuestros. Porque se planta enfrente de los contrarios y los humilla. Porque los roba. Porque delante de sus ojos los afana. Y aunque sea les devuelve ese afano por el otro, por el más grande, por el infinitamente más enorme y ultrajante. Porque aunque nada cambie allá están ellos, en sus casas y en sus calles, en sus pubs, queriéndose comer las pantallas de pura rabia, de pura impotencia de que el tipo salga corriendo mirando de reojito al árbitro que se compra el paquete y marca el medio.
Hasta ahí, eso solo ya es historia. Ya parece suficiente. Porque le robaste algo al que te afanó primero. Y aunque lo que él te robó te duele más, vos te regodeás porque sabés que esto, igual, le duele. Pero hay más. Aunque uno desde acá diga bueno, es suficiente, me doy por hecho, hay más. Porque el tipo además de piola es un artista. Es mucho más que los otros.
Arranca desde el medio, desde su campo, para que no queden dudas de que lo que está por hacer no lo ha hecho nadie. Y aunque va de azul, va con la bandera. La lleva en una mano, aunque nadie la vea. Empieza a desparramarlos para siempre. Y los va liquidando uno por uno, moviéndose al calor de una música que ellos, pobres giles, no entienden. No sienten la música, pero sí sienten un vago escozor, algo que les dice que se les viene la noche. Y el tipo sigue adelante.
Para que empiecen a no poder creerlo. Para que no se lo olviden nunca. Para que allá lejos los tipos dejen la cerveza y cualquier otra cosa que tengan en la mano. Para que se queden con la boca abierta y la expresión de tontos, pensando que no, que no va a suceder, que alguno lo va a parar, que ese morochito vestido de azul y de argentino no va a entrar al área con la bola mansita a su merced, que alguien va a hacer algo antes de que le amague al arquero y lo sortee por afuera, de que algo va a pasar para poner en orden la historia y que las cosas sean como Dios y la reina mandan, porque en el fútbol tiene que ser como en la vida, donde los que llevan las de ganar ganan, y los que llevan las de perder pierden. Se miran entre ellos y le piden al de al lado que los despierte de la pesadilla. Pero no hay caso, porque ni siquiera cuando el tipo les regala una fracción de segundo más, cuando el tipo aminora el vértigo para quedar de nuevo bien parado de zurdo, ni siquiera entonces van a evitar entrar en la historia como los humillados, los once ingleses despatarrados e incrédulos, los millones de ingleses mirando la tele sin querer creer lo que saben que es verdad para siempre, porque ahí va la bola a morirse en la red para toda la eternidad, y el tipo va a abrazarse con todos y a levantar los ojos al cielo. Y no sé si él lo sabe, pero hace tan bien en mirar al cielo.
Porque el afano estaba bien, pero era poco. Porque el afano de ellos era demasiado grande. Así que faltaba humillarlos por las buenas. Inmortalizarlos para cada ocasión en que ese gol volviese a verse una vez y otra vez y para siempre, en cada rincón del mundo. Ellos volviendo a verse una y mil veces hasta el cansancio en las repeticiones incrédulas. Ellos pasmados, ellos llegando tarde al cruce, ellos viéndolo todo desde el piso, ellos hundiéndose definitivamente en la derrota, en la derrota pequeña y futbolera y absoluta y eterna e inolvidable.
Así que señores, lo lamento. Pero no me jodan con que lo mida con la misma vara con la que se supone debo juzgar a los demás mortales. Porque yo le debo esos dos goles a Inglaterra. Y el único modo que tengo de agradecérselo es dejarlo en paz con sus cosas. Porque ya que el tiempo cometió la estupidez de seguir transcurriendo, ya que optó por acumular un montón de presentes vulgares encima de ese presente perfecto, al menos yo debo tener la honestidad de recordarlo para toda la vida. Yo conservo el deber de la memoria.


FIN

martes, 29 de julio de 2008

Me van a tener que disculpar

Por Eduardo Sacheri

Segunda parte

Para Diego

Me van a tener que disculpar. Yo sé que un hombre que pretende ser una persona de bien debe comportarse según ciertas normas, aceptar ciertos preceptos, adecuar su modo de ser a determinadas estipulaciones convenidas por todos. Seamos más explícitos. Si uno quiere ser un tipo coherente debe medir su conducta, y la de sus semejantes, con la misma e idéntica vara. No puede hacer excepciones, pues de lo contrario bastardea su juicio ético, su conciencia crítica, su criterio legítimo.
Uno no puede andar por la vida reprobando a sus rivales y disculpando a sus amigos por el sólo hecho de serlo. Tampoco soy tan ingenuo como para suponer que uno es capaz de sustraerse a sus afectos y a sus pasiones, que uno tiene la idoneidad como para sacrificarlos en el altar de una imparcialidad impoluta. Digamos que uno va por ahí intentando no apartarse demasiado del camino debido, tratando de que los amores y los odios no le trastoquen irremediablemente la lógica.
Pero me van a tener que disculpar, señores. Hay un tipo con el que no puedo. Y ojo que lo intento. Me digo: no puede haber excepciones, no debe haberlas. Y la disculpa que requiero de ustedes es todavía mayor, porque el tipo del que hablo no es un benefactor de la humanidad, ni un santo varón, ni un valiente guerrero que ha consolidado la integridad de mi patria. No, nada de eso. El tipo tiene una actividad mucho menos importante, mucho menos trascendente, mucho más profana. Les voy adelantendo que el tipo es un deportista. Imagínense, señores. Llevo escritas doscientas sesenta y tres palabras hablando del criterio ético y sus limitaciones, y todo por un simple caballero que se gana la vida pateando una pelota. Ustedes podrán decirme que eso vuelve mi actitud todavía más reprobable. Tal vez tengan razón. Tal vez por eso he iniciado estas líneas disculpándome.
No obstante, y aunque tengo perfectamente claras esas cosas, no puedo cambiar mi actitud. Sigo siendo incapaz de juzgarlo con la misma vara con la que juzgo al resto de los seres humanos. Y ojo que no sólo no es un pobre muchacho saturado de virtudes. Tiene muchos defectos. Tiene tal vez tantos defectos como quien escribe estas líneas, o como el que más. Para el caso es lo mismo. Pese a todo, señores, sigo sintiéndome incapaz de juzgarlo. Mi juicio crítico se detiene ante él, y lo dispensa.
No es un capricho, cuidado. No es un simple antojo. Es algo un poco más profundo, si me permiten calificarlo de ese modo. Seré más explícito. Yo lo disculpo porque siento que le debo algo. Le debo algo y sé que no tengo forma de pagárselo. O tal vez ésta sea la peculiar moneda que he encontrado para pagarle. Digamos que mi deuda halla sosiego en este hábito de evitar siempre cualquier eventual reproche.
Él no lo sabe, cuidado. Así que mi pago es absolutamente anónimo. Como anónima es la deuda que con él conservo. Digamos que él no sabe que le debo, e ignora los ingentes esfuerzos que yo hago una vez y otra por pagarle.
Por suerte o por desgracia, la oportunidad de ejercitar este hábito se me presenta a menudo. Es que hablar de él, entre argentinos, es casi uno de nuestros deportes nacionales. Para enzalzarlo hasta la estratósfera, o para condenarlo a la parrilla perpetua de los infiernos, los argentinos gustamos, al parecer, de convocar su nombre y su memoria. Ahí es cuando yo trato de ponerme serio y distante, pero no lo logro. El tamaño de mi deuda se me impone. Y cuando me invitan a hablar prefiero esquivar el bulto, cambiar de tema, ceder mi turno en el ágora del café a la tardecita. No se trata tampoco de que yo me ubique en el bando de sus perpetuos halagadores. Nada de eso. Evito tanto los elogios superlativos y rimbombantes como los dardos envenenados y traicioneros. Además, con el tiempo he visto a más de uno cambiar del bando de los inquisidores al de los plañideros aplaudidores, y viceversa, sin que se les mueva un pelo. Y ambos bandos me parecen absolutamente detestables, por cierto.
Por eso yo me quedo callado, o cambio de tema. Y cuando a veces alguno de los muchachos no me lo permite, porque me acorrala con una pregunta directa, que cruza el aire llevando específicamente mi nombre, tomo aire, hago como que pienso, y digo alguna sandez al estilo de «y, no sé, habría que pensarlo»; o tal vez arriesgo un «vaya uno a saber, son tantas cosas para tener en cuenta». Es que tengo demasiado pudor como para explayarme del modo en que aquí lo hago. Y soy incapaz de condenar a mis amigos al tórrido suplicio de escuchar mis argumentos y mis justificaciones.
Por empezar les tendría que decir que la culpa de todo la tiene el tiempo. Sí, como lo escuchan, el tiempo. El tiempo que se empeña en transcurrir, cuando a veces debería permanecer detenido. El tiempo que nos hace la guachada de romper los momentos perfectos, inmaculados, inolvidables, completos. Porque si el tiempo se quedase ahí, inmortalizando a los seres y a las cosas en su punto justo, nos libraría de los desencantos, de las corrupciones, de las infinitas traiciones tan propias de nosotros los mortales.


Continuará...

domingo, 6 de julio de 2008

Pasión de multitudes



Por Silvina Jegier

Homenaje al “lugar común”

Fue en una de esas tardes plomizas que noviembre regala como prólogo de lo que vendrá.
Recuerdo que durante la semana el sol pegó más y más sobre el asfalto, los empedrados, las veredas, los techos y el termómetro amenazó con explotar. El ánimo de los ciudadanos se emparejaba con el clima aplanador, los cuerpos pegajosos, apiñados en las colas y en todas partes como vacas rumbo al matadero exudaban más y más humedad; algo insoportable, creamé, y en todos lados no existían más que dos temas de conversación: el calor imposible, producto seguro del fatal agujero en la capa de ozono que lograría derretirnos y el choque por el campeonato de ese deporte capaz de enajenar a millones de argentinos.
Usted sabe que no le miento cuando digo que de eso se habló en el pueblo, en los diarios y revistas, en la tele, en la calle, los bares las oficinas y escuelas, los bancos y las plazas y en los bancos de las plazas. Ese encuentro definiría la alegría, la gloria y la victoria para una mitad y la burla y la derrota para la otra.
De eso se continuaría hablando también después. Por eso, lo que para algunos sería como tocar el cielo con las manos, para los otros sería descender al séptimo infierno. Al menos hasta el próximo encuentro, o torneo de verano, o campeonato de apertura o clausura o picado o lo que fuera.
Yo no podía más. Iba a ser protagonista. Sería parte de los once bravos de unos de los bandos que esa tarde se batirían a duelo.
Estábamos bien preparados, trabajando a conciencia, con la mente puesta sólo en el objetivo final. La recompensa bien valía el sacrificio.
Dos días antes el técnico nos convocó a la concentración. Fuimos a un hotel del centro. Las horas se estiraban como chicle, largas y pegajosas. Allí transcurrieron las charlas técnicas, vimos videos de partidos pasados del equipo contrario, escuchamos algo de música. Tele no porque todo lo que aparecía en la pantalla tenía que ver con nosotros y según los dirigentes y el cuerpo técnico sólo serviría para desconcentrarnos. La prensa amarilla ya hablaba de premios, posibles sobornos de la hinchada contraria y del apriete de la propia. No entendían que ahí también jugábamos por nuestro honor.
El “Día D” fue una tarde tranquila, llena de esa calma que precede a las tormentas. El sol era tan fuerte que derretía todo lo que quedaba a su paso..
Desde las ventanillas del micro que nos llevó a la cancha veíamos llegar hordas de hinchas anhelantes que caminaban codo a codo mostrando los colores que teñían su corazón. Coreaban cánticos, se saludaban, enarbolaban orgullosos sus banderas. Desde los cuatro puntos cardinales se veía llegar a la masa humana, se oían las canciones que como himnos brotaban de sus gargantas.
Ya en el vestuario nos cambiamos siguiendo las cábalas de costumbre. Caminamos confiados hacia el túnel. Al final la claridad y el bramido de las fieras, los periodistas, las cámaras y los otros once con sus casacas brillantes y el pecho erguido y sus ansias de alzar la copa después de arrasar con nosotros.
Mi corazón estaba a punto de estallar. Sabía, sentía que los laureles sólo podían ser nuestros. Nos palmeábamos las espaldas y sonreíamos confiados de lo que seríamos capaces de obtener. Afuera se oyó un grito ensordecedor que bajó de la cima de las tribunas hasta nuestros pies arrasando con todo aquello que se interpusiese en su camino. Los otros ya estaban afuera.
Faltábamos nosotros. Éramos los locales, los preferidos de la prensa, los mejores.
Yo iba al frente, con la cinta de capitán. Respiré hondo, saqué pecho y sintiéndome invencible me encomendé a mi dios, entorné los ojos cegado por el despiadado destello de los flashes y con paso firme, de soldado, caminé hacia el centro, a la mitad del campo, a enfrentar mi destino. El resto del equipo me siguió como un solo cuerpo con una única alma y fuimos tapados por toneladas de papelitos que volaban hacia nosotros tapizando el césped que pisábamos. Posamos para la inmortalidad, para el póster de la próxima revista, para todos los diarios que le pondrían el título “CAMPEÓN DEL AÑO”.
Intercambiamos con el otro capitán cortesías, banderines y un apretón de manos.
El árbitro, inmutable en su rol de impartir la ley por partes iguales preguntó “cara o ceca”, se definieron los arcos y por fin sonó, claro y potente, el silbato.
La batalla había comenzado. Corríamos de un lado a otro con hambre de triunfo, desbocados, chorreando sudor y amor propio.
Los otros hicieron lo suyo con hidalguía, con coraje y sin respeto por nosotros, los supuestos favoritos. Pegaron como locos, no perdonaron a nadie, ojo, nosotros un poco también dimos, pero nada que ver con ellos.
La situación se encontraba pareja. Ninguno retrocedía, tampoco avanzaba. Un partido trabado y sin lujos, nadie quería correr el riesgo del gol en el propio arco ¿me entiende? Estábamos empantanados en una lucha sin cuartel.
Era imposible, tal como estaban planteados los acontecimientos, predecir qué podría suceder.
En el entretiempo el técnico nos dio agua y dijo que era el momento de poner huevos, de dejarse de joder, carajo, que para algo nos habíamos roto el culo todo el año, que nadie daba dos mangos por nosotros, que fuimos la resaca de la tabla por años y que ésta era nuestra hora, la hora de la verdad y que, además, si perdíamos, si quedábamos afuera, mejor que nos cuidáramos porque los muchachos se iban a poner un cacho nerviosos. Todo eso nos dijo de un tirón y se fue a sentar al fondo del vestuario, yo vi que le estaba rezando a la virgen de no sé qué coso y me quedé mirándolo. Antes de pisar nuevamente el pasto me tocó el hombre y me susurró en una súplica usté haga lo que sabe, salga, agarre la redonda y corra, y sino espere cerca del arco para vacunar apenas llegue alguno de sus compañeros, pero por favor, vacune.
Habían pasado ya más de ochenta y cinco minutos y todo seguía como al principio. Nosotros tuvimos un par de oportunidades, los otros pegaron una en el travesaño, nuestro arquero mandó dos o tres al corner, diga que estaba inspirado. A mí no me llegaba una limpia, subí y bajé como loco intentando hacer el sueño de mi técnico, mío y detona la hinchada realidad.
De pronto el dos tira una larga de esas imposibles. Con la frente alta corrí como un loco, la paré justo antes de que salga fuera de la línea y encaré al arco contrario. La ansiada meta estaba allí, esperándome. Ese era mi momento, no podía dejarlo pasar.
Pensé en mi viejo y en cómo se pondría si pudiese verme; de reojo podía ver los colores de mi hinchada, mis oídos escuchaban el clamor de millones de voces coreando mi nombre y otras tantas recordando a mi santa madre.
El ansiado fin estaba allí. Éramos veintidós almas y ninguna estaba dispuesta a ceder un palmo del terreno ganado. La pelota me siguió mansita, parecía cosida a mis pies. Sin titubear pensé que a lo mejor ese día estaba predestinado a emularlo a EL, al más grande, al diez.
Pasé a uno, a otro y a otro más. La cancha se iba achicando y cuando estuve ahí me di cuenta del silencio sepulcral, expectante silencio para unos, horroroso silencio para los otros. Solamente tenía que pasar al arquero y empujar la redonda debajo de los tres palos.
Ese fue mi segundo fatal, el del silencio de la muerte que viene a buscarte cuando menos la esperás. Salió uno, de los otros, claro está, de la nada y me arrebató de las manos la gloria.
Pateó lejos jugando al contragolpe, sólo quedaba un minuto, la última jugada que agarró a mi equipo mal parado.
Estallaron las tribunas, todos gritaron, todos rogaron.
Yo quedé impotente mirando al horizonte, quieto como una estatua de sal. Vi la línea final de mi terreno y a todos mis compañeros tratando de evitar la catástrofe. Ciego, con el alma hecha pedazos y los pies de plomo no pude impedir escuchar el grito de GOL, terrible grito que sacudió los cimientos de todo el estadio y de todo el planeta derramando la alegría de la parcialidad que usaba una camiseta distinta a la mía.

viernes, 27 de junio de 2008

Muestra: 100% Negro Fontanarrosa


La fundación OSDE está realizando una muestra sobre Fontanarrosa

100% NEGRO FONTANARROSA

En IMAGO ESPACIO DE ARTE
Suipacha 658 primer piso
Ciudad Autónoma de Buenos Aires
Tel: 4328-3287/6558


Comenzó el martes 17 de junio de 2008. La muestra permanecerá abierta hasta el sábado 2 de agosto de lunes a sábados, de 12 a 20 hs.
Se presentarán más de doscientas obras de Fontanarrosa, originales de viñetas de humor y tiras de historieta; afiches, tarjetas, almanaques, entre otros trabajos.
Hasta ahora no ha habido en Buenos Aires una exposición dedicada a Fontanarrosa de esta envergadura. Entre otros, puede disfrutarse en Imago Espacio Arte de:

-Varias de las historietas que dibujó junto a un compañero en la escuela primaria.
-El primer chiste grafico de boom.
-El chiste con que inició su trabajo en Clarín por más de dos décadas.
-Dos de los cuadernos con los que tomaba nota de las ideas que se le ocurrían.
-La página tipeada del primer capítulo de La Gansada.
-La producción de un abanico de géneros, recursos, técnicas, lineas, trazos, soportes...

Más información en: www.imagoespacioarte.com.ar/bs-as/index.html
Fuente: Fundación Osde.


Gracias a Adriana Galloni (http://princesaturandot.blogspot.com/) por pasarnos la información!!

jueves, 26 de junio de 2008

El hijo de Butch Cassidy (Tercera parte)



Por Osvaldo Soriano

Primera parte

Segunda parte


En la semifinal ocurrieron algunas anormalidades que Cassidy no pudo controlar. Los alemanes se presentaron con cascos para protegerse las cabezas y algunos llevaban alfileres casi invisibles para utilizar en los amontonamientos. Los italianos quemaron un emblema fascista y entonaron a Verdi pero entraron a la cancha escondiendo puñados de pimienta colorada para arrojar a los ojos de sus adversarios.
Cassidy quiso darle relieve al acontecimiento y sorteó los arcos con un dólar de oro, pero no bien la moneda cayó al suelo alguien se la robó y ahí se produjo el primer revuelo. El capitán alemán acusó de ladrón y de comunista a un cocinero italiano que por las noches leía a Lenin encerrado en una letrina del corralón. En aquel lugar nada estaba prohibido, pero los rusos eran mal vistos por casi todos y el cocinero fue expulsado de la cancha por rebelión y lecturas contagiosas. Antes de dar por iniciado el partido, Cassidy lanzó una arenga bastante dura sobre el peligro de mezclar el fútbol con la política y después se retiró a mirar el partido desde un montículo de arena, a un costado de la cancha.
Como no tenía silbato y las cosas se presentaban difíciles, él sólo bajaba de la colina revólver en mano para apartar a los jugadores que se trenzaban a golpes. Cassidy disparaba al aire y aunque algunos espectadores escondidos entre los matorrales le respondían con salvas de escopeta, el testimonio de mi tío asegura que afrontó las tres horas de juego con un coraje digno de la memoria de su padre.
Cassidy hizo durar el juego tanto tiempo porque los italianos resistían con bravura y mucho polvo de pimienta el ataque alemán y en los contragolpes el anarquista Mancini se escapaba como una anguila entre los defensores demasiado adelantados. Hubo momentos en que Italia, que jugaba con un hombre menos, estuvo arriba 2 a 1 y 3 a 2, pero a la caída del sol alguien le devolvió a Cassidy su dólar de oro en una tabaquera donde había por lo menos veinte monedas más. Entonces el hijo de Butch Cassidy decidió entrar al terreno y poner las cosas en orden.
En un corner, Mancini fue a buscar la pelota de cabeza pero un defensor alemán le pinchó el cuello con un alfiler y cuando el italiano fue a protestar, Cassidy le puso el revólver en la cabeza y lo expulsó sin más trámite. Luego, cuando descubrió que los italianos usaban pimienta colorada para alejar a los delanteros rivales, detuvo el juego y sancionó tres penales en favor de los alemanes. El capataz Casciolo, furioso por tanta parcialidad, se interpuso entre el arquero y el hombre que iba a tirar los penales pero Cassidy volvió a cargar el revólver y lo hirió en un pie. Un ingeniero prusiano bastante tímido, que había jugado todo el partido recitando el Eclesiastés, se puso los anteojos para ejecutar los penales (Cassidy había contado sólo nueve pasos de distancia) y anotó dos goles. Enseguida el hijo de Butch Cassidy dio por terminado el partido y así se le escapó a Italia la Copa que había ganado en 1934 y 1938.
Los alemanes se fueron a festejar al prostíbulo y ni siquiera imaginaron que los mapuches bajados de los Andes pudieran ganarles la final como ocurrió tres días más tarde, un domingo gris que la historia no recuerda. Ese día el teléfono empezó a funcionar y a las tres de la tarde Berlín respondió a la primera llamada desde la Patagonia. Toda la comarca fue a la cancha a ver el partido y el flamante teléfono negro traído por los alemanes. Un regimiento basado en la frontera con Chile envió su mejor tropa para tocar los himnos nacionales y custodiar el orden pero los mapuches no tenían país reconocido ni música escrita y ejecutaron una danza que invocaba el auxilio de sus dioses.
Mi tío, que ofició de juez de línea, anota en su memoria que a poco de comenzado el partido aparecieron bailando sobre las colinas unas mujeres de pecho desnudo y enseguida empezó a llover y a caer granizo. En medio de la tormenta y las piedras Cassidy pensó en suspender el partido, pero los alemanes ya habían anunciado la victoria por teléfono y se negaron a postergar el acontecimiento. Pronto la cancha se convirtió en un pantano y los jugadores se embarraron hasta hacerse irreconocibles. Después, sin que nadie se diera cuenta, los arcos desaparecieron y por más que se jugó sin parar hasta la hora de la cena ya no había dónde convertir los goles. A medianoche, cuando la lluvia arreciaba, Cassidy detuvo el juego y conferenció con mi tío para aclarar la situación. Los alemanes dijeron haber visto unas mujeres que se llevaban los postes y de inmediato el árbitro otorgó seis penales de castigo contra los mapuches pero nadie encontró los arcos para poder tirarlos. Una partida del ejército salió a buscarlos, pero nunca más se supo de ella. El juego tuvo que seguir en plena oscuridad porque Berlín reclamaba el resultado, pero ya ni siquiera había pelota y al amanecer todos corrían detrás de una ilusión que picaba aquí o allá, según lo quisieran unos u otros.
A la salida del sol el teléfono sonó en medio del desierto y todo el mundo se detuvo a escuchar. El ingeniero jefe pidió a Cassidy que detuviera el juego por unos instantes pero fue inútil: los mapuches seguían corriendo, saltando y arrojándose al suelo como si todavía hubiera una pelota. Los alemanes, curiosos o inquietos pero seguramente agotados, fueron a descolgar el teléfono y escucharon la voz de su Fuhrer que iniciaba un discurso en alguna parte de la patria lejana. Nadie más se movió entonces y el susurro alborotado del teléfono corrió por todo el terreno en aquel primer Mundial de la era de las comunicaciones.
En ese momento de quietud uno de los arcos apareció de pronto en lo alto de una colina, a la vista de todos, y las mujeres reanudaron su danza sin música. Una de ellas, la más gorda y coloreada de fiesta, fue al encuentro de la pelota que caía de muy alto, de cualquier parte, y con una caricia de la cabeza la dejó dormida frente a los palos para que un bailarín descalzo que reía a carcajadas la empujara derecho al gol.
William Brett Cassidy anuló la jugada a balazos pero en su memoria alucinada mi tío dió el gol como válido. Lástima que olvidó anotar otros detalles y el nombre de aquel alegre goleador de los mapuches.

FIN

lunes, 23 de junio de 2008

El hijo de Butch Cassidy (Segunda parte)



Por Osvaldo Soriano

Primera parte


En mayo, cuando empezaron las lloviznas, el capataz calabrés Giorgio Casciolo advirtió que con la arena mojada la pelota empezaba a rebotar para cualquier parte y que los enviados del Fuhrer , que ya probaban el teléfono en secreto y abusaban de la cerveza, no las tenían todas consigo. En un nuevo partido contra los guaraníes el resultado, luego de dos horas de juego sin descanso, fue apenas de 5 a 2. En otro, los ingleses que colocaban las vías del ferrocarril se pusieron 4 goles a 5 cuando se hizo de noche y los alemanes argumentaron que había que guardar la pelota para que no se perdiera entre los espesos matorrales. A fin de mes los pescadores del Limay, que eran casi todos chilenos, perdieron por 4 a 2 porque William Brett Cassidy concedió dos penales a favor de los alemanes por manos cometidas muy lejos del arco.
Una noche de juerga en el prostíbulo de Zapala, mientras un ingeniero de Baden—Baden trataba de captar noticias sobre el frente ruso en la radio de la señora Fanny—La—Joly, un anarquista genovés de nombre Mancini al que le habían robado los pantalones se puso a vivar al proletariado de Barda del Medio y salió a los pasillos a gritar que ni los alemanes ni los rusos eran invencibles. En el lugar no había ningún ruso que pudiera darse por aludido, pero el ingeniero alemán dió un salto, levantó el brazo y aceptó el desafío. El capataz Casciolo, que estaba en una habitación vecina con los pantalones puestos, escuchó la discusión y temió que la Copa de 1938 empezara a alejarse para siempre de Italia.
A la madrugada, mientras regresaban a Barda del Medio a bordo de un Ford A, los italianos decidieron jugarse el título y defenderlo con todo el honor que fuera posible en ese tiempo y en ese lugar. Sólo cinco o seis de ellos habían jugado alguna vez al fútbol pero uno, el anarquista Mancini, había pasado su infancia en un colegio de curas en el que le enseñaron a correr con una pelota pegada a los pies.
Al día siguiente la noticia corrió por todos los andamios de la obra gigantesca: los campeones del mundo aceptaban poner en juego su Copa. Los mapuches no sabían de que se trataba pero creían que la Copa poseía los secretos de los blancos que los habían diezmado en las guerras de conquista. Los ingleses lamentaban que sus enemigos alemanes se quedaran con la gloria de aquel torneo fugaz; los argentinos esperaban que el gobierno los sacara de aquel infierno de calor y de arena y en secreto tramaban un sistema defensivo para impedir otra goleada alemana. Los guaraníes habían hecho la guerra por el petróleo con Bolivia y estaban acostumbrados a los rigores del desierto aunque no tenían más de tres o cuatro hombres que conocieran una pelota de fútbol. También formaron equipos los curas y obreros polacos, los intelectuales franceses y los almaceneros españoles. Los franceses no eran suficientes y para completar los once pidieron autorización para incorporar a tres pescadores chilenos.
Los alemanes insistieron en que todo se hiciera de acuerdo con las reglas que ellos creían recordar: había que sortear tres grupos y se jugaría en los lugares adonde llegaría el teléfono para llamar a Berlín y dar la noticia. William Brett Cassidy insistió en que los árbitros fueran autorizados a llevar un revólver para hacer respetar su autoridad y como la mayoría de los jugadores entraban a la cancha borrachos y a veces armados de cuchillos, se aprobó la iniciativa.
Se limpiaron a machetazos tres terrenos de cien metros y como nadie recordaba las medidas de los arcos se los hizo de diez metros de ancho y dos de altura. No había redes para contener la pelota pero tanto Cassidy como mi tío Casimiro, que oficiarían de árbitros, se manifestaron capaces de medir con un golpe de vista si la pelota pasaba por adentro o por afuera del rectángulo.
El sorteo de las sedes y los partidos se hizo con el sistema de la paja más corta. La inauguración, en Barda del Medio, quedó para la Italia campeona y el aguerrido equipo de los guaraníes. Al otro lado del río, en Villa Centenario, jugaron alemanes, franceses y argentinos y sobre la ruta de tierra, cerca del prostíbulo, se enfrentaron españoles, ingleses y mapuches.
En todos los partidos hubo incidentes de arma blanca y las obras del dique tuvieron que suspenderse por los graves rebrotes de nacionalismo que provocaba el campeonato. En la inauguración Italia les ganó 4 a 1 a los guaraníes que no tenían otra bandera que la del Paraguay. En las otras canchas salieron vencedores los alemanes contra los franceses y los indios mapuches se llevaron por delante a los ingleses y a los almaceneros españoles por cinco o seis goles de diferencia.
Los dos primeros heridos fueron guaraníes que no acataron las decisiones de Cassidy. El referí tuvo que emprenderla a culatazos para hacer ejecutar un penal a favor de Italia. Al otro lado del río mi tío Casimiro tuvo que disparar contra un delantero mapuche que se guardó la pelota abajo de la camisa y empezó a correr como loco hacia el arco británico en el segundo partido de la serie. Los mapuches tuvieron dos o tres bajas pero ganaron la zona porque los británicos se empecinaron en un fair play digno de los terrenos de Cambridge.
La memoria escrita por mi tío flaquea y tal vez confunde aquellos acontecimientos olvidados. Cuenta que hubo tres finalistas: Alemania, Italia y los mapuches sin patria. La bandera del Tercer Reich flameó más alta que las otras durante todo el campeonato sobre las obras del dique pero por las noches alguien le disparaba salvas de escopeta. William Brett Cassidy permitió que los alemanes eliminaran a la Argentina gracias a la expulsión de sus dos mejores defensores. Es verdad que el arquero cordobés se defendía a piedrazos cuando los alemanes se acercaban al arco, pero ése era un recurso que usaban todos los defensores cuando estaban en peligro. Antes de cada partido los hinchas acumulaban pilas de cascotes detrás de cada arco y al final de los enfrentamientos, una vez retirados los heridos, se juntaban también las piedras que quedaban dentro del terreno.


Continuará...

viernes, 20 de junio de 2008

El hijo de Butch Cassidy



Por Osvaldo Soriano


El Mundial de 1942 no figura en ningún libro de historia pero se jugó en la Patagonia argentina sin sponsors ni periodistas y en la final ocurrieron cosas tan extrañas como que se jugó sin descanso durante un día y una noche, los arcos y la pelota desaparecieron y el temerario hijo de Butch Cassidy despojó a Italia de todos sus títulos.
Mi tío Casimiro, que nunca había visto de cerca una pelota de fútbol, fue juez de línea en la final y años más tarde escribió unas memorias fantásticas, llenas de desaciertos históricos y de insanías ahora irremediables por falta de mejores testigos.
La guerra en Europa había interrumpido los mundiales. Los dos últimos, en 1934 y 1938, los había ganado Italia y los obreros piamonteses y emilianos que construían la represa de Barda del Medio en la Argentina y las rutas de Villarrica en Chile se sentían campeones para siempre. Entre los obreros que trabajaban de sol a sol también había indios mapuches conocidos por sus artes de ilusionismo y magia y sobre todo europeos escapados de la guerra. Había españoles que monopolizaban los almacenes de comida, italianos de Génova, Calabria y Sicilia, polacos, franceses, algunos ingleses que alargaban los ferrocarriles de Su Majestad, unos pocos guaraníes del Paraguay y los argentinos que avanzaban hacia la lejana Tierra del Fuego. Todos estaban allí porque aún no había llegado el telégrafo y se sentían a salvo del terrible mundo donde habían nacido.
Hacia abril, cuando bajó el calor y se calmó el viento del desierto, llegaron sorpresivamente los electrotécnicos del Tercer Reich que instalaban la primera línea de teléfonos del Pacífico al Atlántico. Con ellos traían una punta del cable que inauguraba la era de las comunicaciones y la primera pelota del mundo a válvula automática que decían haber inventado en Hamburgo. Luego de mostrarla en el patio del corralón para admiración de todos desafiaron a quien se animara a jugarles un partido internacional. Un ingeniero de nombre Celedonio Sosa, que venía de Balvanera, aceptó el reto en nombre de toda la nación argentina y formó un equipo de vagos y borrachos que volvían decepcionados de buscar oro en las hondonadas de la Cordillera de los Andes.
El atrevimiento fue catastrófico para los argentinos que perdieron 6 a 1 con un pésimo arbitraje de William Brett Cassidy, que se decía hijo natural del cowboy Butch Cassidy que antes de morir acribillado en Bolivia vivió muchos años en las estancias de la Patagonia con el Sundance Kid y Edna, la amante de los dos.
No bien advirtieron la diversidad de países y razas representados en ese rincón de la tierra, los alemanes lanzaron la idea de un campeonato mundial que debía eternizar con la primera llamada telefónica su paso civilizador por aquellos confines del planeta. El primer problema para los organizadores fue que los italianos antifascistas se negaban a poner en juego su condición de campeones porque eso implicaba reconocer los títulos conseguidos por los profesionales del régimen de Mussolini.
Algunos irresponsables, ganados por la curiosidad de patear una pelota completamente redonda y sin tiento, se dejaban apabullar por los alemanes a la caída del sol mientras la línea del teléfono avanzaba por la cordillera hacia las obras del dique: un combinado de almaceneros gallegos e intelectuales franceses perdió por 7 a 0 y un equipo de curas polacos y desarraigados guaraníes cayó por 5 a 0 en una cancha improvisada al borde del río Limay.
Nadie recordaba bien las reglas del juego ni cuánto tiempo debía jugarse ni las dimensiones del terreno, de manera que lo único prohibido era tocar la pelota con las manos y golpear en la cabeza a los jugadores caídos. Cualquier persona con criterio para juzgar esas dos infracciones podía ser el árbitro y así fue como mi tío y el hijo de Butch Cassidy se hicieron famosos y respetables hasta que por fin llegó el teléfono.
Hubo un momento en que la posición principista de los italianos se volvió insostenible. ¿Cómo seguir proclamándose campeones de una Copa que ni siquiera reconocían cuando los alemanes goleaban a quien se les pusiera adelante? ¿Podían seguir soportando las pullas y las bromas de los visitantes que los acusaban de no atreverse a jugar por temor a la humillación?



Continuará...
"El hijo de Butch Cassidy" fue publicado originalmente en el diario Página/12. Forma parte de "Cuentos de los años felices", Editorial Sudamericana, 1993

viernes, 6 de junio de 2008

Salvando las distancias, un recuerdo futbolero



Por Alejandro Bennet

Si mal no recuerdo fue un partido contra Lanús, no soy bueno para los resultados pero si me acuerdo de esta anécdota ha de ser porque ganamos; siempre que Boca pierde yo me olvido del partido, hay una especie de magia exitista con mi memoria.
Había ido a la cancha con un amigo chileno que quería conocer la mítica Bombonera y yo siempre ando en plan de anfitrión con los extranjeros, me gusta mostrar que pasé toda mi vida entre lo que ellos tenían tantas ganas de conocer.
El partido estuvo bien, era comienzo de campeonato y había alegría en el aire además de otras sustancias. Se cantó mucho ese partido, el chileno estaba encantado. Claro, allá no se vive de la misma manera, hay como mucha mesura a la hora de gritar.
Pobre el chileno, estaba callado al lado mío mirando como alentábamos y en eso, andá a saber por qué, en un ataque de Lanus, sin riesgo porque estaba liquidado el partido, saltó uno de atrás nuestro y se puso como loco a insultar a un jugador del otro equipo que vaya a saber uno quién era. El tema es que no lo agredía a la ligera, no. “Chileno hijo de puta” le decía, “chileno cagón” continuaba. Un propendo de insultos magistral pero siempre precedido de “chileno”; ni cerca de ser chileno estaba el jugador encima.
Vaya uno a saber de donde salió eso, en la popular hay cada cosa también, y mi amigo, pobre, se reía nomás, como si le causara gracia que ser chileno era -para ese hincha- un insulto en sí.
Pero no era eso lo que me estaba acordando, sino de un viejito que estaba al lado nuestro vestido con un piloto negro que parecía ser parte de su piel ya. Callado el viejo, miraba el partido mientras tenía su radio sin auriculares pegada al oído. Cada tanto nos hablaba, como si fuéramos antiguos conocidos, nos decía “a este tres hay que matarlo”, y al rato agregaba “fenómeno el tres como levantó eh, me hace acordar a Marzolini”. Andá a saber cuántos equipos habrá visto el hombre.
Esa tarde con Lanús el que estaba intratable era Palacio, de acá para allá se corría todo; buscaba pases imposibles y los recuperaba. Estábamos todos encantados, el chileno cada dos minutos me decía “como corre ese cabro”, para qué, una fiesta de elogios. Y yo esperaba el comentario del viejito, porque uno nunca sabe con que se va a encontrar, ¿no? Y llegó el comentario, me miró después de una jugada bárbara que no terminó en gol y me dijo “Cómo se extraña al murciélago, ¿no? Graciani lo hacía seguro. Aunque este pibe, Palacio, es bueno eh. Lindas diagonales tira, habrá aprendido del Alfil.”
Y yo mucho no me acordaba sinceramente, entre que soy joven y que estaba metido en el partido no entendí de quien hablaba y le pregunté nomás. Para qué, un discurso me dio el viejo: “El alfil Graciani, alfil por las diagonales que tiraba. Campeón de la Supercopa 89, de la Recopa 90, 81 goles tiene en Boquita. Graciani, que fenómeno, podés creer, 250 partidos con la azul y oro, nene.”

Yo me sentía ignorante y un poco avergonzado. Quería zafarla de algún modo, quedar bien con uno esos hinchas históricos, que tienen más partidos vistos que las gradas mismas. “Pero Palacio también es bueno, ¿o no?”, le dije a ver que salía. “¿Palacio? Un crack el pibe, poco más de cien partidos y supera los cuarenta goles, ¿de qué me hablás? Viste como corre, busca todas. ¿Y las diagonales que tira?, otra que Graciani. Graciani, que fenómeno el alfil, 81 goles nos dio, podes creerlo”. No se acordaba lo que decía el viejo, sólo sabía de jugadores, de campeonatos, de goles, de partidos. Pero bueno, que otra cosa importaba, estábamos en la cancha y aproveché la amnesia del anciano para quedar bien viste, “el alfil por las diagonales que tiraba, ¿no?” le dije. Después nos interrumpió un gol, es que pasan tantas cosas en la tribuna, cuando quise darme cuenta, estaba el chileno amigo mío festejando el gol abrazado al que puteaba a los chilenos.
Cosas del fútbol. Yo volví a casa y me puse a ver videos que tenía por ahí, la verdad que un fenómeno el alfil, tenía razón el viejo nomás, tenía razón.