lunes, 6 de julio de 2009

Código



Por Juan José Panno

El arquero dijo que son cosas del fútbol, pero pensó que la culpa la tuvo el dos que no encimó al nueve de los contrarios; el dos dijo que no hay que dramatizar pero pensó que la culpa de la dramática derrota la tuvo el seis que no saltó a cabecear en los centros; el seis dijo que no hay que andar buscando culpables, pero pensó que la culpa la tuvo el tres que no apretó al wing derecho de los contrarios; el tres dijo que no pasó nada, pero pensó que lo que pasó, pasó porque el cuatro le dejó tirar un montón de centros al que llegaba por la izquierda; el ocho dijo que un tropezón no es caída pero pensó que la culpa de la caída estrepitosa la tuvo el cinco que se iba arriba y dejaba huecos a sus espaldas; el cinco dijo que fue un partido raro pero pensó que no sería raro que siguieran perdiendo si el diez continuaba con sus pisadas caprichosas; el diez dijo que lo bueno fue que tuvieron algunas situaciones de gol, pero pensó que la culpa la tuvo el nueve que no aprovechó ni una sola de las situaciones de gol que tuvo; el nueve dijo que está todo bien pero pensó que todo iba a seguir estando mal si continuaba jugando el siete; el siete dijo que la hinchada tenía que ser paciente, pero pensó que la paciencia se la había agotado viendo como el once se metía siempre en offside; el once dijo que había que tomar la derrota sin desesperarse, pero pensó que era desesperante ver que el arquero no tiene manos y el arquero repitió: son cosas del fútbol.

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martes, 12 de mayo de 2009

El Habilidoso



Por Susana Duré



Famoso fue el caso del futbolista uruguayo Hermes Washington Camacho. Hijo de un corredor de bolsa y una contorsionista profesional, se destacaba en la primera división de Peñarol por su agilidad, su impecable pegada y sus indescifrables gambetas. Con el número “10” en la espalda, era el capitán del equipo y el ídolo del público en general, y de los aurinegros en particular.Todos querían verlo jugar; a los 19 años era la mayor promesa del fútbol oriental. En el cuerpo técnico de Peñarol, el club que lo había visto nacer, todos lo adoraban y destacaban su físico privilegiado: flexible como un junco, fuerte como una barra de acero y veloz como el viento. Aquel domingo se jugaba la final de la Copa de Honor, frente a Defensor Sporting. El partido estaba igualado en cero, y faltaban minutos para el pitazo final. Sacó el arquero; Hermes bajó el balón con el pecho, y en una sucesión de rápidos movimientos enganchó, con pelota dominada, de izquierda a derecha, giró, metió una espectacular rabona en la que no midió su fuerza... Y terminó hecho un nudo en el área rival. No hubo manera de desatarlo. Probaron los jugadores, los entrenadores, los utileros... Tampoco pudo su madre, experta en la materia. La cirugía no prosperó, los doctores no se animaron a meter mano.Agotados todos los medios, la única esperanza era Lily Montalvo, la famosa curandera charrúa. Lily se negó por razones poderosas: era fanática de Nacional. Intentaron convencerla por todos los medios, con halagos primero, con amenazas después... Pero no hubo caso, la curandera no quería saber nada con los clásicos rivales.El pobre Hermes no se resignó, y siguió ligado al club de sus amores, aunque ya no como jugador, sino como mascota. Sin embargo, nunca dejaron de insistir con Lily. Tanto le rogaron, que finalmente, dos años después, accedió a concederle un pequeño alivio. Le desanudó el pie derecho.Son muy pocos los que recuerdan a Hermes Washington Camacho por sus goles y sus lujos. “El Nudo”, como se lo llamó, quedó en la historia de Peñarol por alegrar los entretiempos haciendo jueguitos con su pie derecho. Y eso que era zurdo...



Gracias a Daniel Frini por enviarnos este texto!

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miércoles, 6 de mayo de 2009

El hincha



Por Eduardo Galeano



Una vez por semana, el hincha huye de su casa y asiste al estadio.
Flamean las banderas, suenan las matracas, los cohetes, los tambores, llueven las serpientes y el papel picado; la ciudad desaparece, la rutina se olvida, sólo existe el templo. En este espacio sagrado, la única religión que no tiene ateos exibe a sus divinidades. Aunque el hincha puede contemplar el milagro, más cómodamente, en la pantalla de la tele, prefiere emprender la peregrinación hacia este lugar donde puede ver en carne y hueso a sus ángeles, batiéndose a duelo contra los demoniosde turno.
Aquí, el hincha agita el pañuelo, traga saliva, glup, traga veneno, se come la gorra, susurra plegarias y maldiciones y de pronto se rompe la garganta en una ovación y salta como pulga abrazando al desconocido que grita el gol a su lado. Mientras dura la misa pagana, el hincha es muchos. Con miles de devotos comparte la certeza de que somos los mejores, todos los árbitros están vendidos, todos los rivales son tramposos.
Rara vez el hincha dice: «hoy juega mi club». Más bien dice: «Hoy jugamos nosotros». Bien sabe este jugador número doce que es él quien sopla los vientos de fervor que empujan la pelota cuando ella se duerme, como bien saben los otros once jugadores que jugar sin hinchada
es como bailar sin música.
Cuando el partido concluye, el hincha, que no se ha movido de la tribuna, celebra su victoria; qué goleada les hicimos, qué paliza les dimos, o llora su derrota; otra vez nos estafaron, juez ladrón. Y entonces el sol se va y el hincha se va. Caen las sombras sobre el estadio que se vacía. En las gradas de cemento arden, aquí y allá, algunas hogueras de fuego fugaz, mientras se van apagando las luces y las voces. El estadio se queda solo y también el hincha regresa a su soledad, yo que ha sido nosotros: el hincha se aleja, se dispersa, se pierde, y el domingo es melancólico como un miércoles de cenizas después de la muerte del carnaval.

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lunes, 27 de abril de 2009

Doña Rosa



Por Roberto Fontanarrosa



La Hermana Rosa está insoportable. Luego de su impactante seguidilla de aciertos en los resultados de los partidos, se ha declarado en "silenzio stampa" y se niega a recibir a la prensa. Es más, patea afuera de su casa los diarios que le dejan debajo de la puerta. Incluso a este cronista, a quien conoce desde niño por ser vecinos (y al que auguró un enorme futuro en la danza), le ha quitado el saludo. A la mentalista rosarina, asimismo, la tiene a mal traer el alejamiento de José Luis Chilavert. Sin ser demasiado explícita, desliza que la relación que mantuvo con el arquero paraguayo fue algo más que una amistad. "Y algo menos de lo que muchos están pensando", recompone, intencionada. Al parecer todo comenzó en una ocasión en la que Chilavert le elogió sus atributos de adivina. La Hermana Rosa entendió "divina" y allí se precipitaron los hechos. "José Luis me envía poemas desde Estrasburgo —admite la vidente, suspirando—. Y que nadie se sorprenda. Su mismo nombre indica su descendencia de poetas franceses: Chilavert, Prevert, Cambembert". No obstante, la pitonisa asegura que el gigante paraguayo no es feliz en tierras francesas, ya que no le permiten patear penales ni tiros libres. "José Luis no quiere pensar que eso obedezca a una actitud racista —explica— ya que los franceses nunca han discriminado a los extranjeros". De todos modos, la atención de la Hermana está centrada ahora en el partido de mañana. Ella guarda especial cariño por el país trasandino. Supo recitar, en una fiesta a beneficio, en el club Leña y Leña, allá por los sesenta, poemas de Violeta Parra. Actuación que algún crítico barrial calificó de "parricidio". Su mayor éxito era la "Mazurquica modernica" con aquéllo de "me han preguntádico muchas persónicas/ si peligrósicas para las másicas/ son las canciónicas agitadóricas. ..". La mentalista estuvo convencida, durante muchísimo tiempo, de que la letra de la canción estaba escrita en lengua mapuche, hasta nuestros días, cuando escuchándola cantar por el Serrat, le ha entrado la duda de que esa lengua no sea el catalán.





Esta es solo una de las tantas inolvidables columnas que el Negro Fontanarrosa escribía para el diario "Clarín", en donde fue publicada originalmente.

Agradecemos a Mónica Bonifazio el hecho de haberla guardado y de enviarla para su publicación aquí.

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viernes, 27 de marzo de 2009

El fútbol sin Miguel



Por Nicolás Barrasa

Sin la compañía de Miguel ir a la cancha ya no es lo mismo. Es increíble como uno hecha de menos no a una persona en sí, sino a una persona en alguna circunstancia. Con Miguel no faltábamos un solo domingo a “La Bombonera”. Me acuerdo de él y se me pianta un lagrimón: sus bigotes pulcramente afeitados, la raya al medio como marca registrada y el pucho que parecía ser una extensión más de su cuerpo.
Llegábamos temprano, nos ubicábamos, y me ofrecía algo de comer a lo que yo siempre aceptaba. Mientras mirábamos la reserva se ponía serio y preguntaba:
- Pibe, ¿Cómo van esos estudios? -, siempre con una mirada severa pero complaciente.
- Bien, creo que este año no me llevo ninguna. Parece que voy a tener unas vacaciones largas.
Sin premeditación se paraba y le hacía un gesto al heladero. Compraba dos “palito bombón”, volvía a sentarse y proseguía con la charla:
- Qué grande, así me gusta. Yo como un boludo abandoné, pero eran otras épocas. Abandoné y me puse a laburar en la metalúrgica en el turno noche. Bueno, la historia ya la conocés, si te la debo haber contado mil veces.
- Sí, sí, ya la tengo sabida como el padre nuestro.
Sin embargo era una de esas historias que podría ser repetida una y otra vez y yo siempre me disponía a escuchar.
Miguel fue como un segundo padre para mí. No se casó ni tuvo hijos. Consideraba que en la vida el que juega con reglas claras triunfa. Había tenido varias mujeres, pero ante la insistencia del compromiso sus relaciones se habían diluido.
Era un tipo tranquilo, pero su tranquilidad se rompía cuando empezaba el partido. Se le transformaba la cara, se ponía rojo, y se le hinchaban las venas del cuello de tanto gritar. Un clásico en su conducta era el insulto que le profería al número nueve:
- Pianetti, ¡doná los órganos muerto! Jugá hermano, poné la gamba. ¿A vos te parece?, decí, decí algo querés.
A lo que yo comentaba con énfasis: - ¡No puede haber errado ese gol! Estaba sólo, abajo del arco.
Muchas veces nos miraban raro, Pianetti era uno de los mejores del equipo. Es más, ese año salió goleador del campeonato. Lástima que Miguel no lo llegó a ver.
Ya no voy tanto a la cancha. No se si será porque uno crece, porque se convierte en un profesional y se organiza la vida para no disfrutar…
Yo quiero pensar que es porque falta Miguel.

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jueves, 12 de marzo de 2009

Piel de Judas

Por Juan José Panno

Rajá pa dentro, rajá para dentro te digo, que te voy a arrancar la cabeza, te miraste como tenés las rodillas desgraciumana, me vas a volver loca, vos querés que me vuelva loca, que me internen en un manicomio querés, decí, decí la verad, callate la boca y andá a lavarte, mirá esas manos, vení para acá, vení para acá, mirate esos tobillos, ayyyy, el soponcio me agarra el soponcio, el hígado, ahora vas a ver cuando vuelva tu padre, porque con tu padre no jodés, claro, para eso está la señora, la sirvienta que te tiene que planchar la ropa, preparar la comida y vos en lo único que pensás es en jugar a la pelota con esa manga de atorrantes, te voy a mataaaar, un día se me va a terminar la paciencia y te voy a pegar una paliza que no te vas a olvidar en tu vida, eso querés ¿no?, tiene razón la Pocha, a ustedes hay que tenerlos cortitos, porque una les da el codo y se agarran todo el brazo, te dije media hora y mirá la hora que es, no me comés, no me hacés los deberes y encima te pasás toda la tarde con esa pelota de porquería, nooo, pero ya vas a ver cuando vuelva tu padre. ¿Sabés que sos vos? Sos la piel de Judas, la peste bubónica sos, callate la boca, chito, chito eh, anda a lavarte, vení para acá, ¿te viste las zapatillas?, noooo que te vas a mirar vos si lo único que te importa es jugar a la pelota con los desgraciados esos, meta pelota y pelota todo el día y a mí que me parta un rayo ¿te vas a ir a lavar o no te vas a ir a lavar? ¡esas rodillas! percudidas las tenés, per-cu-di-das, te vas a tener que lavar con acaroina, ayyy, tu hermano no era así, ah nooo, el Carlitos es una monada, nunca me llamaron del colegio para decirme nada, nunca una palabra de más, un niño prodigio el Carlitos, no como vos, pedazo de bestia, machona de porquería, tendrías que haber sido varón vos, siempre lo dije.


Este muy buen cuento fue publicado originalmente en "Corazón y pases fuertes" de Editorial Colihue.
Y fue tomado de la excelente página web "Cuentos y más"
Le agradecemos al autor la autorización para ser publicado en nuestro blog.

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viernes, 27 de febrero de 2009

Bajo el sol de la siesta



Por César Cantoni


Bajo el sol de la siesta, los muchachos
juegan al fútbol en la rambla.
Con el torso desnudo y la frente sudorosa,
corren desordenadamente de un extremo a otro.
Corren. No formulan preguntas,
no sacan conclusiones, no hacen una mística de lo arcano.
Para ellos la vida es tan simple e incuestionable
como la esfera de cuero que patean.
Si hay alguna verdad, una instancia absoluta,
es el momento en que la pelota se introduce en el arco.
Eso… Y las chicas que cruzan la rambla mientras juegan
y tiran de la cuerda de sus sueños.



Este poema fue publicado originalmente en “DIARIO DE PASO”, Editorial Hespérides, La Plata, 2008



César Cantoni nació en La Plata en 1951. Su obra poética publicada comprende los siguientes libros: Confluencias (1978), Los días habitados (1982), Linaje humano (1984), La experiencia concreta (1990), Continuidad de la noche (1993), Cuaderno de fin de siglo (1996), Triunfo de lo real (2001) La salud de los condenados (2004) y Diario de paso (2008). Publicó, además, la plaqueta Irlanda (1998) y el cuadernillo Intemperie y otros poemas (2006).

domingo, 15 de febrero de 2009

¡No te enloquesá, Lalita! (segunda parte)



Por Roberto Fontanarrosa



Primera parte



Fueron ocho las fechas, o diez, o quince. Lo cierto es que, en la segunda rueda, en el partido revancha contra Minerva, Pascual y Lalita estaban en la cancha. Hasta los veinte minutos del segundo tiempo no sucedió nada e incluso dio la impresión de que habían surtido efecto los reiterados consejos de los compañeros de ambos bandos en el sentido de que los seculares contendientes evitaran la conflagración. Hubo un par de cruces, sí, alguna trabada dura, fuerte pero abajo, pero Pascual y el Lalita ni se miraron después tras el choque, atentos a aquello de "reciba y pegue callado" que tantos futboleros pregonan virilmente. Pero, casi sobre el final, en una jugada tonta que no los tuvo como protagonistas directos, los envolvió esa violencia recurrente que parecía ser su sino. Hubo de nuevo corridas, gritos, insultos y el consabido intercambio de golpes entre Pascual y el Lalita, al punto que todos se olvidaron de los otros dos anónimos jugadores que habían iniciado la escaramuza para ocuparse de ellos. La tarjeta roja en alto, elevada por el árbitro con la firmeza y pomposidad con la que puede elevarse un cáliz, marcó, simplemente, el final de un nuevo capítulo para los duelistas. Una hora después, sentados a una mesa de "El Morocho de Abasto", Chalo apuraba una cerveza con el Alemán. Y el Alemán no cesaba de preguntarse como podía ser Pascual tan pelotudo. -- Es que... --inició Chalo, consciente de que quien tiene la información tiene el poder--. No es un fato meramente futbolístico, Alemán. Hubo un quilombo de guita entre ellos. El Alemán lo miró, curioso. -- Me contó Lito --siguió Chalo--. Una cuestión de un crédito. Parece que Pascual salió de garantía. -- No --la respuesta del Alemán fue lo suficientemente breve y segura como para cortar a Chalo-- Eso fue después. -- Me lo contó Lito. -- Te lo contó Lito. Pero Lito solamente sabe esa parte porque el llegó al equipo hace tres años recién. Eso fue después. Yo sé la justa, Chalo. El quilombo fue de polleras. Lala, en la facultad, estuvo a punto de casarse con una mina y el Pascual se la chorió. -- ¿En la facultad? -- Y el Pascual se la chorió. -- ¡Entonces se conocen de hace una punta de años! -- ¡Añares! Amigos de pendejos. Entonces Pascual se casó con esa mina, su actual mujer para más datos, sin saber que la mina le había salido de garantía al Lalita en un crédito para una moto. -- ¡Ah! ¡Y ese es el crédito famoso! -- Ese es el crédito famoso. Por supuesto, Lalita, en llamas porque el otro le había choreado la mina, dejó de pagar el crédito, y el Pascual se tuvo que poner rigurosamente hasta el último mango. Eso le hizo un buen buco al Pascual. -- Mirá vos. Así había sido la cosa. En el camino de vuelta hasta la casa, Chalo no dejó de pensar en las mujeres, en el dinero, temas por siempre conflictivos que pueden llegar a torpedear una amistad, en apariencia milenaria, como la de Pascual y el Lalita. Y siguió cavilando sobre eso casi hasta el final de la segunda rueda, máxime que se había hecho bastante compinche con el Pascual mismo, hombre en el que había descubierto una afabilidad y un certero sentido del humor tras la apariencia rústica y silenciosa del áspero cuevero. Y quiso el destino ("empeñado en deshacer" diría el tango) que en la cuarta fecha del torneo Consuelo, volvieran a encontrarse en el campo con Minerva. Y que volvieran a enfrentarse sobre el campo de juego Pascual y Lalita, quienes, para colmo, no faltaban nunca a sus compromisos futboleros. Como arrastrados por un designio oriental y fatalista, los presentes asistieron puntualmente a las consabidas trompadas, insultos y forcejeos que terminaron, esta vez, con cinco hombres fuera de la cancha. Suplente de un ocho nuevo que habían traído de "La Cortada", Chalo, recostado sobre un césped que se hacía yuyo, miraba el despelote desde bastante lejos, sin siquiera levantar la cabeza de la pelota que le servía de almohada, propiedad del hijo más chico del Cabezón Miraglia. -- El asunto no es futbolístico, Cabezón --le confío, locuaz, al Cabezón Miraglia, que todavía estaba rumiando su bronca por no haber entrado de titular--. Hubo un problema de mujeres. Miraglia no contestó. Siguió masticando chicle, mirando como el Pascual, desaliñado, caminaba hacia afuera de la cancha y se tiraba unos veinte metros más alla, en su ya remanido sendero hacia el exilio de la expulsión. El Cabezón giró hacia Chalo, se acercó un poco más como para que el viento que favorecía al equipo adversario no llevara sus palabras hacia Pascual y, mientras pateaba prolijamente un hormiguero, le dijo al Chalo: -- Eso fue después, Chalo. -- ¿Como después? -- Lo de la mina fue después. La cosa fue política, más que nada... Chalo frunció el entrecejo sin quitar sus manos entrelazadas de bajo la nuca, sintiendo el roce auténtico y voluptuoso de la pelota a gajos hexagonales. Le parecía mentira asistir a ese relato por capítulos futbolísticos, fecha a fecha, expulsión tras expulsión, que lo iba ahondando en la vida de dos sujetos conocidos casualmente en las canchas de fútbol, abocados a la defensa de una divisa. El Cabezón se agachó para seguir contando. -- En la secundaria, Pascual era dirigente estudiantil de izquierda. Estaba en una de esas agrupaciones como el P.T.P., el R.T. nosecuanto, una de esas. Te estoy hablando de los sesenta. Y el Lalita militaba con él. Y un día, yo pienso que debe haber habido uno de esos clásicos celos por la dirigencia, una cosa así, el Lalita se aparece en la escuela, ya estarían por sexto año, con una foto del Pascual, de traje blanco, bailando en una fiesta del Jockey Club. -- ¡No me jodás! --se asombró Chalo. -- ¡Te imaginás! --se rió el Cabezón--. En esa época, pasabas nomás frente al Jockey Club y ya eras un conservador, un facho... -- ¡Claro! Estaba todo tan politizado... -- Y de traje blanco para colmo el Pascual. En una de esas fiestas a todo culo que se daban ahí. -- Lo crucificaron. -- Lo hicieron mierda. Los compañeros de ruta no se lo perdonaron. -- El Pascual habrá dicho que el puesto que no se ocupa lo ocupa el enemigo --volvió a reírse Chalo. -- No sé, no sé. Pero se le acabó la carrera política. Pasó de golpe a ser un chancho burgués, un enemigo de la clase obrera. Se quedaron un rato en silencio, mirando el partido. Tatino acababa de perderse un gol increíble. -- Es por eso que, después... --retomó el Cabezón--. Pascual se empecinó en afanarle la mina al Lalita. Porque creo yo que fue un capricho, nomás. En venganza. -- Pero mirá vos --se quedó pensativo, Chalo, mirando al cielo. El Cabezón había empezado a trotar porque Salvador le gritaba "Calentá, calentá!", mientras se agarraba el rebelde aductor derecho que lo tenía loco desde hacía mucho. Fue Pascual quien le pidió a Chalo que lo alcanzara con el auto. Se había puesto un viejo pantalón de salir sobre el pantaloncito de fútbol y después se había vuelto a calzar pero sin atarse los trabajosos cordones, a los que arrastró hasta que salieron del predio. "Un chico" comparó Chalo, mientras desestimaba la idea de decirle que se atara los cordones porque se podía cagar de un golpe. Y luego, ya en el auto, siguió dando vueltas a los conceptos de dinero, mujeres y política, que entreveraban sus coordenadas y llevaban a dos personas mayores, como Pascual y Lalita, a romperse literalmente la crisma del mismo modo formal y caballeresco con que aquellos románticos personajes cruzaban sus espadas en el relato de Conrad. --... porque me han dicho que vos, con el Lalita, se conocen de hace mucho --se animó a decirle, por fin, al Pascual, tras un largo silencio en el auto, solo amenizado por el sobrio comentario radial de José Pipo Parattore desde el estadio "Gabino Sosa" de Central Córdoba. El mismo Pascual le había dado pie, tras quejarse de que le ardía una peladura en la rodilla y tambien el piñón voleado que le había acertado Lalita en medio del despelote. -- Mucho. Demasiado --crispó una sonrisa, Pascual, tocándose una ceja--. Es al pedo --concluyó, con esa críptica frase donde no se entendía bien si encerraba un escepticismo existencial frente al misterio de la vida, o una desalentada conclusión ante el inútil acopio de años de amistad, o de la convicción del guerrero de cara a una lucha que adivina estéril e inconducente. -- Pero... claro... --se animó Chalo, quizá ante la ambiguedad de la afirmación de Pascual--. Me contaban que no es un asunto futbolero, ¿no? De lo contrario, sería difícil de entender. Por más que uno entienda perfectamente que te podes cagar a trompadas incluso jugando un cabeza en un pasillo... Pascual volvió a sonreir, o quizá fue solo la expulsión de un poco de aire de sus pulmones. -- ¿Qué te contaron? --apuró. Chalo esgrimió la mano derecha en el aire, como espantando una mosca, antes de depositarla de nuevo sobre la palanca de cambios. -- El asunto de un crédito --intentó ser vago--. Un fato relacionado con la política, algo así... Omitió el detalle de la mujer, temiendo meterse en temas demasiado privados o bien deschavar al ocasional informante. Pascual estiró otra sonrisa apretada mientras se tocaba la nariz. Pareció que iba a sumirse en uno de sus habituales silencios de cuevero. Pero la siguió. -- Te informaron mal --dijo. -- Bueno... te cuento...--mintió Chalo-- que no fueron conversaciones formales. Fueron, digamos, comentarios al pasar, opiniones... -- Ya sé, ya sé... Pero te informaron mal. Ya habían llegado. Chalo puteó para sus adentros. Tal vez hubiese debido retrasar la marcha, pero la maniobra dilatoria hubiera sido demasiado ostensible. Pascual abrió la puerta de su lado, puso el bolso sobre sus muslos y saco el pie derecho como para bajarse. "Me pierdo el final" pensó Chalo. Pascual se había tomado del borde del techo del auto con su mano diestra para dar el envión de salida. Era muy grandote. -- ¿Sabés de cuando lo conozco yo al Lalita? --dijo, pese a todo--. ¿Sabés de cuando lo conozco yo a ese hijo de puta? --Chalo lo miraba fijo--. De cuando teníamos los dos cinco años y jugábamos en el baby del club Fisherton. -- Mirá vos --dijo el Chalo. -- ¿Y sabés de donde arranca todo? ¿Sabés de donde arranca la bronca? Chalo negó con la cabeza. -- De un día en que jugábamos contra El Torito y al Lalita le hacen un penal y nos peleamos por patearlo. Mirá lo que te digo. Cinco años teníamos. Pascual, ya incorporado, medio cuerpo metido dentro del auto, osciló los cinco dedos de su mano derecha frente a los ojos de Chalo. -- ¿Qué? --amagó reirse Chalo--. ¿Lo quería patear él? -- ¡Tomá, patear él! --percutió el puño cerrado como un émbolo, Pascual--. El penal se lo habían hecho a él, pero el que los pateaba siempre era yo. Esa era la orden que yo tenía del director técnico. Pero él ya era un pendejo caprichoso. Y nos cagamos a trompadas --Pascual se refregó la cara con la palma de la mano, como con intención de desfigurarse--. ¡Cómo nos cagamos a trompadas ese día, Dios querido! Y de ahí viene todo... Se irguió por completo y cerró la puerta. Chalo se inclinó un poco para verle la cara. -- ¿De ahí viene todo? -- De ahí. Lo demás llega por añadidura. Pero el quilombo empieza con aquel penal. Pascual dijo chau con la mano y se metió en su casa. Chalo puso primera y se fue, pensando. La vida era mas simple de lo que uno suponía, al final de cuentas.



Gracias a Adrianina por enviarnos este texto!!

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jueves, 12 de febrero de 2009

¡No te enloquesá, Lalita!



Por Roberto Fontanarrosa



El más sorprendido fue Chalo cuando (no iban ni cinco minutos de empezado el partido) el Lalita se cruzó toda la cancha y le entró muy fuerte y abajo a Pascual y Pascual, aún antes de caer pesadamente junto a la línea del área, le preguntó al Lalita por que no se iba a la recalcada concha de su madre puta. Pensándolo bien, recordaba luego Chalo (los brazos en jarra, algo alejado del quilombo) antes de empezar, había escuchado a los muchachos conversando mientras se cambiaban en ese vestuario de mierda y Polenta se había dicho que, seguramente, Pascual y Lalita se iban a cagar a trompadas otra vez. Es más --rememoró Chalo, viendo como los muchachos trataban de separar a los calentones-- Salvador lo había cargado bastante a Pascual preguntándole si esa tarde lo iban a echar de nuevo por cagarse a trompadas con el Lalita. -- ¿Será posible? --pasó a su lado el ocho de ellos, buen jugador, callado--. Siempre lo mismo con estos dos infelices. -- Cosa de locos --dijo el Chalo, tocándolo en la panza, en gesto de amistad. -- ¡Aprendé a jugar al fútbol, choto de mierda! --gritaba, ya de pie, Pascual, contenido a medias por Norberto. -- ¡Sí, seguro que vos me vas a enseñar, pajero! --respondió Lalita. -- ¿Ah no? ¿Ah no? ¿No te voy a enseñar yo? ¿No te voy a enseñar yo? Sabes comó te enseño, la puta madre que te parió! -- ¡Seguro! ¡Vos me vas a enseñar, forro! ¡Vos me vas a enseñar a jugar al fútbol! -- ¡Choto de mierda, en la puta vida jugaste al fútbol, sorete! -- ¡Vos me vas a enseñar, maricón! -- ¡Sorete, sos un sorete mal cagado! Tal vez ese concepto de "maricón" exaltó más a Pascual, que se libró del esfuerzo de Norberto y se le fue encima al Lalita. El Alemán se abalanzó para agarrarlo, con Prado y el flaco Peralta. El referí pegaba saltitos en torno al tumulto como un perro que no puede zambullirse en una pelea multitudinaria. -- ¡Pero dejalos que se maten! --gritó desde lejos el cuatro de ellos--. ¡Dejalos que se maten de una vez por todas esos boludos! -- ¡Así nos dejan jugar tranquilos! -- ¡Vení, vení a enseñarme, maricón! --insistía Lalita, contenido por sus compañeros, viendo como Pascual se debatía entre una maraña de brazos. -- ¡Callate, pelotudo! --se anotó, desde lejos, Hernán, con escaso sentido de la oportunidad en el uso del humor--. ¡Si vos tuviste poliomelitis de chico y no te dijeron! -- ¡Pero pisale la cabeza a ese conchudo! --saltó de pronto Antonio corriendo también hacia Lalita--. ¡Siempre el mismo hijo de puta ese hijo de puta! Allí Chalo pensó que el conflicto se generalizaría. -- ¡Antonio! ¡Antonio! --trato de pararlo el Negro. -- ¡Agarralo! ¡Agarralo, Pedro! -- ¡Hijo de mil putas, la otra vez hiciste lo mismo! --recordaba Antonio, medio estrangulado por un brazo de Pedro, las venas del cuello a punto de estallar, la cara roja como una brasa. -- ¿Qué querés vos? ¿Qué querés vos? --Lalita se volvió hacia Antonio, estirando el mentón hacia adelante. Dos de ellos lo agarraron de la camiseta y otro de la cintura. -- ¡Te hacés mucho el gallito porque nuncan te han puesto una buena quema! -- ¡Aflojá, Lalita, no seas boludo! -- ¡Te echan, pelotudo, te van a echar! -- ¿Qué querés vos? ¿Qué querés negrito villero y la concha de tu madre? -- ¡Tito! ¡Paralo, carajo, paralo! -- ¡Cortala, cinco, no te metás que es peor! -- ¡Pará, Mario, pará! -- ¡Te voy a reventar, la concha de tu madre! --Pascual se había zafado de los que lo contenían y corría en un movimiento semicircular hacia su enemigo tratando de eludir los nuevos componedores que se le interponían. Chalo se dejo caer sentado sobre el césped sin llegar a entender demasiado bien como se podía armar semejante quilombo cuando incluso algunos no habían llegado siquiera a tocar la pelota (como él). Miró al dos de ellos y enarcó las cejas en señal de complicidad. -- ¿Podés creer, vos? --dijo el otro, parado en el círculo central y acomodándose los huevos. Escupió a un costado. Prácticamente todos los muchachos, sin olvidar al tío del Perita (fiel y único hincha del "Olimpia") se habían metido en la cancha y estaban separando a los beligerantes. Eran dos grupos que se movilizaban en bloque, hacia atrás o hacia adelante, correlativos unos con otros, como dos arañas negras y deformes, de acuerdo a los impulsos mas o menos homicidas de los contendientes. -- ¡Vos me vas a venir seguro a enseñar a jugar al fútbol, sorete! --la seguía Lalita--. ¡Seguro que vos me vas a venir a enseñar! -- ¡No te enloquesá, Lalita! ¡No te enloquesá! --repetía una voz aguda, desde afuera, como un sonsonete. -- ¡Choto de mierda! ¡Choto de mierda! --Pascual se atragantaba con las palabras y despedía por la boca una baba blanca, casi acogotado por los compañeros--. ¡Claro que te voy...! ¡Choto de...! --obnubilado, no encontraba los mas elementales sinónimos para enriquecer sus agravios y recaía siempre en las mismas diatribas--. ¡Choto de mierda! ¡Chotazo! El árbitro, apreciando un claro en el tumulto, dió dos zancadas mayúsculas hacia adelante, manoteó el bolsillo superior y anunció a Pascual. -- ¡Señor! --y le plantó una tarjeta roja incandescente frente a los ojos. Pascual ni lo miró. Después el árbitro giró con la misma aparatosidad, caminó tres pasos hacia Lalita y repitió el gesto de la mano en alto, como dando por terminado el problema. A Pascual ya se lo llevaban hacia el costado. Lalita caminaba medio ladeado, aplastado en parte por el peso de sus compañeros, buscando todavía con los ojos a su rival, respirando fuerte por la nariz, como un toro. -- ¡Dejame! ¡Dejame, Miguel! --pidió, sofocado, y hasta llegó a tirar un par de piñas a sus amigos. -- Ya está, Lalita --le recitaba el cuatro al oído--. Cortala. El lungo que jugaba al arco le pasó un par de veces la mano por el pelo, comprensivo, pero el Lalita apartó la cabeza, negándose a la caricia. -- ¡Señores! ¡Señores! --gritó el referí--. ¡Miren! ¡Miren! --y mostró la fatídica tarjeta roja casi oculta en la palma de la mano, como una carta tramposa--. ¡No la guardo! ¡No la guardo! ¡La tengo en la mano! ¡Al primero que siga jodiendo lo echo de la cancha! ¿Estamos? --y salió corriendo para atrás, elástico, señalando con la mano donde debía ponerse la pelota--. ¡Juego, señores! Y decían que no había que joder mucho con ese árbitro. Que era cana. Que siempre andaba con un bufoso dentro del bolso. Así le había contado Camargo al Chalo, porque lo conocía de la liga de Veteranos Mayores, los que están entre los 42 y la muerte. Ya sentado en la vereda, la espalda empapada contra la pared del quiosco, las piernas extendidas sobre el piso, desprendidos los cordones de los botines, Chalo se apretó fuerte los parpados para mitigar el escozor profundo que le producía el sudor al metérsele en los ojos. Sin decir palabra, el Lito, al lado suyo, le alargó la botella de Seven familiar, casi vacía. Chalo tomó unos seis tragos apurados, puso despues el culo frío y humedo de la botella sobre su muslo derecho, eructó con deliberación y se secó la boca. -- Hay que joderse --exhaló--. Qué manera de correr al pedo --y le extendió la botella a Salvador que esperaba, mirando la calle, las manos en la cintura, a su lado. -- ¡Chau, loco! --gritó Antonio, subiendo al auto de Pedro, yéndose-- ¡Chau, Salva! -- ¿Hablastes con el referí? --le preguntó Lito. Antonio se encogió de hombros. -- ¿Para qué? -- Para que no te escrache en el informe. -- Me echó por tumulto. -- Por pelotudo te echo --rió Salvador. Antonio levantó la mano, se metió en el auto de Pedro y Pedro puso marcha atrás cuidando de no caerse en la cuneta. -- Veinte fechas le van a dar a este --dijo Salva, limpiando el pico de la botella de Seven con la manga de la camiseta verde. Chalo no contestó. Apenas si tenía aliento para hablar. Lito, más que sentarse a su lado, se derrumbó, con un quejido animal. -- Parece mentira --dijo Chalo--. Cuando yo jugaba en la "25 de Mayo", donde no hay limite de edad, pensaba que los veteranos serían más tranquilos, que cuando pasara a la liga de veteranos las cosas se iban a tomar de otra manera. -- Nooo... --Lito se reía. -- ¡Pero es peor! Es indudable que las locuras se agudizan cuando viejos. Acá me he encontrado con tipos de cincuenta, cincuenta y pico de años, que se cagan a trompadas, le pegan al referí, se putean entre ellos, más que los jóvenes. -- Y... --dijo Lito--. Las manías, cuando viejo, se agudizan... -- Además, Chalo --Salvador ya había encontrado las llaves del auto entre los mil bolsillos de su bolsón deportivo--. El fútbol es asi. Hay tipos que descargan todas las jodeduras de toda la semana acá en la cancha. Yo he visto a tipos cagarse a trompadas en un partido de papi, en un mezclado, que no son ni por los puntos ni por nada. Un picado cualquiera y se han cagado a trompadas, oíme. -- Sí --aprobó Chalo--. Son calenturas del juego... -- Es así --cerró Salvador. Dijo "Chau muchachos", puso en duda su presencia para el difícil compromiso del sabado siguiente contra el Sarratea y se fue hacia el auto rengueando ostensiblemente de su pierna derecha. Chalo se inclinó con esfuerzo hacia sus medias, ceñidas bajo las rodillas por dos banditas elásticas, y las fue bajando hasta enrollarlas sobre los tobillos. Recién allí cayó en la cuenta de cuanto necesitaba liberar su circulación sanguínea de tal tortura y se preguntó como había podido sobrevivir hasta ese momento bajo presión semejante. Volvió a recostarse contra la pared caliente. -- De todas maneras --retomó-- por más que sean cosas del fútbol, esto de Pascual es difícil de entender. -- No son cosas del fútbol, Chalo --dijo Lito, sin mirarlo. -- Dejame de joder... ¡No iban más de cinco minutos! -- No son cosas del fútbol, Chalo... --Lito hizo un paréntesis largo--. Acá el asunto viene de lejos. Un asunto de guita. -- Ah... Ah... --se contuvo Chalo. Empezaba a comprender. Lito bajo la voz, confidente, como si alguien pudiese oirlo. -- Pascual le salió de garantía de un crédito a Lalita. Y el Lalita lo cagó. De ahí viene la cosa. -- Ahhh... Ese es otro cantar. -- Claro... Eran socios, o algo así. A mí me conto el Hugo, que era cuñado del Lalita en esa época. Tenían una gomería o algo así, no sé muy bien. Y la cosa vino por el asunto del crédito. -- Bueno, ya me parecía --dijo Chalo--. No te digo que uno no vaya a entender que dos tipos se agarren a piñas en un partido, porque es lo más común del mundo... Pero, cuando ya uno ve que un tipo, a los cuatro minutos de estar jugando, se cruza la cancha para estrolarlo a otro, y después se reputean de arriba a abajo... Ya sale de lo común, es sospechoso. -- No --precisó Lito--. La cosa viene de antes. Son cosas extrafutbolísticas --. Con un esfuerzo digno de un levantador de pesas, Chalo se puso de pie. -- Y ahora les van a dar como ocho fechas a cada uno--dijo. -- Lo menos. Porque son reincidentes --aprobó Lito.

Continuará...

martes, 27 de enero de 2009

El día en que el Vasco lloró



Por Gustavo Araujo



Todos los habitantes del barrio del Bajo del autódromo conocen el historial del Vasco Albibeascoechea, o Bizcocho, como le ha quedado más por una necesidad obvia de articulación idiomática que por alguna similitud física con el mentado sobrenombre. El Vasco Albibeascoechea es un personaje querido por los amigos, noble, leal, fiel perseguidor del mango y también de las canillas de los atacantes contrarios en los partidos de la liga local, tarea que desempeña con una precisión y ahínco propios del mejor cirujano. A pesar de su escasa preparación para tal cometido, flota en el ambiente futbolero la idea de que el Vasco nació para aniquilar delanteros. A nadie, nadie, nunca jamás se le ocurriría esperar del querido Bizcocho algo tan lejano a sus sueños como una gambeta. Tampoco nadie esperaría que tirara un caño, un taco, una rabona, gestos técnicos impensables para la rudeza hipertrófica de los pies del Vasco, más parecidos a una plataforma que al elemento esencial para el manejo hábil de la pelota: los pies. Algún iluminado contó una vez en una noche de copas y... más copas, que en un partido por la liga chacarera había visto a alguien igual, pero muy igual al temido Bizcocho, ejecutar un sombrero por sobre el centrodelantero rival, quien yacía desangrándose luego de un cruce con el defensor de marras, y que el Vasco en un acto de coordinación inimaginable, había evitado que la bola tocase el piso o el tórax del nueve, el que sin ninguna intención pisaba con su botín izquierdo, y con el derecho había acariciado el balón en un pase certero para su compañero. Pero a pesar de las similitudes y el empeño del relator, nadie, pero nadie en el Bajo podía seguro de que ese portento del fútbol hubiera sido el Vasco.
El Vasco es el líder de su equipo, la voz de mando desde el fondo, el que otea el horizonte entre el bosque de piernas y camisetas sudorosas y decide el comienzo de la jugada ¿la reviento o se la paso al nabo del Juan? Hombre de ideas simples, nunca se condiciona con más de dos opciones. Esto o aquello. Negro o blanco para todo y para todos. Como la vez aquella en que se enteró de que Cuchara salía los sábados hasta la madrugada y en algunas ocasiones iba a jugar sin dormir. Algunos compañeros advirtieron azorados el gesto de estupor, de sorpresa y porque no, de desagrado, que pasó por la recia cara del gran capitán al saber la causa de las bajas actuaciones del creativo del equipo. También le vieron morderse el feo labio inferior, el que tiene surcado por una profunda cicatriz, fruto de un navajazo callejero, y no decir ni una palabra, ni una. Lo vieron tomar su bolsito azul con dos tiras blancas, guardar sus enormes botines números cuarenta y siete y medio llenos de barro junto con la boina y los puchos, y en ojotas, salir del entrenamiento en silencio, con el ceño unido por una arruga horrible y profunda. Nadie, pero nadie lo vio reunirse con el Cuchara, nadie supo si le dijo algo, nadie, pero todos vieron al otro día el cuarenta y siete barra cuarenta y ocho que está impreso en la suela de la hojota del Vasco, desparramado por todo el cuerpo del Cuchara, como marcado a fuego, indeleble que le dicen. Y desde ese día el querido Cuchara fue el mejor ladero del Bizcocho. Negro o blanco, amigo o enemigo, tal la filosofía simple pero profunda del conocido Vasco Albibeascoechea.
Difícil es saber sobre la vida del Bizcocho. Peón del campo de los Arrechea. Dicen que de vacas sabe un montón, que conoce cada uno de los animales solo por ruido que hacen al masticar, dicen que les ha puesto apodos, pero nadie los conoce, nadie. Hermético como pocos, solo charla con el hijo del patrón y vaya a saber uno si de algo más que de vacas. Usa alpargatas azules, que don Juan, el almacenero, le trae por pedido al igual que las bombachas y la boina. Vive solo en una casita con techo de chapas, una habitación baño y cocina. No se le conoce mujer, por lo menos desde que vive en el Bajo. Solo las vacas y el fútbol ocupan su tiempo. Duro y seco, el hombre se ha ganado el respeto y el temor quienes lo tratan. Fiel cumplidor de su palabra, no pide ni da tregua cuando la mano viene fea. Los campeonatos del Bajo son famosos por combates épicos que han tenido varias víctimas, pero allí, el Bizcocho es respetado como el que más.
La mitología futbolera del Bajo cuenta que la fama de rompe huesos del tan estimado Vasco Albibeascoechea comenzó a forjarse en un partido por el campeonato del noventa y tres, organizado por la delegación municipal de Batán en conmemoración de los diez años del regreso a la democracia. La idea había surgido como puntada inicial para acercar a la gente del pueblo con la de los suburbios del sur de la ciudad de Mar del Plata y la de la zona rural. Y qué mejor que el fútbol para unir a la gente y de paso hacerse propaganda política. Todo había comenzado bien, con los cruces lógicos del deporte, pero encaminados por la complicidad de la pelota. Era un torneo de un solo día, partidos de veinte y veinte en dos zonas de cuatro equipos y los ganadores de cada una a la final. El equipo del Vasco había arrasado con los rivales, y también, es menester decirlo, con varias damajuanas de tinto que don Juan, el patrocinante del equipo, había acercado en su Rastrojero con caja de madera. De las diez iniciales, antes de la final solo quedaban tres llenas, prolijamente acomodadas al borde del banco de suplentes. Cuando se inició el partido, los contrarios, el equipo del Delegado con varios empleados municipales en sus filas, lucía mucho mejor que el del Bizcocho Albibeascoechea; camisetas nuevas, botines limpios, pantaloncitos con la propaganda de Batán sobre el trasero. Frente a semejante organización, el equipo del Vasco era una banda de ranqueles con los caballos cansados a la espera de la orden de pasar a degüello a los protegidos del Delegado. Previo al comienzo se cruzaron algunas burlas y amenazas, todo de lo más normal en este deporte tan querido. Cuando sonó el silbato del gordo Julián, árbitro y ordenanza de la escuela primaria de la zona, los del Vasco pasaban vergüenza. Araban el pasto en cada cruce, pero la pelota era siempre de los contrarios. Por supuesto que cada equipo tenía su barra que gritaba y cantaba. La de Batán un coro de ángeles, la del Vasco, Deep Purple mixturado con Horacio Guaraní. A los quince minutos perdían por dos a cero, y lo más interesante es que no tenían la menor idea del resultado. El Bocha Garnaza, centrodelantero de Batán, se hacía un festín con el Vasco, que lo miraba callado, como centrando la mira del fusil. En el minuto treinta y dos el Bocha lo encaró y lo dejó jugando a la mancha, se paró y lo miró con una sonrisa socarrona y ahí cometió el error de su vida: abrió la boca y le gritó al Bizcocho: ¡andá a jugar con las vacas, burro! Nada del otro mundo en un partido de fútbol, pero al Vasco que no le toquen las vacas, pueden mentarle la mina, los pies, la boina, pero las vacas nunca. El Bizcocho corrió, como renacido, y como embebido de yogurt y no de tinto, se le paró de costado, el Bocha le amagó por izquierda y lo encaró por la derecha y cuando iba pasando el Vasco le apuntó con el fusil cuarenta y siete y medio de la diestra y lo calzó justo donde el cuádriceps se inserta en la rodilla. El botín embarrado se amalgamó con la piel, los vellos y la capa más profunda de la dermis y transformó el músculo en otra cosa, una masa informe, semidensa, diferente. Le hizo cirugía estética, le convirtió el muslo en silicona para relleno. El Bocha, sorprendido en pleno vuelo y con un grito ahogado e ininteligible, aterrizó a siete metros y medio, batiendo la marca zonal de salto en largo. El silencio invadió el campo, a esta altura casi un camposanto, luego todo se descontroló. Volaron sillas, damajuanas vacías, bancos, hasta que llegó la policía y pudo separar de entre el barro y la sangre al Vasco y a cuatro que lo tenían en el piso, donde el líder del Bajo seguía defendiéndose con fiereza. El partido no continuó y los de Batán fueron declarados ganadores por descalificación del oponente, pero eso fue lo de menos. Allí el Vasco, el Bizcocho Albibeascoechea se transformó para siempre en fiero líder del equipo del Bajo del autódromo, respetado y temido por pares y rivales en partes iguales.
El conocido guía del equipo del Bajo concurre al bar del club todos los domingos por la noche, luego de que su ritual futbolero culmina, bien bañado, afeitado y vestido con sus pilchas domingueras. Allí se acomoda en el mismo lugar de la barra, su lugar, y Humberto le sirve siempre su botella de tinto de la casa, que se toma tranquilo entre charla y charla con cuanto parroquiano se acerque, generalmente sobre fútbol y...vacas. Por eso le extrañó tanto al Manitas, el arquero del equipo, encontrarlo el domingo en que se jugó la final del Mundial de Alemania, pensativo, sin su tinto y sentado solo, no en la barra sino en una mesita del fondo, una hora después del final del partido. El Manitas lo miró dos, tres veces. Lo respeta mucho, más desde que el Vasco lo ayudó en un lío que tuvo con la cana. Le hizo la pata cuando lo buscaban por un robo en una quinta cerca de la cárcel, esa misma de la salió en libertad condicional hace no mucho. Por supuesto que a cambio el Manitas se comprometió a usar las ídem solo para atajar, bajo amenaza de tener que atarse los cordones con los dientes, que deberían ser postizos porque el Vasco se los haría tragar en seco. El Manitas se sienta despacio, pidiendo permiso.
––¿Cómo está don Vasco? Le dice y no recibe respuesta. Una lágrima, grande, oscura de años guardada está en el borde del bigote hirsuto del tan querido Vasco. Quiere caer, pero se ha detenido ahí, a la vista de todos, desafiante y tímida a la vez. El Vasco, el Bizcocho, lo mira y sonríe. Sonríe el Vasco, mirá vos, se dice el Manitas, no lo sabía.
––No me diga que llorando porque ganaron los tanos, o porque perdieron los baguettes. A mí, la verdad me da igual, ¿qué le pasa don Vasco? cuente, cuente, que para eso están los amigos. El Vasco Albibeascoechea lo opera con la mirada. Otra lágrima está por salir, enredada en una arruga del párpado derecho, en la piel áspera, rugosa, virgen de llantos desde que la partera le palmeó los cachetes. El Vasco, fiel exponente de la más rancia escuela de valientes infantes de la defensa argentina, del mariscal Perfumo, del káiser Pasarella, del patón Bauza, del cabezón Trotta y porqué no del flaco Schiavi, de aquellos que podrían dejar pasar un balón pero nunca un delantero, el Bizcocho Albibeascoechea llorando callado y sonriente en el bar del club. El Manitas no lo puede creer, se le cae un ídolo, se le desploma la estatua.
––¿Sabe qué pasa, Manitas? Estoy emocionado, se me sale el corazón.
––¿Está en tratos con alguna pollera don Vasco?
––No, Manitas, no, es que usted no lo sabe, nadie lo sabe, pero yo leo. Leo el diario todos los lunes, El Gráfico y también alguna novela, de aventuras ¿vio?
––No me joda don Vasco, mire que yo todavía no me tomé ni un vaso de agua.
––Si Manitas, leo mucho. También junto todas las notas y las fotos de mi ídolo. Lo sigo desde siempre, nunca se lo conté a nadie, ni a la almohada. Me pasé todo el mundial siguiéndolo, mirando los partidos aquí, en el boliche, calladito, porque todos decían que era un muerto. Hoy jugó la final, ¿se imagina Manitas? Era un muerto y jugó la final. Yo aquí mudo, mirando sin decir una palabra. Metió un gol y yo en silencio ––¿Será Materazzi? piensa Manitas, El Vasco sigue–– Fueron al alargue, usted seguro que lo vio Manitas. Yo estaba con los ojos fijos en el televisor, las manos transpiradas, las alpargatas mojadas, los lienzos por ahí. El pelado la peleó con los italianos, duro, firme, como hacen los hombres. Ya llegaban al final del partido y en eso Elizondo lo echa. Si ni lo vio ¿cómo lo va a echar? ––¿Zidane el ídolo del Vasco?, no me lo creo. Se muerde el Manitas para no reírse–– Lo echó por una nadería, una cosa de nada...
––¿Y usted don Vasco me llora porque perdieron los baguettes? Hombre grande ya para esos menesteres ¿no le parece?
––No, pendejo, ¿quién se cree que soy? El Bizcocho lo taladra con la mirada. Los ojos torvos y bien erguido.
––No se me chive don Vasco, le pregunto no más.
––¿Cómo no me voy a enojar?, nene. Usted me está tomando el pelo.
––Nooo, para nada don Vasco. Cuente, cuente no más.
––A ver si me entiende. Zinedine Zidane, el Pelado, el Monje, el Viejo que ya estaba muerto, el monstruo más grande, el creador de todo, en su hora triunfal, en su momento más glorioso, en la jugada previa al retiro como un grande, hizo la mía, nene. ¡Hizo la mía!
––¿Cómo la suya don Vasco? le pregunta el Manita desconcertado. Y allí, el gran Vasco, el Bizcocho Albibeascoechea se yergue sobre sus piernas de roble, torneadas de miles de batallas y mirando desafiante al Manitas le dice:
––¿De quién se cree que Zidane se copió el cabezazo directo al pecho? ¡De Papá, nene! ¡De Papá!