sábado, 30 de octubre de 2010

La voz del pueblo (por Jorge Castagna)

Por Jorge Castagna

En estos encuentros el espectáculo es la gente. La gente es la que te define un partido.
Revolotean todos los trapos. El que triunfe en la contienda será el nuevo campeón. Las hinchadas van con el corazón en la mano, en una bandeja quirúrgica y con buenas dosis de hielo, por el calor. Los más pudientes llevan a sus médicos de cabecera para evitar complicaciones.
Con estruendoso griterío aparecen los equipos. Todo es algarabía, papel picado y corchazos.
Empieza el partido, la gente está concentrada, conocen su poder, por eso se cuidan de lo que van a decir.
El referí prefirió asumir su destino e hizo su ingreso con la típica vestimenta anti flama de color rojo y el casco metálico haciéndole juego, sabía que durante todo el partido le iban a gritar “referí bombero”
Pero las cosas casi nunca salen como uno quisiera. Siempre hay un punto en el donde comienza el descontrol.
- Son unos perros- gritan los de la popular visitante.
Lentamente el arquero y dos defensores se fueron agachando, hasta quedar en cuatro patas. El rabo se les fue estirando y comenzaron a moverlo frenéticamente hacia un lado y hacia otro. La quijada se les volvió protuberante y un montón de caninos le llenaron la boca. Dos fox terrier y un dálmata. Se les hizo difícil llevar la pelota con las patas traseras y mucho menos cabecear. Olfatearon. Irracionalmente salieron a saquear el puesto de los choris.
Se desató un vendaval de acusaciones como maleficios escupidos por las gargantas de los que tienen poder.
- Gallinas, pongan huevo.
Once batarazas cluecas dejaron de moverse y se acurrucaron al sol buscando comodidad para expulsar el fruto de sus entrañas.
- El único que se salva es el cinco, un jugador de toda la cancha. Vargas comenzó a extenderse sobre el césped de arco a arco y con sus vísceras tapizó toda la superficie. La cosa se puso líquida y viscosa. Simplemente intransitable.
- Viatri, sos un pata dura. El pobre Viatri no tenía muletas y al quedar con ambas piernas petrificadas cayo de bruces contra el piso y sólo atinó a irse arrastrando hasta el banco de suplentes para que lo ayuden a levantarse.
Desde la otra tribuna se escuchó:
- Sandrini, muerto. A Sandrini, inmediatamente se le puso la piel blanca y luego entró en descomposición hasta transformarse en un manojo de gusanos oscuros y retorcidos.
Pero lo más patético fue lo de Cucciufo, un desalmado no tuvo mejor idea que gritarle:
-Operate y matate-
Le aparecieron en sus manos un kit de instrumental quirúrgico completo, a saber: pinzas, separadores, tijeras de disección, agujas de sutura, ganchos, especulo, sondas naso-gástricas.
Aserró su caja torácica y procedió a realizarse un by pass a corazón abierto. Los camarógrafos aprovecharon para trasmitir la intervención en vivo y en directo.
Una vez concluida su ardua labor, tomó una treinta y ocho y se descerrajó la tapa de los sesos.
De todos modos el campeonato fue definido por votos, siempre se cumple la voluntad de la mayoría.

miércoles, 13 de octubre de 2010

El juego de pelota en Ramtapur (Segunda parte)

Por Alejandro Dolina

INFORME 3

He sabido que algunos mercaderes acostumbran a instalar su pira funeraria en el mismo estadio de la Shanga para que sus cenizas se desparramen en ese foro y transmitan a los atletas amados fuerza, coraje y determinación. Para evitar que estos despojos vengan a beneficiar a la facción equivocada, cada equipo reserva para sus ceremonias fúnebres un sector del terreno, que los atletas pisan descalzos antes de cada justa.
Los filósofos, los mandarines y los hombres santos, especialmente los verdes, los naranjas y los del azul oscuro, se han alejado de la vidya y de los senderos de salvación y se han esforzado en construir unas falsas noblezas, hijas de la sacralización de los gestos más vulgares de la plebe.
La comprensión del universo, la conquista de la sabiduría, el dominio de nuestros impulsos indignos, son vistos en todas partes como desórdenes mentales. El amor ha sido reemplazado por una modesta lujuria en los días de victoria. Toda energía debe ser consagrada al deseo. Y el único deseo es la victoria en el juego.
Adivino el estupor de los doctores al advertir en Ramtapur pasiones tan occidentales. En Oriente, uno no es su deseo y la idea agonal del triunfo desinteresado es siempre un despropósito. Conjeturo que el juego y sus tribulaciones fueron introducidos por alguna caravana de viajeros occidentales.

Azules: el triunfo es nuestro glorioso pasado, nuestro inevitable futuro y nuestro ilusorio presente.



INFORME 4

El maleficio de la civilización occidental llegó a estas remotas alturas de un modo tardío e imperfecto, pero también inexorable. La radio y la televisión de Ramtapur son hospitalarias con las bagatelas internacionales. Sin embargo, casi todas las transmisiones están destinadas al juego de pelota y sus asuntos anexos. A lo largo de los años, los nombres de los ganadores, las fechas de sus victorias y aun las mínimas incidencias del juego han ido formando un gigantesco y superfluo corpus de nociones en cuyo dominio se ejercitan todos los gandules de Ramtapur.
Gentes piadosas que antaño memorizaban los interminables versos del Rig-Veda se afanan ahora en repetir el nombre de los autores de las más remotas anotaciones. Alrededor de esta vana erudición cunde la controversia. El homicidio no es el argumento menos común.
Escribo estas líneas sentado en el café Thâkur. De pronto, irrumpe una pandilla con la divisa naranja. Llevan la barba recortada según la última moda, hacen sonar unas grandes matracas y se abren paso a empujones. Cuando ven mi pañuelo azul, me escupen y tumban mi mesa.
Estos grupos salen a la calle a celebrar las victorias o lamentar las derrotas cometiendo robos, violaciones, saqueos y asesinatos. Todos los crímenes se cometen al son de unos instrumentos, mientras se cantan canciones como las que hemos glosado en el informe número uno.
Estos procedimientos dejan la ilusión de un rito, lo cual, para los habitantes de Ramtapur, es garantía de impunidad. Las fechorías rítmicas no son castigadas por la ley. Muchos sospechan que aprovechando este exotismo jurídico, las bandas de delincuentes se hacen pasar por fanáticos, pero yo no creo eso.



INFORME 5

Recién ahora comprendo la naturaleza de la fuerza principal que empuja a los adictos al juego de pelota. Es el odio. Un odio perfecto, no contaminado por los intereses, por el afán de lucro, por la lujuria negada o por la propiedad usurpada.
Este encono artificial, construido a lo largo de generaciones, es más intenso que cualquier otro. No necesita explicación. No admite reconciliaciones. Las gentes de Ramtapur, los ricos y los menesterosos, los brahmanes y los parias, van al estadio de la Shanga a odiar. Los pobres de espíritu, incapaces de cualquier energía pasional, sienten correr por su sangre una ira más grande que ellos mismos, un furor que los posee con majestad foránea.
Reducido a su simple apariencia, a su mera caligrafía burguesa, el juego es inocente y anodino. Sólo quienes lo comprenden de verdad pueden captar su magnitud heroica. Y para comprenderlo hay que odiar. Compadezco al mero inglés que se contenta con las emociones del crocket. El que ha oído el alarido sanguinario de la Shanga ya no puede regresar. Anoche, en el defectuoso lupanar de Ramtapur, un mercader, tal vez narcotizado con hierbas de las alturas, denigró a los azules con gritos de la mayor obscenidad. Abandoné unos brazos que me acariciaban en vano para constituirme ante el ofensor.
— El caballero puede arrastrarme por el cieno, si es su deseo, ya que no soy nadie. Pero la mínima afrenta a la divisa azul se lava sólo con sangre.
Lo maté con mis manos, lentamente.


Gloria al pabellón azul,
inmundicia de perro
sobre las otras banderas.


FIN

Este texto fue publicado en el libro Bar del infierno

martes, 12 de octubre de 2010

El juego de pelota en Ramtapur (por Alejandro Dolina)

Por Alejandro Dolina

Informes del profesor Richard Bancroft, corresponsal
de la Enciclopedia Británica.


INFORME 1

Más allá de los confines del Nepal, no lejos de Katmandú, la ciudad que fue un lago, fuera de los circuitos de las caravanas, al sur o quizás al este del río que se llama Arum, se alzan las pardas murallas de Ramtapur.
Allí, desde hace siglos, se practica un juego colectivo de pelota. Sus orígenes son imposibles de rastrear. Probablemente se trata de una costumbre muy anterior a los tiempos de Amshurvarma, el rey más célebre de la dinastía de los Takuris.
Los complicados reglamentos carecen de interés a los efectos de esta monografía. Basta decir que dos bandos de siete hombres cada uno se enfrentan para disputar la posesión de una pequeña bola de cuero o madera, la que finalmente debe ser depositada en un lugar predeterminado.
Los juegos se realizan en la Shanga, un antiguo estadio de piedra, cuyas amplias terrazas permiten la asistencia de casi todos los habitantes de la ciudad.
Los atletas que practican el juego de pelota son hombres admirados por su destreza y vigor. Se les rinden toda clase de homenajes y les está permitido permanecer sentados aun ante la presencia del Khan de Ramtapur.
Los equipos se distinguen por el color de su kaupina, un breve taparrabos que los cubre durante la contienda. Los principales son cuatro: el verde, el naranja, el azul y el azul oscuro.
Los habitantes de Ramtapur han venido desarrollando unas predilecciones personales que los conducen a asociar sensaciones de orgullo y plenitud con el triunfo de uno solo de los equipos y la derrota del resto. La orientación de estas preferencias no responde a razones previsibles, ni sus límites coinciden con los de las castas, las razas o los distritos.
Durante los primeros siglos de su práctica, el juego de pelota era solamente una diversión de los príncipes ociosos. Pero a partir de las Nuevas Reglas de la época de Prithvinarayan Shah, la población se fue interesando cada vez más en los resultados del juego hasta convertirlo en el punto central de la actividad de la región.
El viajero que llega a Ramtapur advierte inmediatamente que todas las personas se visten o se adornan con los colores de aquel equipo al que han hecho objeto de sus deseos de triunfo.
Las imágenes de los cultos de Narayana y Rudra son perturbadas muchas veces por pañuelos y banderas. Los hinduistas murmuran el nombre de sus atletas en interminables japas, cuyo propósito es, tal vez, lograr que los dioses influyan sobre el juego.
Los menos creyentes procuran ayudar ellos mismos al triunfo de su equipo concurriendo a la Shanga y adoptando una actitud de constante amenaza hacia quienes se les oponen. Para su mejor intelección, tales amenazas se profieren bajo la forma de cantos rítmicos cuyas normas de versificación todos conocen. Con gran dificultad he traducido algunos:


“Más fácil le será
al ínfimo intocable
ser dueño de un palacio
que a vosotros, atletas verdes,
salir hoy de la Shanga
vivos y triunfadores.”

“Un deseo hallará su tumba
en estas piedras.
Es el deseo verde:
el viento llevará noticias
de su menoscabada virilidad
hasta las chozas indignas
en las que moran.”

“Observen, observen, observen
esa muchedumbre de hombres ineptos
muy pronto, al egresar de este recinto,
invadiremos sus cuerpos
del modo más humillante.”

“Verde, verde, verde
intolerancia, intolerancia, intolerancia.”



INFORME 2

Me permito recordar en esta página que en Bizancio las carreras de carros entusiasmaban a las multitudes con la misma desmesura. Los azules eran los carros de los partidarios del emperador. Los verdes pertenecían a la oposición. Se decía que eran, además, monofisitas, es decir que negaban la naturaleza humana de Cristo. El emperador Justiniano protegía a los azules, pero la emperatriz Teodora era verde. En enero del 532, después de grandes disturbios y saqueos, verdes y azules se unieron en una revuelta que hizo temblar al imperio.
En Ramtapur, los asuntos políticos no tienen suficiente dimensión como para vincularse con el juego.
La población consiente la injusticia y soporta la pobreza, siempre que no se perturben sus peculiares anhelos de gloria.
La idea del honor entre los habitantes de Ramtapur es absolutamente desaforada. Toda ofensa es irreparable y casi cualquier cosa es una ofensa. Podría decirse que las cuestiones de honor están relacionadas con la idea que un hombre tiene de sí mismo. En Ramtapur, todos son capaces de admitir su condición limitada, salvo cuando consideran su simpatía por uno de los equipos del Juego. En ese caso, sus personas son de un valor infinito y los agravios que se les infieren, mortales.
Tomar en vano el nombre de un atleta es arriesgarse a ser asesinado por sus partidarios. Los objetos relacionados con cada equipo son sagrados y su profanación se paga con la vida.
Estas cuestiones dividen a las familias y colocan muchas veces al hijo contra el padre, al hermano contra el hermano y al amigo contra el amigo.
Casi todas las noches aparecen cadáveres de personas que han ofendido la dignidad de algún color. Esta clase de muerte ocupa el segundo lugar entre las más frecuentes de Ramtapur, después del aplastamiento por aludes de nieve. Las autoridades locales casi nunca intervienen y las instancias superiores son imperceptibles a causa de las distancias y las dudas jurisdiccionales.
Los artistas han abandonado para siempre los temas tradicionales. Los talladores de maderas ya no se demoran en las arduas escenas de la lucha entre los Pandava y los Káurava. Los modeladores de arcilla dejaron de amasar las pintorescas estatuas del dios mono Hánumat. Todos ellos prefieren las figuras de los atletas, casi siempre como avatares heréticos de Visnu.
Los pintores budistas de la ciudad se complacen en representar a los jugadores de pelota con centenares de brazos y numerosas cabezas y ojos, a la manera de Avalokitésvara. Los narradores de historias desprecian a los demonios, las princesas y los dragones de las literaturas clásicas para referir las hazañas de Bahadur Mukerji o de El gran Birendra, aunque tengo para mí que el mejor de todos ha sido Narasimha, el mago de los azules.



Continuará...

martes, 5 de octubre de 2010

El ciego (por Ricardo Rowies)

Por Ricardo Rowies

Se puede decir que desde que aprendimos a caminar, con Luisito, jugábamos en su casa o en la mía. Después en la vereda, con los otros pibes del barrio. A él y a mí nos gustaba el fútbol, si fuese por nosotros, no dejaríamos de patear la pelota en todo el día, era una locura que teníamos. A veces aceptábamos otro juego, pero un rato nomás.
En mi casa eran todos hinchas de boca, y tanto hicieron para que yo también fuera, que al final le tomé bronca. En cambio Luisito aceptó enseguida y se hizo hincha de Racing como su papá. Como el barrio tiraba mucho y veíamos como la hinchada se juntaba en la esquina, preparaba las banderas, los papelitos, cantaban, nos conmovía, por eso me hice de Banfield y él no lo decía pero también tenía su corazoncito en el taladro.
Íbamos a la escuela de mañana, al salir, corríamos desesperados para llegar a casa, comer algo y a la calle, a patear con la de goma. Era una pelota chica, comparada con la número cinco, de color ladrillo con rayas blancas, “picaba” mucho, pero era ideal para el tamaño de nuestros pies, la podíamos pisar y hacer jueguitos, aunque si uno pateaba muy fuerte se pinchaba de nada contra cualquier punta. Igual teníamos una pelota hecha con medias viejas, la que poniendo una adentro de otra se hacía un bollo y la última se cosía para que no se abriera. Pero no era lo mismo, la de goma rebotaba y podíamos hacer “pared” contra el cordón de la vereda, además se podía jugar al “cabeza cabeza vale dos”. Era otra cosa.
A los siete años, nunca supimos bien cómo ni de qué, Luisito se enfermó y perdió la vista por completo. Estuvo varios meses sin venir a la escuela ni a mi casa y el día de cumpleaños, le llevé un regalito a su casa, pero la mamá no me dejó entrar a verlo, me dio las gracias y me dijo que pronto iba a estar bien.
Al principio no lo dejaban salir, y el único que podía visitarlo era yo, la madre no permitía que otro chico entrara. Era difícil para mí, porque no sabía a que jugar. Cuando jugábamos a los dados, el los tiraba y yo le decía que había sacado, hasta que me dijo que no hacía falta que le dijera, el los tocaba y sabía, eso sobre todo cuando perdía, porque tenía miedo de que yo le hiciera trampa. También jugamos a las piedritas, aunque era muy aburrido. Lo que más nos gustaba era que yo lea algún cuento porque imaginábamos situaciones a partir de lo que les ocurría a los personajes, pero también nos cansamos.
Una tarde, Luisito estaba impaciente, ansioso, y ni bien entré a su casa me invitó al fondo, lo seguí porque iba como una flecha y allí en el jardín me dice, “jugamos a la pelota” y sacó de adentro de una maceta una de cuero número cinco.

El fondo de la casa era un jardín con el piso de tierra y pasto raleado, de un lado la pared medianera estaba sin revoque, y del otro había una enredadera que la tapaba. Tendría un poco más de ocho metros de ancho, que era el total del terreno y unos cinco metros hasta el patio.
Contra la pared de ladrillo puso macetas a dos metros una de la otra y me dijo “este es mi arco, vos me pateas penales”
Al principio me dio como vergüenza, puse la pelota y le pateaba a las manos, el atajaba la pelota y la tiraba con el pié. Después de un rato de estar jugando y ver su tremendo entusiasmo, cambiamos la forma de jugar. Luisito desafiándome dice, “sabés que yo te veo, vos movete que te la paso”, y efectivamente cuando me corría el pateaba para mi lado.
¿Como hacés? -
Te escucho y se adonde estás, igual con la pelota. Mi papá me dijo que va a traer una para ciegos, pero no hace falta esta la escucho rebien. -
Luisito empezó a venir a la escuela otra vez y por pedido de la mamá nos sentamos juntos, en esos bancos de madera para dos. En los recreos siempre jugábamos a la pelota con bollos de papel, aunque las maestras en general molestaban porque no querían que corramos, así que lo hacíamos caminando rápido, pero Luisito, esta vez, al sonar la campana, sacó de su bolso una pelota de trapo, hecha con medias como hacíamos en el barrio, pero esta tenía adentro un sonajero. Salimos corriendo del aula y armamos dos equipos, él era nuestro arquero y yo, para estar cerca, el defensor.
Cada vez atajaba mejor, y cuando jugábamos en su casa me costaba hacerle un gol. Su entusiasmo fue creciendo y llegó un día en el que se atrevió a invitarme a jugar a la calle.
Nadie quería tener de arquero un ciego, así que fue difícil conseguir compañeros que quieran jugar con nosotros, pero al final, se decidió con la pisada.
Luisito al arco, el negro y yo en defensa, el tano y el gallego al medio y Alfredito delantero.
“Gana queda, y el campeonato de la calle estaba armado. El gol vale pasando el medio y no vale arquero volante”.
La calle que hacía las veces de cancha, era de asfalto, estaba construida con cuadrados grandes de cemento y selladas con juntas de brea, de modo que dos cuadrados hacían el ancho de la calle, de cordón a cordón y esa era el área, tres cuadrados eran el medio y luego el otro área. En cada extremo se colocaban dos piedras a una distancia de dos metros una de la otra que hacían de arco, igual al que tenía Luisito en su casa.
Algunas cosas habíamos hablado antes de jugar, por ejemplo yo le iba a gritar derecha o izquierda para que sepa a dónde iba a patear el contrario, pero en el juego todo lo pensado fue en vano, porque la rapidez no me permitía avisar a tiempo, además eran más las veces que él adivinaba
adónde iba la pelota.
Recuerdo ese primer partido, porque fue un desafío y marcó el principio de lo que después fueron cargadas y dejaron, más de una vez, en claro que son más los prejuicios que las verdaderas dificultades que tienen los que sufren alguna disminución física.
Una vez elegidos los equipos, los contrarios se reían y nos cargaban, y aunque no se atrevían a hacerlo hablando, para que el ciego no escuche, con gestos y sorna empezamos a jugar.
El primer gol lo hicimos nosotros, y el reproche de sus compañeros al arquero, fue en broma, “sos ciego che”
Los que quedaron afuera, se reían tanto, que colaboraron a enrarecer el clima.
El partido se empezó a calentar porque nosotros íbamos ganando tres a cero con el ciego que se había atajado algunas pelotas y las consiguientes cargadas, a quienes le patearon, “sos horrible el ciego te la atajó, jajajaj” y cada vez que Luisito atrapaba la pelota era una mar de cargadas y risas, que empezaron a no gustar.
Uno de los pibes, Claudio, de bronca le pegó de “puntín” a la pelota, la que dio en plena cara del ciego, que no llegó a poner las manos. Quedé asustado mirándolo, después de unos segundos, gritó, “¡sacó el arqueroooo!”
El partido lo terminamos ganado, gracias a los mismos nervios que tenían los contrarios de no poder hacerle un gol al ciego, como el partido era a seis, cuando Alfredito hizo el sexto, Luisito saltó de la alegría, estaba que no entraba adentro de él mismo, y contaba a cada rato como había sido cada pelota que había atajado, ni que hablar que lo contó en su casa, en el colegio, y en todas partes en que pudo.
Los partidos los ganamos y perdimos de igual manera, y nadie se fijaba en el arquero, era uno más.
Ese año repetimos los dos, y aunque parezca raro, lejos de estar tristes, pensábamos en la suerte de poder seguir juntos, aunque tuvimos que soportar el mote de burros en todo el barrio.
Luisito desarrolló varias cualidades, las que considero que son comunes a todos los ciegos. Éstas son el oído y el sentido de tiempo y espacio, mucho mejor que los demás. También la atención, es decir el nivel de concentración que tenía para escuchar cuando otro le hablaba o le leía, a tal punto que si la maestra daba una explicación era capaz de repetirla exactamente con las mismas palabras, lo que hacía que casi no tuviese que estudiar y yo que pudiera pavear tranquilo en clase.
También desarrolló otras cualidades, una viveza y una picardía de la que pocos eran capaces, y del que fui víctima y beneficiario según el caso, pero hicieron que nos divirtieramos muchísimo.

Así fuimos creciendo, como hermanos, terminamos la primaria y fuimos a la secundaria del estado, en donde no querían tomarlo porque hay escuelas para ciegos, pero al final con la incansable gestión de su mamá, pudo hacerla a mi lado.
El rector del colegio era un militar retirado, que por un accidente automovilístico, no podía casi caminar y lo hacía a duras penas apoyándose en un bastón. Estaba entonces conversando con varios alumnos en el pasillo que da a las aulas y para ello se apoyó en la pared dejando a un costado el bastón, el ciego se acercó, me preguntó sobre la posición y se arrimó como interesándose por la conversación, luego esperó el momento oportuno y dejando su bastón blanco, se fue caminando con el otro, de modo que cuando el rector quiso retomar su marcha se encontró que no podía, gritando por el ciego para que le devuelva el bastón. Nos reímos muchísimo.
También me preguntaba cual chica era linda, o cual tenía grandes pechos, pera luego tocarla haciendo que adivinaba su nombre.
Una vez subimos al colectivo, un tipo se levantó para darle el asiento, el se arrimó y en voz baja le dijo: “siéntese, soy ciego, no paralítico” y se fue para el fondo.
Le encantaba llamar la atención y cuando podía hacía buenos líos, sobre todo si sacábamos rédito del mismo.
Recuerdo, ya más grandes, cuando una vez fuimos a comer a un restaurante muy lujoso en el centro y éste tenía doble puerta de vidrio, al avisarle me dijo que saliera y lo dejara entrar solo, que cuando sienta escándalo aparezca. Antes de entrar se puso unos lentes negros que estaban rotos, abrió la primera puerta y cuando llegó a la segunda, hizo como que se la llevaba por delante, para que el ruido fuese peor le pegó una buena patada, y se agarraba la cabeza, mientras insultaba a todos. Los mozos trataban de atenderlo, entré y el dueño o el jefe me indicó que lo habían llevado al baño. Al salir Luis amenazaba al tipo diciéndole que iba a denunciar al lugar por discriminación, ya que no contaba con un aviso para ciegos de la doble puerta. Además le reclamaba el pago de un par de anteojos. El resultado fue que comimos lo que quisimos y gratis, con los mejores postres. Cuando nos fuimos el tipo nos pidió perdón.
Como hincha de Banfield, me gustaba ir los Domingos a la cancha y vivir toda la previa con la hinchada, preparar las banderas, los papeles, los bombos, e ir con toda la alegría de ver al equipo.
Cuando volvía, Luisito que lo escuchaba por la radio, aunque era hincha de Racing, tenía como otro amor en Banfield, me comentaba con alegría o tristeza el resultado.
Una tarde de Domingo, me dice, “voy a la cancha con vos”, lo que no me pareció raro, ya que siempre andábamos por todos lados. A los muchachos de la hinchada les resultó gracioso verlo aparecer, pero como era conocido en el barrio, hubo las bromas de siempre, y después de los preparativos salimos para el Florencio Sola.
Resultó muy gracioso ver como se fue transformando, primero empezó a cantar tímidamente, caminando a mi lado y con su bastón blanco para no tropezar con otro. Al rato, ya cantaba a los gritos, para después guardar el bastón en el bolsillo y gritar saltando y moviendo los brazos como si fuese una comparsa de carnaval. Antes de entrar le pidió a uno de los pibes que le preste el gorro del taladro y me pidió que lo llevase cerca de un arco, ahí en un costado, sacó su radio a pilas y se acomodó contra el alambrado.
Estaba eufórico, cantaba con la hinchada, gritaba los uuuuh, e insultaba al árbitro cuando cobraba en contra. A los treinta y tres minutos del segundo tiempo un zapatazo del Gatito Leeb y
Gooooooooool, Goooooooool, Gooooooool carajo, Goool .-
¡Viste que golazo! -
¡Como no lo voy a ver, te crees que soy ciego!

martes, 28 de septiembre de 2010

Juan Polti, half-back (por Horacio Quiroga)

Por Horacio Quiroga

Cuando un muchacho llega, por a o b, y sin previo entrenamiento, a gustar de ese fuerte alcohol de varones que es la gloria, pierde la cabeza irremisiblemente. Es un paraíso demasiado artificial para su joven corazón. A veces pierde algo más, que después se encuentra en la lista de defunciones.
Tal es el caso de Juan Polti, half-back de Nacional. Como entrenamiento en el juego, el muchacho lo tenía a conciencia. Tenía, además, una cabeza muy dura, y ponía el cuerpo rígido como un taco al saltar; por lo cual jugaba al billar con la pelota, lanzándola de corrida hasta el mismo gol.
Polti tenía veinte años, y había pisado la cancha a los quince, en un ignorado Club de quinta categoría. Pero alguien de Nacional lo vio cabeceador, comunicándolo en seguida a su gente. Nacional lo contrató, y Polti fue feliz.
Al muchacho le sobraba, naturalmente, fuego, y este brusco salto en la senda de la gloria lo hizo girar sobre sí mismo como un torbellino. Llegar desde una portería de juzgado a un ministerio, es cosa que razonablemente, puede marear; pero dormirse forward de un Club desconocido y despertar de half-back de Nacional, toca en lo delirante. Polti deliraba, pateaba, y aprendía frases de efecto:
-Yo, señor presidente, quiero honrar el baldón que me han confiado...
El quería decir blasón, pero lo mismo daba, dado que el muchacho valía en la cancha lo que una o dos docenas de profesores en sus respectivas cátedras.
Sabía apenas escribir, y se le consiguió un empleo de archivista con cincuenta pesos oro. Dragoneaba furtivamente con mayor o menor lujo de palabras rebuscadas, y adquirió una novia en forma, con madre, hermanas y una casa que él visitaba.
La gloria lo circundaba como un halo. "El día que no me encuentre más en forma", decía, "me pego un tiro".
Una cabeza que piensa poco, y se usa, en cambio, como suela de taco de billar para recibir y contralanzar una pelota de football que llega como una bala, puede convertirse en un caracol sonante, donde el tronar de los aplausos repercute más de lo debido. Hay pequeñas roturas, pequeñas congestiones, y el resto. El half-back cabeceaba toda una tarde de internacional. Sus cabezazos eran tan eficaces como las patadas del team entero. Tenía tres pies: esta era su ventaja.
Pues bien: un día, Polti comenzó a decaer. Nada muy sensible; pero la pelota partía demasiado hacia la derecha o demasiado hacia la izquierda; o demasiado alto, o tomaba demasiado efecto. Cosas estas que no engañaban a nadie sobre la decadencia del gran half-back. Sólo él se engañaba, y no era tarea amable hacérselo notar.
Corrió un año más, y la comisión se decidió al fin a reemplazarlo. Medida dura, si las hay, y que un club mastica meses enteros, porque es algo que llega al corazón de un muchacho que durante cuatro años ha sido la gloria de field.
Cómo lo supo Polti antes de serle comunicado, o cómo lo previó -lo que es más posible-, son cosas que ignoramos. Pero lo cierto es que una noche el half-back salió contento de casa de su novia, porque había logrado convencer a todos de que debía casarse el 3 del mes entrante, y no otro día. El 3 cumplía años ella. Y se acabó.
Así fueron informados los muchachos esa misma noche en el club, por donde pasó Polti hacia medianoche. Estuvo alegre y decidor como siempre. Estuvo un cuarto de hora, y después de confrontar, reloj en mano, la hora del último tranvía a la Unión, salió.
Esto es lo que se sabe de esa noche. Pero esa madrugada fue hallado el cuerpo del half-back acostado en la cancha, con el lado izquierdo del saco un poco levantado, y la mano derecha oculta bajo el saco.
En la mano izquierda apretaba un papel, donde se leía:
"Querido doctor y presidente: le recomiendo a mi vieja y a mi novia. Usted sabe, mi querido doctor, por qué hago esto. ¡Viva el club Nacional!"
Y más abajo estos versos:
Que siempre esté adelante
El club para nosotros anhelo
Yo doy mi sangre por todos mis compañeros,
Ahora y siempre el club gigante
¡Viva el club Nacional!
El entierro del half-back Juan Polti no tuvo, como acompañamiento de consternación, sino dos precedentes en Montevideo. Porque lo que llevaban a pulso por espacio de una legua era el cadáver de una criatura fulminada por la gloria, para resistir la cual es menester haber sufrido mucho tras su conquista. Nada, menos que la gloria, es gratuito. Y si la obtiene así, se paga fatalmente con el ridículo, o con un revólver sobre el corazón.


Este cuento se basa en la historia de Abdón Porte. Fué jugador de Nacional desde 1911 e integró la Selección Uruguaya que ganó el primer campeonato Sudamericano en 1917. Al poco tiempo de ser protagonista de dicho acontecimiento, el Montevideo de entonces se sobresaltó con una noticia imprevista, cuyas ondas han llegado hasta hoy: en el centro del Parque Central, en la mañana del 5 de Marzo de 1918, se descerrajó un tiro. Los amigos asociaron su muerte a una ciega pasión por Nacional. Presintiendo su declinación habría decidido eliminarse, lo que es coherente con las líneas que dejara: solicitó que sus restos fueran sepultados donde descansaban los hermanos Bolívar y Carlos Céspedes (ex jugadores fallecidos por enfermedad), en el Cementerio de la Teja.
Fue publicado por primera vez en la revista Atlántida, Buenos Aires, mayo de 1918

Este texto fue extraído del sitio web Taringa!
Link a la fuente: http://www.taringa.net/posts/arte/812402/Juan-Polti,-half-back---Horacio-Quiroga-%28cuento%29.html

martes, 21 de septiembre de 2010

Nada más que un gol (por Gustavo Araujo)

Por Gustavo Araujo

Pase Bertotti, póngase cómodo, siéntese donde le parezca. ¿Quiere tomar algo?, ¿agua?, ¿café?, ¿una gaseosa? Bien. Ana, si, por favor, le trae una gaseosa al señor Bertotti. Si, a la oficina, la que uso para las reuniones de personal, gracias. ¿Quiere fumar? No me molesta, hace años que lo dejé pero no soy de los fundamentalistas antitabaco. Si a usted le viene bien préndase uno, me imagino que no debe ser muy agradable su situación. Como le decía ayer, estuve revisando los números de este año del suplemento, más bien los del último cuatrimestre y aunque no son malos deberían ser otra cosa, esperaba algo más de usted, dado los medios con cuenta. El porcentaje de inversión publicitaria se le vino abajo mi viejo, y así se nos cae la estantería. ¡Ah! Ana, pase, y por favor tráigame una a mi, dietética, y de paso me alcanza la carpeta azul que está sobre mi escritorio, gracias. ¿Le gusta mi camisa?, gracias Ana, usted siempre en los detalles, es un regalo de mi mujer. No se demore. Como le decía Bertotti, no me gustan los números del suplemento. No me parece tampoco la línea que está llevando, ¿lo habló con el jefe de redacción? No se muy bien cómo, pero veo que usted se corta solo, muy de jugador comilón, si me permite la analogía. El suplemento es parte de un trabajo en conjunto que, compromiso y habilidad mediante, nos va a llevar al objetivo. Como hacer un gol Bertotti, algunos son producto de la carambola pero la mayoría responden a un esquema de trabajo, de esfuerzo compartido. Si el nueve la mete, es porque todos los demás se la acercaron, la defendieron, la sudaron para que él se luzca. Si me entiende se dará cuenta que usted forma parte de un grupo Bertotti, un grupo que debe funcionar coordinadamente para que se luzca mi empresa, es decir yo. Pase Ana, gracias. Hermoso su vestido, una delicadeza de su parte alegrar la vista en esta oficina. De nada Ana, luego la llamo. Como le decía Bertotti, la vida es así, qué bien le queda el vestido a mi secretaria ¿no le parece? Un detalle de buen gusto esa mujer, voy a tener que pedirle el número del celular. Bien, sigamos, estábamos con lo del fútbol, aquí tiene un cenicero, no me llene la alfombra de cenizas. El suplemento tiene que ser una pata más de la revista Bertotti. Yo sé que lo contratamos para otra cosa, que usted está para más, que tiene antecedentes de trabajos más elaborados, pero la globalización es así, hay que estar preparados para todo, como un jugador todoterreno, porque quién sabe, en cualquier momento se manda un gol de media cancha. Aguántese la bronca Bertotti, úsela positivamente, yo sé que usted puede. Aunque haya estudiado Ciencias de la Comunicación en la UCA, un esfuerzo comunitario por el equipo no le va a venir mal a su currículum. Piense Bertotti, piense, es lo que mejor sabe hacer, piense en cómo se sentía cuando le decía a sus amigos de la infancia que le tiraran la pelota para que hiciera un gol, ahí justo debajo de los palos. Ellos corrían y usted se llevaba la gloria. ¿Le sorprende que sepa eso? Yo leo Bertotti, leo, investigo, pregunto, miro los blogs de mis empleados y me entero, no en vano tengo una editorial llena de gente con veleidades de escritores. Todos tienen algo para contar y usted tiene mucho, le dedica mucho, creo que hasta más que al suplemento y me parece que la está embarrando Bertotti. Usted tiene hijos, dos esposas, perdón una ya es ex, dos casas. Debería ser más cuidadoso. El mercado laboral está incierto, jodido. Ni hablar de la cantidad de pendejos que están estudiando en las carreras de periodismo








Bertotti, cualquiera se mataría por su lugar, hay muchos en el banco de suplentes esperando que se lesione o baje el nivel para morderle los talones, igual que en el equipo del barrio. Ya sabe Bertotti, ya lo dijo un gran pensador, no hay que escupir para arriba si no tenés el paraguas abierto. Cuántos dejaron su lugar en un equipo y no volvieron a jugar más, los retiraron sin aviso. Piense que cuando renunció en Méjico para venir aquí lo hizo por sus hijos. Yo sé que lo llamé y le ofrecí otra cosa, pero al fin y al cabo gracias a mi vos estás con tus hijos, deberías ser más agradecido, ¿te puedo tutear no? En serio Bertotti, mirá, yo soy el DT y vos querés jugar en primera, pero te tenés que ganar un lugar, yo te traje como estrella, pero viste, la vida tiene sus cosas y uno toma decisiones. Me parece que te falta, que no sabés como son las cosas aquí. Esto es una guerra, como vos contabas en el blog, cuando en la canchita de los bomberos se mataban a patadas con los de Constitución, ahí en la costa. Lindos recuerdos, una porquería la canchita, un frío de morirse, el viento de mearse en la nuca y el viejo García puteando ¡pendejos de mierda! ¡corran maricones! ¿tienen frío? Imaginate Bertotti, vos corrías y te tirabas de cabeza y el viejo te mandaba con flores, siempre te alentaba ¿te acordás del gol que le hiciste a la sexta de Quilmes? ¿el de palomita a lo Pedro Poy? Cómo lo gritaba García, rosarino y de Central el muy hijo de puta, no teníamos ni idea quien era Aldo Pedro Poy, pero el viejo siempre hablaba del puto gol que le había hecho a los Neweld`s. ¿Te acordás flaco?, si, seguro, como que no, mirá que te vas a olvidar de que ese día los de Quilmes no tenían arquero y García me puso a atajar para ellos. ¡Qué cara flaco!, ¿no te acordás del gordito Anselmi? Y bueno, te entiendo, si nunca supiste mi nombre, yo estaba siempre en el banco, el Gordo boludo que se caía, que se bancaba las cargadas, que te pagaba la Coca, y vos ni mi nombre. Por lo menos yo me sé el tuyo, flaco, tengo esa delicadeza, hasta me acuerdo del gol que me hiciste. El forro de García habló toda la semana de mí, aunque sea para reírse. No te hagás problema Bertotti, no soy rencoroso, no más de lo necesario, un tiempo más y me olvido. El suplemento de Hogar y Jardines no es tan malo, pensá en tus hijos. Deciles que el suplemento seguro será un golazo, si querés de palomita, como el que me hiciste ese día en la canchita de los bomberos en la costa de Mar del Plata.

martes, 14 de septiembre de 2010

Vuelo (por Nolberto Malacalza)

Por Nolberto Malacalza


A veces, cuando ya no sabe qué música escuchar, cuando ya ha tocado por cuarta o quinta vez los trofeos, cuando con las dos manos puestas sobre ese reconfortante frío del metal los ha tocado, de ida y de regreso por el anaquel, sólo a veces, le vuelve el recuerdo de aquella atajada memorable, aquella estirada de palo a palo que arrancaría el estallido en la tribuna. El centro pasado viniendo por la izquierda, él preparado para el inevitable mano a mano con el diez, pero la pelota daría en un defensor y se iría camino de la red junto al otro palo. Entonces el salto, la contorsión increíble de su cuerpo adolescente, el vuelo triunfal para desviar con la punta de los dedos ese aerolito que hubiese colisionado con la Tierra, artífice él de esa atajada que sería única y que terminaría por persuadir a los que vinieron de Italia para llevárselo a la Juventus, nada menos que a la Juve.
Mientras recrea el vuelo, le llegan imágenes tan ricas que casi las podría tocar, con la punta de esos dedos mágicos las podría tocar. En pleno salto sabe que llegará para desviar esa pelota al corner, a sus pies la tribuna del estadio mundialista hecha un caldero hirviente; ve, al pasar, las banderas de su equipo, la de cincuenta metros de largo y también la otra que dice “Germán no te vayas, la Argentina te necesita”. Le llega la voz de los relatores de la radio y de la televisión vociferando adjetivos inventados para él, se le ha concedido ver todo desde la altura que sólo da la gloria, escuchar todo desde la eternidad de un recorrido sin tiempo. Vuela pensando en la conferencia de prensa, rodeado de micrófonos; quizá la falta de costumbre de estar ante tantas cámaras y flashes lo haría pestañear al principio, ya sospechaban los especialistas que alguna vez deslumbraría a todos con una genialidad, y allí estaba ese vuelo que la gente esperaba de él, campeón juvenil sub - diecisiete, artífice del título con ese penal atajado al goleador extranjero, ahora defendiendo en primera los tres palos del club que lo vio nacer, con alas de campeón volando hacia el poste derecho, la pelota desviada por sus dedos y rozando por fuera ese palo que era su objetivo y su cielo, y que fue sin embargo el sol que derretiría la cera de sus alas, poste que se hizo noche sin regreso, oscuridad que sólo le permite dibujar con sus dedos los trofeos, negrura que le deja nada más que presentir la ventana de ese octavo piso a través de una claridad difusa.
En la franja central de sombra que dibuja el marco, intuye y encuentra el aro de metal que tiene un frío diferente al de los trofeos, quizá porque está pintado de blanco, o al menos antes lo estaba. Lo gira, empuja hacia afuera las dos hojas y se abandona a la claridad desnuda, a la claridad que lo llama por su nombre, a la luz que lo acaricia que lo envuelve que lo chupa como lo hace un imán con una frágil viruta de acero.


Soy farmacéutico jubilado, hincha de Independiente (como Eduardo Sacheri, un tipazo). Tengo 77 años, pero no se asusten: estoy para otro tanto. Casi no toco el tema del fútbol en mis cuentos. Con este texto corto gané un certamen nacional.
Escribo con alguna continuidad desde hace 10 u 11 años. Intervine en los Torneos Abuelos Bonaerenses 1999 y tuve la suerte de ganar el 1er.premio (fue en poesía) que significó un viaje a Cancún, con mi esposa. Eso me empujó a escribir con continuidad. Me nutrí de buenos talleres literarios de cuento y de poesía. Entre las dos modalidades tengo un centenar de premios provinciales, nacionales e internacionales. El más significativo de estos últimos fue el Premio Platero 2008, del Club del Libro en Español de las Naciones Unidas, Ginebra, Suiza, entre escritores de 17 países.

martes, 7 de septiembre de 2010

El reino mágico (por Eduardo Galeano)

Antes de que el mundial de fútbol se deje perder allá lejos en la línea del horizonte, queremos publicar ésta columna de Galeano, que fue enviada a "Gambeteando..." por Elda Senergues.
Aprovechamos para agradecerle por el aporte. Que la disfruten.


Por Eduardo Galeano

Pacho Maturana, colombiano, hombre de vasta experiencia en estas lides, dice que el futbol es un reino mágico donde todo puede ocurrir.
El Mundial reciente ha confirmado sus palabras: fue un Mundial insólito.
• Insólitos fueron los 10 estadios donde se jugó, hermosos, inmensos, que costaron un dineral. No se sabe cómo hará Sudáfrica para mantener en actividad esos gigantes de cemento, multimillonario derroche fácil de explicar pero difícil de justificar, en uno de los países más injustos del mundo.
• Insólita fue la pelota de Adidas, enjabonada, medio loca, que huía de las manos y desobedecía a los pies. La tal Jabulani fue impuesta, aunque a los jugadores no les gustaba ni un poquito. Desde su castillo de Zurich, los amos del futbol imponen, no proponen. Tienen costumbre.
• Insólito fue que por fin la todopoderosa burocracia de la FIFA reconociera, al menos, al cabo de tantos años, que habría que estudiar la manera de ayudar a los árbitros en las jugadas decisivas. No es mucho, pero algo es algo. Ya era hora. Hasta estos sordos de voluntaria sordera tuvieron que escuchar los clamores desatados por los errores de algunos árbitros, que en el último partido llegaron a ser horrores. ¿Por qué tenemos que ver en las pantallas de televisión lo que los árbitros no vieron y quizá no pudieron ver? Clamores de sentido común: casi todos los deportes, el basquetbol, el tenis, el beisbol y hasta la esgrima y las carreras de autos, utilizan normalmente la tecnología moderna para salir de dudas. El futbol, no. Los árbitros están autorizados a consultar una antigua invención llamada reloj para medir la duración de los partidos y el tiempo a descontar, pero de ahí está prohibido pasar. Y la justificación oficial resultaría cómica, si no fuera simplemente sospechosa: el error forma parte del juego, dicen, y nos dejan boquiabiertos descubriendo que errare humanum est.
• Insólito fue que el primer Mundial africano en toda la historia del futbol quedara sin países africanos, incluyendo al anfitrión, en las primeras etapas. Sólo Ghana sobrevivió, hasta que su selección fue derrotada por Uruguay en el partido más emocionante de todo el torneo.
• Insólito fue que la mayoría de las selecciones africanas mantuvieran viva su agilidad, pero perdieran desparpajo y fantasía. Mucho corrieron, pero poco bailaron. Hay quienes creen que los directores técnicos de las selecciones, casi todos europeos, contribuyeron a este enfriamiento. Si así fuera, flaco favor han hecho a un futbol que tanta alegría prometía. África sacrificó sus virtudes en nombre de la eficacia, y la eficacia brilló por su ausencia.
• Insólito fue que algunos jugadores africanos pudieran lucirse, ellos sí, pero en las selecciones europeas. Cuando Ghana jugó contra Alemania se enfrentaron dos hermanos negros, los hermanos Boateng: uno llevaba la camiseta de Ghana y el otro la de Alemania.
De los jugadores de la selección de Ghana, ninguno jugaba en el campeonato local de Ghana.
De los jugadores de la selección de Alemania, todos jugaban en el campeonato local de Alemania.
Como América Latina, África exporta mano de obra y pie de obra.
• Insólita fue la mejor atajada del torneo. No fue obra de un golero, sino de un goleador. El atacante uruguayo Luis Suárez detuvo con las dos manos, en la línea del gol, una pelota que hubiera dejado a su país fuera de la Copa. Y gracias a ese acto de patriótica locura, él fue expulsado, pero Uruguay no.
• Insólito fue el viaje de Uruguay, desde los abajos hasta los arribas. Nuestro país, que había entrado al Mundial en el último lugar, a duras penas, tras una difícil clasificación, jugó dignamente, sin rendirse nunca, y llegó a ser uno de los mejores. Algunos cardiólogos nos advirtieron, desde la prensa, que el exceso de felicidad puede ser peligroso para la salud. Numerosos uruguayos, que parecíamos condenados a morir de aburrimiento, celebramos ese riesgo, y las calles del país fueron una fiesta. Al fin y al cabo el derecho a festejar los méritos propios es siempre preferible al placer que algunos sienten por la desgracia ajena.
Terminamos ocupando el cuarto puesto, que no está tan mal para el único país que pudo evitar que este Mundial terminara siendo nada más que una Eurocopa. Y no fue casual que Diego Forlán fuera elegido mejor jugador del torneo.
• Insólito fue que el campeón y el subcampeón del Mundial anterior volvieron a casa sin abrir las maletas.
En el año 2006, Italia y Francia se habían encontrado en el partido final. Ahora se encontraron en la puerta de salida del aeropuerto. En Italia, se multiplicaron las voces críticas de un futbol jugado para impedir que el rival juegue. En Francia, el desastre provocó una crisis política y encendió las furias racistas, porque habían sido negros casi todos los jugadores que cantaron la Marsellesa en Sudáfrica.
Otros favoritos, como Inglaterra, tampoco duraron mucho. Brasil y Argentina sufrieron crueles baños de humildad. Medio siglo antes, la selección argentina había recibido una lluvia de monedas cuando regresó de un Mundial desastroso, pero esta vez fue bienvenida por una abrazadora multitud que cree en cosas más importantes que el éxito o el fracaso.
• Insólito fue que faltaran a la cita las superestrellas más anunciadas y más esperadas. Lionel Messi quiso estar, hizo lo que pudo, y algo se vio. Y dicen que Cristiano Ronaldo estuvo, pero nadie lo vio: quizás estaba demasiado ocupado en verse.
• Insólito fue que una nueva estrella, inesperada, surgiera de la profundidad de los mares y se elevara a lo más alto del firmamento futbolero. Es un pulpo que vive en un acuario de Alemania, desde donde formula sus profecías. Se llama Paul, pero bien podría llamarse Pulpodamus.
Antes de cada partido del Mundial, le daban a elegir entre los mejillones que llevaban las banderas de los dos rivales. Él comía los mejillones del vencedor, y no se equivocaba.
El oráculo octópodo influyó decisivamente sobre las apuestas, fue escuchado en el mundo entero con religiosa reverencia, fue odiado y amado, y hasta calumniado por algunos resentidos como yo, que llegamos a sospechar, sin pruebas, que el pulpo era un corrupto.
• Insólito fue que al fin del torneo se hiciera justicia, lo que no es frecuente en el futbol ni en la vida.
España conquistó, por primera vez, el campeonato mundial de futbol.
Casi un siglo esperando.
El pulpo lo había anunciado, y España desmintió mis sospechas: ganó en buena ley, fue el mejor equipo del torneo, por obra y gracia de su futbol solidario, uno para todos, todos para uno, y también por las asombrosas habilidades de ese pequeño mago llamado Andrés Iniesta.
Él prueba que a veces, en el reino mágico del futbol, la justicia existe.
* * *
Cuando el Mundial comenzó, en la puerta de mi casa colgué un cartel que decía: Cerrado por futbol.
Cuando lo descolgué, un mes después, yo ya había jugado 64 partidos, cerveza en mano, sin moverme de mi sillón preferido.
Esa proeza me dejó frito, los músculos dolidos, la garganta rota; pero ya estoy sintiendo nostalgia.
Ya empiezo a extrañar la insoportable letanía de las vuvuzelas, la emoción de los goles no aptos para cardiacos, la belleza de las mejores jugadas repetidas en cámara lenta. Y también la fiesta y el luto, porque a veces el futbol es una alegría que duele, y la música que celebra alguna victoria de ésas que hacen bailar a los muertos suena muy cerca del clamoroso silencio del estadio vacío, donde ha caído la noche y algún vencido sigue sentado, solo, incapaz de moverse, en medio de las inmensas gradas sin nadie.


Le agradecemos a Elda Senergues por enviarnos esta muy buena columna que fue escrita para el diario La Jornada de México.
Link al artículo original: http://www.jornada.unam.mx/2010/07/13/index.php?section=politica&article=002n1pol

martes, 31 de agosto de 2010

Roly y el Piqui, el compromiso (por Sonia Figueras)

Por Sonia Figueras

Se levanta muy temprano, al alba. Hoy tiene un compromiso ineludible. Con el Piqui. Se lo prometió y las promesas se cumplen, como dice la abuela. La abuela sabe lo que dice.
- Hoy vamos a la cancha, nene. ¡Yo te llevo a la cancha!
No tenía las entradas para el clásico que le encargara y pagara a Alberto. Hacía días que Alberto no aparecía y cuando aparece le dice que ya se las trae, que se las olvidó. Pero no vuelve y él decide ir igual. Ya voy a entrar. Así de fácil, dice.
Roly termina su baño diario, se refriega con el jabón blanco que su abuela guarda para él, que le deja la cabeza lustrosa y le aplasta sus rulos caracoleados.
Le había pedido permiso a Don Roque, “el tano” como lo llaman en el barrio, el patrón del almacén donde hace los mandados. Se lo dio, aunque es tano y no es de Boca. En el almacén hay caras en las paredes, debajo del vidrio de la fiambrera que se cae de vieja, bailotean fotos con camisetas blancas y la banda roja cruzada, también banderines que van de un extremo a otro del negocio
Roly traga la escenografía día tras día, pero la paga es buena para él, que ayuda a “su ma”, como llama a esa abuela re piola, buena como el pan que amasa y además, el Roly se considera un rival fanático pero tranquilo.
Llegan desde el fondo de Morón hasta Parque Lezama, así le explican en el tren que los trae y el chico le pregunta primero a un hombre y luego a una mujer cómo llegar a la Bombonera.
-. No sé ¡Dos chicos con aspecto de “cabecitas”, dice la mujer y tienen plata para comprarse camisetas de futbol. ¡Habráse visto! Ellos no escuchan “las alabanzas”, ya están andando.
Empieza por pensar en la plaza que se le hace inmensa y la forma de salir. Al levantar la mirada, allí, al frente, bien de frente, como en un sueño, algo lejos, una visión, allí está.
- Mirá Piqui, mirála bien. ¡Mirá qué grande!
- ¿Ya viniste vos?
- No, es la primera vez que la veo así, de cerca. ¿Ves los colores alrededor? Como diría la abuela ¡es fascinante! ¡No hay nada igual!
- No, no veo los colores.
A Roly la Bombonera le fulgura como el lucero de la noche y es de día. La ve envuelta como con un arco iris, el que aparece después que llueve.
Llegan a la calle ¡Aris .tó... bu.. lo del Va lle! lee el grande.
Se acerca la hora. Hacen la cola. Los pies murmuran en el suelo, se acomodan unos tras otros pidiendo espacio. Pasa el tiempo. La hora corre. La cabecita azul y amarilla del Piqui se pierde entre rodillas que empujan hacia delante y atrás.
Llegan a la puerta.
El hombre de la puerta con mirada sin mirar les pide las entradas. A Roly se le caen los ojos de la cara, sus manos están vacías como su boca.
- No tengo, dice.
- Bueno pibes, hagan aire, contesta el hombre apuntando al de atrás.
Ellos hacen aire.
El murmullo crece, ensordece. Cabizbajas, agotadas las cabezas de otear arriba, a los costados, atrás, salen de la hilera desprolija de hormigas pedigüeñas ¡pero que tienen entradas y ellos no! y se sientan en el suelo, por ahí.
- Hice lo que pude Piqui. No llorés, yo creí que podíamos El Piqui no llora, lagrimea en silencio, está acostumbrado a llorar callado.
- Vení, vamos a ver otra vez.
La gorra calada hasta las orejas al chiquito no le permite enterarse dónde está parado y se sobresalta cuando una mano se apoya en su hombro. Da un respingo de gato como los que hace cuando los chicos le tiran piedras.
- ¿No pueden entrar, pibes? la que habla es la voz de la mano.
Roly siente los rulos apretados en la cabeza, el corazón que se le estruja, le golpea el pecho. Se asusta. No llora. Hace años que dejó de llorar gracias a la abuela.
- No, no tengo entradas. Las pagué y no me las dieron. Le quería contar al de la puerta. ¡Yo le prometí a mi hermano! Las palabras salen de su boca como el cúmulo de un volcán, sin miedo.
Los 16 de Roly, los 7 del Piqui y su gorra y las camisetas de la gloriosa le pegan fuerte al hombre de la voz en la mano.
- Vengan los dos, pegados a mí.
¡Otra vez en la puerta! Las tres cabezas en declive, de mayor a menor, la blanca, la de rulos y la azul y amarilla, están en hilera.
- Rodríguez, dejá pasar a estos pibes, son mis sobrinos. Rodríguez, genuflexo, asiente.
Arriba de todo, donde se juntan el cielo, el aire y los gritos, mientras Roly se para a cada cabezazo de Palermo, unos ojos enormes, debajo de la gorra azul y oro no se pueden cerrar por el asombro ni por la fascinación.

martes, 24 de agosto de 2010

Las sirenas del Doque (por Marcelo Rubio)

Por Marcelo Rubio

Los centrodelanteros a veces suelen ser una suerte de navegantes solitarios, capaces de pasar todo el partido aislados de los suyos, condenados a un exilio interminable, dispuestos a soportar las inclemencias de los defensores adversarios. Es tanta la indiferencia de los compañeros en acercarle una jugada, que los números nueve suelen creer que han sido olvidados por aquellos que antes de salir a la cancha le golpeaban las espaldas y lo alentaban. Sin embargo ninguna soledad era tan peligrosa para los delanteros de punta, como la que sufrían aquellos que jugaban de visitante en cancha del Dock Sud. Al decir de algunos famosos nueve, como Raguzza Ruccietti, de Defensores Unidos, o Vicente “Vasco” Sbaterra, delantero de Comunicaciones, “cuándo uno jugaba en cancha del Doque de algún lugar oculto venía un cantar arrullador, eran féminas a las que no se podía oponer ninguna resistencia”:
Esas mujeres, de dulce voz, tenían la misión de encantar a los delanteros adversarios, para hacerlo sucumbir a sus encantos y llevarlos a la Isla Maciel, y, so pretexto de disfrutar de los placeres mundanos de esas tierras, alejarlos del campo de juego. Algunos goleadores, advertidos de este encantamiento, decidían atarse a los postes del arco y resistir la tentación. Otros equipos optaban por jugar sin delanteros, pero una u otra situación no los favorecía.
“Las Sirenas del Doque”, tal como se comenzó a llamar a esas voces, capturaron infinidad de delanteros solitarios. Tito Ferraroti, goleador de Villa Dálmine, fue víctima del cantar de aquellas mujeres. Pasó más de una semana en aquella Isla; cuando retornó al club, dijo que había logrado escapar por el descuido de una de las sirenas. Ferraroti volvió demacrado, ojeroso y una semana después debió ser internado, víctima de furiosas ladillas que amenazaban su integridad.

Cuando un equipo iba de visita al Dock Sud, las esposas de los delanteros pasaban días tejiendo y destejiendo mortajas para sus hábiles esposos, caídos en desgracia por el cantar de “las Sirenas del Doque”. Durante años la hinchada local no miraba el partido, sino que trataba de ver a algunas de esas sirenas, dispuestos a cualquier cosa por estar con una de esas damas capaces de arruinar a la escuadra visitante.
Pero el mito de “las Sirenas del Doque” se derrumbó cuando Gilberto Jesús Carroza, delantero del Dock Sud, transferido a Estudiantil Porteño, denunció que aquellas voces no eran de Sirenas, sino de vulgares prostitutas en busca de algún cliente. Miserable actitud la de Carrozas que dejó al desnudo las escapadas “non santas” de otro jugadores.
“Las Sirenas del Doque” ya no cantan, ahora van a la cancha, dan la cara, se cuelgan de alambrado, escupen e insultan al rival. Sigue habiendo números nueve solitarios, pero ya no se atan a los postes. Eso sí, por la Isla Maciel, siempre aparece algún delantero.


Marcelo Rubio es amante del fútbol y los libros. Nació en Buenos Aires en 1966. Ha publicado "Fùtbol apócrifo" en forma independiente en el año 2000.
Para dejar cualquier comentario, su mail es marfunebrero@yahoo.com.ar.